Capítulo 7 #3
Scott movió las caderas para que toda su polla grande y dura quedara sobre la de Kip.
—Por favor —jadeó Kip—. Lo deseo.
—Date la vuelta —le mandó Scott.
Se comportaba como el respetado capitán del equipo que era. Kip notó una sacudida de calor y tardó nada y menos en obedecer. Una vez en la posición que buscaban, Scott empezó a darle besos por la columna.
—Eres —murmuró Scott entre besos—. Flipante. Te lo juro.
Puso el punto final a la última frase hundiendo los dientes en el cachete izquierdo del culo de Kip y mordiéndoselo de forma juguetona pero apasionada. Kip gimió y agarró fuerte una de las almohadas de Scott cerrando los puños. Tenía tantas ganas de correrse que pensó que iba a estallar.
Scott empezó a mordisquearle el culo a Kip, bajando hasta los muslos y volviendo a subir.
Era tan placentero que hasta el último centímetro de Kip notaba el cosquilleo de la anticipación.
No estaba seguro de si Scott iba a hacer lo que su boca parecía insinuarle.
Sabía que no tenía mucha experiencia y tal vez sería demasiado esperar que…
Pero entonces Scott le separó las nalgas con las manos fuertes y le paso la lengua por la raja, despacio.
—Joder —gimió Kip—. Sí.
Scott lamió la piel sensible que rodeaba el agujero de Kip, pasando la punta de la lengua por la abertura apretada mientras le agarraba el culo con las manos. Lo fue abriendo con lametazos cálidos y húmedos, que uno tras otro enviaban deliciosos escalofríos por el cuerpo de Kip.
«Dios mío, que este momento no acabe nunca».
Una vez que Kip se hubo relajado lo suficiente, Scott cogió el lubricante y le metió un dedo fuerte y resbaladizo. Tenía las manos enormes y los dedos muy largos y gruesos. Kip deseaba que Scott le metiera todos los que quisiera.
Scott apoyó una mano con firmeza en el centro de la espalda de Kip… Quizá lo hiciera para mantener el equilibrio, pero a Kip le encantó. El jugador debió de darse cuenta, porque apretó un poco más y le metió un segundo dedo. Kip gimió al notar más presión en los dos puntos.
—Te gusta, ¿eh? —murmuró Scott.
—Sí —respondió Kip excitado—. Me encanta que seas tan grande. Fuerte, joder. Me puto muero de ganas de tenerte dentro, te lo juro. Quiero notarte por todo.
Scott respondió con un gruñido muy masculino, posesivo, y añadió un tercer dedo. Kip cerró los ojos y gimió.
—¿Estás bien? —preguntó Scott parando los dedos—. ¿Demasiado?
—No… No, está bien. Me gusta. Me gusta mucho… —Kip no iba a parar de decir cosas. Siempre era como si su boca hablase sola cuando estaba tan excitado—. Estoy listo. A punto para ti, Scott. Por favor. Dame fuerte. Quiero notarlo durante días…
Scott sacó los dedos y, entonces, Kip oyó el ruido nervioso del envoltorio de un condón al rasgarse a toda prisa. Se volvió como pudo para mirar por encima del hombro y vio a Scott moviendo la mano sobre la polla enfundada para echarle lubricante.
Kip esperó con ansia la primera presión de la polla de Scott al entrar en él.
Hacía mucho tiempo que no lo penetraban y llevaba una semana entera fantaseando justamente con ese preciso momento.
Tras un minuto eterno en el que no ocurrió nada, Kip volvió a mirar por encima del hombro.
Scott le sujetaba las caderas y estaba bien colocado, pero no se movía.
—¿Estás bien? —preguntó Kip.
—Sí —dijo Scott. Se había puesto rojo—. Perdón. Es que… No quiero hacerte daño.
—No me harás daño. —Kip meneó el culo, juguetón—. Pero, si no empiezas a metérmela ya, me voy a morir, así que…
Scott ahogó una risa, pero siguió sin moverse.
—Solo lo he hecho una vez —confesó.
«Ay, dios».
A Kip se le olvidaba continuamente que Scott apenas tenía experiencia. Le parecía tan… increíble.
—De verdad, no me harás daño —prometió Kip—. Y, si me duele, te lo diré. Pero… me gusta el sexo duro. Puedo aguantarlo.
Scott se mordió el labio y arrugó la frente. Kip necesitaba que dejara de darle vueltas como fuera.
—Confía en mí —dijo Kip.
Scott lo miró a los ojos y asintió.
Por fin, Kip notó la punta de la polla de Scott golpeando contra el agujero y tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no echarse hacia atrás y empujar él. Esperó sacando paciencia de no sabía dónde mientras Scott entraba despacio.
—Eso es, sí —jadeó Kip—. Me moría de ganas…
Uf, Scott era grande, y Kip se estiró y notó el ardor en el mejor de los sentidos. Una vez que se la había metido del todo, Scott volvió a colocar la mano en el centro de la espalda de Kip y apoyó el peso. Kip gimió.
En las primeras embestidas Scott fue con cuidado. Desesperado por que le diera más, Kip lo alentó.
—Me encanta. Sí, me encanta, Scott. No vayas con tanto cuidado. Eres perfecto. Vamos.
Funcionó. Scott empezó a embestirlo en serio, con una mano plantada en la cama para apuntalarse bien y la otra extendida con firmeza sobre el omoplato del otro. Kip se sentía en la gloria.
—Fuerte —suspiró—. No pares. Me encanta.
—Te noto increíble. Joder.
Kip sentía a Scott por todas partes: sus muslos sólidos presionando contra las piernas de Kip y la mano todavía firme en su espalda mientras Scott lo empotraba contra el colchón.
A Kip le encantaba lo dulce y tímido que podía ser Scott, pero ahora mismo estaba follándolo como la estrella del deporte que era.
Con cada embestida, el cuerpo entero de Kip se estremecía y su polla rozaba contra el colchón de un modo que normalmente no bastaría, pero esta vez…
«Va a funcionar. Dios, igual hasta me corro el primero».
—No te corras —dijo Scott, como si le leyera la mente—. Quiero verlo. No te corras.
Kip gimió, excitado por el tono autoritario de Scott, e hizo lo que pudo por obedecer. Levantó un poco las caderas de la cama para reducir la fricción, pero, joder, si ni siquiera le hacía falta el roce. Scott lo estaba poniendo a mil. Era increíble.
—No sé… —dijo con voz ahogada Kip—, no sé si podré obedecer esa orden, Hunter.
Scott gruñó y, sin avisar, la sacó y dio la vuelta a Kip. Le subió los tobillos hasta los hombros y volvió a metérsela, más duro y rápido que antes.
—¡Hostia puta! —chilló Kip—. ¡Hostia puta…!
—Ahora sí puedes correrte.
Eso hizo Kip. Ya ni siquiera estaba en contacto con el colchón. Se estaba corriendo sin que nadie lo tocara porque Scott le había dicho que lo hiciera y porque todo era perfecto y superexcitante. Observó alucinado cómo el semen le salpicaba el estómago y el pecho.
—Ay, dios. Joder, Kip.
Scott embistió un par de veces más y luego se inclinó hacia delante mientras se corría dentro de él.
Cuando terminaron los últimos temblores, Scott se la sacó con cuidado y se dejó caer en la cama junto a Kip. Estaba sofocado y sonreía.
—Ha sido… —empezó a decir, pero luego negó con la cabeza y sonrió todavía más.
—Sí —jadeó Kip—. Increíble.
Era la única palabra que se le ocurría. Pensaba que sabía lo que era el buen sexo, pero le encantó descubrir que estaba equivocado.
—Enseguida vuelvo —dijo Scott, y le dio un beso rápido en la mejilla—. No te muevas.
—Ni en sueños.
Scott salió de la cama y fue al cuarto de baño mientras Kip se quedaba sonriendo al techo e intentando fijar en la memoria hasta el último detalle de lo que acababa de ocurrir.
Le encantaba lo rápido que había dejado a un lado las inhibiciones Scott; se había entregado por completo al utilizar su fuerza y su ímpetu impresionantes para follar a Kip y dejarlo KO .
«Ahora este chico es mi novio».
Scott volvió con un paño húmedo y limpió con cariño el estómago de Kip. Era maravilloso notar el tejido cálido que se deslizaba por la piel de Kip. Este suspiró de felicidad y alargó el brazo hacia Scott.
—Ven aquí.
Scott sonrió y lo besó.
—Ha sido increíble —dijo el jugador—. Tú eres increíble.
—Estoy casi seguro de que casi todo el esfuerzo lo has hecho tú.
—No es un esfuerzo —dijo Scott y besó a Kip en la nariz, en la mejilla y en la comisura de los labios—. Para nada es un esfuerzo…
Kip lo empujó para ponerlo bocarriba y se montó encima. Empezó a besarlo con toda la ternura que sentía en aquel momento.
Luego se apartaron un poco y Scott lo miró a la cara. Le pasó los dedos por el pelo y analizó su rostro. Saltaba a la vista que quería decir algo.
—¿Qué pasa? —preguntó Kip.
—¿Puedo comprarte un traje?
—¿Que si puedes…?
—De momento no tienes, ¿verdad? ¿No pensabas alquilar uno? ¿Para la Gala Equinox?
—Sí. O sea, no. No tengo. Pero no hace falta…
—Mañana llamo a la tienda de Hugo Boss —propuso Scott—. Hago anuncios para ellos.
—Sí, ya lo sé.
—Puedo llamarlos. Les digo que vas a ir. Que eres un amigo. Y que lo carguen en mi cuenta.
Scott dijo aquellas palabras casi como si hablara para sí mismo más que para Kip.
—Me parece un poco… generoso. ¿No crees?
Scott acarició la cara de Kip con el dorso de los dedos.
—En realidad, es un acto completamente egoísta. Quiero verte con un traje que hayan hecho a medida de tu fabuloso cuerpo. Tal vez no pueda bailar contigo esa noche, pero, cuando estés allí, sabrás que me encantaría hacerlo.
Kip se quedó sin respiración. Scott lo besó de nuevo y murmuró:
—Quiero que lleves el traje que yo te compre. Y después, cuando estemos solos, quiero quitártelo.
Kip ahogó un suspiro.
—No —dijo, aunque le costó mucho esfuerzo.
Scott se apartó.
—¿No?
—Es demasiado. Y, además…, ¿no parecería raro si le pides a la tienda que te cobre a ti el traje de un tío que no se sabe de dónde ha salido?
—Eh…
—Me refiero a que no es muy discreto, ¿no?
Scott se lo pensó mejor.
—¿Crees que lo pillarían?
Kip se desperezó con coquetería y sonrió de oreja a oreja.
—Por supuesto. Soy guapísimo.
Scott resopló.
—Pues sí. —Le dio otro beso—. ¿Y si te pones uno mío?
—¿Por qué? ¿Cuántos tienes?
—Más de los que necesito. Puedes elegir uno y que te lo arreglen a medida.
Kip frunció el ceño.
—Pero entonces no podrías ponértelo nunca más.
—No me hace falta. Tengo una barbaridad.
Kip nunca había conocido a nadie que tuviera el problema de encontrarse con un exceso de trajes. Al menos, no en su círculo social.
—Vale —dijo exagerando el agotamiento—. Te liberaré de uno de tus trajes. Pero solo porque me gusta ayudar.
—¿Negro clásico? —preguntó Scott mientras acariciaba la mandíbula de Kip con el pulgar—. ¿O quizá azul medianoche?
—Tú eliges, Hunter.
Scott apartó la mirada y se ruborizó un poco.
—Me excita cuando me llamas así, pero luego me va a pasar factura cuando lo oiga en la pista, joder.
Kip se echó a reír.
—A lo mejor quiero que pienses en mí durante los partidos.
Scott gimió.
—¿Se te ha puesto dura alguna vez con un protector? No es agradable.
—Parece que a ti sí.
Scott apretó los labios.
—Muy bien —suspiró Kip—. Pues te llamaré Scott.
Este se inclinó hacia él.
—Tengo la sensación de que voy a pensar en ti un montón de todos modos.
Parecía muy feliz, mirando a Kip y acariciándole el pelo. Y Kip sabía que él tenía la misma cara de felicidad. Hacía solo unos días que habían empezado. Lo que había entre ellos era superintenso y superaba con creces los sueños más atrevidos de Kip.
—¿Y tú pensarás en mí? —preguntó con timidez Scott.
Kip sonrió.
—Dudo que pueda pensar en otra cosa, Hunter.