Capítulo 4 #2
No creía que pudiera llegar a su apartamento y volver a tiempo. Y no había ninguna tienda de ropa cerca que siguiera abierta, a menos que…
Cuando Kip volvió a ver a Scott, estaba de pie cerca de la puerta principal del edificio, con una sudadera gris con capucha que tenía escrito brooklyn en la parte de delante y un gorro de punto negro en que ponía nyc .
Llevaba una mochila con pinta de ser bastante barata colgada al hombro en la que, según supuso Kip, habría guardado el resto del traje.
—Es que… No llevaba ropa para cambiarme, así que he ido a una tienda que vendía cosas para turistas —explicó Scott.
Tal y como iba vestido, casi no se podía reconocer que era Scott Hunter. Pero Kip sí lo sabía. Y sabía que Scott Hunter había comprado de forma compulsiva ropa de souvenir para poder ir a una cita con él.
Quizá. Quizá una cita.
Kip sonrió.
—Te queda bien.
Le quedaba bien de verdad. Puede que se viera un poco extraño con una sudadera con capucha, pantalones de traje azul marino y zapatos de vestir, pero bien.
Kip estaba bastante desaliñado, con los mismos vaqueros que había llevado durante el día y una camiseta negra que había llevado debajo del uniforme de esa noche.
Se subió la cremallera de la parka antes de seguir a Scott en el frío. Hacía mucho frío.
—Debes de estar helado —dijo—. ¿Seguro que quieres andar hasta allí?
—Sudo bastante —respondió Scott sonriendo—. Descuida.
Caminaron juntos por las calles tranquilas. No había mucha gente fuera en esa helada noche de miércoles. Había algunas ráfagas de nieve en el aire, pero no hacía viento. A pesar de afirmar que no tenía frío, Scott se había metido las manos en los bolsillos de la sudadera.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Kip después de estar un minuto pensando en qué podía decir.
—¡Bien! Ha ido bien. Hemos ganado cinco de los siete partidos. Deberíamos haber ganado el de San José, pero es algo que seguro que no te interesa en absoluto.
—¿Te gusta viajar?
—No me importa. Algunas ciudades me gustan más que otras. Y en algunas ciudades me quieren más que en otras…
—En todas te querrían si jugaras en sus equipos.
—Quizá.
Caminaron otra manzana en silencio. Kip aún no podía creerse con quién iba por la calle. «Solo es un chico. Solo es un chico enorme, que está muy bueno, es famoso y querido y… que está pasando frío».
Era evidente que Scott resoplaba un poco mientras caminaban. Y tenía los hombros encorvados.
—¿Estás bien? —preguntó Kip.
—Eh, sí. Es solo que… hace mucho frío.
Kip sonrió.
—Ya, vale, tipo duro.
Se armó de valor y le dio un pequeño codazo a Scott.
Scott se rio y su aliento salió en forma de nubes blancas.
Kip tragó saliva.
—¿Está cerca la hamburguesería?
—Sí. Está… Eh… Ahí. Está justo ahí. —Scott señaló al otro lado de la calle—. Entremos.
Entraron y Scott sonrió a Kip cuando el aire cálido los envolvió. Kip no se podía creer lo guapo que era.
Pidieron en la barra (invitó Scott) y se sentaron en una mesa del rincón a esperar la comida. El restaurante estaba tranquilo.
Kip deseaba saber qué estaba ocurriendo ahí exactamente. Por norma general, cuando un chico lo invitaba a comer o a tomar algo era porque no había dudas sobre adónde podía llevar eso.
Pero Scott no era un chico cualquiera. Y cabía la posibilidad de que no se diera cuenta de que aquello parecía una cita. Quizá simplemente se sentía… solo.
«¿Cómo narices se iba a sentir Scott Hunter solo?».
—¿Vives en Manhattan? —preguntó Scott de golpe.
—No. Brooklyn. Nací y me crie ahí.
—Anda. Yo soy del norte. Rochester.
Kip sonrió un poco.
—Lo sé.
—Sí. Supongo que la información sobre mi vida es de dominio público.
—Más o menos —dijo Kip y, con valentía, añadió—: pero apuesto a que tienes algunos secretos.
Scott se sonrojó. Estaba muy mono. Jugueteó con la pajita de su refresco hasta que se inspiró con la siguiente pregunta.
—¿Y llevas mucho tiempo trabajando en el Straw Más Berry?
—Oye —dijo Kip fingiendo estar ofendido—, que se dice «Straw And Berry», para que lo sepas…
Scott levantó las manos y sonrió.
—¡Perdona! No quería ofenderte.
—No pasa nada… —dijo Kip con un suspiro dramático—. Seguro que la gente se equivoca todo el tiempo con el nombre de tu equipo.
Scott negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.
—¿Te gusta? Trabajar ahí, quiero decir.
Kip se rio de forma genuina al oír eso.
—No está mal. O sea, en realidad… No. No me gusta.
—¿Preferirías hacer otra cosa?
—¡Obvio! Pero aún no sé el qué. Es que me gradué en Historia.
—¿En serio? Yo jamás acabé la universidad.
Kip volvió a sonreír con delicadeza.
—Lo sé.
—Ya.
—¿Querías hacerlo? O sea, terminar la universidad.
Scott pareció algo sorprendido por esa pregunta.
—Pues… Sí. Quería. Quería acabar. Graduarme. A mi madre… le hubiera gustado. Y disfrutaba al ir a clase. Siempre me ha gustado aprender.
—¿Qué estudiabas?
—Pues un poco de todo. No podía elegir una especialidad, y tampoco lo necesitaba. A la universidad le daba igual lo que eligiera, siempre y cuando rindiera en la pista.
Kip sintió un poco de pena por él.
—Debe de ser raro —dijo—. Todo el mundo ha esperado algo de ti desde que eras adolescente. Probablemente no hayas sentido nunca que tu vida era tuya.
Scott se quedó pasmado.
Kip se puso rojo, había cruzado una línea.
—Dios. Lo siento, olvida que he dicho eso, ¿vale? Ni siquiera te conozco…
—¡No! —dijo Scott—. Es que… En realidad, sí que me he sentido así. No me voy a quejar, claro, pero es que sí me he sentido así.
—Tienes derecho a quejarte conmigo si quieres.
Kip nunca olvidaría la forma en que Scott lo miró en ese momento. Si hubieran estado solos, y si él fuera otra persona y Scott otra, habría esperado que Scott se le abalanzara sobre la mesa y lo arrastrara hacia un beso hambriento.
En cambio, un camarero les sirvió las hamburguesas y el momento se esfumó.
Mientras comían, Scott iba mirando a su alrededor en el pequeño restaurante, y Kip cayó en la cuenta de que en ningún momento se había quitado el gorro de invierno.
—¿Te preocupa que te reconozcan? —preguntó Kip.
—No me preocupa. Solo… espero que no lo hagan. No justo ahora.
Scott cogió su hamburguesa y la dejó sin darle otro bocado. Volvió a ponerse a jugar con la pajita.
Al final, suspiró y levantó la vista para mirar a Kip a los ojos.
—Es agradable. Poder hacer esto.
—¿Salir con alguien?
—Contigo.
Kip se quedó sin palabras. Y a Scott parecía que le iba a dar algo. Sus ojos le estaban suplicando a Kip que lo entendiera. Que no le obligara a tener que explicárselo.
—Ah —dijo al final Kip.
La cara de Scott se relajó un poco.
—Eeeh, no soy… muy bueno en esto —dijo—. Para mí es muy importante mantener mi vida privada en privado, y cada vez es más complicado hacerlo. Así que nunca…
—¿Sales con chicos?
Scott se puso un poco rojo. A Kip le encantó.
—Sí.
Kip no podía creer que aquello que había estado intentando fingir que no era una cita sí lo fuera en realidad.
Resultaba increíble. Pero, de golpe, se le habían quitado las ganas de darle otro bocado a su estúpida hamburguesa.
Quería llevarse a Scott Hunter a algún lugar apartado y dejar que lo empotrara contra una pared.
Decidió ser atrevido.
—¿Hay algún sitio al que podamos ir? —preguntó en voz baja.
—Sí —dijo Scott con la voz más ronca que hacía un segundo. Sus ojos estaban un poco más oscuros.
Kip no era ingenuo. Sabía lo que era aquello.
Hunter no había salido del armario y tenía que actuar con la mayor discreción posible.
Nada serio ni duradero; solo necesitaba correrse, y Kip estaba más que feliz de ayudarle con eso.
Se sentía muy orgulloso de que Scott confiara en él para guardar un secreto, la verdad.
—Pues vamos —dijo Kip.