Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Kip vio el titular a la mañana siguiente cuando iba en el tren: «¡Hunter sale de caza!

». Se inclinó un poco hacia delante para leer la portada del periódico del pasajero sentado frente a él.

Al parecer, Hunter había logrado hacer un triplete la noche anterior y había hecho dos asistencias en la goleada contra Washington de 7 a 1.

Kip sonrió. De algún modo se sintió orgulloso de él.

«Ay, sí, superbién que la superestrella millonaria haya tenido una buena noche. Será posible…».

En el periódico ponía que los Admirals jugaban esa noche en Nueva Jersey.

Mientras Kip caminaba las dos manzanas que separaban la estación del Straw+Berry, pensó en la última vez que fue a ver un partido de los Admirals.

Habían pasado como unos ocho años. No, más, porque a Hunter solo lo había visto jugar en la televisión.

«Dios, ¿es que ahora voy a estar pensando todo el rato en Scott Hunter?».

Bostezó mientras sacaba la llave y abría la puerta del local. Tenía que buscar algún trabajo que no le hiciera madrugar tanto. Levantarse antes de las cinco para entrar antes de las seis era ridículo. Sobre todo, si era por el salario mínimo.

La mañana transcurrió como la mayoría de los días laborables: ajetreo constante desde las siete hasta las nueve, y luego un poco de tranquilidad antes de que empezaran a llegar lo que Maria había bautizado como «las mamis yoguis».

—Tu novio jugó un buen partido anoche —dijo Maria mientras rellenaba el cuenco de naranjas.

—¿De qué narices me estás hablando?

—De Scott Hunter. Marcó como un millón de goles o así.

—Tres —le corrigió Kip—, e hizo dos asistencias.

—Ay, disculpa. No era consciente de que fueras tan fanático.

—¡Y no lo soy! Lo he visto en un periódico de camino aquí. Es, tipo, como la gran noticia.

—¡No me lo puedo creer! ¡Estás pilladísimo de él! Anoche cuando fuiste a casa buscaste imágenes en Google de Scott Hunter, ¿verdad?

—¡No!

«En realidad, sí».

—Ya, claro. Eres miembro de su club de fans. Qué mono.

—Te odio.

—No es verdad.

Maria apilaba las naranjas y Kip fregaba el suelo detrás del mostrador, aunque no estuviera tan sucio. Era solo que se ponía nervioso si se quedaba de pie sin hacer nada.

A las diez y poco, se abrió la puerta y, de nuevo, Kip se topó una vez más con Scott Hunter con ropa de entreno sudada.

Esta vez Maria estaba allí para presenciarlo.

—Hostia puta.

Kip le dio un codazo de la forma más sutil que pudo.

—Buenos días de nuevo, Kip —dijo el chico que definitivamente era Scott Hunter.

—Buenos días, eeeh… Jesús. Tú eres Scott Hunter, ¿verdad?

Parecía que la pregunta le resultó divertida.

—Sí, lo soy.

—Qué pasada —susurró Maria.

—Es, eeeh —dijo Kip y luego rectificó—. Buen partido anoche.

—¡Gracias! He pensado que querría tomarme otro smoothie de esos de arándanos. Cuando algo me va bien en un partido, trato de repetir lo que he hecho ese mismo día.

—Entiendo —dijo Kip. Los ojos de Scott eran azules. Muy azules.

—Así que… Ponme otro smoothie de arándanos, por favor.

—¡Claro! —Kip salió del estado de trance y se puso a prepararlo.

Scott Hunter llevaba, una vez más, una chaqueta y unos pantalones de chándal ridículamente ajustados de Under Armour.

Tenía el pelo mojado y revuelto, y la piel ligeramente enrojecida de haber hecho ejercicio.

Kip Grady llevaba, una vez más, un puto delantal absurdo y una gorra con una puñetera fresa bordada.

Pero por lo menos esta vez no tenía resaca.

Le entregó el smoothie al famoso deportista y trató de no fijarse demasiado en cómo sus labios se amoldaban a la pajita. Le resultó difícil porque Scott lo estaba mirando mientras daba el primer sorbo. Sus labios se curvaron un poco cuando se dio cuenta de que Kip también lo miraba.

—Gracias de nuevo, Kip —dijo—. Espero verte el próximo día de partido.

Levantó el vaso del smoothie en señal de despedida y se marchó.

Cuando Kip se volvió hacia Maria, vio que estaba boquiabierta.

—«¿Espero verte el próximo día de partido?» —dijo ella—. ¿Me estás vacilando?

—¿Qué?

—¡Está pilladísimo de ti, Grady!

Kip se puso tan rojo como la fresa de la gorra.

—Anda ya. No es eso lo que quería decir.

—Seguro que no.

—¡Que no! Es que es supersticioso. ¡Lo que quería decir es que ojalá funcione y tenga un buen partido para que pueda volver otro día que tenga que jugar! ¡Y ya!

—Ya sé qué quería decir, idiota, pero no solo está diciendo eso.

—Ni siquiera es… Ay, dios mío. No me puedo creer que esté hablando de esto. A Scott Hunter no le gustan los hombres. Y desde luego no le gustan los tipos que trabajan en locales donde se preparan smoothies .

—Si tú lo dices.

—Voy a volver allí detrás para cortar la piña —refunfuñó Kip.

—Es mejor que compruebes que nos quedan suficientes arándanos —le dijo Maria con tono burlón mientras él se iba.

Kip se quedó admirando las vistas del río Hudson en el salón de su mejor amiga, que se situaba en el barrio de Tribeca. No podía imaginarse cuánto podía costar un lugar así.

Vivir en Nueva York era caro, pero Kip tenía una estrategia impresionante que le permitía trabajar por el salario mínimo y pagar cada mes las cuotas de su préstamo universitario: seguía viviendo con sus padres.

Sí, tenía veinticinco años. Sí, se había graduado en la universidad a los veintidós. Pero la cuestión era que los graduados en Historia no estaban precisamente muy cotizados en el mercado laboral.

Kip tenía sueños. Aspiraciones. Quería trabajar en algún museo.

Quizá algún día trabajar en uno en Europa.

Quizá escribir un libro o dos. Quizá presentar un programa de televisión en el que se dedicara a viajar por el mundo y presentar diferentes lugares históricos a la audiencia.

Quizá trabajar como asesor en películas históricas en Hollywood…

O quizá convertir frutas y verduras en purés bebibles para gente ocupada que se dirigía a trabajos que eran importantes de verdad.

La propietaria del apartamento en el que ahora se encontraba, Elena, tenía un trabajo de verdad y una vida que parecía muy adulta en comparación con la de Kip.

Era ingeniera de ciberseguridad en Equinox Tech, una de las empresas de IT con más crecimiento del país.

Kip no sabía exactamente qué era un ingeniero de ciberseguridad, pero sonaba a bien pagado y rimbombante.

Elena era, sin duda, la persona más inteligente que Kip conocía. Además de ser listísima y divertida, también era muy guapa, con una combinación especial con la altura y estructura ósea de su padre noruego, y el pelo oscuro y piel morena de su madre libanesa.

La amistad de Kip con ella en el instituto le había ayudado a darse cuenta de que no le interesaban sexualmente las mujeres. Porque si no le interesaba ella, pues…

De todos modos, lo más probable era que Elena supiera desde antes que él que era gay. Ella siempre lo sabía todo antes.

—¿Necesitas compañero de piso? —preguntó Kip mientras se alejaba de la ventana.

—No —respondió ella—. Ni loca.

Se acomodaron en el sofá para tomar comida china estilo Sichuan (Elena no era de las que cocinaban). Kip apenas había dado un bocado cuando Elena dijo con naturalidad:

—Bueno, ¿y quién es él?

A Kip se le escaparon los fideos de los palillos y volvieron a caer en la caja de donde los había sacado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿De qué hablas?

—Llevas toda la noche embobado. ¿En quién estás pensando?

Kip se sonrojó. Pinchó los fideos con los palillos.

—En nadie.

—Christopher.

A Elena le gustaba usar su nombre real cuando él se ponía pesado.

—Te vas a reír.

—Eso no sería propio de mí.

Kip sonrió al oír su respuesta.

—Es solo que… ¿Conoces a Scott Hunter?

—¿Que si conozco a Scott Hunter? En persona no.

—Pero has oído hablar de él.

—Sí.

—Vale. Pues ha estado viniendo al local.

—¿Al local de smoothies ?

—Sí. Estos últimos dos días. Para tener suerte, según dice él, porque jugó muy bien después de tomarse un smoothie ayer por la mañana. Así que hoy ha vuelto y se ha pedido otro porque tenían partido esta noche.

—Vale.

—Está… Es que está muy bueno, y ya está.

A Elena se le movieron un poco los labios, pero no se rio.

—Qué guay.

—Sí.

Continuaron comiendo en silencio. Y Kip, que al parecer no podía mantener la calma, aguantó un minuto antes de soltar:

—Y sabe cómo me llamo.

Elena levantó una ceja.

—Me ha dicho: «Buenos días, Kip» cuando ha venido hoy.

Kip intentó, sin éxito, borrar la sonrisa de tonto de su cara.

—Debe de haber sido emocionante.

—Sí, y, eeeh, también dijo que esperaba volver a verme. Ya sabes, tipo, si el smoothie funciona y eso.

—¿El smoothie mágico del hockey?

—Deja de reírte de mí.

—¡No me río! Y te diré algo más: esta noche vamos a ver ese partido de hockey.

Kip sentía vergüenza por los nervios que notaba viendo el partido de hockey.

Cada vez que Scott recibía un golpe, Kip se estremecía.

Cada vez que Scott lanzaba un tiro a la portería, Kip contenía la respiración.

Quería que ese partido le fuera bien a Hunter, y no tenía sentido engañarse a sí mismo sobre el motivo.

Al final de la primera parte, iban empatados a uno.

Scott se detuvo de camino al vestuario para conceder una breve entrevista.

Se quitó el casco y el pelo húmedo se le rizó hacia todas partes.

El corazón de Kip se aceleró. Scott estaba empapado de sudor, incluso más que cuando entraba al Straw+Berry después de sus carreras.

Kip podía ver cómo le brillaba la nuca bajo el cuello rojo de su camiseta.

Scott hablaba de una defensa fuerte y del trabajo en equipo.

Su preciosa boca se cernía sobre el micrófono, sus ojos azules miraban a la cámara y no al hombre que le estaba entrevistando.

Era como si apenas estuviera presente en la entrevista, como si ya estuviera donde preferiría estar en ese momento.

—Desde luego, es atractivo —dijo Elena.

—Sí… —suspiró Kip.

El partido siguió igualado durante el segundo tiempo. No fue hasta el tercero, en el que Scott marcó dos goles y asistió otro, cuando los Admirals acallaron a los fans en el estadio de Newark. Kip estaba eufórico.

—Dios, es una pasada. En ese último gol, puede que haya disparado el puck a unos ciento sesenta kilómetros por hora, pero parecía a cámara lenta.

—Es hábil con las manos —coincidió Elena, con una sonrisa en los labios.

Cogió el móvil y se puso a buscar algo.

—El siguiente partido lo juegan aquí el sábado por la noche contra Tampa Bay —dijo ella—. ¿Trabajas el sábado?

Kip gimió.

—¡Joder! ¡Tengo que… cambiar el turno! ¿Quién trabaja el sábado?

Cogió el móvil y le envió un mensaje a Maria:

Kip: ¿Trabajas el sábado?

La respuesta llegó un minuto más tarde:

Maria: Sí, ¿por?

Kip: ¿Me cambias el turno?

Maria: ¿Por qué?

Kip: A mí me toca el viernes. Cámbiamelo, por favor…

Maria: ¿¡Es por Scott Hunter!?

Kip se sintió tonto, pero aun así respondió:

Kip: Puede.

Maria: Dios, Kip.

Kip: ¿¡POR FAVOR!?

Maria: Vale.

Hubo una pausa, y luego ella añadió:

Maria: Te toca turno con Jeff.

Puaj. Jeff era lo peor. Era un vago y básicamente siempre iba colocado. Kip no acababa de entender cómo podía seguir trabajando ahí.

Pero merecería la pena, porque cuando acabó el partido el marcador iba 6-2 a favor de los Admirals. Lo que significaba que Scott iba a ir el sábado con toda seguridad.

Probablemente con toda seguridad.

Casi con toda seguridad.