Capítulo 7
Scott era incapaz de estar quieto mientras esperaba a Kip.
Se había pasado toda la mañana preocupado por si Kip no contactaba con él, ya fuera porque no quería o porque había perdido el número.
Qué ridiculez; parecía que Kip estaba más que interesado en ver a Scott de nuevo, y también parecía lo bastante listo para poder añadir un número de teléfono en el móvil.
Kip era listo. Kip era fabuloso. Y besaba que te morías.
Scott dio mil vueltas por el piso y de vez en cuando hacía cosas innecesarias, como recolocar los cojines del sofá y poner recto un cuadro que ya estaba recto en la pared.
Se acercó a las ventanas para contemplar los barcos del East River y los coches que cruzaban los puentes en ambos extremos de su vista panorámica.
Se lavó los dientes (otra vez) y se retocó el peinado.
Scott repasó el look que llevaba. Se había puesto algo informal, lógicamente: al fin y al cabo, estaba relajado en casa.
Pero en realidad llevaba sus mejores vaqueros y una camiseta azul pálido que estaba bastante seguro de que hacía que sus ojos destacaran.
Por desgracia, también tenía un moretón considerable en el brazo derecho, justo por encima del codo, un golpetazo con el stick de un defensa de Buffalo, dado con la fuerza de las dos manos.
«Te ves bien. Todo va a ir bien».
Bajó al vestíbulo a recibir a Kip. Calculó bien el tiempo, porque Kip llegó al cabo de apenas cinco minutos.
—Hola —dijo Kip sacudiéndose el frío de encima.
Tenía las mejillas rosadas. Era adorable.
—Hola. —Scott le sonrió de oreja a oreja como un bobo. Como recompensa tuvo una sonrisa que hizo aflorar los hoyuelos de Kip.
Fueron al ascensor y charlaron de tonterías mientras subían. Estaban tensos, pero en plan bien. La promesa de lo que estaba a punto de ocurrir crepitaba entre los dos.
Entraron en el apartamento de Scott y este le cogió el abrigo a su invitado. Kip se quitó los zapatos y la mochila, y entró con tranquilidad en la sala de estar. Scott lo siguió mientras admiraba cómo la camiseta de manga larga y los vaqueros oscuros resaltaban sus extremidades largas y delgadas.
—Ayer volvisteis a ganar —comentó Kip—. Enhorabuena.
—Ay, sí. Gracias.
Scott ya no podía aguantarse más. Se abalanzó sobre Kip, quien fue a sus brazos de inmediato.
Cuando Scott lo besó, una calma instantánea le recorrió todo el cuerpo.
Se moría de ganas de que llegara ese momento.
Llevaba dos días en los que casi no había podido pensar en otra cosa que no fuera la boca de Kip.
Era un milagro que hubiese jugado tan bien en los dos partidos que habían disputado desde la noche compartida con Kip.
—Te echaba de menos —dijo Scott.
Se le escapó, pero no se arrepintió. Y menos aún cuando vio cómo sonreía Kip.
—¿Sí?
—Eh…, eres difícil de olvidar.
Puso las manos en las caderas de Kip y le agarró el hueso de la pelvis. Se acercó todavía más a Kip para que este notara cuánto lo había echado de menos.
—Dios mío —jadeó Kip.
Se besaron y se magrearon con pasión, hasta que Kip se echó hacia atrás sobre el brazo del sofá y Scott aterrizó encima de él.
—Lo siento —dijo Scott entre risas—. ¿Estás bien?
—Ya te digo.
Kip tocó la erección de Scott por encima de los vaqueros y este gimió y se apretó contra su mano.
—Oye —propuso Kip—. Vamos a… Siéntate y deja que te…
Se escabulló de debajo de Scott, quien acabó sentado en el sofá mientras lo observaba deslizarse hasta el suelo en el hueco entre sus rodillas.
Kip se inclinó hacia delante y lo fue besando conforme le desabrochaba los vaqueros.
Siguieron besándose mientras Kip le sacaba la polla a Scott y se la acariciaba con dedos sueltos y perezosos.
Joder, qué maravilla. Estar así con alguien sin más. Que te tocaran. Que te la menearan y te hicieran correrte. Necesitaba más momentos así en su vida.
Kip advirtió el moretón del brazo de Scott y lo acarició con las yemas.
—Menudo golpe, ¿no?
—Ha habido peores.
—Yo te lo curaré.
Kip empezó a dar besos suaves con la boca abierta por encima de la piel amoratada. Era un gesto romanticón y algo bobo, y a Scott le encantó.
Kip siguió ofreciéndole su remedio mientras con los dedos jugueteaba con la costura de la camiseta de Scott. Quería quitársela a toda costa.
—Creo que tengo algunos moretones más —murmuró—. Por si te apetece inspeccionar.
—Eeeh… Sí, será mejor que eche un vistazo.
Joder, la voz rota y jadeante de Kip era superatractiva cuando estaba cachondo. La excitación parecía desenterrar el acento de Brooklyn y, por algún motivo, a Scott eso le ponía un montón.
—No veo golpes por aquí —bromeó Kip, y fue bajando con los besos hasta el estómago de Scott—. Pero vamos a asegurarnos…
—Puede que ha… ya… —Scott inspiró nervioso—. Puede que haya alguna herida más abajo.
Kip se rio pegado a su piel, cosa que provocó la risa de Scott. Le lamió los abdominales mientras presionaba con las manos la parte interna de los muslos de Scott y le rozaba con cuidado los huevos. Scott se estremeció.
—Joder…
—He pensado mucho en esto —murmuró Kip; tenía la boca casi pegada a la polla de Scott—. La última vez no tuve oportunidad.
—Todo tuyo —fue lo único que pudo decir Scott.
Kip pasó la lengua por la punta y presionó sobre la piel sensible que había justo debajo. Scott se agarró al sofá para evitar darle un manotazo sin querer a Kip en la cabeza. Tenía tantas ganas de correrse que le dolía.
Pero Kip se la fue chupando despacio, relajado, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo cual en cierto modo era verdad. Observaba a Kip tanto como podía, aunque a veces se le nublaba la vista cuando Kip hacía algo que le hacía perder el control.
Qué guapo era. Kip. Scott decidió que se lo diría.
—Eres increíble. —Scott bajó la mirada hacia él con lo que debía de ser una expresión de adoración—. Y eres el puto amo haciendo eso. Hostia puta…
Kip sonrió sin separar la boca y duplicó el esfuerzo. Se la metió en la boca casi entera y rodeó la base con la mano para acariciarle los huevos a Scott con las yemas de los dedos.
Estaba cachondísimo. Creía que se iba a morir. Ya no podía pensar en nada y solo se le ocurría decir obscenidades.
—Uf, joder. Uf, mierda. Espero que luego quieras metérmela. Dios, he pensado mucho en eso. La otra noche fue una puta pasada… Nunca había disfrutado tanto… Hay tantas cosas que quiero hacer contigo…
Kip gimió alrededor de su polla y se llevó una mano a su propia erección, por encima de los vaqueros.
—Luego me encargo de eso —prometió Scott—. En cuanto acabes, voy a hacer con tu polla lo que quieras que haga… Oh… Joder… Vale… Voy a…
Ese fue el único aviso que pudo darle a Kip. Tuvo un orgasmo tan bestia y tan rápido que notó escalofríos y sintió olas de placer que le sacudían todo el cuerpo mientras se vaciaba en la boca perfecta de Kip.
Cuando terminó, Kip se apartó y apoyó la cabeza en el muslo de Scott.
—Hostia puta —dijo Scott—. Ven aquí.
Kip se acercó para besarlo, y Scott lo abrazó mientras Kip se sentaba a horcajadas sobre su regazo.
—¿Qué te apetece? —jadeó Scott.
—Da igual. Sea lo que sea, irá rápido.
Scott desabrochó los vaqueros de Kip y le sacó la polla. A falta de algo mejor, Scott se echó saliva en la mano y la extendió por encima de la polla para mezclarla con el líquido preseminal que ya goteaba por la punta.
Kip soltó un taco y se estremeció en la mano de Scott, quien bajó la mirada hacia la magnífica e hinchada polla de Kip, que reaccionaba ante sus caricias.
—Quiero ver cómo te corres. Quiero que me bañes con tu semen. Luego podrías enseñarme cómo te gusta, podría mirarte mientras te haces una paja. Joder, me encantaría…
Kip soltó un grito agudo y repentino y le dio justo lo que quería: soltó chorros de semen sobre los abdominales y el pecho de Scott, además de por toda su mano.
Cuando Kip abrió los ojos, los tenía nublados, drogados por el sexo, y las mejillas sonrojadas. Scott nunca había visto nada tan atractivo.
—Joder, no me extraña que seas el capitán del equipo —dijo con esfuerzo Kip—. Desde luego, sabes motivar…
Scott se echó a reír y lo besó.
—Deberíamos lavarnos.
—Mmm —dijo Kip y se dejó caer en el sofá.
Scott se levantó y fue a por un paño húmedo. Habían abierto una compuerta, pero eso solo había conseguido encender su ansia de más.
Cuando volvió a la sala de estar se encontró a Kip todavía tirado de cualquier manera bocarriba, con los vaqueros desabrochados y la polla mojada y flácida sobre el muslo. Se había tapado los ojos con un brazo.
Más. Mucho más.
Kip se dejó caer bocarriba junto a Scott, agotado, sudoroso y feliz. Estaban tumbados casi en diagonal en la cama gigante después de la segunda ronda. Ni siquiera se había hecho de noche todavía.
Scott volvió la cabeza hacia Kip.
—¿Quieres comer algo? Yo me muero de hambre.
Kip se rio.
—Sí. Claro. Pero antes me daría una ducha.
Scott se puso de pie con un movimiento rápido y muy atlético. Extendió una mano hacia Kip y este la aceptó, sonriendo. Scott lo besó después de tirar de él para levantarlo y lo condujo al espectacular cuarto de baño.
El baño en suite era más grande que el dormitorio de Kip.
Mejor dicho, era más grande que el dormitorio de sus padres.
Tenía una bañera gigantesca en el medio y, detrás, una pared de baldosas que ocultaba una ducha larga abierta por los dos extremos.
En el centro del techo de esa ducha larga había una inmensa barra con varios chorros de agua iluminados por focos en ambas esquinas.
Las paredes eran de discretas baldosas de piedra gris. Todo lo que había allí era puto sexy.
Scott abrió el grifo de la ducha con unos mandos muy sofisticados y el agua empezó a caer del techo. Se puso debajo y tiró de Kip para pegarlo a su cuerpo.