Capítulo 11
Había un grupito de periodistas junto a la entrada de los jugadores. Scott se abrió paso a codazos, pasando de ellos. Al otro lado de la puerta, se encontró con Carter esperándolo.
—El entrenador ha convocado una reunión de equipo —dijo Carter—. Todo el mundo acaba de recibir el mensaje. Pero quiere reunirse primero con los capitanes.
—Vale, de acuerdo. ¿Dónde está Huff?
—Ya está en la sala de entrenadores.
Scott siguió a Carter hasta una habitación pequeña que solía reservarse para las reuniones de entrenadores. Greg Huff estaba sentado en una silla.
—Hola, tíos. ¿Qué tal lleváis el día? —preguntó Huff.
Scott se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared.
—Ahora mismo, una mierda. Aunque había empezado genial.
—¿Ah, sí? —preguntó Huff con cierto retintín.
Scott se sonrojó y miró hacia el suelo.
—¿Qué creéis que va a pasar, eh? —preguntó Carter—. Me refiero con Zullo.
Huff apartó su mirada calculadora de Scott.
—Ni puta idea, pero cuando se largue va a dejar un hueco en nuestra defensa.
—La fecha límite de traspasos es la semana que viene —comentó Scott—. Joder, siempre tan oportuno, Frank.
El entrenador Murdock entró entonces con sus ayudantes. Se inclinó hacia delante sobre la mesa y presionó con las manos en la madera mientras los miraba uno por uno.
—Han echado a Zullo —les informó—. Ya no forma parte de los New York Admirals. Traeremos a alguien de Hartford para que lo sustituya hasta que encontremos una solución más permanente.
Scott levantó las cejas.
—La ha metido hasta el fondo, ¿eh?
—Hasta el fondo —confirmó Murdock—. Dentro de una hora daremos una rueda de prensa. Yo estaré allí; Zullo no.
—¿Y qué pasa con el partido de esta noche? —preguntó Scott.
—Tendremos que modificar un poco las líneas de defensa, pero nos apañaremos.
A Scott no le gustó cómo sonaba eso, pero ¿qué alternativa tenían?
—El resto del equipo llega en media hora para una reunión —dijo Murdock—. Chicos, si empezáis a hablar como si estuviéramos fatal, estaremos fatal. Concentraos en el partido de esta noche. Pensad que es como si tuviésemos un jugador con una lesión. Nos adaptaremos.
—No hay problema, entrenador —dijo Carter.
—Claro, claro —dijo Scott.
Los tres jugadores se marcharon para esperar en el vestuario hasta que llegaran los demás.
—Hostia puta —dijo Carter cuando los entrenadores ya no los oían—. No me esperaba algo así.
—Pues no —coincidió Huff.
Scott seguía cabreado con Zullo, pero al mismo tiempo sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. A la larga, sería positivo para el equipo.
—En realidad, es bueno —dijo inclinándose hacia atrás en el reducido espacio hasta que la cabeza le tocó la pared—. No podemos ir a los play-offs con una distracción como Zullo.
—Ya te digo —respondió Carter.
Los tres se quedaron sentados en silencio.
—Oye, Scott… —dijo Carter al cabo de un rato.
—¿Qué?
—Hoy estás radiante.
—Pero ¿de qué hablas?
—Huff sí sabe de qué hablo.
Scott miró a Huff.
—Es verdad —confirmó Huff—. Estás radiante.
—A lo mejor es porque me alegro de que se haya ido Zullo.
—No. Ya tenías esa cara antes —dijo Huff.
—Ajá —coincidió Carter—. Creo que Scotty pilló anoche.
—Sin duda —dijo Huff.
—Eh… —empezó Scott. Luego se rindió—. Puede que sí.
Carter dio una palmada y sonrió de oreja a oreja.
—¡Bravo, Hunter!
Scott intentó evitarlo por todos los medios, pero durante unos segundos sonrió como un bobo.
—¡Míralo, Carter! ¡Se ha puesto rojo! —exclamó Huff.
—Adorable.
—Tíos, dejadme en paz.
—No hace falta que me digas quién era la tía —dijo Carter—. Pero sí quiero que me digas cómo era.
—Pues te vas a quedar con las ganas —dijo Scott.
—A juzgar por lo colorado que está Hunter ahora mismo, diría que la tía lo hacía que te cagas —dijo Huff.
—No pienso contaros nada. Callaos ya.
—Es inútil —se lamentó Carter—. Scott es un caballero.
—Tú lo has dicho.
Scott se inclinó hacia delante y se miró los pies tratando de controlar el calor que le había puesto la cara al rojo vivo. Pero los recuerdos de la noche anterior y de esa mañana volvían a toda velocidad y sus esfuerzos eran en vano.
Recordó el momento en que se había despertado para encontrarse a Kip apoyado en un codo, contemplándolo, medio dormido y muy atractivo. La expresión de su cara había sido tan… Bueno, no de amor, claro, pero sí… de afecto.
Luego se acordó de cuando Kip se había masturbado para Scott. Se había corrido. La cara que había puesto al hacerlo, liberada y eufórica. Qué guapo estaba justo después, con ese brillo especial…
—Esto, eh, voy a pillar un café.
Scott caminó a toda prisa hacia la sala de jugadores. No pensaba ponerse cachondo mientras esperaba a que llegasen sus compañeros de equipo. La reunión ya iba a ser bastante incómoda sin más distracciones.
Una vez allí, Scott metió una cápsula en la cafetera y esperó a que se calentara el agua. Mandó un mensaje a Kip.
Scott: ¿Sigues en mi casa?
Kip: No. Me he ido hace veinte minutos.
Scott: Vaya.
Por alguna razón, a Scott le gustaba la idea de que Kip estuviera en su apartamento, incluso cuando él no estaba.
Kip: ¿Va todo bien?
Scott: Más o menos. Luego te lo cuento.
Kip: OK.
Scott: Perdona otra vez por irme tan rápido. Anoche lo pasé genial.
Kip: No me pidas perdón. Fue una noche alucinante. Gracias.
Scott sonrió.
Scott: ¿Cuándo nos vemos otra vez?
Kip: ¡Insaciable!
Scott: Pues sí.
Kip: ¿Me llamas luego? Cuando termines. Algo se nos ocurrirá.
Scott: Trato hecho.
Kip tenía intención de quedarse descansando en casa todo el día, pero no paraba de preguntarse cómo estaría Scott y qué ocurría con Zullo.
Si Scott estaría triste o preocupado por el partido de esa noche.
Si habría ido a correr como todas las mañanas, aunque no pudiera ir a que Kip le preparase un smoothie .
¿A Scott todavía le importaría la rutina?
Al mediodía habían dado una rueda de prensa, que Kip había visto por si salía Scott. Sin embargo, el único que se había dirigido a los medios había sido Harv Murdock, su entrenador.
Murdock anunció que habían retirado a Zullo del equipo. Kip apenas sabía nada de Frank Zullo, aparte de lo que le había dicho Scott la noche anterior, pero seguro que por lo menos Scott se alegraría de que ya no estuviera en el equipo.
Mientras leía las actualizaciones sobre la situación de Zullo por internet, Kip también había aprovechado para comprobar el calendario de los Admirals para los siguientes partidos.
Parecía que Scott iba a pasarse una temporada en la ciudad.
Los Admirals jugaban cinco partidos a lo largo de la semana, entre ellos, uno esa noche.
El siguiente partido era contra los Brooklyn Scouts.
Luego tenían dos partidos en casa, en el Madison Square Garden, y un partido fuera, en Boston, el sábado siguiente.
Kip se preguntó cuánto tiempo podría pasar esos días con Scott. No quería presionarlo.
Cuando le sonó el móvil a la una del mediodía, confiaba en que fuera Scott, pero se sorprendió al ver que era una llamada del Museo de la Ciudad de Nueva York. Querían que fuera para una entrevista. ¡Hostia puta!
—Por supuesto —tartamudeó por teléfono—. Allí estaré. Sí. Gracias.
Después de un momento de vergüenza por hablar así, había corrido a coger un boli y se había escrito en la mano «Lunes, 15.00». Tendría que ir a la entrevista en cuanto saliera del trabajo. Uf, pero si iba a parecer un trapo…
Hasta tres horas más tarde no supo nada de Scott.
Estaba tumbado en la cama, leyendo una novela, cuando le sonó el móvil.
—Hola. Menudo día llevas, ¿eh? —dijo Kip cuando descolgó.
Oyó que Scott suspiraba.
—Sí, una locura.
—¿Cómo estás?
—Frustrado. Enfadado. Aliviado. No lo sé.
—¿Has salido a correr?
—No. Le he dado caña a la cinta aquí en el pabellón, pero no. Hoy todo es un caos. No hay manera de concentrarme. Me da mucha rabia sentirme así.
—Vaya mierda. Lo siento…
—Y eso que el día había empezado genial…
—¿Por qué no intentas pensar en dónde estabas esta mañana? —sugirió Kip.
—Eso es justo lo que estaba intentando no hacer. Pero no paro de… distraerme.
—Bueno, que sepas que yo tampoco he dejado de pensar en eso.
Scott soltó una risa.
—¿Qué hacías? ¿Aún no vas a trabajar?
—Pronto. El evento es en Brooklyn, en el museo, así que todavía tengo tiempo. Hasta las seis o así no entro.
—Ah.
Kip se preguntó si debía contarle a Scott lo de la entrevista de trabajo. «¿Por qué? ¿Para que cuando no me lo den sepa exactamente el fracaso que es su novio?».
En lugar de eso, dijo:
—Oye, estaba pensando en preguntarle a mi padre si le apetecería ir conmigo al partido de mañana. El que jugáis aquí contra Brooklyn.
—¿Ah, sí? —La voz de Scott se iluminó un poco con la noticia.
—Sí. Siempre ha sido fan de los Scouts, aunque, como es natural, yo te animaré a ti.
—Como es natural… Creo que podré conseguiros entradas. Deja que lo pregunte.
—Eh, no hace falta. Puedo…
—No me cuesta nada. Y las entradas son caras.
Kip frunció el ceño.
—Puedo comprarlas.
—Ya lo sé —dijo Scott con cariño—. No quería ofenderte. Es solo que, o sea, para mí es fácil pedirlas y así puedes ahorrarte el dinero para otra cosa. No me cuesta nada.
—Vale —dijo Kip, porque no quería discutir y, la verdad, ese dinero le iría bien para otra cosa. Pero no quería tomar por costumbre aceptar esa clase de cosas de su novio famoso y millonario.
—Entonces ¿qué horario tienes esta semana? —preguntó Scott en voz un poco más baja.
—Trabajo de martes a viernes. Aunque por las tardes estoy libre.
—Estaré toda la semana en la ciudad.
—Lo sé. Lo he mirado.
—Tengo entrenamiento largo por las mañanas el lunes y el martes. Pero, de todos modos, estarás trabajando…
—Quizá podríamos… —dijo Kip, al mismo tiempo que Scott decía:
—¿Te apetece venir a mi casa mañana por la noche?
—¡Sí, claro! Me encantaría. Además, sería práctico para ir a trabajar a la mañana siguiente. Si me dejas dormir un rato, ejem.
—Lo haré. Te lo prometo. En algún momento.
Ambos se echaron a reír, y entonces Scott dijo:
—Mierda, tengo que irme. Lo siento. Pero… Nos vemos mañana, ¿vale? Y ya te diré algo sobre las entradas.
—Sí, mañana. Sin falta. Y buena suerte esta noche.
—Gracias. Luego hablamos.
—Vale. Adiós, Scott.
Colgaron, y Kip empezó a prepararse para trabajar mientras su novio… se preparaba para llevar a su equipo a la victoria contra Montreal.
Kip negó con la cabeza. ¿Cuándo dejaría de sentir que aquello era surrealista?
Scott se despertó solo el domingo.
Llevaba prácticamente toda su vida despertándose solo (sin contar a los compañeros de habitación), así que no tenía por qué parecerle algo tan extraño.
Fue a la cocina a preparar café y luego encendió la televisión para ver SportsCenter.
Estaban retransmitiendo los momentos estelares del partido de la noche anterior y había un montón.
Los presentadores elogiaban el juego extraordinario de todo el equipo de los Admirals, sobre todo dadas las circunstancias.
El partido había sido una pasada. Scott estaba orgullosísimo de su equipo, que se había unido para ganar de paliza a Montreal.
Luego las noticias se centraron en el incidente de Zullo. Mostraron unas imágenes de él saliendo de la comisaría, con cara impasible y sin hablar con los periodistas.
Por alguna razón, Scott no se alegró tanto como imaginaba que lo haría.
Zullo era un capullo, estaba claro, pero aun así se le revolvía el estómago al ver a un compañero de equipo tocando fondo de esa manera.
Confiaba de todo corazón en que Zullo aprovechara el programa de desintoxicación de la liga y recondujera su carrera.
Pero ahora mismo no tenía tiempo para pensar en Frank Zullo. Ya era adulto y se había buscado lo que le había pasado. Scott tenía que prepararse para el partido.
Kip no pasaba tanto tiempo con su padre como le gustaría.
Vivían en la misma casa, sí, pero ya nunca hacían cosas juntos.
La mayor parte de las mañanas Kip se marchaba de casa antes de que sus padres se levantaran y tendía a irse temprano a la cama.
Ese maldito trabajo de los smoothies lo dejaba para el arrastre.
Observó a su padre, que animaba a sus queridos Scouts. Bebían cerveza y comían patatas onduladas que habían comprado en un puesto. Se lo estaban pasando bien.
Scott había conseguido entradas. A su padre le había hecho mucha ilusión cuando esa mañana Kip le había propuesto ir juntos al partido.
Kip había mentido acerca de dónde las había conseguido, pues le había dicho que se las había comprado baratas a un amigo que no podía ir.
No estaba seguro de si su padre se lo había creído, pero, si no era así, no había dicho nada.
El público estaba exaltado. Gritaba con cada punto, con cada tiro, con cada parada. Se acercaba el final de la temporada y estos partidos eran importantes.
En el tercer tiempo iban 3-2 para los Admirals, y Scott había marcado uno de los goles.
Se notaba la tensión en el estadio cuando el partido entró en los últimos minutos de juego.
Cuando apenas quedaban seis por delante, los Admirals hicieron una falta.
Tendrían que jugar con uno menos durante dos minutos.
Kip se inclinó hacia delante y se mordió el pulgar.
—Vamos, Scott, tú puedes —dijo en voz baja.
Los Scouts no pensaban rendirse sin pelear.
Mantenían el juego en la zona de los Admirals y no paraban de marear a Bennett, el portero.
Después de parar un lanzamiento, Scott mandó el puck a la línea azul para apartarlo de su zona de juego, pero uno de los defensas de los Scouts lo atrapó con el stick antes de que llegara a la línea azul.
Lo lanzó a la red de los Admirals y Kip supo lo que iba a ocurrir antes de que sucediera.
—No, Scott. Mierda. ¡No!
Mientras el puck volaba como un cohete hacia la portería, Kip solo pudo contemplar, horrorizado, cómo Scott se lanzaba delante. Se arrojó de cabeza y paró el puck con la parte central del cuerpo, donde el acolchado protector era fino.
Cayó a plomo.