Capítulo 2
Es posible que Kip se hubiera levantado muy temprano el sábado para cuidar más su aspecto.
No podía hacer nada con el uniforme, pero por lo menos se había asegurado de que sus mejores vaqueros estuvieran limpios y había decidido ponerse las zapatillas nuevas que había comprado hacía un par de semanas y que en realidad no podía permitirse, pero a las que no pudo resistirse.
Incluso se había tomado la molestia de arreglarse un poco el pelo, a sabiendas de que tendría que ponerse la estúpida gorra. Había utilizado hilo dental. Y se había guardado pastillas de menta en el bolsillo para disimular el posible olor a café en el aliento.
Llegó al local diez minutos antes de lo previsto después de ir a un ritmo muy relajado, y no le sorprendió en absoluto ser el primero en llegar.
Se puso a trabajar en las preparaciones, poniendo especial cuidado en que los ingredientes para el smoothie «Luna azul sobre Brooklyn» de Scott estuvieran listos.
Veinte minutos antes de que el Straw+Berry abriera a las seis, Kip seguía estando solo. Y, otra vez, no le resultó nada nuevo, ya que ese día le tocaba trabajar con Jeff, pero aun así le era irritante.
A las seis y media sonó el teléfono: era Jeff diciendo que estaba enfermo. Kip ni siquiera pudo reunir la energía para enfadarse, sobre todo porque eso significaba que estaría solo en el local cuando Scott…
«Estás demasiado emocionado por la posibilidad de tener una interacción de dos minutos con un chico al que no le interesas, Kip».
Los sábados siempre eran más tranquilos que los días entre semana. La mañana transcurría despacio, con algún que otro cliente que iba rompiendo la monotonía. Kip acabó sacando el móvil y, cómo no, leyendo artículos antiguos sobre Scott Hunter.
Había un montón de noticias. Casi todas contenían la misma información: que Scott había nacido y se había criado en Rochester y que desde su adolescencia siempre había sido el mejor jugador en todos los equipos en los que había estado.
Los artículos a menudo destacaban su generosa dedicación a organizaciones benéficas, sobre todo a aquellas que ayudaban a niños enfermos, y lo describían como un modelo que seguir tanto dentro como fuera de la pista.
Otra cosa que siempre se mencionaba era que Scott Hunter era uno de los solteros más codiciados de Nueva York. Nunca había tenido una relación sentimental duradera con ninguna mujer (interesante) y solía esquivar cualquier pregunta sobre su vida privada (aún más interesante).
Kip estaba ocupado guardando las fotos del artículo de Scott para la revista GQ en el móvil cuando se abrió la puerta. Se dio prisa en guardar el móvil en el bolsillo al ver entrar a Scott Hunter.
Sería ridículo decir que la cara de Scott se iluminó cuando vio a Kip, pero… fue realmente lo que pareció.
—¡Kip! —dijo con una sonrisa de alegría que se extendía por todo el rostro—. Estaba preocupado por que no fueras a trabajar hoy.
—¿Ah, sí? —preguntó Kip, demasiado sorprendido como para preguntar algo más inteligente.
—Quiero decir… —¿Acaso Scott Hunter parecía avergonzado?—. Me gusta que mi rutina sea lo más estable posible, y, como tú preparaste los otros smoothies , pues…
—Será por la forma en que los preparo —dijo Kip mientras intentaba sacar valor para esbozar una sonrisa.
—Será…
Kip empezó a coger los ingredientes y los fue echando a la licuadora.
—Vi el partido anoche —dijo—. El último gol fue increíble.
—Gracias. —Scott sonaba genuinamente agradecido—. Ese me hizo sentir bien.
Sonrió a Kip, que se quedó con la boca seca. Encendió la licuadora antes de poder decir algo estúpido como: «¿A qué saben tus abdominales?».
—¿Estás solo hoy? —le preguntó Scott mientras Kip le servía lo de siempre.
—Sí, eeeh, en teoría tendría que estar trabajando con alguien, pero ha avisado diciendo que estaba enfermo. No creo que sea verdad. Es un inútil.
Kip se encogió por dentro al decir eso.
«Como si a Scott Hunter le importaran una mierda tus compañeros de trabajo».
—Pues lo siento —dijo Scott—. Yo también tengo compañeros de equipo así.
Kip se rio porque ¿de verdad Scott Hunter estaba comparando los trabajos de los dos?
—¿Te… importa si lo tomo aquí? —preguntó Scott como si no hubiera mesas y sillas detrás de él—. Es que… Tengo un par de correos pendientes de responder —dijo mientras sacaba el móvil del bolsillo y lo mostraba al aire.
—Claro, sin problema —dijo Kip sin acabar de creerse la suerte que tenía.
Scott se sentó en una de las mesitas altas, de espaldas a la puerta (y de cara a Kip).
Kip intentaba con todas sus fuerzas no quedarse mirándolo mientras Scott revisaba los correos electrónicos en el teléfono y, de vez en cuando, daba sorbos a su smoothie azul.
Al parecer, lo estaba bebiendo muy despacio.
Después de quince minutos, Kip salió de su puesto detrás del mostrador y se puso a limpiar mesas que no necesitaban en absoluto una limpieza.
Cuando estaba junto a la mesa de Scott, aprovechó para romper el silencio.
—¿Y estás seguro de que esto no va a afectar a tu partido? ¿Tipo, al romper la rutina así?
—¿Qué? Ah, no. No tengo que hacer todo exactamente igual. Quiero decir, no soy tan obsesivo.
—Ya —dijo Kip con una sonrisa burlona.
Scott primero sonrió y luego se rio.
—Probablemente parezco raro, ¿no? Como si el smoothie fuera una poción mágica o algo.
Kip se encogió de hombros.
—He leído sobre los deportistas. Estáis un poco como una cabra, ¿no? Os ponéis los uniformes de un modo en concreto, no os cambiáis los calcetines, dejáis de afeitaros…
Scott lo señaló con el dedo.
—¡Oye, eso es solo en los play-offs , y es una tradición consagrada!
—Ah, claro, normalísimo.
Kip no podía creer lo que estaba a punto de hacer, pero tenía que tantear el terreno. Solo un poco.
—Tranquilo, si no me molesta —dijo con la mayor naturalidad que pudo—. Siempre os veis muy rudos cuando levantáis la copa. Como si fuerais un grupo de leñadores buenorros.
Toma. Ahí lo dejaba.
Scott lo miró y Kip habría jurado haber visto cómo se le dibujaba una leve sonrisa en los labios.
Pero entonces la sonrisa de Scott se esfumó de golpe.
—Bueno, tengo que irme.
Kip se quería morir. Acababa de coquetear con el puto Scott Hunter y ahora él se iría y no volvería nunca más porque ¿qué cojones te pasa, Grady?
—Gracias de nuevo, Kip —dijo Scott. Fue más majo de lo que Kip se merecía.
Pero, cuando llegó a la puerta, Scott se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Te gustaría ir al partido de esta noche?
—¿Qué?
—Nadie va a usar mis invitaciones. Podría darte dos, así puedes llevar a alguien… si… te apetece.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Kip se quedó boquiabierto ante la estrella increíblemente guapa que tenía plantada en la puerta y le estaba ofreciendo un regalo sin motivo aparente.
—¡Si te parece bien, me encantaría!
—Claro que me parece bien, y me encanta oír eso. Al ir, da tu nombre en taquilla y ya.
—De acuerdo. Entonces, nos vemos esta noche —dijo Kip, como un idiota.
Scott solo sonrió y se fue.
A Kip no debería haberle sorprendido en absoluto que los asientos personales fueran una fantasía. En la sexta fila desde la pista, en la línea azul frente al banquillo local. Simplemente increíble.
—Joder —dijo Elena—. Me consta que Equinox tiene un palco aquí, pero estos asientos son mucho mejores.
—No me puedo creer que estemos aquí. ¡No me puedo creer que estemos usando las entradas de Scott Hunter!
—Aunque es una cita un poco rara. Tú aquí con una chica y él trabajando.
—No es una cita.
—Ya. Seguro que le da entradas a todas las personas que le venden smoothies .
Kip había intentado no pensar mucho en por qué Scott le había dado las entradas.
—Tan solo está siendo agradecido porque cree que de alguna manera soy responsable de su racha de buena suerte. Como ya te comenté, está loco.
—Loco por ti, quizá.
—No seas idiota.
—Kip —dijo ella mientras dejaba la cerveza en el portavasos—. ¿Tú sabes cómo te ves, verdad?
—¿A qué te…?
—A que estás muy bueno, Grady. Muy muy bueno.
—Estoy… normal.
—No, escúchame. Eres muy atractivo. ¿Te crees que me parece justo que seas gay? Pues no.
Kip puso los ojos en blanco.
—Venga ya. Además… —Bajó el volumen hasta llegar a susurrar y se inclinó hacia ella—. No sabemos si… está en mi equipo.
—Ah, ¿no?
—¡No! O sea… Tengo indicios de que quizá…
—¿Como que estamos en sus asientos personales porque te ha dado las entradas en persona después de que te visitara en el trabajo por tercera vez esta semana?
Kip se sonrojó.
—Es que es supersticioso… —murmuró—. Es por eso.
Los jugadores salieron a la pista para calentar.
Kip los vio patinar, tumbarse en el hielo para estirar y turnarse para lanzar tiros fáciles a los porteros.
Intentó, sin éxito, no hacer mucho caso al número 21, Scott Hunter.
Estaba haciendo un estiramiento de isquiotibiales en zancada profunda que demostraba lo flexible que era.
Kip imaginó cómo sería esa postura sin los pantalones tan acolchados de hockey.
Su cerebro falto de sexo lo llevó a un maravilloso viaje durante unos minutos, y estaba tan distraído que casi no se dio cuenta de cuando Hunter patinó frente al cristal que tenía delante, con su impecable uniforme rojo, blanco y azul, como si hubiera salido de un póster publicitario, y le saludó con la cabeza.
«No. No es a mí. Habrá alguien sentado detrás de mí».
Kip volvió la cabeza. Todavía no había nadie sentado detrás de él. Tampoco había nadie delante.
Uy.
Una vez finalizado el calentamiento, salieron las máquinas Zamboni para pulir el hielo y entonces comenzó el espectáculo previo al partido.
Se apagaron las luces y se proyectaron vídeos de los Admirals en acción sobre la pista mientras sonaba rock de fondo a todo volumen.
Había hielo seco y pirotecnia, y, cuando los jugadores salieron al campo, el lugar alcanzó su punto álgido.
A Kip le llamaron la atención dos cosas: Scott Hunter era una gran estrella.
Tipo, una estrella alucinante. Era un atleta superestrella gigantesco y esta ciudad lo amaba.
Parecía que la mitad de la gente del público llevaba su camiseta.
Y, cuando anunciaron el nombre de Scott como centro titular del partido, los gritos del público se volvieron ensordecedores.
No era un simple tío al que le gustaran los smoothies de arándanos y fuera amable con los dependientes que se los preparaban. Este tío era Nueva York.
Y Kip estaba ahí como su invitado.
Hostia puta.
Otra cosa que le llamó la atención fue que Scott se había ganado el respeto de sus compañeros de equipo.
Kip podía ver la manera en que se les iluminaba la cara a los jugadores más jóvenes cuando les daba una palmada en el hombro y los felicitaba por una buena jugada.
Parecía que incluso los árbitros lo apreciaban, pues le daban golpecitos en el codo después de explicarle una decisión de penalización.
El partido fue impresionante. Scott estuvo impresionante.
No solo marcó un gol en cada tiempo y asistió en otro, sino que también hizo rugir al público cuando derribó a un extremo de Tampa cerca del centro de la pista con un enorme golpe de cadera.
A Kip le impresionó sobre todo cuando Scott evitó una pelea antes de que sucediera, calmando a su compañero de equipo con un firme agarre en el brazo y algunas palabras que Kip hubiera deseado poder oír.
Era innegablemente sexy ver a Scott mostrando tanta habilidad y autoridad durante todo el partido. Estuvo increíble.
—¡Ha sido la hostia! —dijo Kip, en voz demasiado alta, mientras se dirigían al metro después del partido—. ¡Quiero ir a otro! ¡Quiero ir a todos!
—Pues tendrás que esperar, superfán —dijo Elena—. Los Admirals estarán de viaje durante las próximas dos semanas.
Kip no debería haberse sentido tan devastado por esa noticia. De golpe, la idea de trabajar un turno entero sin ver a Scott le parecía insoportable.
Esa noche, ya en casa y en la cama, no pudo evitar preguntarse si Scott estaría triste por tener que salir de gira, lejos de su rutina segura.
Estaba siendo estúpido. Scott era un jugador de hockey profesional que no iba a echar de menos sus estúpidos smoothies mientras estuviera de viaje. Kip suspiró y se resignó a pasar al menos dos semanas sin ver a Scott Hunter en el trabajo.