Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Scott se apartó de Kip mientras se agachaba para quitarse la última prenda de ropa, ofreciéndole a Kip una magnífica vista de su maravilloso culo.

Vio cómo se le tensaban los músculos mientras se quitaba los calcetines.

Los ojos recorrieron los musculosos muslos de Scott, pálidos como el resto de su cuerpo, pero cubiertos de vello rubio oscuro.

Era tan fuerte, tan masculino. Era todo lo que Kip había soñado, casi demasiado perfecto para ser real.

Cuando ya estaba completamente desnudo, Scott se volvió hacia la cama.

—Tienes que estar de broma —susurró Kip.

Scott soltó una risa, como si se sintiera aliviado de que a Kip le gustara lo que veía. Lo cual no tenía ningún sentido.

Se tumbó en la cama junto a Kip y volvió a pegarse a su boca. Kip sintió más de la misma urgencia, pero la forma en que Scott lo besaba ahora era tan tierna, como si lo estuviera saboreando, que Kip se perdió en ello.

—Dios, tu boca —murmuró Scott.

Kip sonrió contra los labios de Scott.

—También puedo hacer otras cosas con ella.

Necesitaba saborear cada centímetro de Scott. Quizá no tuviera otra oportunidad.

Scott le mordió el labio inferior a Kip, luego lo soltó y le susurró:

—A ver.

Kip no necesitó que se lo repitieran. Hizo rodar a Scott sobre su espalda y se sentó a horcajadas sobre sus enormes muslos.

—Joder, eres gigante —dijo Kip.

—Bueno, es que ahora estoy muy cachondo.

Kip se rio.

—Me refería a todo tu cuerpo, pero sí. Eso también es gigante.

Se inclinó hacia delante y besó la clavícula de Scott.

Este jadeó y se arqueó, así que Kip dejó que su boca recorriera el cuerpo de Scott, lamiendo las curvas de los músculos de su pecho y abdomen y siguiendo la línea de sus oblicuos, que estaban superdefinidos.

El camino lo llevó hasta la polla de Scott, que la tenía hinchada y reclamando atención.

Kip la ignoró y volvió a subir hasta la boca de Scott.

—Cabronazo —gruñó Scott, pero besó a Kip con pasión.

Como disculpa, Kip movió las caderas para que sus pollas se deslizaran una contra la otra. Scott lo aprobó con un gemido.

—Dios, sí.

Kip repitió el movimiento unas cuantas veces más, luego apoyó una mano sobre el pecho de Scott y se incorporó.

—¿Tienes lubricante?

—Sí. Un segundo.

Kip se bajó para que Scott pudiera girar el cuerpo y llegar al cajón de la mesita de noche y le diera el pequeño bote.

—De muy buena calidad —dijo Kip mientras examinaba la etiqueta.

—No reparo en gastos para las cosas importantes —dijo Scott muy serio.

Kip cogió la polla de Scott, acariciándola poco a poco y dejándola resbaladiza y brillante. Los abdominales de Scott se flexionaron mientras se retorcía en la cama y Kip le acariciaba las pelotas y tiraba de ellas con suavidad. Scott soltó palabrotas en voz baja y arqueó la espalda. Kip sonrió.

Acarició el ano de Scott con dos dedos resbaladizos y la estrella de la NHL gimió.

—Sí, joder… Dios, ha pasado demasiado tiempo. Demasiado puto tiempo.

Kip acarició la polla de Scott con una mano mientras le estimulaba el ano con la otra.

—No hay nadie más —le murmuró—. Solo tú y yo en esta habitación. No hay nada más allá de la puerta. Lo único que importa es hacernos sentir bien el uno al otro, ¿de acuerdo?

—Sí. —Más que decirlo, Scott lo exhaló.

Todos sus músculos parecieron relajarse un poco. Cerró los ojos y sus preciosas y largas pestañas descansaron sobre sus pómulos.

—Te voy a hacer sentir bien, Kip. Me muero de ganas de notarte dentro.

—Y yo. Creo que te voy a follar así. Tú bocarriba. Quiero verte. Quiero que te corras por todo ese precioso cuerpo que tienes.

—Dios, sí.

Scott estaba completamente ido.

Cuando Kip le introdujo el tercer dedo, Scott respiraba con dificultad y la polla le goteaba.

—Es que eres increíble, joder —dijo Kip.

—Entonces, fóllame —gruñó Scott.

—¿Tienes un condón?

Scott le respondió metiendo la mano en el cajón otra vez y lanzándole uno. Kip se lo puso lo más rápido que pudo antes de colocarse en posición.

Empujó despacio y mantuvo una mano sobre la polla de Scott, acariciándola suavemente mientras lo penetraba.

La cara de Scott no mostraba signos de que le estuviera doliendo.

Claro que no. Él era un tipo duro. Un deportista profesional.

Un tipo al que le cosían en el banquillo y volvía a la pista en el siguiente turno. Podía aguantarlo.

Scott dobló las rodillas hasta que tocaron su pecho, pidiéndole a Kip que empujara más profundo. Kip agarró las caderas de Scott y lo acercó más, luego se deslizó hacia atrás y empujó, fuerte y rápido. Scott gritó, pero estaba sonriendo. Parecía extasiado.

—Así —susurró Scott—. Fuerte. Por favor.

Enganchó una pierna sobre el hombro de Kip y levantó las caderas, animando a Kip a penetrarlo aún más profundo.

Kip observó, hipnotizado, cómo Scott acariciaba su propia polla.

Estaba a punto de correrse, pero, cuando Scott murmuró el nombre de Kip, este perdió todo el control.

Fue incapaz de mantener el ritmo en absoluto y se limitó a follar a Scott tan fuerte y rápido como podía mientras su mente se iba por completo. Aquello era demasiado.

De golpe, Scott echó la cabeza hacia atrás, sacó la barbilla y tensó los músculos del cuello.

Arqueó la espalda y se corrió mientras temblaba de una forma tan maravillosa que Kip nunca la olvidaría.

Se corrió sin parar, de un modo precioso, sobre su propio estómago y pecho, y algunas gotas incluso le salpicaron en el cuello.

Kip gimió, soltó palabrotas y se corrió con la siguiente embestida, casi gritando de lo bien que se sentía.

Cuando las últimas oleadas remitieron, se derrumbó sobre Scott, jadeando y sonriendo. Después de un minuto, Scott lo movió suavemente para poder llegar a su boca y besarlo.

—Gracias —murmuró Scott feliz—. No te haces a la idea… Gracias.

—¿Me estás dando las gracias tú a mí?

—Lo necesitaba —dijo Scott—. Hacía mucho tiempo desde la última vez.

Kip se lanzó a preguntar:

—¿Cuánto tiempo?

—Desde agosto.

—¿Cómo…?

—Principios de agosto.

Kip quería preguntarle cómo iba a ser eso verdad, pero la respuesta podría llevarlo por un terreno que no sería ideal para una conversación íntima después de follar. Scott obviamente no se sentía cómodo ligando con hombres.

Lo que realmente quería saber era: «¿Por qué ahora? ¿Por qué conmigo?».

En cambio, dijo:

—Debería limpiarme.

—El baño está por ahí —dijo Scott mientras señalaba una puerta al otro lado de la habitación—. Yo uso el del pasillo.

Kip se aseó y salió del (impresionante) baño. Scott estaba sentado, recostado contra el cabecero, cubierto con una sábana fina.

Kip empezó a recoger su ropa. No se engañaría a sí mismo sobre lo que era aquello. El sexo había estado estupendo, pero probablemente Scott querría que se fuera.

—Pues bueno —dijo—, muchas gracias por esto.

—¿Te vas? —Scott parecía decepcionado.

Kip paró, con los pantalones en una mano y la camiseta en la otra.

—Sí, bueno…

—No tienes por qué hacerlo —dijo Scott—. Te puedes quedar. Me… me gustaría que te quedaras. Si te apetece.

Kip se quedó boquiabierto, mirando al precioso y despeinado jugador de hockey que, con mucha timidez, le estaba invitando a pasar la noche allí. De hecho, parecía nervioso, como si pensara que Kip pudiera rechazar su oferta.

Kip dejó caer los vaqueros y la camiseta al suelo y volvió a la cama sonriendo.

—No hace falta que me convenzas.

Se tumbó de forma juguetona en la cama con la cabeza apoyada en el muslo de Scott.

—Quiero saber más sobre ti. —Scott le sonrió y empezó a acariciarle el pelo—. ¿Me vas a contar algo? Ahora mismo no se me vienen preguntas a la cabeza.

Kip lo miró a la cara.

—Mi nombre real es Christopher, pero casi nadie me llama así. Tengo veinticinco años. Todavía… todavía vivo con mis padres en Brooklyn porque necesito pagar mi préstamo universitario o conseguir un trabajo mucho mejor antes de poder independizarme.

—No te avergüences de eso. Yo me crie en un contexto pobre. ¿Crees que no soy consciente de lo afortunado que soy?

—No eres afortunado —dijo Kip—. Has trabajado mucho para tener todo esto.

—Me ayudaron. Cuando tenía catorce años, conseguí una beca para un internado con un programa de hockey muy bueno. Me pagaron los estudios universitarios. Hace más de diez años que no he tenido que pensar en el dinero. Solo me gustaría que mi madre…

—¿Se…?

—Murió. Sí. Cuando yo tenía quince años.

—Lo siento.

—Gracias. La verdad es que era increíble. Me hubiera gustado poder cuidar de ella como se merecía. Comprarle una casa bonita. Esas cosas.

—Eres hijo único, ¿verdad?

—Sí —­respondió Scott—. Sí, solo éramos nosotros dos. —Se aclaró la garganta—. En fin. Probablemente deberíamos hablar de cosas más alegres.

—No tienes por qué hablar si no quieres —dijo Kip acercándose a acariciar el rostro de Scott. Notó la barba de tres días.

Scott le sonrió.

—Debería ir a dormir pronto. Tengo entrenamiento a primera hora. Y, además, de los largos.

—Eeeh —dijo Kip mientras cada vez se sentía más somnoliento y seguía acariciándole el pelo a Scott—. ¿Seguro que quieres que me quede?

—Seguro.

Scott lo dijo de una forma muy cálida. Afectuosa. El corazón de Kip se aceleró.

«Ais».

«Una noche, Grady. No hagas el tonto. Aprecia lo que te han dado aquí».

Kip se metió bajo las sábanas con Scott. Apoyó la cabeza en su pecho y dejó que el subir y bajar de su respiración lo calmara hasta dormirse.