Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Kip se puso a mirar el suelo y Scott sintió unas ganas locas de apoyarle un dedo en la barbilla e inclinarle la cabeza hacia arriba. Quería besarlo. Quería decirle que estaba donde tenía que estar porque era importante para Scott, y saltaba a la vista que también era importante para Elena.

—Menuda fiesta, ¿eh? —dijo en lugar de eso.

—Sí… —respondió Kip, y alzó la mirada para toparse con la de Scott­—. Me parece raro no estar paseando una bandeja.

Scott frunció el ceño y se contuvo para no tocar a su novio. Notaba ojos y oídos por todas partes.

­—Pues no tienes aspecto de haber venido a pasear bandejas. Estás…

No pudo acabar la frase. Era imposible hacerlo con las palabras que deseaba usar. Allí no.

—Elena parece una chica genial —dijo para cambiar de tema.

—Y lo es. Luego bailarás con ella, ¿verdad?

—Bueno, fingiré que bailo lo mejor que sepa, sí.

Kip soltó una risita. Luego suspiró y contempló a Scott con tanto afecto y anhelo que este no pudo hacer nada salvo mirarlo del mismo modo. Sabía que tenía una sonrisa tonta de enamorado en la cara, pero no podía evitarlo.

Para ser precavido, bajó la voz.

—Estás increíble.

Kip se mordió el labio.

—Tú tampoco estás mal.

Scott se inclinó para acercarse un poco más a él, tentando a la suerte.

—La noche será larga.

Kip se quedó mirando su boca. Scott observó cómo se le movía la nuez al tragar saliva.

Cuando Kip respondió, su voz había adoptado ese acento arrastrado de Brooklyn que tanto le gustaba a Scott.

—Aunque el final va a ser para tirar cohetes.

—Me muero de ganas —jadeó Scott.

—Yo también.

Y gracias a dios Elena volvió en ese momento, porque de lo contrario Scott habría podido hacer algo muy estúpido. La mirada de reproche que le dirigió Elena cuando le ofreció la cerveza le indicó que Kip y él estaban demasiado cerca un momento antes.

—Es hora de sentarnos a cenar —anunció Elena—. Venga, separaos.

Antes de despedirse, Scott extendió la mano hacia Kip, quien se la quedó mirando un instante antes de sonreír y dársela, temblando como dos hombres que acabaran de conocerse en un acto social.

Pero Scott aprovechó la oportunidad para rozar con las yemas de los dedos suavemente la parte interna de la muñeca de Kip. Acarició la piel sensible mientras se daban un apretón de manos y observó cómo Kip separaba los labios. Observó cómo se le encendía la mirada.

—Nos vemos luego —dijo Scott—, Christopher…

La cena se hizo eterna. Entre plato y plato, Jacqueline dio la gracias a todo el mundo por asistir y explicó la importancia de proporcionar oportunidades a la infancia para explorar las ventajas del STEM para el deporte y el aprendizaje.

Habló de algunas de las buenas obras que ya había hecho la Fundación Equinox en la zona y qué planes tenía para el futuro.

Anunció una donación cuantiosa a las escuelas públicas locales para que pudieran contar con ordenadores de última generación y otro tipo de tecnología.

Scott aplaudió junto con el resto de la multitud.

Estaba sentado con otras nueve personas que no conocía.

Incluso a Carter lo habían ubicado en otra mesa.

Scott nunca se sentía especialmente cómodo en aquella clase de eventos, pero esa noche se notaba todavía más inquieto y distraído que de costumbre.

No ayudó el hecho de que, desde donde estaba sentado, no pudiera ver a Kip.

Mientras esperaban el postre y el café, decidió que necesitaba salir de ahí unos minutos. Se disculpó y se puso de pie. Buscó discretamente a Kip con la mirada, pero no lo encontró.

Scott fue al lavabo, pero después no tenía ganas de volver a la mesa.

Deambuló por la zona que había junto al salón de baile principal, donde estaban los lavabos, y encontró una galería que ofrecía una vista de las luces de la ciudad desde el tercer piso.

No había nadie más, así que se tomó unos minutos de tranquilidad, apoyado contra el cristal y mirando el tráfico.

Notó a Kip detrás de él antes de ver su reflejo en el cristal, justo por encima de su hombro.

—Hola —dijo Kip en voz baja.

Scott cerró los ojos y se obligó a que el revoloteo que sentía en el estómago se calmara.

Se dio la vuelta.

—Creo que no es buena idea que estemos aquí juntos.

—Probablemente no.

Kip se acercó un paso más e invadió el espacio personal de Scott y se apoderó de sus sentidos. El olor especiado de su aftershave era embriagador.

—Te han dejado el traje perfecto —dijo Scott tembloroso—. Te sienta… de maravilla.

—Mmm.

Con la boca de Kip cerquísima, los labios de Scott se abrieron por completo por propia iniciativa. Qué fácil sería inclinarse y obtener lo que deseaba…

—La comida estaba rica —dijo Kip como si nada.

—¿Ah, sí? No me he fijado mucho.

—¿Te has distraído?

—Puede.

—Me parece que aún tienes hambre.

Scott jadeó estremecido.

—Maldita sea, Kip.

Kip le dedicó una de esas sonrisas tan atractivas que normalmente le encantaban, pero que aquí…

Kip bajó la mirada justo a la entrepierna de Scott y se le ensanchó aún más la sonrisa.

«Podríamos irnos. Podríamos marcharnos ahora mismo…».

—Debería volver —dijo Kip, con tanta naturalidad que le dio rabia.

Scott se mordió la lengua tan fuerte que le transportó de vuelta a la realidad.

—Luego me las vas a pagar —gruñó.

Kip abrió más los ojos, pero logró sonreír antes de darse la vuelta para marcharse. Scott sonrió mientras lo veía alejarse, encantado de haber podido contratacar un poco.

Se tomó unos segundos para recuperar la compostura y luego volvió al salón. Parecía que se había perdido el postre; ya estaban retirando las mesas con el fin de dejar más espacio para quien quisiera bailar y socializar.

No vio a Kip por ninguna parte.

Se formó un revuelo entre la multitud cuando bajaron las luces, y la tarima desde la que había hablado Jacqueline un rato antes giró y dejó a la vista a un famoso cantante de estilo lounge y a su orquesta.

Scott socializó un rato, charlando con famosos de primera categoría y con algunos directores ejecutivos importantes de Nueva York. Acababa de entablar conversación con un auténtico astronauta cuando alguien le dio un golpecito en el hombro.

—Creo que me habías prometido un baile —dijo Elena.

Scott sonrió, muy contento de verla. La tomó del brazo y se desplazaron hasta la pista de baile, que ya estaba bastante llena.

—Bailo fatal —le advirtió.

—Yo lo compenso.

Elena se movía de maravilla, había que reconocerlo. Scott no tardó en encontrar el ritmo mientras bailaban un sencillo two-step al son de « Fly Me to the Moon » interpretado por la banda.

—¿Sabes que acabo de hablar con un astronauta de verdad? —comentó Scott—. Me pregunto si le gustará esta canción.

Elena pasó por alto con educación su torpe intento de sacar conversación.

—¿Estás disfrutando de la velada?

—Claro. —Scott bajó la voz—. ¿Qué tal le va a Kip?

—Creo que está concentrado en la fiesta de después.

—Vale, pues ya somos dos.

Elena lo miró a la cara.

—Te gusta.

—Sí. Me gusta… muchísimo.

—Bien. Porque él está loco por ti. Tienes que entender que esto no le había pasado nunca.

—¿Crees que voy a hacerle daño?

—No lo sé. Acabamos de conocernos. Convénceme de lo contrario.

Scott suspiró. Hasta ese momento no había hablado con nadie de sus sentimientos por Kip. Era agradable tener a alguien con quien compartirlo, aunque también le aterraba.

—No sé explicarlo, porque no tiene sentido lo rápido que me he…

—¿Enamorado?

Scott notó que se ruborizaba.

—Sí.

Ella le apretó la mano.

—Le pides mucho, ¿sabes?

—Lo sé. No prometo más de lo que puedo ofrecer, pero… Le daré todo lo que esté a mi alcance.

—¿En secreto?

—De momento.

Elena arqueó una ceja.

—Como te decía, no prometo más de lo que puedo dar. Pero esto es nuevo. Creo que, con el tiempo, podré ofrecerle más.

Pareció que la joven lo sopesaba.

—De acuerdo.

Scott carraspeó.

—¿Te gusta trabajar para Equinox?

­—Sí. Puedo hacer lo que más me gusta, me tratan con respeto y me pagan una burrada.

Scott se echó a reír.

—Se parece a mi trabajo.

Cuando terminó la canción, Elena se acercó a él.

—Puedes besarme si te apetece. Por si quieres… despistar.

Scott sonrió, conmovido por la propuesta, y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias, pero no te haría algo así.

—Tampoco habría sido tanto sacrificio. —Antes de despedirse, Elena añadió—: Kip es la mejor persona que conozco. Y nunca lo había visto tan feliz como estos días. Lo protejo porque lo quiero.

—Ya lo sé.

Scott quería contestarle que él también lo quería, pero nunca lo había dicho en voz alta. Ni siquiera se había permitido plantearse la posibilidad en serio, pero mientras se alejaba de la pista de baile con Elena, al ver a Kip sentado, relajado en una butaca, observándolos…

… ¿qué otra cosa podía ser lo que sentía?

Scott y Elena hacían una pareja de baile alucinante, y Kip sintió envidia. Ojalá fuera él quien estuviera en los brazos de Scott. Se consoló recordando que pronto lo estaría.

Pero sería chulo poder bailar con él. Kip no necesitaba que la gente supiera que estaban juntos. No le interesaba alardear de novio ni que alardearan de él. Solo… deseaba compartirlo todo con Scott.

Miró cómo salían de la pista de baile. Al instante alguien le pidió bailar a Elena, y Scott desapareció entre una multitud de gente. Kip suspiró. Empezaba a aburrirse. No quería seguir bebiendo y no se sentía cómodo para entablar otra conversación.

Observaba la fiesta, tratando de disfrutar del espectáculo, cuando le vibró el móvil.

Scott: 161912.

Kip se lo quedó mirando, confundido. ¿Y si Scott había marcado esos números sin querer con el aparato en el bolsillo?

Entonces llegó un segundo mensaje.

Scott: El código de la puerta. Es el mismo para el ascensor.

Kip levantó la mirada. Scott estaba inclinado contra una pared al otro lado de la gigantesca sala mientras tecleaba.

Scott: Nos vemos allí. Escríbeme cuando te vayas.

Kip sonrió. Por una parte, estaba emocionado con la idea de llevar cosas a casa de Scott y, por otra, conmovido de que le hubiera dado el código de entrada.

Respondió:

Kip: Me voy ya. Voy a decírselo a Elena.

Scott se disponía a marcharse cuando Carter lo detuvo.

—¡Scotty! ¿Era ella? ¿Era ella? ¡Os he visto, tío! —Le pasó el brazo por el cuello y lo arrastró dentro—. ¡Os he visto! ¡Pedazo de mujer, Scott! ¡Fabulosa! ¡Te felicito, amigo mío!

Saltaba a la vista que Carter había bebido.

—No te preocupes —añadió en un susurro que sonó más alto que la voz normal de mucha gente—. No se lo contaré a nadie.

—Eh, sí, claro. Gracias, Carter —dijo Scott, y le apartó el brazo—. Pero justo me iba, así que…

—Ya lo pillo, tío. ¡Lo pillo! ¿Ella se va en otro coche?

—Eh…

—Te entiendo. ¡Disfruta de la noche, Hunter! ¡Eso, eso, disfruta!

Scott suspiró mientras salía. Las cosas se complicaban cada vez más.

El coche de alquiler lo esperaba en la entrada. Dejó que el merecido silencio lo envolviera cuando por fin se sentó en el asiento de atrás.

El conductor lo llevó a casa.