Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Scott vio desaparecer la isla de Manhattan mientras el avión atravesaba las densas nubes que habían cubierto la ciudad durante días.

Se sentía raro, pero no sabía por qué. No tenía nada que ver con su manera de jugar, porque lo estaba haciendo mucho mejor que en toda la temporada.

El equipo llevaba una racha ganadora y no había lesiones importantes.

Además, el avión privado del equipo los llevaba a Phoenix, lo que les daría un agradable respiro del frío glacial de enero en Nueva York.

Por lo menos, su agente volvía a estar contento. Hacía un par de semanas, Scott había recibido una llamada muy alarmada de Todd Wheeler, el hombre que lo había representado desde que era jugador de hockey en la universidad.

—Tenemos un problema gordo —le había dicho Todd—. A los patrocinadores no les gusta lo que están viendo de ti. Gillette dice que a este paso no renovará el año que viene. Incluso Under Armour se está poniendo nerviosa. ¡La puta Under Armour, Scott! ¡No podemos perderlos!

Si la conversación tenía como objetivo motivar a Scott, no había funcionado. No era que él no supiera que estaba jugando fatal ni que estuviera contento con ello.

—Créeme, Todd —le había dicho Scott—. Nadie está más decepcionado que yo.

Pero, ayer, Scott había recibido una llamada muy diferente.

—¡Lo que sea que hayas hecho para recuperar tu juego sigue haciéndolo! —le había dicho Todd con tono de alivio.

Excepto que Scott no podía seguir haciéndolo.

Estaría de viaje jugando sobre todo contra equipos de la Conferencia Oeste.

Los Admirals tenían programados siete partidos, el último de ellos en Toronto, antes de volver a casa.

A Scott nunca le había importado salir a jugar fuera.

Le gustaban sus compañeros de equipo y, a diferencia de alguno de ellos, no le daba miedo volar.

Además, al contrario que la mayoría del equipo, no tenía mujer ni hijos a los que dejar atrás.

Pero, por primera vez en su carrera, Scott, de forma absurda, sintió que estaba dejando a alguien atrás.

El compañero de asiento de Scott y uno de sus capitanes suplentes, Carter Vaughan, estaba más emocionado que el resto por su próxima parada en Los Ángeles.

Llevaba unos meses saliendo con Gloria Grey, una actriz de televisión muy famosa y extremadamente atractiva.

La última vez que Scott le había preguntado al respecto, Carter había insistido en que «no era nada serio».

«Solo somos dos personas guapas y tranquilas que disfrutan de la compañía del otro cuando estamos en la misma ciudad».

Scott pensaba que podría ser algo más, pero no dijo nada. Era el menos indicado para meterse en la vida amorosa de los demás.

Carter ya se había puesto los auriculares. Como no había nada que ver fuera de la ventana, Scott sacó su libro. Era una novela de espías aburrida, pero era algo con lo que pasar el rato.

Scott intentó leer, pero no paraba de divagar. No dejaba de evocar la imagen de un encantador dependiente de una tienda de smoothies con unos impresionantes ojos color avellana y la sonrisa más bonita que había visto…

Volvió la cabeza para que Carter no se diera cuenta de la tonta sonrisa que se le había puesto.

Había ido al partido la noche anterior. Kip. Scott le había saludado con la cabeza, pero Kip no le había respondido. Quizá no lo había visto. Quizá pensaba que Scott era raro.

En cualquier caso, a Scott le había hecho absurdamente feliz verlo sentado en el estadio.

Y aún más feliz ver que había traído a una amiga, porque Kip había dado a entender que le atraían los hombres.

Al menos, Scott estaba bastante seguro de que eso era lo que había sucedido. No tenía ni idea de cómo ligar.

Frunció el ceño. Kip podría ser bisexual. Quizá esa chica con la que estaba era su novia. Sin duda, era bastante guapa.

Scott no era bisexual. Lo que el mundo no sabía era que tampoco era heterosexual.

Sabía que era gay desde hacía mucho tiempo.

En realidad, desde que jugaba en la liga juvenil.

En aquella época estaba locamente enamorado de un compañero de equipo, y estaba seguro de que su amor no era correspondido.

Y, aunque lo hubiera sido, sabía que Jacob nunca habría hecho nada al respecto.

Nunca lo habría admitido. Si hubiera intentado ligar con él, Scott solo habría conseguido un ojo morado, o algo peor.

Si se hubiera corrido la voz, podría haberle costado la carrera.

Porque los jugadores de hockey no eran gais.

Ningún jugador de la NHL había sido gay.

Scott sabía, ahora que era mayor y más sabio, que eso no podía ser verdad.

Pero eso no cambiaba el hecho de que nadie en la liga había sido abiertamente gay, ni siquiera abiertamente bisexual.

Los jugadores de la NHL se casaban jóvenes, tenían un montón de hijos y se iban con la familia a la cabaña en verano.

Los jugadores de la NHL jugaban al golf y al póquer, bebían, comían filetes de carne, iban a clubes de striptease , se acostaban con fans del hockey que estuvieran buenas y usaban insultos homófobos con total libertad.

Así que Scott mantenía su vida amorosa en secreto. O, más bien, la falta de ella.

Ya era bastante difícil ser discreto cuando se era una persona normal y corriente.

Era infinitamente más complicado al ser un deportista superfamoso.

Scott no podía conectarse a internet y ligar con hombres al azar; siempre temía que alguno de ellos hablara con la prensa.

Sentía lo mismo con respecto a los trabajadores sexuales.

Evitaba los bares y clubes gais, aunque tampoco es que le gustaran ese tipo de cosas. Era muy mal bailarín.

La mayoría de sus encuentros sexuales tenían lugar durante los veranos. Se iba a lugares exóticos donde nadie tuviera ni idea de la NHL . Italia, España, Brasil o Grecia. Sitios en los que él tan solo era uno de los jóvenes en forma que iban en busca de una única cosa.

Hacía mucho que había terminado el verano.

Lo que Scott no hacía (no hacía nunca, jamás) era coquetear con los dependientes en Manhattan.

Porque eso sería una idiotez, además de peligroso, y no merecía la pena correr el riesgo.

Claro estaba que nunca les daría a entender que le interesaban los hombres.

Scott era un experto ocultándolo; al fin y al cabo, tenía años de práctica.

Pero con Kip ocurría algo distinto.

Scott ni siquiera podía ponerle nombre. Obviamente era mono («Es guapísimo, joder, Scott, no me jodas»), con esos hoyuelos y esos ojos. En el partido de anoche, Scott por fin había podido ver a Kip sin la gorra y el delantal. Le gustaría verlo más de cerca alguna vez.

«Dios».

Así que sí, era atractivo. Muchos chicos en Nueva York lo eran. Joder, un montón de chicos del equipo de Scott lo eran. Así que esa no era la única razón por la que Scott no podía parar de pensar en él.

Había algo en él. Scott quería hablar con él durante horas y averiguar todo sobre él. Enseñarle todo. Dárselo todo.

Su motivo para volver al Straw+Berry los días de partido no era una estratagema.

De verdad creía que era importante mantener la rutina cuando le iba bien en el hielo.

Había estado jugando sus peores partidos antes de que entrara en esa tienda y Kip le sirviera ese smoothie , y desde entonces había estado en racha.

En más de un sentido, si era sincero.

—Dichosos los ojos…

­—Hola, papá —dijo Kip mientras se dirigía al armario para coger la caja de cereales. Era el día libre de Kip, lo que significaba pasar una mañana poco habitual en casa.

—No te pregunté cómo fue el partido de la otra noche —dijo su padre.

—Fue increíble. —Mientras lo decía, Kip sonrió para sus adentros—. La verdad.

Su padre dio un sorbo al café y miró a Kip desde donde estaba sentado en la pequeña mesa de la cocina.

—Fue muy amable por parte de Scott Hunter darte esas entradas.

—Lo fue, sí.

—No creo que haya nadie en Brooklyn a quien tu madre no se lo haya contado.

—Dios, tampoco es para tanto.

—Nuestra vida no es muy emocionante —dijo su padre sonriendo.

Kip se sentó junto a su padre en la mesa redonda en la que había desayunado toda su vida.

Quería mucho a sus padres. Le gustaba la casa, pero también se moría de ganas de independizarse.

—¿Cómo está Elena? —preguntó su padre.

—Bien. Ya sabes, espectacular en todos los aspectos.

—¿No hay ofertas de trabajo para ti en Equinox Tech?

—¿Y qué narices iba a hacer yo en Equinox? Solo soy un friki de la historia como mi viejo.

—Sí, del equipo historiador.

Su padre se rio entre dientes y se recostó en la silla.

—Entonces, lo que tienes con Scott Hunter…

—No tengo nada con Scott Hunter.

—Vale… —dijo su padre con ese tono cantarín de «muy bien, no es asunto mío».

­—En serio, él solo… cree que los estúpidos smoothies que le preparo le traen suerte o algo así. No tiene nada que ver conmigo.

—Tu madre se va a decepcionar mucho al oír eso.

Kip puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Creo que Megan vendrá a cenar esta noche —dijo su padre—. Y Andrew también.

—Ay, qué bien.

Megan era la hermana mayor de Kip, y Andrew era su pareja. Los dos vivían juntos en Williamsburg.

Cada vez que Megan iba a casa por cualquier motivo, eso le recordaba a Kip que ella tenía que «volver a casa». Era cuatro años mayor que él, pero aun así…

—¿Tienes planeado quedarte esta noche? —le preguntó su padre.

—Claro —respondió Kip, esbozando una sonrisa forzada—. ¿Dónde si no iba a estar?

Scott se desplomó contra la pared de la sauna, agotado y frustrado. Deberían haber ganado ese partido.

Habían jugado con el portero suplente, un chico sueco llamado Tommy Andersson, y no había salido bien. Pero Andersson no tenía la culpa. Nadie le había ayudado.

Scott se pasó las manos por la cara sudada y el pelo húmedo.

Scott ni siquiera había hecho una aparición decente aquella noche. Ninguno del equipo se había esforzado lo suficiente, y debería haber sido una victoria fácil.