Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 8
24%

Capítulo 8

—Tres nueves —anunció Greg Huff y puso sus cartas encima de la mesa—. ¿Qué tienes tú, Hunter?

—Idos a la mierda —dijo Scott y se descartó de esa baza tan mala.

—Lo sabía —dijo Huff—. Mientes como el culo, Scotty.

Con alegría, barrió hacia él el pequeño fajo de billetes de veinte dólares. Carter se rio y le pasó a Scott otro botellín de cerveza. Este lo aceptó agradecido.

—Te toca, Bennett —dijo Carter.

Los cuatro se habían reunido en la habitación del hotel de Huff, en Filadelfia. Huff había echado a su compañero de habitación más joven y le había dicho que estuviera fuera un par de horas para que pudieran disfrutar de una partida de póquer «como en los viejos tiempos».

—Bueno, Carter —dijo Huff—, ¿y qué tal va con Gloria Grey?

—Pues bien. Vendrá a Nueva York este fin de semana. Irá al partido del sábado… y luego estaremos en mi piso esa noche y todo el domingo.

—Enhorabuena, tío —dijo Eric Bennett—. Me alegro mucho por ti.

—Capullo con suerte —se burló Huff—. ¿Y tú qué, Hunter? ¿Sales con alguien?

—¿Y por qué iba a contároslo, cabrones? —se defendió Scott.

—Venga, va —dijo Bennett—. Somos viejos y estamos casados. Danos un poco de emoción.

—Siento decepcionaros, tíos.

—Scott se está reservando para el matrimonio —dijo Carter, a la vez que le ponía una mano en el hombro a Scott—. Y reserva el matrimonio para cuando se muera.

Los demás se rieron.

—Estoy ocupado, nada más —se justificó Scott—. Ya lo sabéis, tíos.

—Ya, claro, y a nosotros nos sobra el tiempo —dijo Huff—. Venga ya. ¿De verdad no hay nadie? ¿Toda esa belleza tirada a la basura?

—¿Podemos hablar de otra cosa?

—Se folla a tu hermana, Huff —bromeó Bennett.

—Sabes que solo tengo un hermano —dijo Huff—. Y no creo que Howie sea su tipo.

Todos se rieron. Scott también, aunque con una risa forzada.

Lo que había dicho Huff no era mentira. Scott conocía a su hermano y no, no era del tipo que le gustaba a Scott.

Pero no era eso de lo que se reían sus amigos.

No era la idea de que Scott saliera con Howie.

Era la idea de que saliera con algún hombre, fuera el que fuese.

—Idos todos a la mierda —dijo Scott.

Aunque no lo dijo con tono serio. En realidad, le caían genial aquellos tíos. Solo se comportaban como… tíos.

Continuaron con la partida de póquer y no volvieron a mencionar la vida amorosa de Scott.

Este envidiaba a sus compañeros de equipo.

Se imaginaba cómo debía de ser no tener que preocuparse por ser…

diferente. Ojalá pudiera convertirse por arte de magia en lo que la gente esperaba que fuesen los jugadores de hockey.

Pero repasó a los tres hombres que estaban jugando a las cartas con él —todos ellos estrellas de la NHL — y ninguno acababa de encajar en el molde.

Carter, saltaba a la vista, por su piel morena.

Scott sabía que había tenido que aguantar comentarios racistas tanto de jugadores como de fans toda su vida.

Huff era bajo. En su ficha ponía que medía 1,72 metros, pero a veces Scott se preguntaba si lo habían medido con los patines puestos.

Y Bennett se parecía más a un maestro de guardería que a un portero estrella.

Nunca bebía ni salía de fiesta y había estudiado Filología Inglesa.

Así pues, quizá no hubiera una forma «normal» de ser jugador de hockey.

Pero eso no cambiaba el hecho de que los insultos favoritos que soltaba la gente en los partidos fueran homófobos.

En el mundo del hockey, ser gay se consideraba, en el mejor de los casos, una broma, y, en el peor, algo asqueroso.

Mientras Scott fuera con cuidado —y lo hacía—, nadie tenía por qué enterarse de que era diferente.

Scott volvió a su habitación antes de las once. Las veladas terminaban temprano cuando había partido al día siguiente. Cuando llegó, su compañero estaba leyendo en la cama.

Scott se tumbó en la suya y sacó el teléfono. Mandó un mensaje a Kip:

Scott: Te echo de menos.

La respuesta fue casi inmediata.

Kip: ¿Ya? ;)

La siguiente respuesta tardó un poco más.

Kip: Yo también.

Scott se puso de lado para darle la espalda a su compañero de habitación. Sabía que el chico, un rookie llamado Gillis, no tendría el coraje de preguntar de qué se reía su capitán como un memo, pero aun así…

Contestó:

Scott: Pensaba en el viernes.

Kip: ¿El viernes?

Scott: Es San Valentín.

Kip: ¡Ah!

Scott: ¿Vendrás a mi casa esa noche? Me gustaría prepararte la cena.

Kip: Miraré la agenda.

Scott: Ah. OK.

Kip: Era broma. Estoy libre.

Scott puso los ojos en blanco. Se sintió imbécil.

Scott: ¿Puedo llamarte?

Kip: Sí.

Scott se sentó y le dijo a su compañero:

—Voy a llamar por teléfono. Vuelvo dentro de un rato.

Salió de la habitación y bajó al vestíbulo en ascensor. Se coló en la pequeña sala de reuniones, que estaba vacía, y llamó a Kip. Se sentó en una de las sillas de oficina y fue rodando de lado a lado mientras esperaba a que contestara.

—Hola —dijo Kip después del segundo tono.

—Hey.

—¿No deberías estar en la cama? —bromeó—. Mañana hay partido importante.

—Enseguida voy. Solo… quería oír tu voz.

Scott se estremeció porque le pareció patético. Qué mal se le daba aquello…

—Te echo de menos.

Scott sonrió mirando el móvil.

—Yo también te echo de menos. ¿Has encontrado sastrería? Me ofrecería a pagarte el arreglo, pero tengo la impresión de que no me dejarías.

—Tienes razón. No lo haría —respondió Kip—. Iba a preguntarle a Elena si conocía alguna buena, pero entonces pensé…

—Ah.

—Sí. No quiero que… O sea, digamos que…

—¿Lo sabe?

—¡No! No, no sabe nada. Me refiero a que no le he hablado de nosotros. Es solo que… Se lo imaginará, ¿sabes? Es lista. Y… sabe que me gustas. Pero sí. Si se entera de que me he agenciado un esmoquin de Hugo Boss por arte de magia, seguro que me hace preguntas.

Scott frunció el ceño.

—Ya.

—Quizá…, quizá sería más fácil si alquilara uno y listo. Solo… por si acaso.

—No, qué… No. Es mejor que… —Scott suspiró y confió en no arrepentirse de lo que iba a decir—. Es mejor que se lo cuentes. Si quieres. Me dijiste que era tu mejor amiga, ¿no?

—Sí.

—Pues cuéntaselo. No quiero que esto genere un conflicto con tu mejor amiga.

—Gracias. —Kip sonaba aliviado—. Me muero de ganas de contárselo. Y sabe guardar un secreto, te lo aseguro. Es la mejor. Te caería bien.

—Me encantaría conocerla.

—Resérvale un baile en la gala.

—Trato hecho. Aunque bailo fatal.

—Ella baila que te cagas. Seguro que te sabe llevar. Te lo prometo.

—Vale —dijo Scott pensando en otra cosa.

Daba la impresión de que Kip se había quitado un peso de encima, pero Scott tenía la sensación de que ese peso había caído directamente sobre él. Se mordió el pulgar.

—Bueno, entonces, el Día de San Valentín, ¿eh? —dijo Kip alegre para cambiar de tema.

—¿Ajá?

—¿Quieres prepararme la cena?

—Exacto…, sí. —Scott negó con la cabeza. «Concéntrate en el partido, Hunter»—. Sí —dijo más convencido—. Me encantaría.

—No sabía que te gustara cocinar.

—Bueno, digamos que sé cocinar —contestó Scott—. Estaba mucho solo en casa. A menudo hacía la comida para mi madre y para mí cuando ella trabajaba hasta tarde en la tienda. Y más adelante… cuando se puso enferma.

—Lo siento —dijo Kip. Sonaba avergonzado de verdad—. Debería habérmelo imaginado.

—¡Tranquilo! No lo he dicho para hacerte sentir mal. Es solo que… me gusta contarte cosas sobre mí.

—Y yo quiero saberlo todo sobre ti —dijo Kip en voz baja.

Scott creyó que se le iba a salir el corazón del pecho. Le conmovieron tanto las palabras de Kip que no se dio cuenta de que no había contestado hasta que Kip añadió:

—Ay, dios. Igual me he pasado de intenso. Perdón.

—Qué va —dijo Scott—. Puedes preguntarme lo que sea.

—¿Lo que sea, eh? ¿Qué te parece…, qué vas a cocinar para mí? —Kip volvió a adoptar un tono relajado y divertido.

—No te lo diré. Es una sorpresa. —Scott sonrió—. Ay, mierda. A menos que… ¿Tienes alguna intolerancia?

—Nop.

—Genial. Entonces es una sorpresa.

Scott cogió un boli que había en la mesa que tenía delante y empezó a hacer garabatos en una libreta del hotel, abstraído.

—¿Qué tal te ha ido el día?

—Bien. No muy emocionante. Salvo, ya sabes, por ti.

—Cuéntame todo lo que has hecho. Solo quiero oír tu voz.

Kip le habló del pódcast que había escuchado cuando volvía de casa de Scott por la mañana y le habló de la mujer que había visto con una iguana en un cochecito de bebé mientras Scott escuchaba y dibujaba espirales en la libreta.

—Y, bueno —dijo Kip cuando las espirales de Scott ya habían llegado al final de la hoja—, eso es todo. Ya te he dicho que no ha sido un día muy emocionante.

Kip bostezó, cosa que hizo que Scott tomase conciencia de la hora que era.

—Ay, dios, no te dejo dormir. Mañana entras temprano a trabajar, ¿verdad?

—Sí. O sea, debería irme a la cama, sí.

—Vale. Yo también.

—Pero oye, Scott. Me alegro de que me hayas llamado.

Scott sonrió hacia el teléfono.

—Yo también me alegro de haberlo hecho.

—Veré el partido mañana por la noche.

—Marcaré un gol para ti.

—¡Vete a la mierda!

—¡Que sí! El primer gol te lo dedico. Acuérdate.

—Muy bien. Será nuestro secreto.

—Sí… —dijo Scott en voz baja.

Después de despedirse, y de que Scott se metiera en el bolsillo la libreta en la que había estado dibujando, salió de la sala de reuniones y volvió al vestíbulo. Allí se encontró con Frank Zullo. Llevaba a una chica del brazo y los dos parecían bastante borrachos.

—’nas noches, Hunter —dijo Zullo con un tono bastante burlón.

—Hey, Zullo —lo saludó Scott—. ¿Vuelves ahora?

—Sí, claro. Eh, me voy directo a la cama, ya sabes.

—Veo que tienes quién te acompañe —dijo Scott mirando a la joven.

—¡Eh, hostia! ¡Si eres ese tío tan famoso! —exclamó ella arrastrando las palabras.

—Vamos, cariño —dijo Zullo y miró a Scott con dureza mientras indicaba a la chica que lo adelantara.

—Sesión de vídeo mañana a las nueve en punto —dijo Scott ya a su espalda.

Zullo hizo oídos sordos y se metió en el ascensor.