Capítulo 9
Por fin llegó el viernes.
Scott le había mandado un mensaje a Kip aquella misma mañana.
Scott: A punto de subir al avión. ¿Nos vemos esta noche?
A lo que Kip había respondido:
Kip: Me muero de ganas.
Scott: Yo también. ¡Pero necesito tiempo para cocinar!
Kip: OK. ¿A qué hora?
Scott: ¿6?
Kip: Uf. Vale.
Kip salió de trabajar a las dos. Tenía la mochila para la noche preparada y cuatro horas que ocupar de alguna manera. Ya había pensado en ir al gimnasio después del trabajo, así que lo hizo. Después se ducharía allí mismo y se prepararía para ir a casa de Scott.
Había cogido un look chulo para ponerse por la noche. No creía que Scott esperase que se arreglara mucho; pero había decidido esforzarse un poco.
Cuando Kip se miró en el espejo del vestuario antes de salir del gimnasio, pensó que estaba muy guapo.
Llevaba sus mejores vaqueros, que eran oscuros y estrechos.
Los combinó con un jersey rojo intenso de cuello de pico que se había comprado en las rebajas en Old Navy.
Nada pijo, pero muy apropiado para la noche de San Valentín. Y, además, sería fácil de sacar.
Todavía le quedaba una hora y media, así que decidió comprar una botella de vino para la velada.
«¿Tendría que llevarle un regalo?».
Dios mío.
En realidad, era la primera vez que Kip celebraba algo el Día de San Valentín. ¿Qué detalle se suponía que había que tener con un hombre con quien te habías visto en secreto como una semana?
Perdón, con el millonario con el que te habías visto en secreto como una semana.
Al cabo de poco, Kip estaba plantado en la vinatería que había en la misma calle que el gimnasio, mirando con malos ojos las típicas botellas que solía comprar: los tintos baratos que les gustaban a sus padres y los blancos de ocho dólares que Elena describía como «bebibles».
¿En serio podía presentarse en casa de Scott Hunter con una de esas botellas? ¿Qué le gustaba beber?
Kip se planteó comprar una botella de treinta dólares. Luego pensó en una de cuarenta. Incluso se le pasó por la cabeza gastarse la escasa cantidad que tenía en la cuenta en esos momentos.
¿Y si llevaba unas cervezas? No era tradicional, pero…
¿O flores? ¿Sería raro regalarle flores?
De repente, los setenta minutos que todavía le quedaban por delante le parecieron escasos.
Scott se limpió las manos en un paño de cocina y admiró la ensalada que había preparado. Era sencilla, solo llevaba rúcula, tomates cherry y piñones con un poco de parmesano, pero tenía muy buena pinta.
Miró la hora. Faltaban quince minutos para que llegase Kip.
Abrió una botella de vino blanco frío y sacó un par de copas. Ni siquiera estaba seguro de si Kip bebía vino. Todavía había muchas cosas que desconocía de él.
«Quiero saberlo todo».
Era la primera vez que vivía aquella clase de sentimientos.
No había tenido a nadie a quien cuidar (ni a nadie que cuidara de él) desde que su madre había muerto cuando él tenía quince años.
Sus compañeros de equipo eran como su familia y valoraba el vínculo con ellos, pero ese deseo irrefrenable de estar con Kip no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Pensó en dónde había estado hacía menos de un año. El agosto anterior había viajado a España. A Torremolinos. Él solo.
Scott había pasado las vacaciones explorando de incógnito el pueblo costero, y de vez en cuando había ido a la playa para nadar o para disfrutar de… las vistas. No había tenido agallas de ir a la «playa gay» que sabía que había en la zona.
Por la noche, como si la oscuridad le diera valor, se había dirigido a uno de los numerosos bares de ambiente. Prefería los pubs. Era mucho más fácil sentarse a la barra y entretenerse con una cerveza que hacer el ridículo en una discoteca.
Nunca le había costado atraer la clase de atención que en secreto esperaba despertar.
Se le daba fatal ligar, pero sabía que tenía un buen cuerpo.
Bastaba con que se sentara con su cerveza vestido con la camiseta más ajustada que se hubiera atrevido a ponerse y esperase a que alguien se le acercara. Siempre se le acercaba alguien.
A Scott le daba terror hacer algo en público, así que solía ir a la habitación de hotel de los otros hombres o, en un par de ocasiones puntuales, los había llevado a su habitación.
Eran encuentros provisionales, casi una práctica.
No eran más que… mantenimiento. Llenaban una necesidad básica y habían impedido que Scott se volviera loco. Pero no había nada romántico en ellos.
No se parecían en nada a las veces que había estado con Kip. Scott había atesorado en la memoria con mucho cuidado todos los besos, caricias y gemidos que le había dado Kip, y había ocupado las solitarias horas de ruta reviviéndolos sin parar.
Estaba enamorado. Era la única forma de decirlo.
El agua para la pasta ya hervía y las gambas estaban limpias y preparadas para ir a la sartén con mantequilla y ajo. Tenía pensado acabar de prepararlo cuando llegara Kip.
Comprobó que no faltara nada en la mesa del comedor y que estuviera todo perfecto. Rectificó la iluminación y encendió una velita en un portavelas, que colocó en medio de la mesa. Estaba nervioso. Era la primera vez que celebraba San Valentín.
Repasó cómo iba en el espejo del vestíbulo. Se había vestido un poco mejor que con su típica camiseta con vaqueros; había elegido unos bonitos pantalones en gris carbón con una camisa azul. De todos modos, no esperaba llevarlos puestos mucho rato.
Aunque no pensaba acelerar las cosas. Tenía planes. Muchos planes.
Sonrió para sí mismo y bajó a recibir a Kip. Llevaba todo el día contando los minutos. Mejor dicho, toda la semana. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había mirado el selfi que le había enviado Kip.
Y, de pronto, ahí estaba. Entrando por el portal del edificio de Scott con una sonrisa tímida que hacía que al jugador se le acelerase el corazón.
—Hola —dijo Kip.
—Hola.
Scott quería abrazarlo, pero le preocupaba que si se tocaban no fuera capaz de contenerse. Mejor saludarlo en condiciones cuando ya estuvieran a solas con la puerta cerrada.
En el ascensor, un minuto después, Scott dijo:
—Me alegro mucho de volver a verte. No te haces idea…
—Creo que sí.
Se sonrojó y apretó los labios.
—¿Tienes hambre? Me falta hervir la pasta, pero tarda solo unos minutos.
—Claro. Haz lo que quieras.
—O sea, podríamos esperar, pero estaba pensando que quizá estaría bien quitarnos de en medio lo de la comida al principio…
Kip se mordió el labio y ese pequeño gesto puso a Scott a cien.
Le costó atinar con el código para abrir la puerta del apartamento. Tenía a Kip justo detrás, sin apenas espacio entre los dos, pero sin tocarse.
Por fin se abrió la puerta y se metieron en casa. Cuando se oyó el clic de la puerta, se quedaron un instante mirándose el uno al otro, nerviosos y sonrientes. Tras unos cuantos segundos ridículos, Scott soltó una carcajada y le puso la mano con suavidad en la cara a Kip para acercarlo a él.
Se besaron con pasión y sin cortarse durante un buen rato.
Scott oyó que la mochila de Kip caía al suelo antes de que este pasara las manos por la espalda de Scott.
Él bajó las manos a la espalda de Kip y se apretó contra su cuerpo.
Era genial poder abrazarlo. La frustración y el estrés que había arrastrado Scott todo el día se fueron de un plumazo.
Cuando se separaron al fin, Kip se echó a reír.
—Yo también te he echado de menos.
Scott sonrió y le recogió la cazadora para colgarla. Kip llevaba un jersey rojo que le favorecía y hacía que le entrasen ganas de achucharlo…
—Estás guapo —dijo Scott—. Muy guapo.
—Estaba pensando lo mismo de ti.
—Venga, pasa —dijo y extendió una mano.
Kip sonrió y se la cogió.
Scott lo condujo hasta la mesa del comedor y había que reconocer que parecía muy romántica. Había creado el ambiente perfecto, teniendo en cuenta su falta de experiencia.
—Guau —dijo Kip—. ¿Todo esto es para mí?
—Eh…, siento si me he pasado. Es que… nunca había celebrado San Valentín.
—¿Sabes una cosa? —preguntó Kip—. Yo tampoco.
—¿En serio?
—En serio. Nunca.
—Me cuesta creerlo.
Kip se encogió de hombros.
—Nunca he tenido una relación seria. O sea, ha habido algunos tíos con los que he salido un tiempo, pero supongo que nunca ha coincidido en febrero.
—Uf —dijo Scott—. Pues me quitas un peso de encima. Pensaba que tendría que competir con unos cuantos adversarios.
—No. —Kip sonrió—. Y tengo la impresión de que habrías ganado de todas formas.
Scott lo besó porque no pudo contenerse.
—Me gusta ganar.
Lo llevó a la cocina. Sirvió dos copas de vino y se puso un delantal, que a Kip le encantó.
—Pero mírate —dijo Kip, apoyado en la nevera con la copa en la mano—. Es la otra cara de Scott Hunter.
El jugador puso los ojos en blanco.
—Tengo muchas caras. —Echó los linguini en la cazuela de agua hirviendo y encendió un segundo fogón—. No tardará mucho —le aseguró a Kip mientras colocaba una sartén en ese fogón.
—Tómate tu tiempo. Me gusta contemplar cómo trabajas.
Charlaron mientras Scott preparaba la cena. Se sentían cómodos, a gusto, justo como se había imaginado Scott siempre que sería tener pareja.
—Muy bien —dijo al terminar de preparar la cena—. Ve a sentarte. Quiero ofrecértelo en el plato bien servido.
Kip hizo lo que le decía y Scott preparó los platos. Los llevó a la mesa y ahogó un suspiro al ver lo atractivo que estaba Kip con la luz tenue de la zona del comedor.
Dejó la pasta junto a los platos de ensalada y se sentó.
Levantó la copa de vino.
—Feliz Día de San Valentín.
—Feliz Día de San Valentín. Esto tiene una pinta espectacular, por cierto.
—Ay, gracias. Quería que fuera medio ligero, ¿sabes?
Kip esbozó una sonrisa.
—Creo que lo pillo.
—Estaba pensando —dijo Scott tras unos cuantos bocados— que lo que celebramos esta noche no es solo San Valentín.
—¿Ah, no?
—Hoy también hace justo un mes desde que te conocí.
—¡Guau! —exclamó Kip—. No lo había pensado.