Capítulo 10 #2
Kip no protestó. Scott lo masajeó en silencio un rato, presionando los músculos de Kip mientras este suspiraba contento e intentaba no sentirse fatal por todas las atenciones que estaba teniendo Scott con él.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Scott al cabo de unos minutos.
—Un poco culpable, la verdad.
—Pues no lo hagas. Me encanta hacer esto. Me encanta tocarte, admirarte. Llevo tanto tiempo negándome algo así… No te sientas culpable.
—De acuerdo —dijo Kip.
«Dios mío, qué triste es eso…».
—Eres precioso, Kip. Nunca he…
Kip esperó.
—Nunca he deseado a nadie de esta manera. No sé, o sea, me he pillado alguna vez y así. Me han atraído otros hombres, claro. Me he enrollado con tíos. Pero contigo… Contigo estoy rompiendo todas mis normas.
Kip tragó saliva e intentó contener el aluvión de emociones que lo inundaba.
—¿Qué puedo decir? —preguntó intentando mantener el tono juguetón, aunque se le quebraba la voz—. Soy irresistible.
—Sí que lo eres —dijo Scott en voz baja.
Se deslizó para quedar sentado sobre los muslos de Kip. Empezó a masajearle la parte baja de la espalda y después el culo.
—Mmm… Creo que tendrás que concentrarte en esa zona —dijo Kip arrastrando las palabras—. Hay mucha tensión ahí.
—Pues voy a centrarme en ella.
Scott hundió dos dedos en los cachetes de Kip y este se dejó llevar por el placer.
Le estuvo masajeando un buen rato, hasta que se le quedó todo el cuerpo hecho un flan. Scott se pasó casi todo el tiempo en silencio, salvo cuando iba susurrando algunas palabras de admiración:
—Una fantasía, Kip… Fabuloso… Perfecto.
Kip ya estaba medio dormido cuando Scott pasó el lateral de la mano por la raja, despacio y con firmeza.
A continuación, cerró la mano y pasó los nudillos por el mismo surco.
Lo repitió una y otra vez, primero un puño, luego el otro, arrastrando los nudillos por la piel sensible que rodeaba el agujero.
—¿Te gusta?
—¡Sí! Es puto… alucinante.
—Bien. Quiero penetrarte. ¿Te apetece?
—Sí. Sí. Dios, sí.
—Date la vuelta —le indicó Scott con delicadeza—. Te echo de menos.
Kip sonrió por dentro y se dio la vuelta, relajado y totalmente listo para dejar que Scott hiciera lo que quisiera con él.
Scott se arrodilló en la cama y subió por el cuerpo de Kip poco a poco para quedar montado otra vez sobre su cintura.
Tenía la polla, que le colgaba entre las piernas, medio dura.
Se inclinó hacia abajo y besó a Kip, quien le agarró la polla y se la acarició mientras se besaban, y notó cómo se iba endureciendo entre sus dedos.
Luego Kip puso las dos manos en el culo de Scott y lo acercó hasta que sus muslos quedaron extendidos alrededor del pecho de Kip. Alargó la cabeza hacia delante y se metió la polla de Scott en la boca.
Cerró los ojos y suspiró junto al miembro de Scott. Ahora estaba enorme y como una piedra. Le hundió las manos en el culo para metérsela más.
—Jod… Guau. Dios, quiero que sigas, pero…
Scott se apartó despacio. Dejó apoyada la punta en los labios de Kip un instante, pensativo, antes de volver a deslizarse por su cuerpo. Le empujó las piernas de modo que doblara las rodillas y luego se incorporó para coger el lubricante y un condón.
Kip ya estaba relajado gracias al masaje, así que Scott tardó poco en abrirlo con sus dedos fuertes y cuidadosos.
Entonces Scott agarró ambos muslos de Kip y tiró de él hacia el borde de la cama. Kip ni siquiera tuvo tiempo para reaccionar más allá de abrir los ojos como platos antes de que Scott levantara las caderas y se metiera en él.
—¡Aaah! Mierda —jadeó Kip—. Dios, es increíble.
—Es la única puta cosa en la que he podido pensar desde la última vez —dijo Scott, y ¡uf!, a Kip le volvía loco el ronroneo grave de su voz cuando follaban.
—Y yo. Dame fuerte. Igual que el otro día.
Scott hizo lo que le pedía, de pie al borde de la cama con uno de los tobillos de Kip sobre el hombro. Sus embestidas estaban en el límite de lo que podía aguantar Kip, a quien le encantaba.
—Sí. Joder. Así, así —balbuceó Kip.
Estaba en otro plano, maravillado ante el espécimen de físico perfecto que lo estaba follando con tanto ímpetu. Unas gotas de sudor se formaron en la cara y el pecho de Scott y humedecieron los resbaladizos músculos que se tensaban y movían mientras mantenía a Kip en la posición que deseaba.
Le tocaba la próstata casi con cada embestida; era increíble. Era una puta pasada… Kip empezó a meneársela rápido y con fuerza.
—Quiero correrme… —dijo entre dientes—. Quiero correrme con tu polla dentro. Quiero…
—Hostia, sí. Vamos.
—Eres perfecto… Me encanta que me folles así…
—Podría pasarme la vida así. Qué precioso eres, Kip. Venga, pensaba que ibas a correrte para mí…
—Voy, voy… Ah…, oh, ¡joder!
Se quedaron mirando la polla de Kip, que salpicaba todo su pecho. Scott paró las embestidas.
—Por dios, Kip. Es una pasada. Vale… Joder —Empezó a moverse otra vez—. Ya casi estoy. Estoy a punto, a punto…
—Córrete encima de mí —dijo Kip, que seguía acariciándose mientras notaba las últimas oleadas de su propio orgasmo—. Quiero verlo. Por favor.
Scott gimió y luego la sacó a toda prisa y se quitó el condón. Lo tiró a su espalda. Bajó la pierna de Kip y se irguió encima de él mientras se meneaba con furia la polla. Al cabo de unos segundos empezó a correrse y empapó el estómago, el pecho y el cuello de Kip.
Luego se desplomó en la cama y Kip se movió para ponerse encima, a pesar del pringue. Se besaron, ávidos y sin aliento, y, cuando se separaron un minuto después, ambos sonreían.
—Antes de que se me olvide —dijo Kip—, quiero darte las gracias por una velada preciosa.
Scott se rio y lo besó de nuevo.
—Entonces ¿qué? ¿Lo he hecho bien en mi primer San Valentín?
—Ya lo creo. Te juro que ha sido el mejor San Valentín de mi vida.
Se limpiaron y volvieron a la cama. Kip se acurrucó junto al cuerpo de Scott. La velada había sido perfecta y le habría encantado continuar, pero estaba agotado.
—Buenas noches —murmuró Scott mientras lo arropaba con su inmenso brazo.
Kip no recordaba haberse sentido tan cómodo jamás.
Le besó la mano a Scott.
—Buenas noches, mi amor.
Durmieron a pierna suelta, porque ninguno de los dos tenía que estar en ningún sitio hasta última hora de la tarde. Cuando se despertaron, se quedaron en la cama, charlando entrelazados.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Scott.
Estaba de lado, con la cabeza apoyada en el codo y el pelo revuelto de un modo adorable.
—No tengo planes. ¿Alguna idea?
—Sí. —Scott sonrió con timidez—. Quiero prepararte el desayuno.
A Kip le pareció muy buena idea, pero entonces se puso a besar a Scott y no tardó en perder el interés en todo lo que implicara salir de la cama.
Empezaron a enrollarse con calma. Las manos y la boca de Scott exploraban el cuerpo de Kip y le provocaban escalofríos, cuando de pronto vibró el móvil de Scott.
—Da igual —dijo Scott sin mirar quién era—. Que llamen más tarde.
Continuó resiguiendo el cuerpo de Kip, probando el prominente hueso de su cadera, pero el móvil volvió a vibrar.
—Dejadme en paz —se quejó Scott sin cogerlo—. Estoy ocupado.
La tercera vez que vibró, cuando Scott estaba lamiendo el cuello de Kip mientras le deslizaba una mano por el muslo, Scott suspiró y dijo:
—Perdona, voy a ver quién es.
Agarró el móvil.
—Es Carter —informó con el ceño fruncido. Contestó a la llamada—. ¿Carter?
Scott seguía tan cerca de Kip que este distinguió la voz del otro jugador.
—Scott, Zullo la ha cagado. Anoche lo detuvieron.
—¡¿Qué?!
—Sí. La lio gorda en un bar de Jersey. Daños a la propiedad. Lesiones. Resistencia a la autoridad… Y es muy probable que haya más cosas.
—Vale. Joder. ¿Dónde está?
Scott se levantó de la cama y se dirigió al ropero, de modo que Kip dejó de oír la conversación.
Cuando Scott volvió, ya estaba totalmente vestido y había colgado.
—Tengo que irme. Lo siento.
—Claro. Ostras, ¿estás bien?
—Lo que estoy es furioso —contestó Scott—. Pero me sabe fatal tener que dejarte aquí.
Suspiró y lo besó. Cuando se apartó despacio, Kip se inclinó hacia delante para perseguir sus labios.
Scott negó con la cabeza.
—Si te beso otra vez, no me iré nunca. Quédate todo el rato que quieras. No sé cuándo volveré. Puede que no me dé tiempo a venir antes del partido, la verdad. Se ha montado un lío de la hostia.
—De acuerdo. No te preocupes por mí. Ve a cuidar de tu equipo.
—Sí, gracias. —Scott se incorporó y se dirigió a la puerta. Luego se volvió para mirar a Kip—. Joder, ¿por qué eres tan tentador? —preguntó con una sonrisa triste en la cara.
Kip sonrió y se tapó la cabeza con la manta para esconderse por completo. Oyó reír a Scott. Luego la puerta se abrió y se cerró y Scott se había marchado.