Capítulo 16
En Detroit hacía un frío mortal.
No es que hubiera hecho mucho calor en los sitios donde Scott había estado últimamente, pero en Detroit el frío era insoportable.
Eso fastidió su plan de dar un paseo nocturno mientras llamaba a Kip.
Parecía que su compañero iba a pasar toda la noche en la habitación del hotel, y el vestíbulo estaba repleto de gente por algún tipo de congreso para empresarios.
No quería ir a ningún sitio que fuera demasiado público, tipo cafetería, porque Detroit era una ciudad de hockey y estaba casi seguro de que lo reconocerían.
Decidió jugar la carta de ser famoso.
Se dirigió a recepción y les dedicó la mejor sonrisa de Scott Hunter.
—Disculpe. Me pregunto si me podrían ayudar.
El joven que estaba detrás del mostrador parecía muy emocionado.
—¡Por supuesto, caballero!
—Necesito hacer una llamada y me gustaría tener algo de privacidad. Pero mi compañero de habitación está durmiendo y…
El joven le sonrió como si estuviera a punto de hacerle un gran favor.
—Venga conmigo —le dijo—. Sé un sitio al que puede ir.
Llevó a Scott a una puerta en la que ponía «Sala de reuniones n.º 3». Abrió la puerta y encendió la luz.
—Puede quedarse el tiempo que necesite —dijo—. Cuando salga, la puerta se cerrará automáticamente.
—Gracias —dijo Scott mirando la placa del nombre—, Michael.
Le tendió un billete de veinte dólares y Michael lo cogió sonriendo. Le dio las gracias a Scott dos veces antes de salir de la sala.
Scott se sentó en una de las sillas de la sala de reuniones y llamó a Kip, que le contestó enseguida.
—Dos victorias. Buen trabajo —dijo Kip.
—Sí, gracias. Estoy orgulloso de los chicos.
—Me encanta verte jugar.
—¿Ah, sí?
—Mmm. Es sexy .
Scott sonrió.
—¿Dónde estás?
—En tu habitación. ¿Dónde estás tú?
—En una sala de reuniones del hotel en Detroit.
—Ah.
—Ya, perdona. Esta noche imposible.
—Tranquilo. Estoy husmeando en tu apartamento.
—¿Husmeando?
—Sí. Mirando en tus cajones. —Hubo una pausa—. Ay, dios mío. Scott, ¿guardas tu medalla de oro en el cajón de la ropa interior?
—Parece que ya sabes la respuesta.
—¿Por qué no la tienes expuesta?
—¿Dónde?
—Si tuviera una medalla de oro, no creo que la guardara en el cajón de la ropa interior.
—¿Dónde la guardarías?
—No lo sé. ¡Supongo que la llevaría puesta todo el rato!
Scott se rio.
—Pega con todo. —Y luego añadió—: ¿Así que hoy te quedas en mi casa?
—Sí. Si te parece bien.
—Claro, por supuesto. ¡Fue idea mía!
—Lo sé. Es solo que… me resulta demasiado generoso.
—Kip —suspiró Scott—, eres mi novio. Y te quiero. Puedes quedarte en mi casa siempre que quieras.
—Vale. Te quiero.
Scott sonrió.
—Me gusta oírte decir eso.
—Y a mí decirlo.
—Me muero de ganas de volver a casa y estar contigo.
—Pero todavía te quedan unos cuantos partidos que jugar, Hunter.
—Lo sé.
—Tú gánalos todos y luego vuelve a casa conmigo. Que te daré todo lo que necesites.
La voz de Kip se había bajado y Scott sintió un escalofrío.
—Todo lo que necesite, ¿eh?
—Ajá. Piénsalo.
—Lo haré —exhaló—. Joder, ojalá hoy tuviera mi propia habitación.
—Ya. Podría hacerte un espectáculo privado.
—Yo quiero hacer uno —dijo Scott—. Para ti.
—¿Lo has hecho antes? —preguntó Kip—. ¿Has dejado que alguien te vea haciéndote una paja?
—No. Nunca —susurró Scott—. Pero quiero hacerlo. Para ti.
—Me encantaría. Joder, ya te digo. Te estoy imaginando, tumbado…
—Kip —le advirtió Scott—. No. No puedo excitarme.
—Pero lo estás, ¿no? Seguro que se te está poniendo dura.
Scott maldijo entre dientes porque Kip estaba en lo cierto.
—A mí también —ronroneó Kip—. Dime qué te gustaría hacerme.
—No. Para.
—Vale. Pues me limitaré a acostarme en tu cama y hablamos de lo que quieras.
—Gracias —dijo Scott—. ¿Estás desnudo?
Kip se rio.
—Sabía que no podías dejarlo pasar. Casi casi. Todavía llevo puestos los calzoncillos.
Scott volvió a maldecir. Ni de puta coña se iba a pajear en la sala de reuniones de ese hotel. No era tan guarro.
—De verdad que no puedo hacerlo ahora.
—No pasa nada —dijo Kip—. Yo sí.
—Kip…
—Chiiist… Tú solo háblame —dijo cambiando un poco el tono—. Me encanta tu voz, Scott. Dime qué tengo que hacer.
A Scott le encantaba y odiaba esa idea. Le encantaba porque era la hostia de excitante. Lo odiaba porque iba a tener que quedarse con una empalmada incómoda.
Miró hacia la puerta de la sala de reuniones y luego bajó la voz.
—¿Te estás tocando?
—Sí. Estoy cachondísimo. Dime qué quieres que haga —dijo Kip con voz arrastrada—, mi amor.
—Dios. —Scott se ajustó los pantalones de chándal—. Vale. Ve poco a poco. No te quites los calzoncillos todavía. Aún no.
Se dio cuenta de que Kip estaba sonriendo cuando respondió:
—Vas a ponerte en ese plan, ¿verdad? Muy bien. Solo me estoy acariciando muy suave. Es muy agradable.
Scott podía imaginarse la gruesa polla de Kip tensándose contra la tela. Podía ver a Kip, casi desnudo, tumbado en su cama, con los ojos cerrados y pensando en él.
—¿Te imaginas que fuera yo el que te estuviera tocando? —preguntó Scott.
—Sí. Dios, ojalá fueras tú.
—Ojalá. Tú sigue.
Kip suspiró y dejó escapar unos pequeños gemidos entrecortados que hicieron que la polla de Scott se retorciera de agonía. La cubrió con la mano para aliviar un poco la tensión.
—Se están mojando los calzoncillos —dijo Kip—. Estoy goteando. ¿Me los puedo quitar?
—Todavía no —dijo Scott, sorprendido de lo mucho que estaba disfrutando de ese control.
—Joder, Scott.
—¿Tienes frío?
—Cada vez estoy más caliente.
—Debes de tener los pezones duros.
Kip tenía unos pezones perfectos y oscuros que siempre que se ponían duros se convertían en pequeñas cimas.
—Ajá. Sí. ¿Quieres que me los toque?
—Sí. Suéltate la polla. Juega un poco con tus pezones.
Oyó a Kip inhalar de forma brusca cuando sus dedos entraron en contacto con sus sensibles pezones.
—Si estuviera ahí —dijo Scott—, los lamería y mordería hasta que suplicaras que te chupara la polla.
—Joder. Joder.
—¿Sigues aguantando el móvil?
—Sí.
—Pon el altavoz y deja el móvil a un lado para tener las dos manos libres.
—Vale.
Oyó un crujido y luego Kip volvió.
—Manos libres, Hunter. ¿Qué hago con ellas?
Scott sonrió y pensó en la pregunta.
—Quítate los calzoncillos. Pero no te toques la polla todavía.
—Joder, eres cruel.
—Duro pero justo.
—Me gusta ese lado tuyo —dijo Kip—. Vale, ya me he quitado los calzoncillos.
—Coge el lubricante.
Se oyó más ruido y luego:
—Ya.
—Quiero que te toques tú. Ábrete como si fuera a metértela.
—Vale. De acuerdo. Joder. Voy.
—No te toques la polla —le recordó Scott.
—Que no. Que no. Vale, me estoy, aaay, me estoy…
—Tú relájate.
Kip exhaló un suspiro largo y lento.
—Vale.
Scott se lo imaginó con las rodillas dobladas, los dedos resbaladizos rodeando ese estrecho anillo de músculos. Tragó saliva y se acomodó de nuevo.
—Por favor, dime que me vas a dar una sorpresa y vas a entrar por esa puerta en un segundo —dijo Kip.
—Ojalá. Créeme.
Kip gimió y jadeó mientras se abría. Scott se mordió el labio y resistió el impulso de acariciarse bajo las duras luces fluorescentes de la sala de reuniones del hotel.
—Avísame cuando estés listo.
—¿Listo para qué?
—Ya lo verás. Finge que te estás preparando para mí.
Kip exhaló un suspiró.
—Vale. Sigue hablándome.
Scott volvió a mirar hacia la puerta. No se podía creer que estuviera haciendo eso.
—Si estuviera ahí, te abriría con la boca. Muy poco a poco.
—Scott, dios.
—Ojalá pudiera verte ahora mismo. ¿Te sientes bien?
—Es mejor… —dijo Kip entre dientes—. Es mejor cuando me dejas tocármela.
—Pronto, baby . —«¿ Baby ?»—. Avísame cuando tengas tres dedos dentro de ti.
—Sí…, sí. Ya casi. Me estoy… Joder. Siento que podría correrme solo con esto. Con tu voz e imaginando tus dedos dentro de mí…
Scott gimió. Dudó en si quería que eso pasara. Solo para ver si Kip se podía correr con sus dedos.
Pero tenía otros planes.
—Vale. Ya estoy —dijo Kip—. ¿Y ahora qué?
—Abre el cajón de la mesilla. Hay una caja en el fondo.
—Vale. La veo. La tengo.
—Ábrela.
Esperó un momento. Entonces Kip dijo:
—Dios, sí.
Scott conocía bien ese objeto. Un gran dildo negro que, desde hacía más o menos un año, había sido su compañero romántico más fiable.
—Quiero que te folles con eso. Imagina que soy yo. Dios, me encantaría serlo.
—Ojalá. Pero, que conste, esto es muy excitante, joder.
—Sí.
Exhaló un suspiro, con el corazón acelerado como si acabara de correr casi dos kilómetros.
—Debes de estar pasándolo fatal —dijo Kip—. ¿Cómo estás?
—Duro como una puta piedra. Pero no te preocupes por mí. Métetelo. Cuando lo tengas todo dentro, te puedes tocar la polla.
—Mierda. Vale.
Scott se recostó sobre la silla de su escritorio, con las piernas abiertas, y cerró los ojos mientras escuchaba a Kip meterse el juguete dentro. Cada jadeo y gemido iba directamente a la polla de Scott, pero aun así no se estaba tocando.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien. Es… es grande.
—Lo sé. Pero puedes con ello.
—Sí…, sí —jadeó Kip.
—¿Te lo has metido?
—Casi. Ya casi. Joder.
Scott deseó tener un vaso de agua o algo así. Tenía la boca sequísima y estaba algo mareado, seguramente por toda la sangre que se le había acumulado en la polla. Agarró el borde de la mesa con la mano libre, decidido a no ceder a la tentación de pajearse con los gemidos de Kip.
—Vale. Está dentro. Está… Joder, está genial, Scott.
—Sácalo y vuélvetelo a meter. Fóllate.
—Lo estoy haciendo. Estoy… Uuuf. Da justo en el clavo, ¿eh? Joder.
Scott sabía exactamente lo bien que daba en el clavo.
Recordaba haberlo usado no hacía mucho, cuando Kip solo era una fantasía, cuando solo era el chico guapo que trabajaba en el local de smoothies y Scott ni en un millón de años habría pensado que lo tendría entre sus brazos y en su cama.
Se había follado con el juguete, imaginando que Kip era quien se la metía.
Y, dios, la emoción de que Kip usara ahora el mismo juguete era excitante.