Capítulo 8 #3
Había transcurrido un minuto sin respuesta y luego había recibido una foto de Scott. Era una imagen del anuncio de Gatorade que había hecho.
Kip: Vete a la mierda.
Scott había terminado la conversación con el emoticono de la cara que guiña un ojo y, a regañadientes, Kip se había preparado para empezar la jornada.
Había estado despistadísimo todo el turno y, claro, Maria se había dado cuenta.
—¿Dónde coño tienes la cabeza hoy? —le preguntó cuando terminó el ajetreo matutino—. O sea, además de en Scott Hunter, de quien salta a la vista que estás enamorado.
—¡No, qué va! —No era del todo mentira. Tal vez.
—Ya, claro —dijo Maria.
—Es solo… —Kip decidió ofrecerle otro secreto para distraerla del secreto más grande—. Me he presentado a otro trabajo. En el Museo de la Ciudad de Nueva York.
—¡Uala!
—Sí, bueno. Es imposible que me lo den. Pero… no sé.
Su compañera le dio un golpe en el brazo.
—¡Kip! ¡Fíjate! ¡Menudo progreso…!
—O sea, sería genial, desde luego. Si ocurriera…
—¡Es muy emocionante!
—Puede, sí. No se lo cuentes a nadie, ¿vale?
—Ni una palabra —prometió—. ¿Seguro que quieres dejar atrás este trabajo tan glamuroso?
—Mientras pueda quedarme el delantal…
Cuando terminaron el turno, Maria acompañó a Kip hasta la estación de metro. Iba al apartamento en East Village que compartía con tres compañeros de piso. Kip mencionó de pasada que había quedado con Elena, porque iba a ayudarle con el esmoquin para la Gala Equinox. Omitió un montón de detalles.
—No me puedo creer que vayas a ir a la Gala Equinox. Es una pasada. ¿Y si está Beyoncé?
—Pues tendrá el honor de bailar conmigo.
Siempre se montaba un gran revuelo cuando Nueva York jugaba contra Boston.
Boston tenía su propia estrella, un campeón ruso llamado Ilya Rozanov. Era bravucón, chulo, mediático… Todo lo que no era Scott. Y los fans se volvían locos con él.
Además, era un jugador increíble, con una habilidad inigualable para estar siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Scott sabía que no debía dejarse cegar por él. Rozanov se llevaba mal con todos los de la liga. Hasta entonces Scott había conseguido hacer como si el chulo ruso no existiera, pero había veces en las que le entraban ganas de pegarle un puñetazo que lo dejara una semana en el banquillo.
Tras la bochornosa derrota en Filadelfia del martes, Scott estaba que ardía.
El entrenador Murdock los había obligado a hacer un entrenamiento brutal el día anterior, en cuanto habían llegado a Boston.
Había castigado sobre todo a los jugadores de la defensa, cosa que Zullo se había tomado tan bien como era de esperar.
Zullo era un liante. Scott había jugado con tíos que eran capullos, pero que aun así daban la talla en la pista.
Zullo cada vez la daba menos. Y Scott no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo.
El defensa empezaba a convertirse en un lastre serio, y eso iba a ser un problema ahora que se acercaban los play-offs .
Murdock sabía lo que opinaba Scott de Zullo. El mánager principal también sabía cómo se sentía Scott. Este intentaba que sus compañeros no se enterasen, porque su función era mantener al equipo cohesionado, como si fuesen una unidad.
Scott estaba en la bicicleta estática del estadio dos horas antes de que empezase el partido mientras veía cómo Rozanov se burlaba en broma de él y de todos los Admirals en la ESPN.
Scott sacudió la cabeza y reprimió una sonrisa mientras veía la televisión.
Tenía que reconocerlo: aquel chaval sabía montar un buen espectáculo.
De todos modos, Scott estaba encendido. Si Rozanov le buscaba mucho las cosquillas esa noche, cabía la posibilidad de que le diera un puñetazo.
—Uf —dijo Elena—. Va a tener que quedarse ahí cinco minutos.
Vieron cómo mandaban a Scott a la caja de castigo. No paraba de chillarle lo que parecían palabras muy muy fuertes a Rozanov por encima del hombro.
—Rozanov se lo merecía —dijo Kip.
—Igual no eres del todo imparcial.
—Rozanov es un capullo integral.
—Bueno, el buenazo de Scott Hunter le ha dado un puñetazo en la cara.
—Bah, da igual. Scott llevaba los guantes. Y Rozanov se tapa la puta cara con la visera, así que no importa.
El árbitro hizo un gesto para indicarle a Scott que lo penalizaban con cinco minutos en la caja de castigo por pelearse.
—Deberías mandarle un mensaje —dijo Elena y le dio un golpecito a Kip en el muslo con el dedo gordo del pie—. Ahora tiene unos minutos libres.
—Anda, calla.
—Mándale esa foto que te he hecho con el esmoquin en la sastrería.
—¡No! Aún no está acabado y además…
—Quieres que sea una sorpresa.
Kip se puso un poco rojo.
—Puede.
—Qué tierno eres —dijo Elena mientras se levantaba—. ¿Quieres más vino?
—No, mañana trabajo.
—Puedes quedarte a dormir aquí si te apetece. Así el trayecto será más corto mañana.
Kip lo sopesó.
—No puedo. Tengo que preparar la mochila antes de ir al curro. Es que, eh…
—¿Duermes en casa de Scott mañana?
—Sí —dijo Kip sonriendo como un bobo.
—¡Ay, dios mío! —exclamó Elena—. ¡Mañana es San Valentín!
—Ya lo sé…
—¿Vais a salir?
—¡No! No… iremos a ninguna parte. Es que… no podemos, ya sabes.
Elena volvió a sentarse con él en el sofá.
—¿Seguro que quieres esto, Kip? Sé que es él, pero viene con un montón de lastre.
Los recuerdos de la semana anterior inundaron la mente de Kip: los dos desnudos en la cama de Scott con las piernas entrelazadas mientras Scott le acariciaba el pelo con cariño; cuando Scott admitió que nunca había llevado a nadie a su casa; cuando Scott le pidió a Kip que le contara por teléfono qué tal le había ido el día solo para poder escuchar su voz.
Y el mensaje de madrugada:
Scott: Daría lo que fuera por verte ahora mismo.
—Sí —respondió Kip—. Estoy seguro. Scott vale la pena.