Capítulo 9 #2
—No sabes cuánto me alegro de haber pedido el smoothie aquel día —dijo Scott sonriendo.
Kip también le sonrió, con esa sonrisa sexy y espontánea que siempre desarmaba por completo a Scott.
—Y yo…
Comieron, charlaron, se rieron y bebieron más vino.
Scott había colocado las sillas de modo que quedaran uno enfrente del otro, porque pensaba que era la disposición más tradicional, pero ahora se arrepentía.
Quería estar más cerca de Kip. En cuanto acabaron de cenar, propuso que se desplazaran al sofá.
Antes de reunirse con Scott en la sala de estar, Kip se detuvo y dijo:
—¡Ay! Espera un segundo.
Volvió adonde había dejado la mochila, junto a la puerta, y regresó con una bolsita de papel.
—Te he traído algo. Es…, bueno, es una bobada. Es que los he visto y… Bueno, es igual, toma.
Le entregó la bolsa a Scott, quien la cogió.
—¿Me has comprado un regalo?
—Más o menos. Es una tontería. No sabía qué traerte.
Scott abrió la bolsa y sacó…
—Calcetines.
—Sí, son más o menos del color de los arándanos. O, mejor dicho, del color del smoothie que te pides siempre. He pensado que igual podrías ponértelos cuando estés de gira. Sería un poco como llevar la buena suerte a todas partes, ¿no?
Scott pasó el pulgar por el tejido suave de los calcetines. Se había quedado sin palabras.
—Ya te he dicho que era una tontería —murmuró Kip.
—¡No! —Scott se levantó para acercarse a él—. Al revés, me encantan. Son… Me encantan, Kip. Me los voy a poner todos los días cuando esté fuera y así pensaré en ti. Gracias.
Kip parecía aliviado y encantado, y Scott lo besó porque ¿cómo no iba a hacerlo? Tal vez sonase ridículo, pero aquellos calcetines le ayudarían mucho cuando estuviera separado de Kip.
Se besaron, y esta vez la boca de Kip se desplazó desde la boca de Scott hacia su mandíbula y luego se acercó al cuello, debajo de la oreja. Soltó un suspiro, absolutamente inundado por la necesidad de estar con ese hombre tan guapo y detallista.
—Bueno, ahora que ya hemos acabado de cenar… —susurró Kip pegado a su oreja.
—También tengo postre —dijo Scott con poco convencimiento—. Fui a la panadería…
Kip lo calló con un beso que hizo que Scott se olvidase de los macarons que había en una caja en la encimera.
Se le había puesto dura. En realidad, para ser sincero llevaba ya medio empalmado desde que Kip había entrado en el apartamento. Era ridículo. En otras épocas se había pasado años, y no hacía tanto meses, sin sexo, y ahora no podía estar unos cuantos días de sequía sin morirse de ganas.
Kip no iba a hacerlo esperar más. Le desabrochó la camisa a Scott y destrozó el bonito conjunto que había elegido tan a conciencia. Pero a este no le importó en absoluto. Estaba ansioso por liberarse de esa ropa. Por notar a Kip por todo el cuerpo.
Una vez desabrochados los últimos botones, Kip tiró del cuello de la camiseta interior de Scott y le arañó con los dientes por la clavícula. Scott se estremeció y apretó la erección contra el estómago de Kip. Si no le tocaba ahí pronto, iba a ponerse a suplicar.
Kip se rio en voz baja pegado a su cuello.
—¿Es por mí?
Deslizó una mano por el muslo de Scott. Cuando por fin llegó con la mano a la polla de Scott y la tocó a través de la tela de los pantalones, el jugador ahogó un:
—S… sí. Dios.
Le daba rabia su falta de disciplina. Le habría gustado ser quien llevara las riendas. Prolongarlo. Saborearlo.
Pero Kip ya estaba desabrochándole el cinturón y bajándole la cremallera y metiendo una mano y…
—Te… tengo planes —tartamudeó Scott.
Kip le sonrió con picardía y tiró un cojín al suelo, junto a los pies de Scott.
—Yo también.
Se puso de rodillas.
—Llevo toda la puta semana pensando en esto —dijo Kip mientras hociqueaba por la ropa interior de Scott (muy bonita, por cierto) para acceder a la polla y echarle el aliento caliente encima.
Le bajó los pantalones a Scott deslizando las manos con firmeza por sus muslos. Scott echó de menos tener dónde apoyarse, porque estaba de pie entre el sofá y la mesita de centro, sin pared alguna a su alcance. Iba a necesitar todas sus fuerzas para que no le fallaran las rodillas.
Scott acarició el pelo de Kip y suspiró feliz mientras este deslizaba una mano hacia arriba y le cogía los huevos, que apretó con cuidado. Scott se estremeció y ahogó un suspiro.
Tenía previsto dar mimos a Kip. Tomárselo con calma para que pudieran explorarse mutuamente. Pero quizá ir a por todas tampoco fuera tan mala opción…
Kip le sacó la polla del calzoncillo y le besó la punta.
—Joder, qué preciosidad —murmuró—. Mírate…
—Llevo así desde que has entrado, más o menos.
—Espera, que te ayudo.
Kip tenía la boca tan cálida y húmeda, y Scott estaba tan cachondo que iba a correrse a una velocidad bochornosa. Al cabo de unos minutos de tenerla dentro de la boca de Kip y notar sus manos en los muslos y el culo, Scott se puso a temblar.
—Ya estás a punto, ¿verdad? —Kip le acarició los huevos a Scott, que los tenía cargados y tirantes.
Lamió el líquido preseminal que caía de la punta en gordas gotas.
Scott se limitó a coger del pelo a Kip, incapaz de hablar, y este se la metió aún más en la boca, chupándosela con fuerza y sin descanso hasta que Scott se derritió y se corrió. Kip continuó lamiéndole con suavidad la punta hasta que Scott dio un tembloroso paso atrás.
—Eh, así… —jadeó Scott—, así no era como se suponía que tenía que ir.
—¿No? —preguntó Kip y se puso de pie—. Pues yo estoy bastante satisfecho con el resultado.
Scott se rio y negó con la cabeza.
—Esta noche quería ir con calma.
—Todavía podemos ir con calma. No tengo nada de prisa.
Scott lo besó y luego tiró de él con gesto juguetón para que se tumbara en el sofá con él.
Acabaron medio enredados. Scott se movió para apoyar la espalda contra uno de los brazos y dejó una pierna extendida a lo largo de todo el sofá.
Ahora casi tenía a Kip en el regazo, besándolo mientras volvía a ponerle los calzoncillos con cuidado a Scott.
Se liaron en el sofá, metiéndose mano por debajo de las camisas.
Scott estaba desatado. Incluso justo después de una mamada (excelente, por cierto), aún tenía ansia de más.
Notaba la erección de Kip dura contra su cadera y alargó la mano hacia ella.
Lo agarró a través del vaquero. Kip gimió en voz baja pegado a su boca y se meció en su mano.
Scott pasó a bajarle la cremallera a Kip, quien lo detuvo poniéndole una mano en la muñeca.
—¿Estás bien? —preguntó Scott.
—Sí —exhaló Kip con la frente pegada al hombro de Scott—. Es solo que… quiero hacer una cosa. Y no quiero despistarme.
A Scott le picó la curiosidad, por decirlo suave.
—¿Qué quieres hacer?
—¿Podemos ir a la habitación?
—¡Sí! Pues claro.
Kip se liberó de Scott y lo condujo a su cuarto. Una vez allí, empezó a desnudarse con gestos provocadores.
—La última vez —dijo mientras se sacaba el jersey por la cabeza— dijiste… que querías…
—La última vez… —repitió Scott, esforzándose por recordar a qué petición en concreto se refería Kip. Quería muchas cosas relacionadas con Kip—. ¡Ah!
—Sí —dijo Kip con una sonrisa torcida—. Me dijiste que querías mirarme. Querías ver cómo me corría yo solo.
—Es verdad —dijo Scott mareado—. Sí, quiero verlo. Dios…
—Bueno —dijo Kip y se desabrochó la bragueta—, pues toma asiento.
Señaló la silla que había en el rincón de la habitación de Scott.
—Sí…, sí. Vale. Joder.
Scott se sentó en la silla. Salvo por la camisa desabrochada y los pantalones abiertos, continuaba vestido. Kip, por el contrario, ya se había quedado en los calzoncillos negros. El desequilibrio hizo que Scott se excitara. Ya empezaba a empalmarse de nuevo.
Kip amontonó los almohadones contra el cabecero de la cama y se dejó caer con aire divertido encima. Apoyó la espalda en la montaña de almohadas.
Scott arrastró la silla para acercarla aún más. Cumpliría las normas puestas por Kip, pero, desde luego, no iba a perderse ni un detalle.
Kip cerró los ojos, soltó el aire con ímpetu y se deslizó la mano por el estómago y la bajó hasta el muslo. Dedicó un momento a describir círculos azarosos por la cara interna del muslo y luego fue subiendo hasta donde su polla presionaba contra el calzoncillo.
Inspiró hondo y abrió los ojos; primero se miró la mano y luego alzó la vista hacia Scott. Este asintió despacio con la cabeza.
—Muy bien —murmuró Kip, casi para sí mismo.
Scott notó que Kip dejaba de sentirse tenso conforme movía la mano, agarraba y acariciaba el paquete abultado. Suspiró y se mordió el labio, cerró los ojos de placer y luego volvió a abrirlos para mirar a Scott por debajo de los párpados entreabiertos.
—He pensado mucho en esto —dijo Kip con voz tranquila y soñolienta—. En que me mirases así. Te juro que me pone muy cachondo.
—¿Sí?
—Mmm. Cuando me estaba haciendo una paja…, joder, después de que colgásemos la otra noche… me imaginé que me mirabas.
—Dios.
—Casi…, casi te vuelvo a llamar. Quería hacer un Skype o algo, para que pudieras verme en directo.
—Joder, sí. Tenemos que hacer eso. Pronto. Cuando no esté mi compañero de habitación.
Kip se echó a reír.
—Claro. Mierda. Tu compañero. Se me olvidaba.
Se la meneó con el calzoncillo puesto, echando la cabeza hacia atrás, contra los almohadones. Kip era muy sexy y atrevido, y pensaba darle a Scott todo lo que deseara.
—¿Qué tal te va? —preguntó este con la voz entrecortada.
—Genial, Scott. Me encanta. Voy a quitarme esto.
Metió los pulgares por la goma del calzoncillo, levantó las caderas y se lo bajó. Y Scott tuvo como premio el perfecto cuerpo desnudo de Kip, con su polla gruesa y fabulosa, que ahora mismo estaba tan dura que casi quedaba recta contra su barriga.
Scott había tenido la previsión de dejar un bote de lubricante encima de la mesilla. No quería que hubiera interrupciones una vez que hubiera empezado la función. Agradeció haberse anticipado al ver cómo Kip alargaba el brazo para coger el lubricante y se ponía un poco en la polla.
—Mmm…, qué lubricante tan bueno. ¿Te lo había dicho ya? —preguntó Kip con los ojos cerrados de nuevo—. Es increíble.
Kip se apretó la polla con los largos dedos, que se deslizaron hacia abajo y luego volvieron a subir para que la palma quedara sobre la punta.
Presionó un poco con el pulgar, justo debajo de la punta, cuando volvió a bajar la mano.
Con la otra se acarició con suavidad los huevos, y de vez en cuando daba un leve tirón. Lo hizo todo muy lento y natural.
—Te gusta ir con calma, ¿eh? —comentó Scott.
Kip abrió los ojos y le dedicó una sonrisa adormilada.
—Intento no correrme demasiado rápido. Quiero ofrecerte un buen espectáculo.
—Lo estás consiguiendo. —Scott se removió en la silla. Necesitó toda su fuerza de voluntad para no levantarse—. ¿Dices que ya estás a punto?
—Digo que podría…
Scott tragó saliva.
—Estás que te mueres, Kip. Quiero ir contigo. Quiero tocarte. Pero también quiero mirarte.
—Puede que te deje… luego… Ah…, dios…
Scott observó desde la silla, obediente, mientras la mano de Kip cogía velocidad y este volvía a cerrar los ojos con fuerza.
Era la cosa más magnífica que había visto Scott en su vida, retorciéndose en la cama y concentrado en su propio placer.
Le costaba respirar y susurraba unos preciosos gemidos.
Scott cada vez tenía la respiración más entrecortada.
—Kip…, joder. —No podía aguantar más—. ¿Puedo… puedo sentarme en la cama contigo? —le preguntó—. No te tocaré. Solo quiero estar más cerca.
—Sí, mi amor —murmuró Kip apoyando la cabeza en los almohadones—. Ven aquí.
Scott se ruborizó al oír la expresión cariñosa, pero al mismo tiempo notó que lo recorría un escalofrío. Se desplazó hasta la cama y se sentó en la punta. Giró el cuerpo para poder ver a Kip mientras estaba sentado junto al pie que este tenía extendido.
Y desde ahí vio las gotas de líquido preseminal que relucían en la abertura. Veía el sudor que humedecía el nacimiento del pelo de Kip, el modo en que se le tensaban los músculos del cuello y cómo apretaba la mandíbula cuando algo le daba especial placer.
—Uf —resopló Kip con los dientes apretados—. Intento aguantar, pero joder…
—No hace falta —dijo Scott con la boca seca.
Tenía ganas de masturbarse, pero también quería esperar a que lo acariciara la mano de Kip más tarde. Lo que más deseaba era ver cómo se corría Kip.
Este gimió y movió la mano aún más rápido.
—Estás a punto, ¿verdad? ¿Necesitas correrte? Intentas aguantar por mí, pero estás a un paso, lo noto.
—Eh…, uf, joder —tartamudeó Kip.
—¿Quieres acabar solo para que te vea? ¿O prefieres que te ayude?
—Ah…, dios…, no lo sé…
Se le hinchó el pecho y se le tensaron los músculos del brazo mientras se la meneaba con más ímpetu aún. Miró a los ojos a Scott y este supo que estaba a punto de…
Kip abrió la boca sin darse cuenta y soltó un gemido entrecortado mientras se corría. Los chorros de semen le cayeron sobre el pecho y el estómago y le resbalaron por los dedos mientras se estremecía y aflojaba el ritmo de la mano.
—Por dios, Kip. Qué maravilla. Tendrías que verte.
Kip cerró los ojos y se hundió, sin fuerzas, entre los almohadones.
Scott reptó por encima de su cuerpo y se quedó a unos centímetros de su cara. Cuando Kip abrió los ojos de nuevo, Scott lo besó despacio y con ternura.
—Gracias —dijo Scott—. Ha sido… Uf, voy a guardarme este recuerdo durante mucho tiempo.
—Algo más que llevarte cuando estés de viaje —dijo Kip con una sonrisa.
—Joder, tienes razón. —Scott volvió a besarlo—. Me parece que es el momento ideal para la siguiente cosa que tenía planeada.
—Mierda, no me pidas que haga nada ahora, Scott.
—Te va a gustar. Dame un segundo.