Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 15 #2
52%

Capítulo 15 #2

—No hay reglas —dijo Kip—. A menos que las establezcamos nosotros. Pero yo no las necesito.

—Vale.

—No he estado con nadie desde que nos conocimos. Solo para que lo sepas.

—Yo tampoco.

Kip se rio.

—Anda, no me digas.

Scott también se rio, luego se volvió y besó a Kip.

—Contigo ya tengo suficiente —dijo Kip—. Más que suficiente. No tengo ningún problema en esperarte.

—Sé que es una tontería, pero me alegra mucho oír eso —dijo Scott.

—No es una tontería. Y, para ser sincero, creo que me estoy volviendo adicto al sexo de los reencuentros.

Kip dejó que Scott terminara de hacer las maletas mientras él se vestía. A las dos menos cinco, Scott se despidió de Kip con un beso en la puerta.

—Escríbeme cuando quieras —dijo Scott—, y te llamaré todo lo que pueda. Por videollamada. Me llevo el iPad. Podemos hablar por Skype. Quizá, incluso…

—Sí. Me gustaría.

Kip lo atrajo hacia él para darle beso. Le costaba mucho dejarlo marchar. Más que antes.

—Vale —dijo Scott al fin mientras cogía la maleta—. Nos vemos. En nueve días.

—Nueve días.

—Adiós.

—Adiós.

Scott se marchó rápido antes de que ninguno de los dos pudiera volver a tocar al otro. Kip exhaló y se recostó contra la pared. Las lágrimas le molestaban en los ojos, y le resultaba vergonzoso. ¿Por qué actuaba como si Scott se estuviera yendo a la guerra?

Se sorprendió cuando, unos minutos más tarde, la puerta se abrió con un clic. Scott entró, con pinta de ir algo perdido.

—Yo, eeeh… —comenzó a decir. Su rostro reflejaba pura angustia. No llevaba la maleta. Debía de haber ido al coche y haber vuelto—. Estaba pensando… Los aviones, pues ya sabes. Es que puede pasar cualquier cosa…

—¿Scott?

—Te quiero —dijo—. Solo quería decirte eso. Antes de irme.

A Kip se le cayó la mandíbula al suelo.

—No espero que tú también lo digas ni nada por el estilo. Sé que probablemente sea ridículo decirlo o sentirlo en este momento, pero estoy enamorado de ti. Y quería que lo supieras.

Las lágrimas que le molestaban ahora inundaban los ojos de Kip. Ya no le daba vergüenza llorar.

—¿Kip?

Kip apretó los labios y negó con la cabeza, tratando de recomponerse.

—Lo siento —dijo por fin—. Es solo que… pensaba que era el único que sentía eso.

El rostro de Scott se iluminó. Toda la agonía desapareció al instante.

—No lo eres.

Acortó la distancia entre ellos y cogió la cara de Kip secándole las lágrimas con los pulgares. Los ojos de Scott también estaban húmedos.

—Quería decírtelo —dijo Kip.

—Pues dímelo ahora.

—Te quiero. Scott, estoy… completamente enamorado de ti.

Scott sonrió y lo besó, sin soltar su cara. Kip levantó la mano e hizo lo mismo.

—Joder —susurró Scott—. Ahora sí que tengo que irme.

—Lo sé.

—Me alegro de habértelo dicho.

—Yo también me alegro.

—Pero ahora me cuesta mucho irme.

Kip sorbió por la nariz.

—Ya.

Scott lo besó una vez más.

—Te llamaré —dijo mientras se dirigía hacia la puerta—. Esta noche. Te quiero.

Kip se rio entre lágrimas.

—Yo también te quiero. Ve a ganar seis partidos de hockey.

—A eso voy.

Y, después de eso, se fue. Pero esta vez, cuando Kip se apoyó en la pared, sonreía de oreja a oreja.

Scott había decidido sentarse junto a su nuevo compañero de equipo, Matti Jalo, durante el vuelo a Columbus.

A pesar de los asientos de cuero extranchos de su avión privado, le costaba encajar su corpulento cuerpo junto al enorme físico de Jalo.

El hecho de que todavía le doliera el culo porque Kip se lo hubiera follado esa misma mañana no es que ayudara precisamente a su comodidad.

Pero le daba igual.

Carter estaba sentado al otro lado del pasillo.

—¿Sabéis cómo llamo a este viaje? El viaje de mierda. Seis partidos en ocho días y todos ellos en ciudades frías y deprimentes.

—El frío no me molesta —dijo Jalo alegre—. Soy finlandés. ¡Llevamos hielo en las venas!

—Parece que tienes un montón de hielo en esos bíceps, hijo —dijo Carter.

Jalo se rio.

—¿De dónde eres, Carter? ¿Por qué le temes al frío?

—No le temo a nada. Soy de todas partes. He vivido en muchos sitios, ¿sabes? Familia militar. Pero pasé muchos años en Dakota del Norte, y es imposible que Finlandia sea más fría que ese lugar.

Jalo sonrió.

—¿No has estado en Finlandia?

—No he tenido el placer. ¿Es como Suecia? He estado en Suecia.

—No —dijo Jalo poniéndose serio de golpe.

Carter se rio.

—Entonces ¿hay cierta rivalidad? —preguntó Scott.

Jalo lo miró fijamente.

—Finlandia es mejor que Suecia.

Scott levantó las manos en señal de rendición.

—Entendido.

El vuelo fue corto, lo cual era bueno, dado lo incómodo que se sentía Scott, encajonado entre Jalo y la ventanilla.

La verdad era que, en otras circunstancias, no le habría importado estar apretujado contra todos esos músculos.

Jalo estaba, en una palabra, cañón. Era por lo menos unos centímetros más alto que Scott y probablemente pesaba unos diez kilos más que él, con unos penetrantes ojos azules, pelo rubio claro peinado hacia atrás y con la barba de tres días siempre. Sin duda, era una fantasía andante.

Pero Scott no pensaba en el tío guapo que ocupaba el asiento contiguo, sino en el novio secreto que había dejado atrás. El novio secreto al que amaba.

Sonrió para sí mismo. No podía creer que lo hubiera dicho de verdad. ¡Y que Kip le hubiera respondido lo mismo! Scott se sentía mareado y completamente embriagado.

El equipo tenía previsto reunirse en el restaurante del hotel para que pudieran cenar en cuanto se hubieran registrado en las habitaciones. Scott compartiría habitación con Jalo esa noche, y luego Jalo compartiría habitación con su nuevo compañero de defensa durante el resto del viaje.

El ánimo era muy bueno mientras el equipo disfrutaba de una comida juntos.

Todos estaban emocionados por tener a un defensa superestrella como Jalo en el equipo.

Ayudaba mucho que Jalo fuera tan divertido.

Era alegre y dicharachero, y le encantaba contar historias con su voz atronadora y su resonante acento finlandés.

Le gustaba beber cerveza y pagar rondas (aunque Scott se aseguró de que solo hubiera dos rondas esa noche, ya que tenían entrenamiento a la mañana siguiente).

A Scott le caía bien. A todos les caía bien.

Era lo contrario de Zullo en casi todos los aspectos.

Cuando terminó la cena, Jalo no tenía ninguna prisa por volver a la habitación. En cambio, se quedó charlando con un grupo de jugadores más jóvenes, que estaban embelesados, pendientes de cada una de sus palabras.

—Me voy a la cama —dijo Scott—. No dejéis que estos chicos se queden despiertos hasta muy tarde —lo dijo en tono burlón, para no sonar paternalista. Pero sabía cuál era su rol en el equipo. Él no era Jalo. Él era el aburrido, el responsable.

¡El aburrido y responsable que se iba pitando a llamar a su novio!

Scott había marcado el número en su móvil antes incluso de que la puerta de la habitación del hotel se cerrara detrás de él. Eran casi las diez.

—Hola —dijo Kip al contestar. Habló en voz baja.

—¿Estás en mi casa?

—No, estoy en la mía. Esta noche me quedaré aquí. Quizá mañana por la noche vaya a la tuya.

—¿Tus padres te van a…? ¿Te van a preguntar adónde vas a ir?

—¿Me estás preguntando si les he contado lo nuestro?

—¡No!

—No se lo he contado. Pero ya soy adulto y lo más probable es que sepan por qué algunas noches no duermo en casa.

—Ajá. Claro.

—Oye —dijo Kip con timidez—. Te quiero.

Scott sonrió y se sentó en la cama, liberando cualquier tensión que pudiera haber acumulado ese día.

—Yo también te quiero. No se lo había dicho nunca a nadie. Aparte de a mi madre.

—Yo tampoco. Excepto a Elena alguna vez, pero eso es distinto.

—Me hace sentir bien decírtelo.

—Sí —dijo Kip—, a mí también.

A Scott le salió una sonrisa tonta mirando al móvil y se imaginó a Kip haciendo lo mismo.

—Bueno… —dijo Kip—. ¿Qué tal con Jalo?

—Jalo es genial. Todo el mundo lo quiere.

—Me lo imagino. Lo vi en una entrevista para la ESPN . La verdad es que está buenísimo.

—Si te soy sincero, pues sí. Lo está.

Kip se rio.

—Me da un poco de envidia tu trabajo. Estar en vestuarios con hombres musculosos y sudados.

—Pues esto no te va a gustar, porque esta noche Jalo es mi compañero de habitación.

—Vale, ahora sí que me da envidia.

—No tienes nada por lo que tener envidia.

—Quizá deba coger un vuelo a Columbus. A ver si Jalo y tú queréis hacer un sándwich conmigo.

—Dios mío. Kip, para.

Scott se estaba poniendo rojo como un tomate en la habitación de hotel. ¡Que Jalo era su compañero de equipo! Y ahora se estaba imaginando a los tres…

—Dios —dijo Kip—. Ahora no puedo dejar de pensar en eso. Voy a tener que colgar. A menos que tú…

—No. Volverá en cualquier momento. No puedo. Esta noche no.

—Tú te lo pierdes —susurró Kip, lo que hizo que Scott se empalmara.

—Para, por favor —dijo Scott—. Pronto. Te lo prometo.

—Mañana por la noche veré el partido. ¿Me llamas después?

—Justo después del partido cogeré un avión a Detroit. Pero el partido allí es por la tarde. Te puedo llamar después.

—Qué larga espera —suspiró kip.

—Te escribo mañana.

—Ya te echo de menos. Envíame una foto después de colgar, ¿vale?

—Vale. Tú también.

Se despidieron y colgaron. Scott se hizo un selfi rápido tumbado en la cama. Intentó que fuera un poco sexy . Le envió la foto a Kip y obtuvo respuesta al momento.

Kip: Me refería de Jalo.

Scott se rio.

Scott: Que te den.

Recibió una foto muy mona de Kip, relajándose en su cama y con la sudadera de Scott puesta.

Scott sonrió al verla.

Scott: Gracias. Te quiero.

Kip: Y yo a ti.

—Bueno —dijo Carter mientras frenaba y salpicaba las espinillas de Scott con nieve—, cuéntame algo sobre tu chica.

Scott puso los ojos en blanco.

—No hay nada que contar, Vaughan.

Estaban en la pista después de terminar el entrenamiento matutino. Scott miraba a un par de novatos que recogían los pucks .

—Y una mierda, Scott. Llevas días con una sonrisa tonta en la cara mientras tarareas « How Sweet It Is » por todos lados. Estás ido.

Scott dio una patada al hielo.

—Sin comentarios.

—No sé cómo una chica con este aspecto quiere que la vean contigo, que eres más feo que un culo, pero…

—Ajá.

Carter lo miró serio.

—Me alegro por ti, Scott. Aunque no quieras hablar de ella.

Scott volvió la mirada hacia el hielo, pensativo. No podía hablar con Carter sobre Kip, pero podía hablar con Carter sobre «Elena».

Eligió sus palabras con cuidado.

—Nunca había sentido algo así por nadie —dijo Scott—. Es algo muy nuevo. Eso es todo.

Carter le dio una palmada en el hombro que tenía bien acolchado.

—¡Toma ya!

—Llevamos un par de semanas viéndonos y la verdad es que está muy bien. Pero queremos mantenerlo en privado, ¿me explico?

—Mis labios están sellados.

—Tus labios nunca están sellados.

—Bueno, pero para esto sí.

—Gracias.

Scott miró a su compañero de equipo, su amigo, y se preguntó si tal vez podría contarle la verdad.

No en ese mismo instante, claro, pero ¿quizá pronto?

Probablemente Carter fuera su mejor amigo y siempre se había mostrado tolerante y de mente abierta.

En cualquier caso, nunca había sido abiertamente homófobo, lo que lo situaba por delante de muchos jugadores de la NHL .

A Scott le gustaría mucho decírselo. También le gustaría contárselo a Huff y Bennett. Joder, le gustaría contárselo al mundo entero, pero…

—Venga —dijo Carter—. Vamos a descansar antes de arrasar Columbus esta noche.

—Me gusta —dijo Elena. Soltó esas palabras en cuanto se sentaron en el restaurante tailandés.

—¿Sí? —preguntó Kip.

—Sí. Y está coladito por ti.

—Lo sé. —Sonrió Kip—. Me lo ha dicho.

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha dicho… —se inclinó hacia ella— que me quiere.

Si Elena se había sorprendido, su cara no lo demostró.

—¿En serio?

—¡Sí! —dijo Kip y procedió a contarle toda la romántica historia.

—Anda —dijo ella cuando terminó—. Eso es un gran paso.

—¡Ya!

El camarero se acercó y tomó nota. Cuando se fue, Elena dijo:

—¿Le has contado a Scott lo de tu posible nuevo trabajo?

—Lo haré. Si me lo dan.

—¿Y si no te lo dan?

—Pues entonces no hay por qué hablar de ello, ¿no?

Elena puso los ojos en blanco.

—Me refiero a qué vas a hacer si no consigues ese trabajo.

—¡Pues no lo sé! Seguir trabajando en el puto Straw+Berry, imagino.

—Allí estás desperdiciando tu talento.

—No —dijo Kip molesto—. Estoy ganándome un sueldo.

—¿Entonces no vas a dejarlo para vivir de tu novio millonario que está enamorado de ti?

—¡Obvio que no! Ya sabes que jamás haría eso. Ya me siento bastante mal por tener que depender de la generosidad de mis padres. Ya sé que él tiene dinero, pero…

Elena no dijo nada durante un rato, pero miró a Kip con aprobación.

—Sé que no sacrificarías tu vida ni tu dignidad por un chico —dijo—, pero tampoco me gusta ver que te menosprecias.

—Ya se me ocurrirá algo —refunfuñó.

Más tarde, cuando estaban terminando de comer, Kip le preguntó:

—¿Bailaste con alguien interesante en la gala?

—¿Te refieres a alguien que no sea tu encantador novio?

—Sí, y, por cierto, no sentí nada de celos.

Elena sonrió.

—Pues sí.

Se inclinó hacia él y le susurró el nombre de un joven actor bastante famoso.

—¡Anda! ¿Y baila bien?

—Ajá. Y también folla bien.

Kip casi se atraganta con el agua.

—Ya supuse que quizá te ibas con alguien a casa.

—Claro. Estuve un buen rato para elegir mi top cinco, pero creo que al final decidí bien.

—¿Vais a volver a quedar?

Elena puso cara de asco y negó con la cabeza.

Kip se rio. Siempre había envidiado profundamente cómo se lo montaba Elena. Era tan segura con el tema del sexo.

—¿Crees que es raro? —le preguntó al rato, después de salir a la oscura y fría calle.

—¿El qué?

—Que me haya dicho que me quiere. Que yo le haya dicho que lo quiero. Por eso de que solo han pasado unas semanas.

—¿Estás enamorado de él?

—Sí.

—Pues entonces no es raro. —Le cogió del brazo y lo atrajo hacia ella—. Anda. Vamos a ver a tu chico jugar al hockey.