Capítulo 10
Kip se relajó sobre los almohadones, encantado con su fantástico experimento de exhibicionismo.
Scott salió del cuarto de baño con una toalla húmeda. Se sentó en la cama al lado de Kip y lo limpió pasando la toalla por su cuerpo con cuidado. Kip se sentía en el paraíso.
Tan en el paraíso que tardó un rato en darse cuenta de que Scott había dejado el grifo abierto en el baño.
—¿Qué tenías planeado? —preguntó Kip.
—He pensado que podríamos darnos un baño…
A Kip le encantó la idea.
—Me malcrías…
—¿Te importa?
—Qué va. —Kip tiró de él por la camisa desabrochada y lo besó—. Llevas mucha ropa para ir a la bañera.
Scott saltó de la cama, se puso de pie y se quitó la camisa a toda velocidad. En cuestión de segundos se había quedado solo con los calzoncillos azul marino. Kip pensaba que no podría cansarse nunca de ese pecho y esos abdominales tan increíbles que tenía Scott.
A diferencia de otras partes de la casa, el cuarto de baño no tenía ventanas. Aunque no era en absoluto claustrofóbico. La luz y la decoración creaban un ambiente calmado, un santuario privado en una ciudad ruidosa de millones de personas.
La bañera estaba en el centro y era enorme. Salía vaho del agua con la que se iba llenando. Y, además, el cuarto olía de maravilla… a especias y cítricos.
—Suelo poner unas simples sales de Epsom —dijo Scott—, pero he pensado que era una buena ocasión para utilizar estas pijadas para el baño.
Señaló un frasco estrecho y de aspecto caro que había en la repisa.
—Insisto en que me malcrías —dijo Kip con una sonrisa.
Rodeó a Scott por el cuello y tiró para agacharlo y darle un beso.
Scott fue el primero en meterse en el agua y Kip se acomodó entre sus piernas. Una vez, Kip había intentado darse un baño con otro tío, pero la bañera era enana para los dos. El grifo se le había clavado en la espalda y no había sabido dónde meter las piernas.
En la bañera de Scott no había problema con eso, pues el grifo estaba en un lateral y había sitio de sobra para que los dos estirasen bien las piernas.
Kip inclinó la cabeza hacia atrás para apoyarla en el hombro de Scott. Este le pasó un brazo por el centro del pecho y le besó la coronilla.
—Qué bien —murmuró Kip.
Podría dormirse allí mismo, en serio.
—Es perfecto.
Estuvieron un rato en silencio, hasta que Scott dijo:
—Cuando vine a ver el piso por primera vez y descubrí esta bañera pensé: «Ahí caben dos personas». Y sé que es una chorrada, pero siempre había querido… Me imaginaba compartiéndola con alguien.
Kip entrelazó los dedos de los dos debajo del agua.
—Y no solo la bañera —añadió Scott—. Todo. El piso. Mi vida. No sé…
Kip se quedó alucinado.
«¿Su vida?».
—Lo siento —dijo Scott—. Sé que solo llevamos… O sea, no es que insinúe…
—No sé cómo puedo tener tanta suerte —le interrumpió Kip—. Pero ser capaz de compartir lo que sea contigo me hace muy feliz.
Subió las manos entrelazadas y se las acercó al corazón. Scott le rozó la sien con los labios y le mordisqueó la punta de la oreja.
—Compartiría cualquier cosa contigo, Kip. Te daría cualquier cosa.
—No necesito nada. Salvo, quizá, quedarme en esta bañera para siempre.
Scott resopló junto al pelo de Kip.
—¿Quieres ir al partido de mañana por la noche?
—No puedo. Trabajo en un evento. De camarero.
—Vaya.
—¿Lo ves? Los dos tenemos vidas ajetreadas y emocionantes.
Kip se rio de su propia broma. Scott se quedó callado.
—Espero que no pienses… —empezó a decir. Kip notó que se tensaba—. No creo que estés por debajo de mí.
—Técnicamente, ahora sí estoy debajo de ti.
—Hablo en serio. Solo…, eh, me gustaría decirlo una vez, para que lo sepas. Porque puede que pienses que me limito a… pasar el rato, o lo que sea, contigo. Como si tratara de huir de mi vida superfamosa follando con un, eh…
—¿Pringao?
—¡No! O sea…, no eres eso. Es precisamente lo que intento decir…
Aunque lo haga fatal. No eres un pringao.
No te utilizo para huir de nada. Me encanta mi vida.
Me encanta mi trabajo. La parte de la fama me supera un poco a veces, pero no me importa.
Soy feliz, a eso me refiero. Pero ¿esto?
¿Tú? Me siento como… si hubiera encontrado la pieza que me faltaba.
Kip no sabía qué decir a eso.
—Guau —dijo Scott—. No es… Perdón. No debería haber…
—¡No, no! Pero… ¿en serio? ¿Así te sientes?
—Sí.
Kip se dio la vuelta para quedar frente a Scott y el agua salpicó con estruendo a su alrededor.
—No me debes nada, ¿vale? No espero nada. Pero me gustas un montón, joder, así que gracias.
—Gracias a ti —dijo Scott— por venir a mi casa. Todo esto es nuevo para mí y me esfuerzo por tomármelo con calma y no pasarme de intenso, pero digamos que estoy acostumbrado a ir a por todas y luchar por lo que deseo.
Kip sonrió.
—Me parece perfecto.
Se besaron y Scott pasó las manos por los costados de Kip.
—Antes me has llamado «mi amor» —dijo con voz suave y melosa.
—¿Ah, sí?
—Sí… Cuando estabas…
—Ah, digo un montón de tonterías cuando estoy ido. Lo siento.
—Al revés, me ha gustado.
Kip sonrió.
—Pues perfecto, mi amor —dijo y volvió a besarlo.
Acabó colocándose en el otro extremo de la bañera para poder hablar con Scott con mayor comodidad.
—Vi el gol que marcaste para mí.
Scott hizo una mueca.
—Confiaba en que no vieras esos partidos.
—Vi los dos. Me parecieron… frustrantes.
—Es una manera de decirlo —refunfuñó Scott.
—¿Quieres hablar del tema?
—No. —Y luego añadió—: Es que…
Y procedió a echar pestes sobre Frank Zullo durante varios minutos. Kip lo escuchó mientras acariciaba la espinilla de Scott con las yemas de los dedos.
—Joder —comentó cuando Scott terminó de desahogarse.
—Lo siento. Soy un aguafiestas…
—No te disculpes. Si algo te preocupa, quiero saber qué es.
Scott enarcó una ceja.
—¿Aunque estemos juntos en una bañera el Día de San Valentín?
—Por supuesto.
Era cierto. Kip se había enrollado con un montón de tíos, pero nunca había tenido una conexión tan auténtica como esta. De todo corazón, le parecía supersexy que Scott quisiera compartir sus problemas con él.
—Y… —preguntó Kip— ¿qué había dicho Rozanov para que le dieras semejante puñetazo?
Scott se echó a reír, pero con cierta amargura.
—Bah, nada grave. Aproveché para descargar mis frustraciones en su cara. Me soltó alguna mierda de las suyas. Lo típico.
—¿No piensas contármelo?
Scott suspiró.
—Me dijo que estaba decepcionado porque le habían dicho que, cito, «yo volvía a jugar bien al hockey».
—Auch.
—Sí, bueno. Tampoco se merecía que le arreara un puñetazo como aquel.
Se quedaron en la bañera hasta que el agua se puso tibia, hablando de mil cosas y conociéndose mejor.
—De no haber sido por el hockey, ¿qué crees que te habría gustado hacer con tu vida?
Scott soltó el aliento.
—No me imagino la vida sin el hockey. Pero supongo que habría hecho… ¿algo relacionado con trabajo social?
—Te gusta ayudar a la gente.
—Sí. He tenido buena suerte en muchos sentidos. Quizá haya tenido mala suerte en otros, pero hay mucha gente a la que la vida le cambiaría por completo con un poco de ayuda y apoyo. Creo que me habría gustado dedicarme a hacer cosas así.
—Ya lo haces —señaló Kip—. Ayudas a la gente todo el tiempo. Donas dinero a causas benéficas. Visitas hospitales. Apoyas a tus compañeros de equipo. —Sonrió—. Lo he leído todo sobre tus buenas obras, Scott Hunter.
Scott se encogió de hombros.
—Mi madre y yo no andábamos sobrados cuando yo era pequeño, pero ella siempre hacía lo que podía para ayudar a la gente.
Por ejemplo, consiguió que la tienda donde trabajaba hiciera una colecta navideña de juguetes.
Y siempre dedicaba el tiempo libre, el poco que tenía, a ayudar a cualquiera que pasara una mala racha. Era muy inspiradora.
—Tu madre debía de ser genial.
—Sí que lo era. Y siempre se esforzó para que yo pudiera jugar al hockey, aunque es un deporte que requiere mucho tiempo y dinero. Se lo debo todo. Y sé que estaría orgullosa de mí, pero creo que podría hacer más.
—¿Como por ejemplo?
—No lo sé. Me gustaría montar una organización benéfica. Lo he pensado varias veces. Ojalá…
—¿Qué?
Scott suspiró.
—Algún día, quizá, me gustaría ayudar a chavales gais. O bueno, ya sabes, chavales que no sean… ¿heterosexuales?
—Gente queer —dijo Kip—. Puedes decirlo así. Está bien.
—Ah, vale, gracias. No sé mucho sobre toda esa… cosa de la comunidad queer .
—Ya me he dado cuenta. ¿Y te gustaría meterte más?
—Sí. Algún día me gustaría hacer algo para ayudar… a chavales queer … ¿que jueguen en deportes de equipo? Para ellos es duro, ¿sabes?
—Me lo imagino. Creo que sería algo admirable.
—Algún día.
—Sí. Algún día.
—Vamos a salir de aquí —dijo Scott de repente.
Se levantó y el agua resbaló por su cuerpo inmenso y compacto.
Definitivamente, Kip estaba preparado para lo que ocurriera a continuación.
Se secó con una de las toallas mullidas y elegantes de Scott y lo siguió de vuelta al dormitorio.
Scott abrió el cajón de la mesilla y sacó algo.
—Túmbate —le indicó—. Bocabajo. Ponte cómodo.
Kip hizo lo que le mandaba. Confiaba en Scott.
La cama se hundió cuando Scott se sentó a horcajadas sobre la parte baja de la espalda de Kip y le agarró las caderas con los fuertes muslos.
Kip oyó que abría un bote y olió algo dulce y afrutado. Luego notó las manos de Scott en el cuerpo, extendiendo aceite en su piel húmeda y limpia.
—Aceite de masaje de arándanos —dijo Scott—. No pude resistirme.
—¿Lo has comprado para mí?
—Sí.
—¿También sabe a arándanos o solo huele?
Scott pasó la lengua por su columna, caliente y resbaladiza.
—Sabe a arándanos, sí —confirmó.
Kip se rio y luego gimió cuando las fuertes manazas de Scott se hundieron en los músculos alrededor de sus omóplatos.
—Dios mío. Es increíble.
—No he hecho más que empezar —dijo Scott—. Quiero que te relajes y dejes que te haga sentir bien.