Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 7 #2
21%

Capítulo 7 #2

A Kip le encantó esa ducha casi tanto como le encantó liarse con Scott Hunter en ella.

El agua resbalaba por los músculos de Scott conforme bajaba por su asombroso torso.

Kip se agachó para atrapar con la boca un río de gotas que estaba a punto de caer del pliegue de la ingle de Scott, y luego siguió el camino inverso con la lengua.

—Kip. Dios…

Scott se estremeció y Kip le lamió los abdominales marcados. Scott lo cogió para levantarlo y lo aplastó contra la pared, donde empezó a besarlo con pasión.

Fue increíble; se habían pasado toda la tarde enrollándose, pero todavía les quedaban ganas de seguir metiéndose mano.

Al cabo de un rato lograron lavarse con el gel y el champú de Scott, que olían de maravilla (y seguro que eran caros). Cuando por fin salieron de la ducha, el baño estaba cubierto de vapor y Kip, muerto de hambre.

Volvió a ponerse los vaqueros y la camiseta.

Para su alegría, Scott solo se puso una toalla alrededor de la cintura y llamó por teléfono para pedir algo de comer.

A Kip no le sorprendió que Scott se sintiera cómodo con su cuerpo; se había pasado buena parte de su vida desnudo, o casi, en vestuarios llenos de gente.

—Aquí cerca hay un sitio donde hacen unos raviolis alucinantes —dijo Scott—. ¿Te apetecen?

—Perfecto.

Al final Scott sí que se vistió y se sentó junto a Kip en el sofá a esperar a que llegara la comida.

—Oye —comentó Kip—, ¿vas a ir a esa Gala Equinox tan pija?

Scott lo miró con curiosidad.

—Sí, confirmé que iría. ¿Por qué?

—Eh, nada, es que… Yo también voy a ir.

—¿Trabajarás?

—¡No! No, mi… amiga me ha invitado.

—¡Ah! —dijo Scott. Y luego—: Ay, ostras, perdona, Kip. No tendría que haber dado por hecho que…

—Bah, no pasa nada. O sea, está claro que es raro que alguien como yo vaya a una gala de esas. De invitado, me refiero. Pero Elena (mi amiga, Elena) trabaja para Equinox y quiere que la acompañe.

—¿Es la chica con la que fuiste al partido?

—Sí. Es mi mejor amiga. Una persona genial.

Scott asintió con la cabeza.

Entonces hubo un silencio incómodo. Kip no estaba seguro de qué pensaba Scott, pero de lo que sí estaba seguro era de que habría preferido ir de acompañante de Scott, eso fijo. Se imaginó bailando con él en un salón elegante, ambos vestidos de gala, con los flashes de las cámaras…

Se despertó del sueño.

—Total —dijo Kip—. Que sí voy a ir.

Scott frunció el ceño y miró hacia otro lado. Kip se preparó para que el otro dijera las palabras que sabía que llegarían en algún momento, pero que temía oír. «Ha sido divertido, pero no quiero que te hagas ilusiones…».

En lugar de eso, Scott se levantó y preguntó:

—¿Quieres algo de beber? ¿Una cerveza o algo?

—Claro —dijo Kip, sorprendido, pero tratando de fingir que no pasaba nada—. Sí, me iría genial una cerveza. O lo que sea.

Scott asintió y fue a la cocina.

Una tensión rara había invadido la habitación. A Kip no le gustaba. ¿Qué tenía en la cabeza cuando había mencionado un evento al que los dos irían tres semanas más tarde? Qué chorrada. No tendría que haber dado por supuesto…

Cuando volvió, Scott le ofreció un botellín de cerveza fría.

—¿Quieres vaso o…?

—Bah, me la bebo de aquí.

Kip se obligó a sonreír. Observó a Scott, que jugueteaba un poco con su botellín. Tenía la cara seria.

—Eh, tengo muchas ganas de verte arreglado para la gala.

Scott miró a Kip con una adorable sonrisa nerviosa.

Kip le devolvió la sonrisa, aliviado.

—¿Sí? Cuando me arreglo me pongo muy guapo.

—No lo dudo —dijo Scott, que hundió una rodilla en el sofá y se inclinó hacia delante para besarlo.

Kip suspiró y lo besó también. Quería que Scott lo cubriera entero. Quería notar su peso en todo el cuerpo.

Se reclinó hacia atrás hasta quedar tumbado y luego miró a Scott, expectante.

—Ven aquí —le dijo.

Scott le quitó la cerveza de la mano y la dejó en la mesita de cristal, al lado de la suya. Fue bajando con cuidado —con excesivo cuidado— hasta ponerse encima de él y cubrirlo con su cuerpo gigantesco.

—Peso mucho —dijo Scott como si eso fuera a quitarle las ganas a Kip de que lo destrozara por completo.

—No me voy a romper.

Kip le pasó un brazo por la espalda para acercarlo a él.

Cuando Scott dejó caer el peso sobre su cuerpo, Kip soltó un gemido que habría podido ser bochornoso, pero estaba tan contento que le dio igual.

Scott le besuqueó la piel sensible del cuello y la polla de Kip se puso dura por cuarta puta vez esa tarde.

Movió las caderas para apretarse contra el muslo de Scott.

—Mmm, Kip… —gimió Scott junto a su garganta.

Entonces le vibró el móvil.

—Ya está la comida —dijo Scott con una sonrisa de disculpa—. Enseguida vuelvo.

Se dirigió a la entrada y Kip se quedó ansioso en el sofá.

Pensaba que había averiguado lo que pasaba: Scott necesitaba a alguien con quien acostarse que no fuera a ir a la prensa ni a subir un post sobre el tema.

Y, por la razón que fuera, parecía creer que podía confiar en que Kip guardaría el secreto.

Follarían unas cuantas veces sin que nadie se enterase y después Scott volvería a su estatus de super estrella del deporte y Kip regresaría a su triste vida de mierda. Así de sencillo.

Pero, maldita sea, no iba a ser fácil renunciar a esto cuando llegara el momento inevitable.

Comieron los raviolis en el sofá y Scott encendió la televisión para pillar un trozo del partido de Pittsburgh contra Boston.

Era interesante ver el hockey con Scott Hunter.

De vez en cuando se abalanzaba hacia delante, concentrado mientras masticaba pensativo.

Como si maquinara algo en la cabeza. Kip se preguntó qué vería en la pantalla.

En qué detalles se fijaría que nadie más en el mundo pudiera ver.

—Esta semana jugáis en Boston, ¿verdad? —preguntó Kip.

—Sí. El jueves —dijo Scott, con la mirada aún fija en el televisor—. Y jugamos en Filadelfia el martes.

—¿Y luego otra vez aquí el sábado?

—Pues sí, Montreal juega aquí el sábado.

—Ay, eh, el sábado no trabajo.

Hubo una pausa y entonces Scott pareció asimilar qué había dicho Kip. Dejó de prestar atención al partido.

—Vaya.

—Sí, esta semana trabajo de martes a viernes.

—Vale.

Frunció el ceño.

—O sea… A ver, podría intentar preguntarle a Maria si quiere…

—¡No! No, qué va. Es una chorrada, ¿eh?

Kip se encogió de hombros.

—Si para ti es importante, podría cambiarme el turno.

Scott negó con la cabeza.

—No, es que… —Dejó el envase de comida para llevar en la mesita, apagó la tele en la que seguía el partido de hockey y se volvió para mirar a Kip—. Creo que tenemos que hablar.

A Kip se le cayó el alma a los pies. Se preparó para las palabras que, a su pesar, había estado anticipando desde la primera vez que se habían liado.

—Eh, es que… —empezó Scott, a quien por una vez le faltaban las palabras—. Ya sabes que no…

—No pasa nada. No hace falta que…

—No he salido del armario —continuó Scott—. Supongo. O sea, sí, es así. Me veo obligado a ocultar esa parte de mí. Si la gente se enterase de que soy…

—De acuerdo —dijo Kip con los ojos fijos en el suelo para que Scott no viera lo rechazado que se sentía.

—Nunca he… salido con nadie.

Kip levantó la mirada, asombrado.

—He follado con hombres. Pero aquí no. Nunca había follado con nadie en Nueva York. Ni había invitado a nadie a mi casa.

A Kip se le hizo un nudo en el estómago.

—¿En serio?

Scott lo miró con cara seria.

—En serio.

—Guau.

—Ya te he dicho que nunca he salido con nadie —repitió Scott—. Hasta ahora… pensaba que no lo necesitaba. Que podría vivir sin eso.

Kip se percató del verbo en pasado que había empleado Scott.

—¿Y ahora?

Scott soltó el aire.

—No lo sé. Siento que… a lo mejor no había encontrado aún a la persona adecuada, ¿sabes?

«Hostia puta».

—Lo que quiero decir —continuó Scott— es que no creo que sean solo los smoothies .

Kip no dijo nada. Quería oír qué más tenía que decirle Scott.

—Quiero… salir contigo. Sé que casi no nos conocemos, pero…

La emoción subió por su cuerpo como un burbujeo que se le atascó en la garganta.

—Yo también —dijo con voz ahogada.

Scott le sonrió un poco triste.

—O sea, sí, por supuesto. Yo encantado —dijo Kip.

—Me apetece mucho —aclaró Scott—. Pero no sé cómo lo vamos a hacer.

—Ya se nos ocurrirá —dijo Kip, que seguía en una nube—. Sé guardar un secreto y no tiene por qué ser… Ya sabes, nada serio. Podemos vernos cuando tengas tiempo y tal.

—Te mereces más que eso, Kip.

Kip se rio, porque… ¿en serio?

—Contigo me conformo.

Scott sonrió y lo besó. Kip le devolvió el beso poniendo toda su pasión, porque estaba bastante seguro de que aquel hombre increíble, de ensueño, acababa de pedirle ¡que fuera su novio!

—No tendrás que conformarte con nada —murmuró Scott pegado a su oreja—. No mientras dependa de mí.

Consiguieron llegar a la habitación, pero por los pelos.

Scott estampó a Kip contra la pared en cuanto cruzaron la puerta.

Se quitaron las camisetas a toda prisa y Scott se apretó a él y empujó tanto hacia arriba que Kip casi notó que se le levantaban los pies del suelo.

Kip era un tío alto y robusto, pero Scott hacía que se sintiera pequeño.

Le encantaba notar que Scott podía manejarlo a su antojo.

—¿Qué te apetece? —preguntó el jugador—. Dímelo.

—No… —tartamudeó Kip sin aliento—. No te apetecerá cambiar, ¿verdad?

—¿Quieres que te folle yo?

—Sí. ¿Y tú?

Scott emitió un gruñido grave y volvió a besarlo.

—Encantado.

Kip soltó una risa aliviada. Le encantaba penetrar a Scott, pero necesitaba que se la metiera en ese colchón, o contra esa pared, y quería que Scott le diera caña sin piedad.

Se separaron para poder quitarse los pantalones y entonces Scott tiró de Kip hacia la cama, no de forma bruta, pero sí con fuerza.

Kip fue encantado y dejó que Scott lo tirara encima del colchón, justo antes de tumbarse él encima.

El peso del pecho de Scott aplastaba a Kip, igual que un rato antes en el sofá. Era justo lo que ansiaba.