Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

—¡Ese puck debía de ir a ciento sesenta kilómetros por hora! —exclamó el padre de Kip.

—Joder, Scott, vamos. Levántate.

Scott estaba tirado en la pista de hielo en posición fetal, y movía lentamente una pierna adelante y atrás. A Kip le entraron ganas de vomitar. Quería bajar corriendo y saltar el cristal.

—¿Le ha dado en la cara? —preguntó alguien por detrás casi gritando.

«No…», dijo Kip con los labios.

—No, quizá en las costillas —dijo otra persona.

«Dios».

Scott giró el cuerpo y Kip le vio la cara. Tenía los ojos como platos y la boca abierta, como si jadease.

—¡No puede respirar! —dijo Kip a todos y a nadie en concreto—. ¡No puede respirar! Necesita…

Scott apoyó una mano enguantada en la pista para que le diera estabilidad antes de impulsarse poco a poco y ponerse de rodillas.

Hacía muecas y cerraba fuerte los ojos, pero parecía que respiraba.

Se arropó el cuerpo con un brazo, como si se sujetara el costado.

Uno de sus compañeros de equipo pasó un brazo por debajo del suyo y le ayudó a incorporarse. Otro le recogió el stick .

Scott salió de la pista patinando despacio, con la ayuda de su compañero, mientras la multitud aplaudía.

Kip se desplomó en el asiento, aliviado. «Está bien. Está bien».

Su padre le puso una mano en el hombro y apretó.

—Es un tipo duro.

—Sí —dijo Kip suspirando.

Observó mientras el médico del equipo lo escoltaba hasta la sala que había detrás del banquillo.

El partido continuó, pero Kip dejó de prestar atención. Tenía la mirada fija en el banquillo, a la espera de ver algún indicio del regreso de Scott.

Transcurrieron los últimos segundos y el partido acabó 3-2 para los Admirals. Scott no volvió a salir del vestuario. Kip no estaba seguro de qué podía hacer. Se suponía que esa noche iba a ir a casa de Scott, pero…

Mientras salía del estadio con su padre, Kip le mandó un mensaje a Scott:

Kip: Solo dime que estás bien.

No hubo respuesta, cosa que Kip ya esperaba. Lo más probable era que Scott no tuviera el móvil cerca.

Una vez en el metro, su padre le dijo:

—Salta a la vista que Hunter tiene un buen corazón. Puede que ese acto de sacrificio haya servido para ganar el partido.

Kip se mordió el labio.

—Sí…

Caminaron a paso ligero por las calles mojadas desde la estación de metro hasta su casa. Se sentía mal por no disfrutar de la compañía de su padre en ese momento. Se lo había pasado genial aquella tarde, pero ahora estaba preocupadísimo y no podía pensar en nada más.

Llevaban en casa casi una hora cuando Kip recibió la respuesta de Scott.

Scott: Estoy bien. Un moretón horrible, pero bien. Ahora voy a casa.

Kip se sentó en la cama y respondió:

Kip: Bien. Me habías asustado.

Scott: Lo siento. Creo que parecía más de lo que era.

Kip frunció el ceño.

Kip: ¿Todavía quieres que vaya a tu casa?

Un segundo después le sonó el móvil.

—Sí —dijo Scott.

—¿Seguro?

—Estoy seguro. O sea…, no sé si seré capaz de… hacer mucho.

—¡Lo sabía! ¡Sí te has hecho daño!

—No es para tanto. Solo un hematoma. Me he puesto hielo y me pondré más cuando llegue a casa. No hay fracturas. Ni costillas magulladas.

—¿Te han hecho una radiografía?

—Sí, claro. Me la hicieron allí mismo, en el estadio. No hay nada roto. Por favor, ven a mi casa.

—De acuerdo. Más te vale tener el hielo puesto cuando llegue ahí.

—Sí, sí —dijo Scott—. Y me gusta que te preocupes tanto por mí. Es muy… tierno.

Kip se ruborizó, porque ¿qué estaba haciendo? ¿Decirle a una superestrella de la NHL cómo tenía que cuidarse las heridas?

—Yo…, eh, me alegro de que estés bien. Voy enseguida. Y digo en serio lo de la bolsa de hielo.

Scott chasqueó la lengua.

—Nos vemos ahora.

—Muy bien, vamos a ver cómo está —dijo Kip.

Scott no había podido contener las muecas de dolor mientras acompañaba a Kip desde el portal hasta su apartamento. Por supuesto, Kip se había dado cuenta.

Y ahora Scott estaba tumbado en el sofá y Kip le levantaba la camiseta con mucho cuidado.

—Parece más grave de lo que es —insistió Scott—. De verdad.

—¡Ay, dios mío!

Scott bajó la mirada y vio el inmenso cinturón amoratado oscuro que le cubría la mayor parte del costado derecho. El puck le había golpeado justo debajo de la caja torácica, por encima del acolchado más grueso que cubría la parte superior de los pantalones.

—No es para tanto.

Le había dolido una barbaridad y le había cortado la respiración, pero no había habido lesiones internas.

—¡Venga ya! ¡Está fatal! De aquí no te muevas. Y espero que tengas bolsas de hielo para ponerte ahí —dijo Kip mientras iba a la cocina.

—Tengo varias —respondió Scott—. Siempre. En el congelador apenas hay comida. Todo son cosas para tratar lesiones.

Kip volvió con una bolsa de hielo nueva y la colocó con cuidado sobre la piel de Scott. Este contuvo un gemido ante el primer contacto, luego se relajó y puso la mano encima de la de Skip para ayudarle a sujetar el hielo en su sitio.

—Hacía mucho tiempo que nadie me mimaba tanto —dijo—. Es agradable.

Kip le dedicó una sonrisa un poco triste y Scott le apretó la mano.

—Siento haberte asustado. Son las desventajas de salir conmigo, supongo.

—Una desventaja aceptable. —Kip deslizó la mano por debajo de la de Scott y se levantó—. Voy a prepararte algo de cenar. ¿Tienes comida?

—Tengo lo que compré para prepararte el desayuno el otro día. Beicon y huevos. Todavía queda. Espera, deja que te ayude…

—Ni hablar. Estás castigado, Hunter. Quédate ahí.

Scott puso los ojos en blanco y se incorporó poco a poco.

—Por lo menos deja que vaya a la cocina para verte.

Se dirigió (con cierta incomodidad) hasta los taburetes que había junto a la mesa alta que separaba la cocina de la zona del comedor y sala de estar. Se sentó allí y le fue dando instrucciones útiles a Kip sobre dónde encontrar las cosas y cómo usar los sofisticados fogones.

Era agradable tener a Kip en la cocina. Observar cómo preparaba algo de comer para los dos, oírlo hablar de cómo le había ido el día.

—¿Poco hecho? ¿Con la yema líquida o más densa? —preguntó Kip—. Soy un experto haciendo huevos.

—Poco hecho. Aunque no pasa nada si te quedan mal, la verdad. Luego los inundo en salsa picante.

—¡No me van a quedar mal! —dijo Kip mientras les echaba aceite con cuidado—. No sé si sabes que antes trabajaba haciendo esto y… ¡Ay, mierda! ¡Se me ha roto una yema!

Scott se echó a reír.

—Está bien. Me lo comeré, te lo aseguro. Ahora mismo me comería cualquier cosa.

Kip levantó una ceja y apretó los labios.

Se sentaron uno junto a otro a la mesa alta de la cocina y comieron los huevos fritos con beicon y una tostada. Kip parecía contento y muy mono, y Scott lamentó no poder hacer mucho más que besarlo esa noche.

Y eso le recordó otro fastidio.

—Tengo que advertirte una cosa —anunció Scott—. Esta semana voy a estar estresado y distraído.

—¿Y eso por qué?

—La fecha límite de traspasos de jugadores es el lunes que viene. Y ese día probablemente sea el más estresante del año para cualquier jugador.

—Pero no van a… cambiarte de equipo, ¿verdad?

Kip puso cara de espanto solo de pensarlo.

—No, no lo creo. A ver, siempre cabe la posibilidad, pero este año vamos a por todas con la copa, así que dudo mucho que se deshagan de mí. Me preocuparía si el equipo tuviera que recortar gastos.

—Entonces ¿por qué estás nervioso?

—Porque alguien se irá seguro. Ahora que no está Zullo, habrá que llenar un hueco en la defensa, y para ocuparlo tendremos que perder a un tío o incluso a dos. Somos como una familia, y esas despedidas cuestan.

—Vale, ya lo entiendo. Lo que dices no me sorprende.

Charlaron mientras comían y Scott intentó, aunque sin éxito, que no se notara que se apoyaba en la encimera para sujetarse.

—Vamos —dijo Kip después de que Scott no pudiera ocultar una mueca de dolor—. Seguro que te duele un montón. Volvamos al sofá.

Scott no se negó. Kip lo ayudó a acomodarse en el sofá y dejó que se tumbara bocarriba. Kip se sentó en un extremo para que Scott apoyara la cabeza en su regazo. Vieron una película de acción en la tele mientras Kip acariciaba el pelo de Scott.

Y al cabo de poco Scott se olvidó por completo de las fechas límites y de Zullo y de los hematomas tremendos.

Kip vio cómo pasaban los créditos de la película en la inmensa pantalla de televisión de Scott.

—Tío, ¿cuánto crees que habrá costado hacer esa peli tan chorra?

Scott no respondió. Al mirarlo con atención, descubrió que en realidad Scott Hunter se había dormido en su regazo.

Kip sonrió para sí mismo y admiró el perfil de Scott. Parecía joven y en paz. Sus largas pestañas le rozaban las mejillas y tenía los labios rosados entreabiertos. Toda la tensión que solía acarrear Scott había desaparecido de su rostro.

Kip alargó el brazo y cogió la mano de Scott. No quería despertarlo, pero se le habían dormido las piernas.

—Oye —susurró—. Vamos, Scott. Es hora de ir a la cama.

—Mrmfff —dijo Scott. Luego abrió los ojos con un parpadeo y miró a Kip con una sonrisa tímida—. Perdón. Siempre acabo agotado después de los partidos.

—No pasa nada. Deberíamos ir a dormir. Tengo que madrugar. —Kip lo ayudó a incorporarse y le dio un beso—. Me lo he pasado bien esta noche.

A Scott se le iluminó la cara.

—Yo también.

Se quedaron en ropa interior y se metieron en la cama. Debido a la contusión, Scott tenía que tumbarse bocarriba, así que Kip se tumbó a su lado y le pasó una mano por el pecho.

—‘nas noches —dijo Kip.

Scott apoyó la mano encima de la de Kip.

—¿Vendrás mañana por la noche?

—¿Quieres que venga?

—Sí. Me encantaría.

—Primero tendré que pasar por mi casa cuando salga del trabajo. A coger ropa y tal.

—Deberías dejarte cosas aquí —murmuró Scott medio dormido.

—¿En serio?

Scott pareció despertarse un poco, sin duda al darse cuenta de lo que había insinuado.

—Bueno…, sí. O sea…, tendría sentido, ¿no? Vivo cerca de tu trabajo y… —Sonrió con timidez—. Me gusta tenerte por aquí.

Kip se incorporó un poco para poder besar a Scott.