Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Scott suspiró. Vaya coñazo para el pobre compañero de habitación de Zullo.

El equipo tenía la política de mezclar a jugadores veteranos con otros más jóvenes en las habitaciones de hotel cuando estaban de viaje.

Scott, en calidad de capitán, había compartido habitación muchas veces con rookies y con nuevos fichajes del equipo.

El sistema solía funcionar bien y ayudaba mucho a que los jugadores más jóvenes no se metieran en líos.

Pero a veces los problemas los generaban los veteranos.

Scott cogió el siguiente ascensor hasta la planta en la que se alojaba el equipo.

No sabía en qué cuarto estaba Zullo, así que recorrió despacio el pasillo hasta que oyó que se abría una puerta.

Y, como era de esperar, el compañero joven de Zullo, un chaval francocanadiense llamado Brisebois, apareció en el pasillo.

Daba la impresión de que lo acababan de despertar.

Si Scott llamaba a la puerta y trataba de razonar con Zullo, acabarían peleándose y despertarían a todos los jugadores de la planta. Ya hablaría con él al día siguiente.

—Hola, Breezy —dijo al adormilado defensa—. Vente a mi habitación. Pediré que nos suban una cama supletoria.

Kip estaba sentado frente a Elena en una mesa de un pequeño restaurante mexicano del centro.

—Entonces… ¿qué te parece? —preguntó el chico.

—Está bien. Te he puesto un par de comentarios. Te los mandé por correo antes de venir aquí.

Kip sacó el móvil.

—Ya te los leerás luego, tonto —dijo Elena—. La carta de motivación estaba genial. Y el currículum funciona. Solo cambiaría un par de cosas.

—Vale.

—Bueno, ¿qué noticia tenías que darme?

Kip sonrió y luego agachó la cabeza para que su amiga no lo viera.

—Ay, dios mío. Te has enamorado —dijo Elena.

—¡No! —se apresuró a decir Kip—. No me he enamorado. Solo, eh…, me estoy viendo con alguien.

—¿Ah? ¿Viendo? ¿Y no os acostáis?

—Bueno, vale…, sobre todo nos acostamos. Pero la cosa empieza a ir más allá. Creo. Espero.

—De acuerdo.

—Es, esto, ya sabes…, Scott.

—Scott. Te refieres a…

Kip desvió la mirada y luego se acercó a ella a través de la mesa.

—Sí. Justo quien estás pensando. Y sé que parece increíble, pero… sí. Estamos liados. Y quiere que…

Kip se contuvo. De pronto le entró vergüenza. De algún modo, cuando no tenía a Scott delante, todo parecía un sueño febril.

—¿Quiere que… vayáis en serio? —adivinó Elena.

Kip puso los ojos en blanco.

—Claro. O sea, tipo, salir. Rollo…, ser novios. O lo que sea.

—¿Novios en secreto?

—De momento sí —dijo Kip con toda la dignidad que fue capaz de aunar.

Elena sonrió.

—¡Genial!

Kip también sonrió.

—Sí.

—Dios mío, me encanta. Nunca te había visto así, Kip.

—¿Así cómo? ¡Pero si estoy como siempre!

—Lo que tú digas.

—Solo estoy… feliz, nada más. Scott es…

—¿Sabes qué? ­—dijo Elena—. Vamos a beber cerveza para celebrarlo… Cuéntamelo todo.

—¡Ha sido interferencia! —chilló Eric Bennett—. ¡Se me ha tirado encima! ¡Venga, árbitro!

—Lo he visto —respondió el árbitro—. Y no. Así que cálmate, joder.

Scott le puso la mano en el pecho a Bennett para impedir que se metiera con el árbitro.

—¡Venga ya! ¡No lo dirás en serio! —gritó Bennett por encima del hombro de Scott.

—Sí lo digo en serio, y como no te calles te voy a poner una falta disciplinaria, Bennett.

—Déjalo ya, Bennett —dijo Scott—. Vamos, lo último que necesitamos ahora mismo es una falta.

Bennett miró a Scott a través de la protección facial.

—Por favor —dijo Scott—. Se la devolveremos yendo a por todas y ganando el partido, ¿vale?

Bennett resopló, pero volvió patinando a su posición. Scott observó cómo daba golpecitos en los postes de la portería —derecha, izquierda y otra vez derecha— con el stick . Una superstición que le ayudaba a mantener la compostura y concentrarse.

Scott se volvió hacia el árbitro.

—Pero que conste: sí ha sido interferencia.

—No empieces tú también, Hunter.

Scott patinó hasta el banquillo con el resto de su alineación para que el entrenador Murdock les dijera qué iban a hacer.

—Bennett está muy cabreado —dijo.

—Ya veo que Bennett está cabreando. Estoy siguiendo el partido…

En tiempos, Harv Murdoch había sido un gran centro de la NHL .

Goleador sobresaliente y pionero entre los jugadores negros en una época en la que no había ninguno en la NHL , la carrera de Murdock se había cortado de cuajo a causa de una lesión en la rodilla.

Había vuelto a la pista años después como ayudante de entrenador, y llevaba diez años como entrenador principal de los Admirals.

—¿Sabes quién más está cabreado? —continuó Murdock—.

Yo. Estoy furioso porque nuestra defensa ha decidido tomarse la noche libre.

—Con cada frase alzaba más la voz—. Estoy cabreado porque hemos perdido tres pases en este tiempo.

Estoy cabreado porque nos llevan dos goles de ventaja y uno de esos goles lo marcaron porque no había nadie defendiendo.

Así que me cago en Bennett si está cabreado porque un tío se le ha echado encima.

Vamos a empezar a jugar al hockey, ¿entendido?

—Buena idea, entrenador —dijo Carter con tono alegre.

Scott y él patinaron hasta el círculo de saque.

—Lo que ha dicho sobre la defensa es cierto —comentó Scott—. Algo le pasa al equipo esta noche. Es como si nunca hubiéramos jugado juntos.

—Bueno, ya. Creo que lo que ocurre no es ningún secreto —dijo Carter.

Scott hizo una mueca. Las cosas se habían descontrolado en la sesión de vídeo de aquella mañana.

Scott había intentado hablar en privado con Zullo para decirle que dejase de echar a sus compañeros de habitación a las tantas de la madrugada, sobre todo la víspera de un partido.

La discusión había ido subiendo de tono hasta que Zullo había informado a Scott de que su compañero, Brisebois, era «un puto mariquita» y que «podría haberse quedado para aprender un par de cosas».

Eso había bastado para que Scott zarandease a Zullo, y bueno…

—Digamos que esta noche Frank no juega pensando en su equipo —dijo Carter.

—¿Y cuándo lo hace?

—Solo nos sacan dos de ventaja —dijo Carter—. No es para tanto. Vamos a darle la vuelta al marcador.

—Sí…

Kip vio el partido con sus padres.

—La cosa no pinta bien —comentó su padre.

—No —coincidió Kip.

Y estaban siendo generosos. Al final del tercer tiempo, Filadelfia había dado una paliza a los Admirals: 6-2.

Pero Scott había marcado uno de esos goles, y Kip había sonreído al pensar que le dedicaba el gol.

—Bueno, siempre habrá otro partido —dijo su madre.

—Sí… —dijo Kip.

Las cámaras mostraban primeros planos de la cara de Scott. Tenía la mandíbula contraída y la mirada furiosa. Cuando un jugador de Filadelfia pasó a su lado patinando y dijo algo, Scott le dedicó una mirada que habría convertido en piedra a la mayoría de hombres.

—Seguro que es porque le falta el smoothie , ¿eh? —bromeó su padre.

—Seguro.

El partido terminó y Kip vio cómo Scott y su equipo salían de la pista y se dirigían al vestuario. Scott estampó la pala del stick contra la pared, justo antes de desaparecer del ángulo que captaba la cámara. Kip hizo una mueca. Nunca lo había visto tan enfadado.

—No pueden ganarlos todos —dijo su madre. Y apagó el televisor.

—Supongo. —Kip se levantó y se desperezó. Había sido un día largo—. Creo que me voy a la cama. Mañana trabajo.

—Buenas noches, cariño —dijo su madre y le dio un beso en la mejilla.

Kip sabía que no tendría noticias de Scott esa noche.

Se planteó mandarle un mensaje para intentar animarlo, por ejemplo.

Sin embargo, lo único que se le ocurrían eran frases vacías que no ayudarían en nada.

Y, además, no era capaz de comprender de verdad cómo se sentiría Scott ahora mismo.

El hockey lo era todo en la vida de Scott.

Su trabajo era ganar partidos y quizá Kip aún no lo conociera mucho, pero sabía que lo más probable era que se tomase cada derrota del equipo como algo personal.

Agotado pero incapaz de dormir, se quedó tumbado en la cama observando la negrura de la habitación y escuchando el fuerte viento de febrero que soplaba en la calle.

Cogió el móvil un momento y se lo quedó mirando en la oscuridad antes de volver a dejarlo en la mesilla.

Al final, su mente se tranquilizó y fue capaz de conciliar el sueño.

Cuando la alarma lo despertó a las cinco de la mañana, vio un mensaje de Scott, enviado a la 1.30 a. m.:

Scott: Daría lo que fuera por verte ahora mismo.

Kip tenía muchas cosas en la cabeza mientras trabajaba ese miércoles.

Estaba el puesto en el museo al que al final se había presentado. Estaba el hecho de que iba a llevar el esmoquin a arreglar cuando acabase su jornada laboral…, el esmoquin que le había regalado Scott. El que Kip luciría en la Gala Equinox a final de mes. Surrealista.

Y luego estaba el mensaje de Scott de la noche anterior. Y los planes de San Valentín para el viernes.

Ah. Y el hecho de que Kip salía en secreto con Scott Hunter.

Kip nunca había sonreído tanto como cuando había visto el mensaje de Scott por la mañana. Le había hecho flotar y llevaba desde entonces navegando por el espacio, hacia la atmósfera.

En respuesta al mensaje de Scott, aunque se lo había mandado horas antes, Kip le había enviado un selfi rápido.

Ni siquiera se había arreglado; todavía estaba en la cama, con el pelo revuelto y cara de sueño.

Quería que Scott supiera que se había despertado con el mensaje y que le había hecho muy feliz.

(Tenía que admitir que, además, la foto tenía un punto sexy).

Scott había respondido a las ocho y poco, y Kip vio el mensaje cuando estaba en la trastienda de la cafetería.

Scott: Guau.

Y luego:

Scott: Gracias. Alucino con que no tuviera ninguna foto tuya aún.

Kip había respondido:

Kip: Puedo hacerme una mejor.

Scott: No. Es perfecta.

A continuación:

Scott: Pero no te cortes. :)

Kip se había reído y había escrito:

Kip: Yo tampoco tengo ninguna foto tuya, ¿sabes…?