Capítulo 13 #2
—Claro que no. Tan solo creo que es justo advertirle que, si te hace daño, será perjudicial para su carrera. Porque estará muerto.
—¡Elena!
—Era broma. Más o menos. Oye, tengo que pintarme las uñas. ¿Y si abrimos una botella de vino, escuchamos algo de Rihanna y nos ponemos guapos?
—Venga…
Cuando Kip salió de la limusina, lo recibió el destello de una pared de flashes . Se detuvieron en seco cuando los fotógrafos parecieron darse cuenta de que Elena y él no eran nadie.
Cruzaron la alfombra roja a toda velocidad.
—Estás impresionante —dijo Kip y le ofreció el brazo a Elena para que se apoyara en él mientras subía los escasos peldaños que daban a la entrada—. Sé que no paro de decir lo mismo, pero de verdad… Muchos tíos van a estar celosos de mí.
Elena le sonrió.
—Creo que muchos tíos van a estar celosos de mí.
Era cierto que Elena estaba despampanante.
Llevaba un vestido de raso negro y cuello halter con volantes de gasa en un lateral de la falda; las capas caían con un degradado en gris, cada vez más claro.
Los volantes se abrían al caminar y dejaban al descubierto una raja alta por la que enseñaba las piernas y las sandalias de tiras de tacón negro.
Se había recogido el pelo moreno en un moño lateral rizado, bajo el que destacaban sus relucientes pendientes, que por lo menos parecían ser de rubíes y diamantes.
La fiesta se celebraba en un enorme edificio histórico que habían restaurado y mejorado hacía poco. Ahora era uno de los lugares más glamurosos de Nueva York para los eventos sociales. Kip nunca había estado dentro, ni siquiera como camarero.
—Es impresionante —dijo contemplando el techo del vestíbulo.
—Pues espera —respondió Elena.
Lo condujo a la sala más lujosa que Kip había visto en su vida.
Estaba plagada de arcos altos y columnas de mármol, pero Equinox había añadido sus propios toques modernos para el acto.
Había una plataforma para un DJ (probablemente famoso) en alto, hologramas en 3D de centros florales que se proyectaban en medio de cada una de las mesas.
No obstante, lo que más llamó la atención a Kip fueron los pequeños robots con ruedas que parecían estar sirviendo el aperitivo a los invitados.
—Equinox lo hace todo a lo grande, ¿eh? —preguntó Kip.
—Tú lo has dicho.
—¿Estoy bien?
—Estás tan guapo que resulta ofensivo. —Le apretó el brazo—. Vamos, tenemos tiempo de socializar un poco antes de sentarnos a cenar. A ver a quién encontramos.
Lo llevó hacia la multitud de los ricos y famosos de Nueva York que se había acumulado junto a una de las barras. No es que a Kip se le diera bien identificar a las celebrities , pero reconoció de vista a algunas de las personas presentes.
Kip se preguntó si Scott habría llegado ya.
Elena le presentó a algunos de sus compañeros de trabajo y Kip charló un poco, aunque nadie pareció especialmente interesado en él.
Se distrajo cuando un robot llegó rodando y le ofreció un canapé.
Kip no estaba acostumbrado a ser quien recibía la bandeja de aperitivos, y ver que una máquina era capaz de ejecutar con tanta eficiencia el tipo de trabajo que ocupaba la mayor parte de su currículum le… deprimió un poco.
—¿Qué pasa, tío? ¿Pretendes quitarme el curro? —le preguntó.
El robot se limitó a alejarse y servir a otro grupo de invitados, y a Kip no le quedó más remedio que reconciliarse con el hecho de tener más en común con los robots que con cualquier invitado real de la fiesta.
Fue a la barra y le ofrecieron copas (¡gratis!) para Elena y para él. Cuando le llevó el martini a su amiga, esta le hizo un gesto con la cabeza para que mirase hacia atrás.
Kip se dio la vuelta y vio a Scott al otro lado del salón. Hablaba con un grupito y sonreía. Les sacaba una cabeza por lo menos a todos los demás. Estaba espectacular con aquel traje clásico negro.
Elena le dio un codazo flojo, que hizo que Kip se volviera hacia ella.
—¡Para de mirarlo así! —le susurró.
—¡Vale! ¿Me habrá… visto? ¿Ha mirado hacia aquí ya?
—Aún no. Tíos, tendréis que disimular un poco mejor si queréis engañar a alguien.
—Pero ¿de qué hablas? Estoy tranquilo. ¿Ha mirado ya?
—No. Pero si por casualidad viene… Vale, ya te ha visto.
—¿Cómo lo sabes?
—Pues porque acaba de iluminarse como el puto sol. Madre mía. Estáis acabados.
Scott no podía dar un paso sin que alguien lo parase. A algunas personas las conocía un poco, otras eran completos desconocidos, pero todos los invitados de la gala parecían querer su momento con él.
Se había pasado la noche con las mismas conversaciones insulsas. «Sí, estoy emocionado por la buena racha que llevamos en los play-offs », «Más que encantado de tener a Jalo en el equipo. Su incorporación nos irá de perlas», «La verdad es que no juego al golf. No he jugado nunca».
Y a las pocas personas lo bastante valientes para preguntarle por Zullo: «Confío en que reciba la ayuda que necesita».
Vio a Kip, pero solo de refilón. Aunque estaba de espaldas, Scott lo reconoció al instante. Lo acompañaba una mujer fabulosa que despertaba las miradas incluso en aquel ambiente. Era la mujer que Kip había llevado al partido de los Admirals hacía unas cuantas semanas. Elena.
Se acercaba la hora de la cena, cuando tendrían que sentarse cada uno en su sitio. Entonces harían los discursos y quién sabía cuándo tendría oportunidad de hablar con Kip. Necesitaba verlo ya.
Scott se liberó de una conversación con uno de los jugadores estrella de los New York Jets diciéndole con educación que iba a la barra a pedir algo. Se desplazó entre la multitud y fingió no oír a la pareja que gritó su nombre.
Por fin Kip se dio la vuelta y se miraron a los ojos. A Scott se le paró el corazón.
Dios mío, estaba guapísimo. Como una estrella clásica de Hollywood. Scott se vio atraído hacia él como una polilla a una llama.
—Buenas noches —dijo cuando por fin llegó adonde estaba Kip.
El traje le sentaba como un guante, era una fantasía: azul oscuro y de corte ajustado por todas partes.
Parecía imposible adivinar que en otra época lo habían hecho a medida para el cuerpo de Scott; es más, que, de hecho, era el traje que lucía Scott la primera noche que había pasado con Kip.
Llevaba la raya hacia un lado y un brillo en los ojos mientras le seguía el juego.
—Scott. Cuánto me alegro de volver a verte. Esta es mi amiga, Elena Rygg. Trabaja para Equinox. Elena, te presento a Scott Hunter…
—No hace falta que me lo presentes —dijo Elena y extendió la mano—. Qué emoción conocerte por fin en persona, Scott.
—Elena —dijo Scott negando con la cabeza—. Guau. Eres preciosa.
Kip se echó a reír.
—Lo siento —añadió Scott—. Se me da fatal hablar con las mujeres.
—Supongo que es muy poco habitual en tu entorno laboral.
Elena le dedicó una sonrisilla secreta con la que casi dio la impresión de que se estaba riendo de él, aunque era un poco más cálida.
—No —dijo Scott, también sonriendo—. Por desgracia, no.
Kip se lo estaba comiendo con los ojos. Su mirada se paseaba por todo el cuerpo de Scott y se mordía el labio. El jugador trató de pensar una razón para tocarlo. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una mujer a quien no reconoció.
—¡Elena! ¡Estás espectacular! ¿Qué tal te lo estás pasando?
Elena abrazó a la mujer y luego se dieron dos besos en las mejillas.
—La fiesta es increíble, Jacqueline. Habéis hecho un trabajo admirable —dijo Elena.
—¿Lo dices en serio? A mí me gusta el contraste entre el glamour del Nueva York de antaño y la tecnología más puntera. —Se volvió hacia Scott y extendió la mano—. ¡Scott Hunter! Muchas gracias por venir. Jacqueline Kane.
Ah. La directora ejecutiva de Equinox.
—De nada. Gracias a vosotros por invitarme —dijo Scott con educación.
—No sabía que vosotros dos os conocierais —comentó Jacqueline señalando a Scott y a Elena.
—Acabamos de conocernos —dijo Scott.
—¡Qué afortunado! Elena ha sido una pieza valiosísima para la empresa desde el año pasado. La adoramos, te lo aseguro. Y, ay, perdón, qué maleducada. No nos hemos presentado. —Le tendió la mano a Kip—. Soy Jacqueline.
—Eh, yo soy Chrsitopher. Grady.
Kip le estrechó la mano.
—¿También trabajas en IT, Christopher?
—No… Yo, eh… No, no.
Scott sintió ganas de intervenir y decir algo positivo sobre Kip, pero se suponía que no lo conocía.
—¿Estás con Elena? —le preguntó Jacqueline a Kip.
—¡No! O sea…, he venido a acompañarla, sí. Somos amigos. Buenos amigos.
—¡Ah! De acuerdo. ¿Y qué me dices tú, Scott? ¿Has traído a alguien especial esta noche?
Scott no pudo evitar mirar un momento a Kip antes de responder:
—He venido solo.
Jacqueline sonrió y miró a Scott y luego a Elena.
—Vaya, vaya, pues os dejo que vayáis conociéndoos. ¡Pasadlo bien!
—Lo haremos. Que vaya bien la velada, Jacqueline —dijo Scott por educación.
—¿No conocías a Jacqueline? —preguntó Elena.
—No —contestó Scott—. Me invitan a un montón de cosas de gente que en realidad no conozco. —Chasqueó la lengua—. Al principio me parecía surrealista, pasar de ser un niño pobre de Rochester a verme de pronto inmerso en este otro mundo. A codearme con la realeza de Nueva York.
—Ya me lo imagino —dijo Kip con una discreta sonrisa.
Scott frunció el ceño, porque ¿acaso Kip se sentía así? Para Scott era fácil pensar en sí mismo como en un chaval de Rochester porque en realidad era eso. Pero ¿también sería surrealista para Kip? Debía de serlo, por lo menos un poco.
Una de las cosas que más le gustaban de Kip era que no parecía interesarse en absoluto en el dinero o la fama de Scott. Cuando estaba con Kip era el único momento en el que Scott se sentía… Scott.
Elena debió de notar la incomodidad entre ambos, porque se metió en la boca todo lo que le quedaba en la copa.
—Ay, fíjate. Se me ha acabado el martini. Voy a la barra a pedir otro. Scott, ¿qué te apetece?
—Eh, pues, cerveza. Sí, una cerveza está bien. Stella, supongo, si tienen.
—Sí tienen —le aseguró Elena.
Los dejó a solas.