Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Kip se sentó en la cama de Scott y lo observó mientras hacía las maletas para el viaje. Llevaba sus vaqueros y una de las sudaderas con capucha de los New York Admirals de Scott. Le quedaba grande, pero le encantaba ponérsela.

—¿Me la puedo quedar? —preguntó tirando de los cordones de la sudadera—. ¿Mientras estás fuera?

—Claro —dijo Scott mientras metía la ropa interior en la maleta—. Siempre y cuando pienses en mí cuando la lleves puesta.

—Pensaré en ti de todas formas, lleve lo que lleve.

Scott sonrió y lo besó. Tendría que salir a las dos de la tarde para coger el autobús del equipo al aeropuerto. Eso solo les daba un par de horas más juntos antes de separarse durante nueve días.

—He estado pensando —dijo Scott— que quizá podrías quedarte aquí mientras estoy fuera.

Kip no se esperaba eso. No sabía muy bien qué decir.

—No todo el rato, si no quieres —dijo rápido—. O sea, no tienes que hacerlo, si no te apetece, claro. Es solo que he pensado…

—¿De verdad? ¿Quieres que lo haga?

—Sí. Sí, quiero. Me gusta la idea de que estés aquí mientras yo no estoy. Al menos a veces. Además, te resultaría más fácil para ir al trabajo, ¿no?

Lo que Scott omitió por educación era que ese apartamento era un lugar para adultos hechos y derechos, y no la casa de los padres de Kip.

—Si estás seguro de que no te importa, sí. Estaría genial —dijo Kip.

—No me importa. Así pensaré en ti durmiendo en mi cama mientras yo estoy en alguna habitación de hotel solitaria.

—Tendrás a tu compañero de habitación —señaló Kip.

—No es lo mismo.

—Y, si alguna vez te quedas sin compañero de habitación, podríamos…

Scott soltó una sonrisita.

—Créeme, te llamaré. Cada vez que tenga la oportunidad.

Levantó los calcetines azules que Kip le había regalado el Día de San Valentín y los guardó en la maleta. Kip sonrió.

—En fin —dijo Scott—, volveré el lunes. Y me quedaré en la ciudad otra semana más. ¿Cómo deberíamos celebrar mi vuelta?

—Pues… —dijo Kip—. Tengo planes para esa noche.

—Ay.

—Sí, bueno, no es nada importante, pero… es que ese lunes es mi cumpleaños. Solo voy a salir con unos amigos a tomar algo. Pero después podríamos…

Scott se quedó helado.

—¿Es tu cumpleaños?

—Sí, pero no pasa nada. Cumplir veintiséis tampoco es nada del otro mundo. Y, además, ¿por qué ibas a saber cuándo es mi cumpleaños?

—¡Porque debería habértelo preguntado!

—Bueno…, pero ahora puedes acordarte para el año que viene.

Al decir eso, Kip se dio cuenta de lo que implicaban sus palabras. Miró a Scott con timidez, pero él se limitó a reaccionar con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo haré.

Kip se sonrojó un poco. Jugueteó con los cordones de la sudadera, intentando distraerse de todos esos puñeteros sentimientos.

Estaba enamorado. No cabía duda. Estaba perdidamente enamorado de Scott Hunter. Era ridículo, pero era la verdad.

—Entonces —dijo con voz temblorosa— ¿adónde irás en este viaje?

Scott suspiró.

—A demasiados sitios. Primero, Columbus. Luego, Detroit, Toronto, Winnipeg, Ottawa y Montreal. Por lo menos son vuelos cortos.

—¿Sí? Qué bien —dijo Kip. Y, entonces, sin motivo aparente, añadió—: Yo nunca he subido a un avión.

—¿En serio?

—Sí. Nunca he tenido ningún sitio al que ir, la verdad.

—¡Ay, Kip! Y has estudiado Historia… ¡Hay tantas cosas que deberías ver!

Kip se encogió de hombros.

—Supongo que algún día lo haré.

—Me encantaría llevarte a algún sitio —dijo Scott.

—¿Adónde, a Winnipeg? ¿O a Detroit?

—Venga ya, no me jodas.

—Sí, señor.

Entonces Scott se abalanzó sobre él. Lo tiró hacia atrás sobre el colchón y lo cubrió con su cuerpo, todo en un solo movimiento rápido.

—¿Te estás riendo de mí, Grady?

—Por supuesto que no. —Kip sonrió con aire burlón—. Hunter.

Scott gruñó y lo besó de forma violenta y desafiante.

—Te voy a echar de menos. Muchísimo, joder.

Bajó la boca por el cuello de Kip, rozándolo con los dientes.

—Dame algo —balbuceó Kip—. Dame algo para acordarme de ti.

Scott aspiró y presionó su polla dura contra la cadera de Kip. Luego pegó la boca contra la tierna carne justo encima de la clavícula de Kip y chupó con fuerza. Kip se retorció sonriendo bajo el peso de Scott mientras él lo aguantaba y le dejaba marca.

Scott se apartó lentamente mientras admiraba su obra.

—Eso debería durar —dijo—. Quizá incluso hasta cuando vuelva.

—Eso espero —dijo Kip sin fuerzas.

Scott pasó el pulgar por la marca. Sus ojos estaban repletos de lujuria.

—¿Para qué tenemos tiempo? —preguntó Kip.

—Para cualquier cosa. Joder, déjame… No lo sé.

—Déjame follarte. Sé que no quieres marcas, pero puedo hacer que me sientas, por lo menos por un ratito.

—Sí. Joder, sí. Pero así. Yo montándote.

—Joder, por fin —sonrió Kip.

Scott se quitó toda la ropa en un torbellino frenético. Kip se quitó la sudadera con capucha y la camiseta y luego se sacó los pantalones y los calzoncillos. En cuestión de segundos estaban desnudos, y Scott ya había cogido el lubricante.

No tenían mucho tiempo para los preliminares, así que Scott se preparó lo más rápido posible. Le tiró a Kip el lubricante y un condón.

Kip se echó lubricante, gimiendo un poco mientras se la tocaba lentamente.

Cuando Scott se sentó sobre su polla, la sensación fue increíblemente placentera.

Todavía estaba muy apretado y Kip podía ver en su cara que le dolía un poco, pero Scott se hundió con cuidado hasta que Kip estuvo hasta el fondo dentro de él.

Se quedó allí sentado un momento, lo que le dio a Kip la oportunidad de admirarlo.

Tenía unos músculos bien definidos y cicatrices de batalla.

Muslos gruesos, abdominales marcados y pectorales enormes y sólidos.

Sus grandes manos acariciaban el pecho de Kip, con los dedos recorriendo el vello de su pecho.

—Eres precioso —dijo Scott con tono tranquilo y respetuoso.

—Eres perfecto —susurró Kip. Acarició con los dedos la mejilla de Scott—. Irreal. Todo tu ser. No me puedo creer la suerte que tengo.

Scott sonrió y comenzó a moverse, levantándose y volviendo a bajar con fuerza. Ambos gritaron, y Kip le sonrió porque aquello era increíble, joder.

Disfrutó del espectáculo, viendo cómo todos esos músculos rebotaban sobre su polla.

Observando cómo la cara de Scott se retorcía y se relajaba, con el sudor formándose sobre su piel enrojecida.

Y Scott lo cabalgaba con tanta fuerza, de forma tan incansable, que Kip podía sentir cómo se acercaba a la meta sin tener que hacer nada.

La polla de Scott rebotaba delante de él, enorme y dura. Kip la cogió, con las manos aún resbaladizas por el lubricante que se había puesto.

—Sssí… —siseó Scott.

Kip la meneó con fuerza y rapidez para seguir el ritmo de Scott. Este echó la cabeza hacia atrás y apoyó una mano con firmeza en el centro del pecho de Kip.

—Dios mío. Dios mío, Kip. Me voy a… Joder, estoy a punto…

—Yo también. Estoy a punto, Scott. Me voy a… Vamos, cariño. Dámelo.

Scott gritó y, al segundo, Kip se vio bañado por su corrida. Scott apretó y agitó su polla, y eso derritió a Kip. Se corrió dentro de él con un grito silencioso, tan fuerte que sintió que sus oídos iban a estallar.

—Kip… —jadeó Scott—. Joder. Dios…

Kip yacía jadeando en la cama, tratando de recuperar el aliento.

—Sí. Sí, Scott. Ven aquí.

Scott se apartó de él y cayó a su lado en la cama. Kip le agarró la cara y lo besó con entusiasmo. No podía dejar de sonreír. Se sentía trastornado. Se sentía… como alguien que estaba muy enamorado.

Scott pasó los dedos por la marca que había dejado en la piel de Kip, en la base del cuello.

—¿Me he pasado? —preguntó—. Es más grande de lo que pensaba…

—No —dijo Kip cubriéndole la mano—. Es perfecto. Gracias.

—Ni siquiera te lo has visto todavía —dijo Scott con cariño.

—No me importa. Me encanta.

«Te quiero».

Scott lo besó de nuevo y luego suspiró.

—Tengo que terminar de hacer las maletas.

—¿No puedes llamar para decir que estás enfermo? —bromeó Kip.

—Sí, sí. Está bien, Grady.

Se levantó de la cama y se fue al baño, dejando a Kip solo mirando al techo. Antes de que Scott se fuera durante nueve días, ¿debía Kip simplemente… decirle lo que sentía?

Sacudió la cabeza. ¿Y si era demasiado? Seguro que era demasiado, ¿no?

Si le decía a Scott ahora que estaba enamorado de él, Scott tendría una semana para pensar lo raro que era eso, lejos de él.

Kip podía imaginarse a Scott volviendo de su viaje para decirle que lo suyo no iba a funcionar.

En su mente, resultaba devastador de lo realista que era.

No valía la pena, joder.

Sustituyó a Scott en el baño y se aseó. Inspeccionó el chupetón que Scott le había dejado. Scott no bromeaba sobre lo grande que era, pero Kip estaba muy contento con él.

Volvió al dormitorio, donde Scott ya llevaba puesto casi todo un llamativo traje gris.

­—Aprecio mucho el código de vestimenta de la NHL para los viajes del equipo —dijo Kip admirando la forma en que la perfecta confección resaltaba los anchos hombros y la cintura esbelta de Scott.

—Habla por ti —refunfuñó Scott.

Hizo un nudo Windsor con la facilidad de alguien que lo había hecho innumerables veces desde la infancia.

Mientras Kip recogía su ropa interior del suelo, Scott dijo:

—Anoche dijiste que conocías algunas discotecas buenas.

—Sí —respondió Kip. Scott había vuelto a decir algo que no se esperaba en absoluto—. Así es.

—Estaba dándole vueltas. ¿Vas a menudo?

—No, la verdad es que no. Hace tiempo que no voy.

Scott pareció relajarse un poco, lo cual era extraño.

—Ah, vale. No pasa nada. Olvida lo que te he dicho.

—Scott —dijo Kip—. ¿Me estás preguntando si me he liado con otros tíos mientras hemos estado…?

—¡No! —dijo Scott, demasiado rápido—. O sea… Bueno, supongo que sí. Pero no porque… No voy a decirte que no lo hagas. Sé que no siempre estoy disponible.

—Scott —repitió Kip.

Se acercó por detrás y le rodeó el inmenso pecho con los brazos.

—Lo siento —dijo Scott—. No es que esté celoso. Es solo que… no sé cómo funcionan estas cosas.