Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Me siento mal —dijo Scott—. Esta noche casi no he podido hacer nada contigo. Quiero recompensártelo.

—¡Mañana por la noche no estarás curado!

—Ya lo sé… Pero a lo mejor…

—Mañana por la noche ya veremos —dijo Kip—. No voy a dejarte hacer nada que pueda lesionarte más.

Scott suspiró, pero le sonrió con afecto.

—Además —dijo Kip—, me gusta hablar contigo.

Scott levantó la palma de Kip hasta su boca y le dio un beso.

—A mí también.

Todavía era de noche cuando sonó la alarma de Kip. Al principio Scott se quedó perplejo, pero luego recordó que Kip tenía que ir a trabajar. Kip se removió a su lado, se sentó despacio y se quejó un poco en voz baja.

—Buenos días —murmuró Scott.

—Uf, joder. Sí, supongo.

Kip salió de la cama y fue al baño, mientras Scott se frotaba los ojos e intentaba levantarse. Desde luego, no era alguien acostumbrado a levantarse tarde, pero ni siquiera eran las cinco de la mañana.

Al final se obligó a sentarse, aunque el dolor punzante le recordó de golpe la lesión. Al cabo de unos minutos, Kip salió del cuarto de baño y empezó a vestirse.

—Voy a prepararnos café —dijo Scott—. Por lo menos haremos eso juntos.

—Vale. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera arreado un puck . Pero por lo demás… estoy muy feliz.

Kip sonrió y terminó de vestirse. Scott fue al baño y, al pasar por delante, se detuvo a besarlo.

—Bua —dijo Kip haciendo una mueca—. Ese moretón no tiene buena pinta.

—Tampoco es que no lo note. Pero sobreviviré.

En el cuarto de baño, Scott se echó agua por la cara y se apartó para comprobar cómo tenía el hematoma en el espejo. Kip no mentía: no cabía duda de que se había oscurecido más por la noche y había adoptado un color azul muy oscuro, casi negro.

Tras ponerse ropa deportiva, Scott fue a la cocina a preparar el café. Se paró al ver a Kip de pie delante de las ventanas de la sala de estar.

—Tienes esta vista todas las mañanas, ¿eh? —preguntó Kip.

—Más o menos.

­—No está mal.

Los primeros destellos de luz aparecieron sobre el perfil de Brooklyn e iluminaron la constitución delgada de Kip. Estaba de pie con un brazo extendido por encima de la cabeza y la mano apoyada en el cristal.

En ese momento, Scott se lo imaginó todo.

Estar con Kip. Vivir con Kip. Irse a dormir y levantarse juntos.

Preparar la comida e ir a restaurantes y viajar juntos.

Dejar de esconderse, limitarse a ser feliz y sentirse pleno con un hombre que…

le importaba. Atreverse a decirle al mundo quién era en realidad.

Pero, incluso si se atrevía a hacerlo, sería demasiado pedir a Kip, quien tal vez no se diera cuenta de dónde se estaba metiendo con Scott.

Si Scott salía del armario, se armaría una buena.

Nadie de la NHL lo había hecho, y los medios los perseguirían todo el tiempo.

Scott ya estaba acostumbrado a que el público lo mirara con lupa; no quería arrastrar a Kip a todo eso.

Además, solo hacía un par de semanas que se veían. Era ridículo incluso pensar…

Se separaron y Scott apartó un mechón de pelo de Kip y le pasó la palma por la barba incipiente que le cubría la mandíbula.

—Me encantaría poder pasar un día entero contigo.

—Ya lo harás.

—Sin lesiones. Poder dedicarme a ti con calma.

Advirtió el cambio en los ojos de Kip. La oscura lujuria se iba colando.

Scott se inclinó para darle otro beso, pero Kip lo apartó y negó con la cabeza.

—Tengo que irme a trabajar —suspiró.

—Primero el café.

Mientras Scott trajinaba con la sofisticada cafetera que casi nunca utilizaba, Kip le levantó la camiseta y comprobó cómo tenía la contusión.

—No pensarás entrenar hoy, ¿verdad? —preguntó.

Scott se apartó y tiró de la costura de la camiseta para volver a bajársela.

—Pues claro que sí.

—¿Y vas a jugar el miércoles? —Kip parecía horrorizado.

­—Sí.

—¿Es que todos los jugadores de hockey sois unos idiotas testarudos?

—Casi todos.

—Joder, si yo tuviera un hematoma como ese, me quedaría un mes en la cama.

Scott se echó a reír.

—Alguna vez he jugado con costillas rotas. Puedo jugar con esto.

Kip puso cara de ir a decir algo más, pero Scott le dio un beso y le puso un termo lleno de café en la mano.

—Venga, tienes que irte a trabajar —le recordó.

—Vale —dijo Kip suspirando—. Volveré en cuanto pueda esta noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Y ten cuidado con el entrenamiento de hoy.

Scott sonrió, conmovido una vez más por su preocupación.

—Lo haré.

Se besaron por última vez y Kip se marchó.

Scott se pasó la lengua por el labio inferior, tratando de atesorar los restos del beso de despedida. Luego sintió el vacío que se apoderaba de él cada vez que Kip y él se separaban.

Quería más tiempo.

En su mente, Scott se transportó a un futuro en el que tal vez Kip no tuviera que trabajar. En el que tal vez fuera solo…

¿Solo qué? ¿El novio de Scott que se quedaba en casa? ¿Que estaba ahí siempre que Scott lo necesitaba? Si Scott no aunaba el valor de salir del armario, Kip se convertiría prácticamente en un prisionero. Sería imposible que salieran por ahí como una pareja normal.

—Maldita sea —dijo Scott en voz alta.

Ya la estaba cagando.

El puto Jeff había trabajado el día anterior, así que no había absolutamente nada preparado cuando Kip llegó al Straw+Berry.

—Lo odio —dijo Maria—. Un día lo mato.

—Es un mierda —coincidió Kip mientras bostezaba.

—¿Qué tal el fin de semana?

—Bien. Fui al partido de los Scouts con mi padre.

—Ah, ¿te refieres al partido de los Scouts contra los Admirals?

—Sí…

—Qué buen fan es mi niño. Qué mono.

Kip se encogió de hombros.

—Está buenísimo. Denúnciame.

—¿Te imaginas salir con él en serio? —preguntó Maria—. Sería alucinante. Como Cenicienta.

—Venga ya. ¡Mi vida no es tan penosa!

—Bueno, por lo menos sería emocionante.

—Ajá.

—¿Sabes qué? El sábado trabajé y no vino. Me pregunto si ahora tendrá otra superstición absurda.

—Vaya, adiós a toda mi vida amorosa —bromeó Kip.

—A ver, seguro que con todo lo que pasó con Zullo ese día se le olvidó lo demás. Seguro que estaba distraído.

—Sí, supongo.

—¿Cuándo vuelven a jugar en casa?

—El miércoles —dijo Kip, casi al instante.

Maria sonrió.

—Qué mono eres… ¿Estás listo para la entrevista de hoy?

—Nop. Pero haré lo que pueda.

—¿Crees que Scott Hunter se pasará el día yendo al museo si empiezas a trabajar allí?

—No. Anda, calla.

—¿Y si lo hiciera? Ay, dios mío. Sería increíble.

—No seas ridícula.

Maria bajó la voz e hizo una imitación pésima de Scott Hunter.

—Eh, hola, mmm, me gusta hacer siempre lo mismo cuando me van bien los partidos, así que necesito que Kip Grady me haga otra visita guiada privada de todo el museo.

Kip no pudo evitar reírse.

—Vamos, Hunter. Te invito a comer —dijo Carter.

Eran los únicos dos jugadores que quedaban en el vestuario.

Scott había entrenado apretando los dientes. Le dolía cuando se agachaba. Le dolía cuando lanzaba el puck . Y le dolía horrores cada vez que alguien lo rozaba.

—Creo que tendré que tomármelo con calma el miércoles —comentó—. No es nada serio, pero me hace ir muy lento.

—A ver, en realidad podrías tomarte la noche libre y dejar que se curara, pero oye…

—¿Tú lo harías?

Carter le sonrió de oreja a oreja.

—Ni de coña.

Fueron a un restaurante de sushi cercano que le gustaba a Carter.

—Bueno —dijo Carter mientras esperaban la cantidad exagerada de makis que habían pedido—. ¿A quién crees que cambiarán?

—No lo sé, de verdad.

—Van a apostar por alguien de los grandes. Supongo que tendremos que perder a algún joven talento a cambio de un defensa con experiencia.

—Bueno —dijo Scott—, eso significa que nos libramos.

—Pensaba en Burke. No es tan joven, pero se le da bien jugar de lateral y ahora mismo ya tenemos gente con talento de sobra en las líneas delanteras.

—Sí. Puede.

—¿Quién sabe? Oye, por cierto, ¿lo has visto? Los paparazzi nos pillaron la otra noche a Gloria y a mí. Estábamos cenando en el Nobu nuevo… ¿Has ido?

—No.

—Pues tienes que ir. Bueno, lo que te contaba: justo salíamos del Nobu y los paparazzi nos pillaron de lleno, joder.

Así que ahora nuestro pequeño secreto se ha hecho público.

—Carter se encogió de hombros—. Supongo que era cuestión de tiempo.

Aunque no fue para tanto porque una de las Kardashian anunció ayer que estaba embarazada, así que a nadie le importamos una mierda ya.

—Bueno…

Carter se animó a contarle con todo lujo de detalles qué habían comido en el Nobu y Scott trató de escucharle, pero sobre todo daba vueltas a lo que acababa de decir su amigo.

Carter había intentado mantener su nueva relación en secreto, pero, cuando ese secreto había salido a la luz, no había sido más que otro cotilleo en la sección del corazón.

Solo un par de famosos que se habían liado. La gente dijo «Ajá» y pasó a otra cosa.

No era eso lo que ocurriría si los paparazzi pillaban a Scott y Kip juntos. Bueno sí, podían salir a cenar algún día. Una vez. Si empezaba a ser habitual, llamaría la atención. Y si los pillaban… ¿tocándose? ¿Dándose la mano? ¡¿Besándose?! No habría forma de que Scott negara…

—Y tienen una salsa de caramelo con miso que… ¿Me estás escuchando, Hunter?

—¿Eh? Sí, sí, perdón. Es que… tengo hambre. Ahora mismo me cuesta oír hablar de comida.

—Bueno, hemos hablado de hockey, hemos hablado de comida, hemos hablado de mi vida amorosa. ¿Qué me dices de tu vida amorosa?

—Nada.

—Me parece que sí que hay algo que contar, ¿no?

—La verdad es que no.

Carter lo analizó y lo más probable es que se percatara del color en la cara de Scott o de que Scott no se atrevía a mirarlo a los ojos.

—Eres el peor mentiroso del mundo, Scott.

—Lo sé.

—¿No quieres contármelo? Estupendo. Solo quiero que seas feliz. Un tío como tú debería estar con alguien especial.

Scott sonrió pensativo.

—Soy feliz.

—¿Vas a llevarla a la Gala Equinox?

—¿Tú también vas a la gala?

—¡Claro que voy! ¿Se te ha olvidado con quién salgo? Y, además, soy muy famoso y admirado.

Scott se rio, pero por dentro se puso tenso. No esperaba ver allí a ninguno de sus compañeros de equipo. Solo serviría para complicar aún más las cosas.

Y, por dios, no era justo. Quería contarle a Carter —su mejor amigo— que iba a ir con su novio a la gala.

Su maravilloso y guapísimo novio, que le hacía sentir más feliz y ligero de lo que recordaba haberse sentido en la vida.

Quería bailar con Kip y besarlo, y presentárselo a todo el mundo para que supieran la suerte que tenía Scott.

—Puede. Ya veremos ­—respondió Scott en lugar de eso.

Carter sonrió.

—Eso espero. Me muero de ganas de conocerla, tío.