Capítulo 4
Kip tenía más de un empleo.
Además de trabajar en el Straw+Berry, también estaba en la lista de una empresa que contrataba camareros para eventos como recaudaciones de fondos o ceremonias. Un amigo lo había anotado en la lista, y Kip había trabajado ya en un par de docenas de eventos durante el último año y medio.
Recibió una llamada para ver si estaba disponible para trabajar en una recaudación de fondos para uno de los hospitales infantiles el miércoles por la noche, una recepción de etiqueta con algunos ponentes en la zona de los embarcaderos de Chelsea.
Kip tenía disponibilidad y necesitaba bastante el dinero.
Así que el miércoles salió del Straw+Berry a las dos en punto con su mochila, en la que llevaba el delantal arrugado y la gorra, además de sus zapatos de cuero negros, sus pantalones de vestir negros y algunos artículos de aseo personal para poder refrescarse antes del evento de alta categoría.
Se bajó del tren en Chelsea y tenía un par de horas muertas. El feo clima de febrero lo llevó al Starbucks que había más cerca, donde se sentó con un café americano en una mesa a pensar en cierta superestrella de la NHL .
Tenía fe en que aquellas dos semanas sin ver a Scott Hunter acabarían con esa fijación que tenía con él.
Era poco probable que volviera a ver a Scott de forma habitual, o que lo volviera a ver, durante mucho más tiempo.
Un mal partido en casa y se acabaría todo.
O tal vez Scott ya había encontrado un nuevo amuleto de la suerte.
Fuera como fuese, no verlo no estaba haciendo que se olvidara de él.
Tenía libre al día siguiente en el trabajo, pero trabajaría el viernes. Esperaba que Scott se pasara por allí, aunque solo fuera para poder agradecerle lo de las entradas.
Cuando Kip estaba realmente aburrido, como en ese momento en esa mesita en el Starbucks en Chelsea, se permitía fantasear un poco sobre cómo sería salir con Scott Hunter.
Por un lado, solo por poder acceder a ese cuerpo…
¿Cómo se sentirían todos esos músculos bajo sus manos?
¿Cómo sería tener todo el peso de Scott cubriéndolo, aplastándolo contra el colchón? O contra la pared…
Se preguntaba cómo sería besarlo. Si los labios carnosos y rosados de Scott eran tan suaves como parecían. Se preguntaba cómo sabrían. Cómo sería pasar la lengua por esos dientes perfectos.
¿Y cómo sería salir con alguien tan famoso como Scott?
Tan rico como Scott. Kip no podía imaginarse qué se sentía al tener tanto dinero.
Ni siquiera una fracción de tanto dinero.
Joder, en ese momento Kip no podía ni imaginarse cómo se sentiría permitirse pedir el sándwich de Starbucks que le apetecía pedir para acompañar su café.
Se permitió fantasear con ir a los partidos como novio de Scott. Sentarse en su asiento habitual, repleto de orgullo cuando Scott hiciera algo increíble. Celebrarían la gran victoria de Scott en casa por la noche. Juntos.
Quizá recibiera a Scott en la puerta cuando volviera de un largo viaje. Scott se pondría tan contento de verlo…
Kip estaba empezando a sentirse un poco acalorado e incómodo en aquella cafetería a la vista de todos.
Suspiró y dio un sorbo al café, que estaba ardiendo.
El dolor lo devolvió a la realidad. «Si pusieras la mitad del empeño que le dedicas a fantasear con una superestrella millonaria que probablemente no está ni interesado en los hombres, y mucho menos en ti, en encontrar un novio de verdad y realista… ».
Kip no había estado con nadie en… ¿un mes? No, ¿dos meses?
Dios, casi tres meses.
La verdad es que era culpa suya. No había salido mucho.
Antes lo hacía un montón. Nunca había tenido una relación que pudiera llamar seria, pero le encantaba el reto de ligar con tíos en bares, gimnasios o incluso en supermercados.
Era coqueto por naturaleza, o al menos solía serlo.
Algo de tener veinticinco años, vivir con sus padres y trabajar en un local de smoothies sin nada prometedor en su vida había acabado con su arrogancia.
Tomó otro sorbo de café que todavía seguía quemando un montón, ¿cómo era posible?
Quizá hubiera un chico guapo trabajando con él esa noche. Quizá pudiera romper esa racha de sequía.
Scott se ajustó la chaqueta de traje azul marino y jugueteó con los gemelos. Odiaba este tipo de eventos, pero quería aprovechar su fama para hacer el bien, y los hospitales infantiles eran una de sus causas favoritas.
Tenía previsto hablar esa noche, pero no estaba nervioso por ello.
Nunca le había importado hablar en público y, de todos modos, solo sería un discurso corto.
Lo que odiaba era eso: estar expuesto ante una sala llena de donantes ricos y aduladores.
Tener que charlar con gente tediosa. Tener que llevar traje.
Tener que estar pendiente de cada uno de sus movimientos, de cada una de sus palabras.
Estaba cansado. El viaje había sido largo y acababan de regresar esa misma mañana. Sería todo un reto mantener el buen humor durante la velada. Pero lo haría. Porque ese era su trabajo.
Había un gran bullicio en la sala, con gente que hablaba y se reía. Era un mar de trajes y vestidos, la gran mayoría oscuros. En una esquina de la sala, un trío tocaba música jazz suave.
Miró fijamente su vaso de cerveza pilsner y se dio cuenta de que estaba muerto de hambre. La única comida parecía estar en pequeñas bandejas que llevaban camareros vestidos de negro de arriba abajo. Se acercó lentamente a uno de ellos, con la esperanza de poder conseguir una gamba o algo así.
El camarero se dio la vuelta y Scott se quedó alucinando al ver que era:
—¡Kip!
Kip parecía igual de sorprendido. Dio un paso hacia atrás y la bandeja se balanceó peligrosamente en su brazo antes de que la agarrara rápido con la otra mano.
—¡Scott! Eh, o sea…
Scott se recompuso y sonrió.
—Scott está bien.
—No sabía que ibas a estar aquí.
—Ya somos dos.
Los ojos de Kip se veían preciosos, en contraste con el negro de su uniforme. Era incluso más guapo de lo que Scott recordaba.
Scott cogió un par de cosas de la bandeja de Kip, solo para que la situación fuera menos incómoda.
—¿Trabajas mucho en estas cosas? —preguntó tratando de mantener una conversación normal.
—Bueno. Esto ha sido a última hora.
Scott asintió. Intentó desesperadamente pensar en algo más que preguntarle. Pero lo único en lo que podía pensar era en lo suave que le parecía el pelo de Kip.
—Oye —dijo Kip—. Muchas gracias por las entradas. Estar ahí fue una pasada.
—No se merecen. Me alegro de que lo pasarais bien. Me gustó verte allí.
—Ah, ¿me viste?
—Te saludé con la cabeza cuando pasé patinando. Supongo que fui demasiado sutil.
—¡Ay, no! Lo vi. Lo que pasa es que… no pensé que fuera dirigido a mí.
—Pues sí —dijo Scott siendo quizá demasiado sincero. Dio un paso atrás y carraspeó—. En fin…
—Seguro que estás ocupado.
—Ya. Y tú, obviamente, estás trabajando.
—Sí. Pues bueno…
—Te dejo seguir con lo tuyo.
—Muy bien.
Scott puso una mano sobre el brazo en el que Kip no llevaba nada, porque necesitaba establecer contacto de algún modo.
—Me ha alegrado verte, Kip.
—Tú… Ah, sí, a mí también. Supongo que nos veremos esta noche.
Scott asintió y Kip se fue a servir canapés. Al instante, una mano se posó sobre el brazo de Scott, que se volvió para hablar con uno de los organizadores del evento. Se sentía mucho más aliviado que antes.
Scott se pasó el resto de la noche hablando con diferentes personas, pero no dejó de buscar a Kip.
Sus miradas se cruzaron un par de veces.
La primera, Scott apartó rápidamente la vista, avergonzado.
La segunda, sin embargo, mantuvo la mirada y fue recompensado con una adorable sonrisa de Kip que le dio un vuelco al corazón.
«Ay, no, Hunter. Menudo problemón».
Después de dar el discurso y socializar durante otra hora, Scott estaba desesperado por quitarse el traje. Y salir de ese sitio.
Pero entonces…
Se encontró con Kip mientras recogía vasos vacíos en una bandeja.
—¿Te tienes que quedar mucho más rato? —preguntó Scott.
—¿Como una hora más? No hay tantísimo que limpiar.
Scott sonrió un poco. No se le ocurría nada más que decir. Tan solo no quería irse. Pero tenía que hacerlo. Si no lo hacía, podría decir algo peligroso…
Scott era un hombre supersticioso. Creía que todo sucedía por algo, y no podía ser una coincidencia que Kip estuviera allí esa noche. El destino los había reunido en la misma sala. Era una oportunidad. Lo que ocurría era que Scott no sabía qué hacer con ella.
—Nunca hay comida suficiente en estas cosas —dijo tratando de sonar lo más natural posible.
Kip levantó la vista de la mesa que estaba limpiando.
—Por lo menos tú has comido algo —dijo—. Llevo toda la noche cargando bandejas de comida que no he podido probar. Me muero de hambre.
Mantuvo la mirada fija en Scott, esperando. Y Scott supo que ese era el momento. Justo ahí.
—Hay un sitio a un par de manzanas de aquí en el que hacen unas hamburguesas muy ricas —dijo Scott con mucho cuidado. No era una invitación directa. No todavía—. Abren hasta tarde.
—¿Ah, sí?
—Estaba pensando en pasarme por allí después…
Kip se quedó quieto para mirar a Scott a los ojos.
—¿Me estás invitando a ir a tomar una hamburguesa contigo o al salir?
Scott estaba aterrorizado. Pero, jolín, quería hacerlo.
—Sí.
Kip sonrió y se le marcaron los hoyuelos.
—Vale. Nos vemos en cuanto termine aquí. ¿Quedamos en la puerta principal?
—Sí… —De golpe, Scott se dio cuenta de que llevaba traje y no tenía ropa para cambiarse—. ¿Me has dicho en una hora?
Kip se encogió de hombros.
—Quizá un poco menos. Aunque quizá más si sigues distrayéndome.
—¡Vale!
Scott tuvo que hacer un gran esfuerzo para no aplaudir de la alegría. Iban a hacerlo. Iban a ir a comer una hamburguesa juntos. Arreglaría el problema del traje y dejaría que la cosa siguiera su curso.