Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 13
41%

Capítulo 13

Scott y Kip se despertaron juntos la mañana siguiente al anuncio del traspaso de jugadores.

Habían tenido la televisión encendida todo el día, en un canal de deportes que estaba dedicado precisamente a ese tema.

A ratos, Scott había prestado atención solo a la pantalla y Kip había sabido darle espacio.

Sin embargo, la mayor parte del día había estado encantado de dejar que Kip lo distrajera con otra cosa.

Y Kip había estado encantado de hacerlo.

También le había encantado poder distraerse del estrés de esperar la respuesta del museo.

La entrevista había ido sorprendentemente bien.

Parecía que a los dos entrevistadores les había gustado Kip.

Al final, todo el mundo hablaba como si ya hubiera conseguido el trabajo. Se había marchado superanimado.

Pero, aun así, no le había contado nada a Scott. Tal vez fuera porque no quería gafarlo, o quizá solo le daba vergüenza su patético intento de mejorar su carrera. El nivel de éxito de Scott hacía que todo lo que conseguía Kip pareciese ridículo.

Scott había perdido a algunos de sus compañeros de equipo en un traspaso que los presentadores de la tele habían denominado «monumental». Un tipo llamado Burke y otro delantero habían acabado en Tampa Bay a cambio de un gigantesco defensa finlandés.

—Matti Jalo —había dicho Scott cuando había oído la noticia—. Guau.

—¿Es bueno? —había preguntado Kip.

—Sí, lo es… No pensaba que fuéramos a conseguir a alguien así, la verdad. Puede que sea el mejor defensa que hay en la liga ahora mismo.

—¡Hey, pues es genial!

—Sí, sí —había coincidido Scott—. Demuestra que la dirección tiene confianza en nosotros. Acaban de comprarnos un regalo precioso.

—Pero, eh, los tíos que se van… ¿Uno era Burke, verdad? Y el otro, eh…

—MacDow, sí. Buena gente. Es una mierda, pero ya suponía que Burke se iría. En realidad, es mejor para él. Aquí nunca va a poder destacar.

—Entonces ¿estás satisfecho?

Scott le había sonreído.

—Estoy satisfecho.

—¿Tienes ganas de celebrarlo?

—Desde luego.

Y ahora eran las cinco de la mañana pasadas y Kip tenía que ir a trabajar, pero Scott le estaba metiendo mano y le mordisqueaba la mandíbula.

—Di que estás enfermo —murmuró Scott pegado a su piel.

—¡No puedo! Y esta noche tienes partido. Estarás ocupado.

—Pues llega tarde. Ya te escribo un justificante.

Kip se echó a reír

—¿Y qué pondrías?

—«Siento que Kip llegue tarde, pero lo estaba montando. Firmado: Scott Hunter».

Kip gimió.

—Joder, no hemos hecho eso. Y… uf, joder, me encantaría.

—A mí también —dijo Scott, y llevó la mano de Kip a su polla dura como una piedra para ilustrar el argumento.

—Joder —suspiró Kip. Y luego—: No, no, no. Tengo que irme. No es justo, Hunter.

Se levantó y se vistió antes de que Scott pudiera convencerle de hacer una estupidez como no ir a trabajar.

—No voy a verte hasta la gala de mañana por la noche —dijo Scott suspirando—. E incluso entonces será una agonía el no poder tocarte.

—Aunque tiene su punto sexy, ¿no? ¿Más o menos?

—Más o menos.

Scott preparó café, como ya era tradición, y se lo bebieron juntos en la cocina.

—Sabes que para mí también será una agonía, ¿verdad? —comentó Kip.

Scott sonrió con tristeza.

—Seguro que quiero marcharme pronto. Me inventaré excusas desde el minuto cero.

—No lo harás. Los dos nos lo pasaremos genial y luego volveremos aquí y nos comeremos enteros.

Scott le dio un beso que era una promesa. Cuando terminó, Kip sintió un escalofrío.

—Tengo que irme —dijo con poco convencimiento.

—Nos vemos mañana por la noche.

Scott llegó al restaurante y pidió un café. Había quedado con su agente para comer y el café era importante.

Le caía bien Todd Wheeler (no permitiría que fuese su representante de no ser así), pero odiaba con todas sus fuerzas hablar de contratos y patrocinadores. Sabía que tenía suerte de contar con tantas oportunidades de ganar tanto dinero, pero ese no era el motivo por el que jugaba al hockey.

Todd llegó justo cuando Scott apuraba el final del café prensado que le había servido el camarero.

—Menudo marrón lo de Zullo, ¿no? —dijo casi en cuanto tomó asiento.

—Sí —asintió Scott—. Podrías decirlo así.

—Pero ya está. Ahora debes de sentirte bien, ¿eh? Sé que odiabas a ese tío.

—Quizá la palabra «odiar» es muy fuerte —dijo Scott—. Fuerte y acertada.

Todd se echó a reír.

—¡Y ahora Matti Jalo está en los Admirals! ¡Creo que este equipo va a ganar la copa!

—Por supuestísimo —corroboró Scott—. Jalo es una baza enorme.

—Ya lo creo que es enorme. Jalo es un puto monstruo. Y guapo, además. A Nueva York le va a encantar ese tío.

—Confío en ello.

—¡Aunque espero que no demasiado! Debemos asegurarnos de que sigas siendo el número uno en esta ciudad.

—Claro.

El camarero se acercó para tomarles nota. Todd pidió una ensalada de espinacas sin mirar la carta. Scott pidió un sándwich club y entonces Todd dijo de pronto:

—¿Sabes qué? A la mierda. Yo también me pido un sándwich.

Una vez que el camarero se hubo ido, Todd dijo:

—¿Vas a ir con alguien a la Gala Equinox?

—¿Por qué? ¿Quieres ser mi pareja?

—Anda ya, no me jodas. Es solo que he pensado que quizá estabas saliendo con alguien. Rezo todas las noches para que te líes con alguna actriz. O con una modelo. Algo que te haga salir en los periódicos, ¿sabes?

Scott hizo una mueca. Desde luego, saldría en los periódicos si alguien se enteraba de con quién estaba liado. Pero probablemente no en el sentido en el que confiaba verlo su agente.

—Siento decepcionarte.

—Si quieres, te busco pareja —comentó Todd—. Alguna ingenua actriz afincada en Nueva York que quiera dar un empujón a su carrera…

—No, gracias, Todd.

El agente meneó la cabeza.

—Pues no te entiendo, Scott. Con esa planta que tienes… —señaló el cuerpo entero de Scott con las manos extendidas— y parece que no la compartes con nadie. Tío, si yo me pareciera a ti…

Scott resopló. En tiempos, Todd había sido atleta, pero tras años apartado de la competición se había puesto un poco fondón. De todos modos, aún era bastante atractivo.

—Debería haberme pedido la maldita ensalada —murmuró Todd pensativo—. No todos tenemos la suerte de quemar un millón de calorías al día.

—Estás bien —le aseguró Scott.

—No hablábamos de mí, Scott. Hablábamos de ti y de por qué no estás saliendo con alguna de las mujeres fabulosas que hay en Nueva York.

—Estoy ocupado —murmuró Scott.

—¡Todos estamos ocupados! ¡Yo tengo una esposa, tres hijos y catorce clientes!

—¿A qué viene hablar de esto?

—Quiero que seas feliz, Scott. Llevo siendo tu representante desde que tenías diecisiete años y jamás me he enterado de que hayas tenido una cita siquiera con alguien. He ido a las bodas de muchos de mis clientes, todos sois como de la familia para mí. Ya lo sabes. Sobre todo, porque… ya sabes.

­—¿Porque soy huérfano? —preguntó Scott sin pelos en la lengua.

—Solo quiero que sepas que me preocupo por ti y que me importa tu felicidad. Nada más.

—Vale, gracias. Pero soy superfeliz. De verdad.

—Entonces… Si un amigo que representa a cierta actriz afincada en Nueva York me preguntara si por casualidad buscas acompañante para la gala…

—Deberías decirle a tu amigo que no, gracias.

Todd suspiró.

—Vale. ¿Ni siquiera quieres saber quién es?

—Nop.

—Porque si te gustan las chicas con piernas lar…

—¡Ay, mira! ¡Ya nos traen la comida!

Scott empezó a preguntar por los programas de entrevistas a los que podían invitarlo para mantener la conversación apartada de su vida amorosa durante el resto de la comida. Todd pareció captar la indirecta, porque no volvió a sacar el tema.

Sin embargo, menos de media hora después de despedirse, Scott recibió un mensaje de su parte. Era una foto de una joven preciosa en la alfombra roja seguida de:

Todd: ¿Seguro?

Scott: Seguro.

Por dios. Lo peor que podía pasarle ahora mismo era que todo el mundo se interesara por su vida amorosa.

Kip salió de trabajar el jueves y fue directo a casa de Elena. Había llevado allí el traje tres días antes, tras recogerlo de la sastrería.

Su amiga abrió la puerta con el pelo mojado y un albornoz.

—Asombroso —dijo Kip—. Ya te has duchado. ¿Puedo hacerlo yo?

—Sí, claro. Tenemos que salir por la puerta en, tipo, dos horas, ¿vale? Vendrá a buscarnos una limusina.

—¿Una limusina?

—La manda Equinox. Les caigo bien.

Kip se duchó y luego salió del cuarto de baño tapado con una toalla. Elena estaba en su habitación con la puerta entreabierta. Llamó con cuidado.

—¿Puedo pasar? ¿Está ahí mi traje?

—Sí. Pasa.

Kip abrió la puerta y se la encontró delante del espejo, poniéndose unos rulos calientes en el pelo. Del pequeño altavoz que tenía al lado salía música pop.

—Voy a ponerme la ropa interior —dijo Kip—. No me mires.

—Ni en sueños.

—¡Elena, te estoy viendo mirar por el espejo!

Se puso sus calzoncillos negros más presentables a toda velocidad. Vio el reflejo de Elena sonriendo.

—Bueno, entonces, ¿cuál es el plan esta noche? ¿Scott y tú vais a fingir que no os conocéis y luego vais a ir a su casa y…

—¿Vamos a follar como locos? Sí. Ese es el plan.

—Qué pervertidos.

—Un poco.

—¿Seguro que estás cómodo en esta relación tan rara? —preguntó Elena mientras se ponía el último rulo en el pelo.

—Sí, estoy a gusto. —Kip arrugó la frente—. A ver, obviamente sería genial si…

—¿Fuerais a algún sitio aparte de su piso?

—Tiene un piso muy chulo, pero sí. Sería genial poder salir por ahí juntos.

—¿Crees que alguna vez podréis?

—¡No lo sé! O sea, no hace ni un mes que estamos juntos.

—Pues ya es un mes más de lo que te he visto saliendo con alguien.

—¡Exacto! Por eso me parece tan serio. Nunca me había…

—¿Sentido así?

Kip se ruborizó, porque sonaba muy pasteloso.

—Scott me gusta mucho —murmuró.

Elena se incorporó y recorrió la habitación.

—Me muero de ganas de conocerlo —comentó antes de darle un beso en la mejilla a Kip.

—No pensarás darle una de tus famosas charlas terroríficas, ¿verdad?