Capítulo 3 #2
El entrenador Murdock ya les había hecho sentir avergonzados de sí mismos. Entró en la sala, sacudió la cabeza y se fue, lo que resultaba peor que gritarles.
Nadie entró en la sauna para molestar a Scott. Sabían que no era buena idea.
Suspiró y se levantó, ajustándose la toalla alrededor de la cintura. Necesitaba darse una ducha. Y algo de beber.
Entró en la zona de descanso, todavía con la toalla puesta, y cogió una botella de agua de la nevera. Se la bebió de un trago y luego se dio la vuelta y vio a Greg Huff sentado en la encimera de detrás.
—Menuda mierda hemos hecho —dijo Huff.
—Desde luego —respondió Scott—. No sé ni qué decir.
—Bueno, yo no soy el capitán, pero qué tal algo como: «A ver, cabrones. Dejad de jugar tan de puta pena», o algo así…
Scott sonrió un poco.
—Eso era más o menos lo que estaba pensando.
—Pobre Andersson, tío. Lo siento mucho por el chiquillo.
—Ya… —dijo Scott mientras miraba hacia la dirección del vestuario—. ¿Cómo está?
—Mejor que nunca. ¿Pues tú qué crees?
—Hablaré con él. Tú te libras. Eres el único que ha marcado un gol esta noche. Además, ha sido muy bueno.
Huff le hizo un saludo algo vago.
—Es lo que se me da bien.
Era verdad. Greg Huff era uno de los mejores tiradores de la liga. Tenía una puntería increíble y, gracias a ello, había sido elegido para el All-Star de la NHL durante ocho temporadas seguidas.
Scott cogió un Gatorade de la nevera. Huff extendió las manos en posición de recibirlo, así que Scott le tiró uno.
—Voy a darme una ducha —dijo Scott—. Pero dile a Andersson que se quede por aquí, ¿de acuerdo?
—Oído.
Si Scott pudiera tener un equipo repleto de Greg Huffs, estaría encantado. Greg era un tío de fiar, honesto, y una presencia muy necesaria en el equipo, tanto dentro como fuera de la pista. No era el jugador más llamativo, ni de lejos el más grande, pero contribuía mucho al equipo.
Scott se dirigió a las duchas. Había un par de compañeros más allí. La mayoría del equipo ya se había duchado y se estaba preparando para volver al hotel de San José.
Uno de los que estaban en la ducha era Frank Zullo.
Era el único jugador del equipo que a Scott no le gustaba.
Era muy buen defensa, sin duda, grande y duro, y un luchador increíble cuando era necesario.
Pero también era un matón y, la verdad, resultaba un poco asqueroso.
Había un puñado de tíos como Zullo en la NHL .
Scott calentó la temperatura del agua, dejando que se llevara por delante ese terrible partido.
Por la mañana volarían a Chicago. Tenían la noche libre y al día siguiente por la tarde había partido.
Luego, un vuelo nocturno a Toronto para jugar un partido la noche después y, finalmente, volverían a Nueva York.
Salió de las duchas y se dirigió a las taquillas. Se puso unos pantalones cortos y una camiseta y fue a buscar a Andersson al vestuario. El joven portero estaba recogiendo su equipo deportivo, con un aspecto bastante lamentable.
—Oye —dijo Scott mientras se sentaba junto a la enorme bolsa del equipo de portero de Andersson—. Siento que no te hayamos ayudado esta noche.
Andersson soltó una risa enfadada.
—La he cagado —dijo con su acento fuerte y marcado.
—Todos la hemos cagado.
—Parecía un puto idiota ahí fuera.
—Murdock tomó la decisión correcta al ponerte a ti —dijo Scott—. No te culpo en absoluto. Nos culpo al resto. Es algo psicológico. Supongo que poner al portero suplente nos hace ser arrogantes. Como si el entrenador pensara que este partido fuera a ser fácil, todos nos lo creemos y entonces…
—Y entonces parezco un puto idiota ahí fuera.
Scott asintió con la cabeza.
—Todos vamos a dedicarnos a repetir nuestros errores esta noche cuando estemos en la cama. Nadie en este equipo está orgulloso de sí mismo esta noche. Pero nadie te culpa. Necesito que seas consciente de eso.
El joven portero le dedicó una sonrisa reticente.
—Gracias —dijo. Metió el resto de su equipo en la bolsa y se puso de pie—. Me voy al hotel. Repasaré algunos de los errores. Y luego lo olvidaré todo y me centraré en el próximo partido.
—Bien hecho. Tu compañero de habitación es Burke, ¿no? —preguntó Scott tratando de sacar conversación mientras salían del vestuario.
—Sí.
—Lo siento mucho, tío. Buena suerte.
Tommy se rio.
—Ya, gracias. Finjo que no lo entiendo cuando necesito que deje de hablar.
Scott se rio también. El inglés de Tommy era excelente.
—Voy a preparar mis cosas —dijo Scott—. Te veo mañana, Tommy.
—Buenas noches.
Kip analizó la multitud que había en el pub hasta que vio a Shawn sentado en una mesa pequeña solo. Shawn le sonrió desde la otra punta de la sala.
—Hola, ¿qué tal? —dijo Shawn mientras lo esperaba de pie hasta que Kip llegó y lo abrazó—. Cuánto me alegro de que te hayas organizado para poder venir.
—He estado con demasiada gente hetero últimamente —bromeó Kip mientras soltaba a Shawn y se acomodaba en la silla de madera que había frente a él.
Era el mismo bar al que llevaban años yendo: el Kingfisher.
Tenía el mismo ambiente acogedor y desgastado de cualquier pub inglés con madera oscura, luz tenue y carteles de cerveza en las paredes.
Una televisión al fondo de la sala mostraba deportes locales.
A simple vista, no parecía en absoluto un bar gay, o por lo menos no lo que la mayoría de los heteros probablemente imaginaban que era un bar gay.
Pero los hombres se sentaban un poco más cerca y los camareros eran, en opinión de Kip, un poco más atractivos. Le encantaba ese sitio.
—Tenemos un camarero nuevo muy mono —dijo Shawn—. Te gustará.
—Ay, no puedo competir contra ti.
Shawn negó con la cabeza y levantó la pinta.
—Demasiado pulcro para mí. Todo tuyo.
Shawn era guapísimo, con la piel morena, los ojos tiernos y una sonrisa cálida.
También vestía impecable, siempre parecía un modelo del catálogo de J.Crew.
Kip y él habían tonteado un poco en la universidad.
Nada muy serio, en aquella época ambos estaban ansiosos por experimentar.
Sin embargo, a Shawn le gustaban los chicos malos.
A pesar de su apariencia conservadora, siempre se había sentido atraído por los hombres con tatuajes y un aire peligroso.
Kip tan solo era un friki ansioso por complacer que no sabía qué hacer con su vida.
El camarero se detuvo junto a la mesa, y Shawn no estaba de broma. Delgado, atlético y con el pelo rubio cayéndole sobre la cara, el chico era exactamente el tipo de Kip.
Kip le dedicó una sonrisa coqueta mientras pedía, porque no pudo evitarlo. El camarero se la devolvió y se presentó como Kyle. Shawn se rio después de que Kyle se marchara.
—Siempre con tanto desparpajo.
—Sí, hombre —dijo Kip—. La mayor parte del tiempo soy un desastre.
—No, eres todo un encanto. Ese chico ya está pensando en decirte cuándo termina su turno.
Kip miró por encima del hombro hacia la barra, donde Kyle estaba esperando, suponía que a la cerveza de Kip.
—Bueno…
—Pero, antes, tenemos algo de lo que hablar —dijo Shawn.
—¿De qué?
—He estado pensando sobre el otro día de la semana pasada que estuvimos con Jimmy y Chuck.
—¿Ah, sí?
A Kip le iba a ir muy bien esa cerveza.
—En primer lugar, creo que te atacamos un poco en grupo cuando estábamos…
—¿Preguntándome qué cojones hacía con mi vida?
—Animándote a perseguir tus sueños.
—Ajá.
Kyle, el maravilloso ángel, apareció en la mesa con la pinta de ale roja artesana. Mientras dejaba el vaso en la mesa, aprovechó una oportunidad para apoyar la mano sobre su hombro. Kip notó las yemas de los dedos tocándole la nuca.
—Avísame si necesitas algo más —dijo Kyle sin dejar que el doble sentido pasara desapercibido.
—A ver —le dijo Kip a Shawn después de disfrutar de la sonrisa de despedida de Kyle—. Sé que tan solo…
—Tengo una propuesta para ti —le interrumpió Shawn.
Kip levantó una ceja.
—Eso nunca ha acabado especialmente bien hasta ahora.
—Una propuesta de negocios. Y de esas recuerdo algunas que no fueron mal del todo.
Kip sonrió mirando la cerveza.
—Yo también.
—Propongo —dijo Shawn— que busques un trabajo mejor.
Kip luchó contra el impulso de poner los ojos en blanco.
—¿Tipo, dónde?
—Tengo un amigo…
—Un amigo, ¿eh?
—Que trabaja en el Museo de la Ciudad de Nueva York.
Bueno. Ahora Kip sí que estaba prestando atención.
—Me ha dicho que están a punto de publicar la oferta de un puesto como asistente de educador. Ya sabes…, alguien que ayude con la organización de las excursiones y esas cosas. Enseñarles a nuestros pequeñines todo sobre nuestra preciosa ciudad.
Kip se echó hacia atrás en la silla.
—No estoy calificado para eso.
Shawn lo miró desafiante.
—¿Tengo que usar mi voz de Elena?
—No —refunfuñó Kip.
—Vas a presentarte a ese trabajo, Kip Grady. Y los vas a encandilar con tu carisma, tu amor por la historia y por el hecho de que has vivido aquí toda tu vida.
—¡No me van a llamar ni para la entrevista!
—Voy a llamar a Elena.
—Pues muy bien. No te lo va a coger. Odia que la llamen por teléfono.
—Preséntate a ese puesto, Kip.
Kip suspiró. «Por qué no, ¿no?».
—De acuerdo. Me presentaré. Gracias por avisarme.
—No se merecen, idiota. Y ahora… —Shawn se echó atrás y fingió que buscaba algo por el bar—. Qué tal si miras si a nuestro amigo Kyle le apetece celebrar tu nueva glamurosa carrera.
Ahí Kip sí que puso los ojos en blanco.
—No pienso celebrar una mierda. Y…
Se calló porque no sabía muy bien qué quería decir.
«Estoy a ver si pasa algo con alguien nuevo.
Probablemente lo conozcas…, es el capitán de los New York Admirals.
¿Quizá lo recuerdes del especial de la revista People “Las 50 personas más bonitas”?
Sí, pues me gusta. Estoy casi seguro de que es heterosexual. ¡Cruzo los dedos!».
En lugar de eso, tan solo dijo:
—Creo que me iré pronto a casa esta noche. Pero veamos si te podemos encontrar a alguien a ti.
—¡Eso no era embestida, joder! ¡Era un puto golpe legal! Es hockey, ciego hijo de…
—Ya vale. —Scott agarró a Zullo fuerte con las dos manos y lo arrastró lejos del árbitro.
Zullo volvió la cabeza y siguió gritando.
—¿Qué pasa? ¿Ahora no puedo tocar a nadie o qué? ¿Ya no es un deporte de contacto? Abre los putos ojos, joder…
—Ahora hablo con él. Ve a la caja, Zullo.
Zullo negó con la cabeza. Carter se acercó patinando para ayudarle a acompañarlo a la caja de castigo. Si Zullo seguía gritando, lo acabarían expulsando. Scott volvió junto al árbitro.
—¿Embestida, Hal? ¿En serio?
—¿Me estás diciendo que no sé hacer mi trabajo, Hunter? Sé lo que he visto.
Hal Coleman, uno de los árbitros favoritos de Scott, solo le llegaba hasta el pecho, pero bajo su apariencia tranquila era duro como una piedra. Además de inteligente.
—Bueno —dijo Scott mientras miraba hacia la caja de castigo en la que ahora estaba un furioso Frank Zullo—, no le vendrá mal relajarse un poco ahí dentro.
—Es un trozo de pan —coincidió Hal.
Scott miró hacia el otro lado de la pista, hacia el banquillo de Chicago.
—¿Becker está bien?
—Voy a ver cómo está. Parece que sigue en pie. —Hal miró fijamente a Scott—. Dile a tu chico que, si vuelvo a ver eso, lo echo.
—Oído.
Hal fue hacia el banquillo de Chicago y Scott se dirigió a la caja de castigo.
—No lo he podido convencer —dijo—. Quédate un par de minutos para relajarte y luego acabaremos de decepcionar al público local.
—No era embestida. Ni de puta coña era embestida —escupió Zullo.
—Excepto en la parte en que te le has echado encima.
—Hostia puta, Hunter. ¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Ahora vas con Chicago? ¡Becker se ha tirado!
Scott ya estaba patinando de vuelta al banquillo.
—¡Quédate dos, Frank! —gritó por encima del hombro.
Carter lo alcanzó.
—¿Cuánto puedo darle a Hal para que suspenda a Zullo unos cuantos partidos?
—Venga, tira —dijo Scott en seco—. Zullo es capaz de buscar que lo penalicen sin la ayuda de nadie.
—Puto psicópata —murmuró Carter—. Seguimos con el plan de cenar en el Chicago Cut después del partido, ¿no? Necesito esos filetes.
—Sí, sí.
Hal pitó entonces para reanudar el partido. Scott se dirigió al círculo en su zona de la pista para recibir el saque y le dijo unas palabras de ánimo al portero mientras patinaba junto a la portería.
—¡Está siendo un buen partido, Benny!
—No me digas nada. Me gafas, y voy a por ti.
Scott se rio entre dientes. Eric Bennett era muy amable fuera de la pista, pero, una vez que estaba dentro de la portería, era el competidor más duro que Scott había conocido jamás.
Scott se agachó en el círculo y puso el stick sobre la pista. Levantó la vista para mirar a los ojos de su rival, un centro estrella de Chicago que se llamaba Clarke.
—Si Zullo vuelve a hacer algo así —gruñó Clarke—, mando a Harvey que vaya a por él.
—Bueno, tú verás. No sé muy bien por qué le harías eso a Harvey.
Scott sonrió.
—Zullo es un pedazo de mierda.
—Venga, va. Si puedes decir algo agradable…
En cuanto Scott ganó el saque, corrió hacia la zona del equipo contrario y recibió un pase rápido de Carter. Lanzó el puck y lo vio pasar por encima del hombro del portero para marcar un gol en inferioridad numérica.
Se sentía la hostia de bien al ver que volvía a jugar como el mejor.