Capítulo 6
Scott se despertó de sopetón con el sonido de la alarma. Tardó un momento en reconocer qué era el peso sobre el pecho que le dificultaba llegar al móvil.
«Kip».
Sonrió mientras apagaba la alarma y se dejó inundar por los recuerdos de la noche anterior. ¡Lo había hecho! Había conseguido ligar con un chico en Manhattan. Uno que le gustaba de verdad. Uno que ahora estaba desnudo y durmiendo como un bendito en su cama, acurrucado junto a él.
Pero Scott tenía que marcharse. «Mierda». El coche tardaría en llegar… ¿cuánto? ¿Cuarenta minutos?
Suspiró y se volvió para darle un beso a Kip en la coronilla antes de escabullirse de debajo de él. Kip, adormilado, murmuró algo para quejarse, pero no tardó en caer en un sueño profundo.
Scott se dio una ducha rápida y ya estaba en el dormitorio poniéndose la camiseta cuando oyó movimiento.
—Hola —dijo Kip medio dormido.
Se había apoyado en un codo y tenía el pelo revuelto y un ojo todavía cerrado. Adorable.
—Siento haberte despertado —dijo Scott—. Tengo que irme. Pero puedes quedarte si…
—Bah, debería irme. Esto, eh…
—¿Hoy trabajas?
—No. Si trabajase hoy, ya llegaría más de una hora tarde. Es solo que… debería volver a casa.
—Vale.
—Sí.
Kip ya había salido de la cama y estaba pescando su ropa, desperdigada por el suelo. Se vistió a toda prisa y se metió en el baño.
Scott soltó el aire. Estaba en territorio desconocido. No podía decirse que Kip fuera su novio, pero tampoco era un rollo de una noche al que se hubiera tirado y ya está. Por lo menos, no para Scott.
—Mañana trabajo —dijo Kip cuando salió del cuarto de baño. Parecía tan inseguro como Scott—. Jugáis mañana por la noche, ¿verdad?
—Sí. Y el sábado.
—Bueno, pues supongo que nos vemos mañana por la mañana, ¿no? A menos que pienses que el smoothie mágico ha dejado de funcionar.
Scott sonrió.
—Creo que sigue funcionando. Así que sí, nos vemos mañana por la mañana.
—Genial.
Kip salió de la habitación y Scott lo siguió. Se quedó mirando a Kip mientras recuperaba la cazadora y la mochila del suelo y se ponía las zapatillas de deporte.
—Eh, bueno…, que te vaya bien el entreno —dijo Kip cuando ya estaba a punto de marcharse.
—Gracias. —Scott frunció el ceño. ¿Por qué era tan raro todo?
—Pues hasta mañana.
—Eso es. Hasta mañana.
«Mierda».
Scott dio unas zancadas hasta Kip y lo besó.
Le sujetó la cara entre las manos y trató de demostrarle lo que sentía, ya que no podía decírselo con palabras.
Kip pareció entenderlo, porque le devolvió el beso con la misma pasión, y Scott tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no empotrar a Scott contra la pared, desabrocharle los pantalones y…
—Nos vemos —dijo Kip murmurando las palabras junto a los labios de Scott—. Mañana.
A regañadientes, Scott dejó que se marchara. Le apetecía acompañarlo hasta la puerta, pero no hacía falta. Kip no necesitaba ningún código para salir del edificio. Además, era mejor que nadie los viera juntos a una hora tan temprana.
Después de que se cerrara la puerta, Scott se dejó caer contra la pared y se cagó en todo por lo difícil que era aquello.
No se trataba solo de ser gay o ser famoso.
Eran esas dos cosas combinadas y saber que era imposible salir del armario y mostrarse como era de verdad en el ámbito al que se dedicaba.
Siempre había pensado que era el precio que tenía que pagar. Había tenido suerte en muchos sentidos y ese era el peaje. Había podido dejar atrás la pobreza para jugar en la NHL —incluso jugar con el equipo de Nueva York— y podía disfrutar de una vida de ensueño que era casi perfecta.
Pero no podía enamorarse y ya está. No podía compartir con sus compañeros de equipo sus ligues o las anécdotas de su matrimonio y sus hijos.
Podía intentar llenar ese vacío con todo lo que hacía de su vida algo emocionante y envidiable, pero ese vacío no desaparecía nunca. Siempre le pisaba los talones.
Sus primeras temporadas en la NHL no habían sido tan duras.
Aún era un crío y no buscaba más que poder ligar de vez en cuando.
Los tíos mayores tenían familias, claro, pero Scott se relacionaba sobre todo con los más jóvenes.
Conforme fue creciendo, empezó a costarle más.
A los veintiocho, no podía decirse que fuese viejo, pero en el hockey se acercaba a esa categoría.
Cada temporada que pasaba le suponía un esfuerzo mayor el ocultar quién era en realidad.
No era que se sintiera solo precisamente. Contaba con sus compañeros de equipo, que eran como su familia. Pero a veces ansiaba algo en la vida que no tuviera nada que ver con el hockey. Nada que ver con ser famoso.
Sin embargo, su vida pertenecía a demasiada gente: la NHL , los New York Admirals, su agente, sus entrenadores, sus patrocinadores, la prensa y los fans. Quizá fuera mucho pedir confiar en tener algo que podía apartarlo de todo eso.
O quizá ese algo acababa de salir de su apartamento tras susurrarle la promesa de que lo vería al día siguiente.
Kip recibió un mensaje de Elena mientras iba en el tren de vuelta a Brooklyn.
Elena: Ven a esa cosa conmigo o ya no somos amigos.
A continuación, le mandó un enlace. Era de un artículo en el que se describía la Gala de la Fundación Equinox de Oportunidades STEM para Jóvenes, un evento anual de alto copete para recaudar fondos en el que se reunían todos los famosos de Nueva York.
No era algo a lo que se hubiera planteado ir nunca.
O, por lo menos, no salvo que fuera como camarero.
Kip leyó el artículo en diagonal. La gala era al cabo de tres semanas.
Respondió:
Kip: No tengo traje.
Elena contestó al momento, Kip supuso que irritada.
Elena: Pues alquila uno.
¿Acaso estaría Scott? Seguro que lo habían invitado…
Kip sonrió. ¡La Gala Equinox! ¡Las cosas se animaban! Todavía estaba de subidón por la noche que acababa de compartir con Scott Hunter. Y, a juzgar por cómo se habían despedido, estaba implícita la posibilidad de más noches similares en el futuro…
«No te emociones demasiado. No te hagas ilusiones».
El año acababa de empezar. Tal vez fuera un punto de inflexión para Kip Grady. La invitación a una gala. Una posible oportunidad laboral. Un nuevo… amigo.
Esperaba de todo corazón que Scott quisiera volver a verlo. Después de la noche anterior, las expectativas de Kip eran exageradamente altas, así que sería un palo tener que salir a enrollarse con cualquier tío.
Kip se preparó un plan para el resto del día que incluía ir al gimnasio, actualizar el currículum y otras cosas responsables que no tenían nada que ver con soñar con Scott Hunter.
Kip estaba trabajando con Maria cuando Scott entró en la cafetería a la mañana siguiente.
No podía estar del todo seguro, pero le pareció detectar un punto de decepción en la cara de Scott cuando vio que Kip no estaba solo.
—Hola de nuevo —dijo Scott. Se notaba a la legua que intentaba sonar natural.
—Hey, hola —lo saludó Kip intentando que no se diera cuenta de lo emocionado que estaba de volver a ver a Scott—. Cuánto tiempo…
«Menudo arte…».
—Ya te digo —contestó Scott.
Por un momento, se quedaron mirándose el uno al otro sin decir ni una palabra. A Kip le entraron ganas de saltar por encima del mostrador y abrazarse como un koala a Scott. Se moría por besarlo.
—Bueno —dijo Scott—. Lo de siempre, supongo.
—A su servicio —dijo Kip con una sonrisilla.
Scott también torció los labios un poco en un amago de sonrisa.
Kip preparó el smoothie y se lo dio a Scott. Miró a Maria, que se había pasado todo ese rato observándolos en silencio. El camarero apartó la vista cuando notó que se estaba ruborizando. Al volver a mirar a Scott, descubrió que él también estaba rojo.
—Así que… tenéis partido esta noche y mañana, ¿no? —preguntó Kip, como si no hubieran mantenido ya esa conversación.
—Sí. Y luego un día libre antes de un viaje corto.
—¿Un día libre?
—Ajá —dijo Scott mientras daba un sorbo al smoothie .
—¿Y tienes muchos planes para el día libre?
Kip intentaba ser tan sutil como le fuera posible, que era más bien cero sutil.
—Estaba pensando en quedarme en casa. No sé, ver una peli o algo así.
Lo dijo en plan espontáneo, como si se le acabara de ocurrir en ese instante, pero la mirada de Scott amenazaba con derretir a Kip allí mismo.
—Pues suena bien.
—¿A que sí? —comentó Scott—. En fin, tengo que irme. —Le entregó a Kip un billete de veinte dólares, como solía hacer, aunque puede que alargara un poco el contacto cuando rozó con los dedos la palma de Kip—. Hasta luego, Kip.
—Hasta luego… —dijo el camarero, casi sin voz.
Scott se marchó deprisa.
—Madre. Mía. De. Mi. ¡Vida! —exclamó Maria.
—¿Qué?
—¡¿Qué?! Pero ¿qué coño, Grady? ¿Os vais a casar o qué?
—No sé de qué me…
—Tienes que contarme qué acabo de presenciar.
—¡Nada!
Kip sabía que su cara lo delataba. Notó las mejillas aún sonrojadas y se mordió el labio para contener la sonrisa.
Por suerte, una clienta que entró justo en ese momento le salvó. Maria lo miró en plan «esto no acaba aquí» antes de dirigirse a la joven que leía la carta que había colgada por encima de ellos.
Kip desenrolló el billete para meterlo en la caja registradora y descubrió un papelito minúsculo dentro. Estuvo a punto de caérsele al suelo, pero lo cogió. Al leerlo, tuvo que esconderse en la trastienda para que Maria no viera su expresión.
En el papel, escrito con una letra preciosa, estaba el número de teléfono de Scott Hunter y la palabra «Domingo» escrita debajo.
Hostia puta. ¡Hostia puta!
Kip sacó el móvil a toda prisa e introdujo el número en los contactos. Luego hizo una foto del papel, por si acaso, antes de metérselo con cuidado en la cartera.
Confiaba, aunque no se atrevía a darlo por sentado, en que Scott querría volver a verlo. Aunque solo fuera para follar, estaría bien. Mejor que bien.
Se dio un minuto para hacer un baile tipo «Scott Hunter está loco por mí» en la intimidad de la trastienda antes de volver flotando a servir smoothies a los clientes.
Se le hizo eterno hasta que llegó el domingo. Kip había vuelto a ver a Scott el sábado cuando había ido a Straw+Berry para su clásico smoothie del día de partido, pero el local estaba llenísimo y Scott se había marchado enseguida.
Lo más probable era que quisiera irse antes de que alguien lo reconociera.
Había bastantes probabilidades esos días, porque toda la ciudad hablaba del victorioso regreso de Scott Hunter.
Kip había visto una entrevista a Scott después del partido en la que le habían preguntado, sin rodeos, a qué atribuía el cambio de racha en sus resultados.
Se había limitado a sonreír con timidez. «Supongo que he encontrado algo que ha vuelto a encender la llama».
Kip estaba en una nube desde entonces.
Y ahora por fin era domingo y no tenía ni idea de qué hacer. Tenía el número de Scott. Tenía la difusa indicación de llamar a Scott ese día. Pero no sabía a qué hora debía hacerlo.
¿O era mejor mandarle un mensaje?
Pero solo eran las once de la mañana. Incluso un mensaje haría que pareciese excesivamente ansioso a esas horas.
¿O no?
Kip decidió largarse al gimnasio. Sí, iría al gimnasio, se ducharía, comería algo y luego escribiría a Scott.
Poco después de las dos del mediodía, se sentó en la cama y se quedó mirando el móvil. No sabía qué demonios escribir. ¿Por qué le daba tantas vueltas? Bastaba con que le dijera a Scott que no había perdido su número y que tenía ganas de verlo.
Como no se le ocurrió nada mejor, tecleó:
Kip: Hola. Soy Kip.
Guardó el móvil. Ala. Seguro que Scott le respondía más tarde. Por lo menos, ya sabría el número de Kip.
«¡Ahora tiene mi número!».
Kip estaba a punto de levantarse y ponerse una peli o algo cuando le vibró el móvil.
Scott: Me alegro de saber de ti, Kip.
¿En serio que Scott había estado esperando a que le escribiera al móvil?
El jugador le mandó otro mensaje.
Scott: Tenía miedo de que hubieras perdido el número.
Kip se maldijo. Debería haber contactado antes…
Estaba a punto de responder cuando le sonó el móvil. El número de Scott.
—¿Scott?
—Sí. Hola.
—Hola.
—Perdona que te llame. Es que escribo superlento.
—No pasa nada.
—¿Estás ocupado o…?
—¡No! No, está bien, de verdad. Eh, me alegro de oír tu voz.
Kip se estremeció, pero le pareció oír que Scott sonreía al teléfono.
—Lo mismo digo, Kip. He estado pensando. Mucho. Sobre la otra noche.
Kip se tumbó en la cama, sonriendo.
—¿Ah sí?
—Mmm. Pensaba que ojalá te apeteciera venir luego.
—Podría encontrar un hueco, supongo —dijo Kip en broma.
—¿Y si pedimos comida para llevar? Y vemos una peli. No hace falta que sea…
—Suena perfecto. Mientras también pueda incluir…
—Eh, por supuesto que sí.
Kip se mordió el labio. Scott había bajado un poco la voz y se había puesto serio al decir eso último.
—Entonces ¿a qué hora quieres que vaya? —preguntó Kip tratando de ponerse igual de serio.
—Ahora mismo no tengo nada que hacer.
«Mierda».
—¿Quieres que vaya ahora?
—Si te apetece.
—Claro. Me apetece. Nos vemos enseguida.
Kip estuvo a punto de colgar, pero se le ocurrió preguntar antes:
—Ay, ¿me llevo… me llevo ropa para pasar la noche?
Scott se quedó un momento callado y Kip se maldijo por haber sido tan presuntuoso.
—Sí. Tráete algo. Desde luego.
Scott colgó.
Kip soltó un suspiro y sonrió como un bobo mirando el techo. Luego se puso a buscar la ruta más rápida para llegar a casa de Scott.