Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 1
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Cambiar el juego (Game Changers 1)

Cambiar el juego (Game Changers 1)

Por Rachel Reid

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Capítulo 1

La noche anterior no había tenido la intención de beber tanto, pero Chuck y Jimmy estaban en la ciudad y hacía meses que no los veía.

Tampoco es que se cogiera un gran pedo. Era consciente de que a las seis de la mañana tenía que ir a trabajar, pero aun así había bebido lo suficiente como para convertir las potentes licuadoras en su enemigo mortal.

Pero tenía un trabajo que hacer. Y ese trabajo consistía en preparar el mejor smoothie posible para la mujer que esperaba en la barra con aire de tener muchas cosas que hacer.

—Aquí lo tiene. —Trató de no hacer una mueca de dolor mientras le entregaba el pedido a la clienta—. Un smoothie «Guerrero verde» con un shot de hierba de trigo.

Miró el reloj. Las seis y media. Madre de dios.

No le sobraba tiempo para descansar la cabeza sobre la tentadora pila de naranjas que había en el mostrador.

Las mañanas de los días laborables en el Straw+Berry solían ser ajetreadas hasta las nueve.

Maria compartía turno con él esa mañana, y eso era genial.

Estaban bien juntos porque, aunque no fuera el trabajo de los sueños de ninguno, se lo tomaban en serio y hacían todo lo que se les pedía. Además, era divertida.

—¿Cuál de estos malditos smoothies cura la resaca? —se quejó Kip en un momento en que la tienda se quedó vacía.

—Eeeh, ninguno. Pero en teoría el de sandía.

—Vale. Pues voy a prepararme uno gigante de sandía con unas cinco aspirinas.

—Imagino que lo que quieres decir es cinco «potenciadores de bienestar».

Kip se preparó un smoothie inmenso de sandía y se encontró algo mejor después de bebérselo. Al final se tomó dos aspirinas.

—¿Y qué hiciste anoche? —preguntó Maria.

—Ah, solo estuve con unos amigos de la universidad.

—¿Ah, sí? ¿Son monos?

—No. No sé. No son mi tipo.

Chuck era grande, corpulento y barbudo. Y Jimmy era todo lo contrario: bajito, delgado y aparentaba siete años menos de los que en realidad tenía.

—¿Y también tienen la suerte de ser baristas de locales de zumos?

—Ellos sí trabajan de lo suyo. En Boston. ¿Negocios? ¿Seguros? ¿Algo de finanzas? No lo sé. Pero tienen que llevar traje.

—Tú llevas delantal. Eso tampoco está mal.

—Claro, y estoy superorgulloso.

—Y una gorra con una fresita bordada. ¡Toma ya!

Kip le tiró un trozo de piña congelada.

—Para que veas, Kipper. Voy a ser buena y voy a montar yo todas las preparaciones para que puedas descansar esa cabecita cuando pase todo el ajetreo.

—Ay, ¿sí?

—¡Sip!

—Eres la mejor y te quiero un montón. —Suspiró feliz.

—Ya lo sé. ¡Ahora espabila! ¡Vienen mujeres de negocios y querrán kale licuado!

Pasó otra hora de trabajo intenso hasta que Kip finalmente pudo disfrutar de la tranquilidad que Maria le había prometido.

Ella se fue a la trastienda a cortar frutas y verduras, y él se dejó caer en una silla que había arrastrado detrás del mostrador y apoyó la cara contra la pared, que estaba fresquita.

No fue consciente de que había cerrado los ojos hasta que alguien carraspeó y se sobresaltó. No de forma agresiva, solo lo justo como para hacerle saber que había alguien allí.

Abrió los ojos y se puso de pie a toda prisa.

—Disculpe —balbuceó—. ¿En qué puedo…?

Es posible que la boca de Kip se abriera como la de un personaje de dibujos animados. Puede que la mandíbula se le cayera al suelo y la lengua se desenrollara como una alfombra. Y es que el hombre más atractivo que había visto jamás estaba frente a él.

—Eh, ¿en qué puedo ayudarle? —consiguió decir Kip.

El hombre era alto, rubio y, bueno, musculoso. Y Kip sabía que era musculoso porque llevaba una chaqueta con cremallera Under Armour ridículamente apretada y pantalones de entreno. Por cómo le caía por la frente el pelo mojado y cómo le brillaba la piel, probablemente volvía de correr.

—Buenos días —dijo el hombre sudado alegremente—. Siento haberte despertado.

Kip se sonrojó. Bajó un poco la cabeza para que la visera de la estúpida gorra lo ocultara. «Dios, el tío más bueno del mundo está frente a mí y yo con un delantal y una gorra con una fresa plantada en el medio».

—No me has… No estaba… —Kip respiró hondo. «¡Contrólate!»—. Disculpa. Anoche me pasé de divertido.

El chico levantó la ceja.

—¿Un lunes por la noche?

—Sí, bueno, la vida de un preparador de smoothies es así… Hay que vivir a tope, que son dos días y esas cosas, ¿no?

El chico se rio. Kip casi se cayó de la silla.

—¿Y qué tenéis por aquí que esté rico? —preguntó el chico mientras echaba un vistazo a la carta.

—Pues tenemos un smoothie con arándanos, piña y kale… en que apenas se nota el kale, ¡te lo aseguro! Está rico. A mí me gusta.

—¿Ese es el… «Luna azul sobre Brooklyn»?

—Sí. Todos los nombres aquí son un poco absurdos.

El chico señaló con el dedo la chapa con el nombre de Kip.

—Me gusta tu nombre.

Kip miró hacia la chapa como si no supiera lo que ponía en ella. Como un tonto.

—Es, tipo, un mote —le dijo como si el tío bueno le hubiera pedido más información.

Cosa que no había hecho. Pero Kip siguió hablando porque él era así—.

O sea, todo el mundo me llama Kip. Así que es mi nombre.

Pero no tipo mi nombre de verdad. Es, eeeh…

Da igual. ¿Entonces quieres uno de arándanos?

—Me encantaría —le respondió el cliente ignorando por completo lo idiota que podía parecer Kip.

Kip se puso manos a la obra y cargó la licuadora con diferentes frutas congeladas y kale fresco.

Por suerte, requería de concentración, y además la máquina hacía tanto ruido que no le permitía hablar por encima.

Echó un vistazo al chico, que esperaba de pie con las manos en las caderas, estudiando las fotos poco atractivas de frutas que decoraban el pequeño local.

Kip no sabía hacia dónde mirar, pasaba la vista rápido desde los anchos hombros a los brazos ridículamente grandes, a la espalda musculosa que se estrechaba hasta una cintura esbelta y a un culo que, la verdad, pues era…

Kip sacudió la cabeza y apagó la licuadora. Rebuscó hasta encontrar un vaso de plástico y lo llenó con el smoothie azul.

—Aquí tienes.

El chico se volvió, asintió y le dio a Kip un billete de veinte dólares doblado y algo húmedo que sacó del bolsillo de su pantalón de chándal.

—Quédate el cambio.

—¿En serio? —preguntó Kip mientras miraba cómo el chico daba el primer sorbo y cómo sus labios rosados se amoldaban a la pajita.

—Sí. —El chico sonrió—. Es el suplemento por haber acertado. Está riquísimo.

Kip le devolvió la sonrisa.

—Me alegra que te haya gustado. Que tengas un buen día.

El cliente brindó con el vaso del smoothie .

—Y tú también, Kip.

Kip se sintió un poco mareado al oír su nombre salir de la boca de aquel chico. Cuando el chico de sus sueños se fue, entró otro que no era tan atractivo.

—¡Joder! —dijo el cliente mientras señalaba con el pulgar hacia la puerta—. ¡Ese era Scott Hunter!

—¿Qué?

El hombre miró a Kip como si fuera idiota.

—Scott Hunter.

—¿Se refiere a, tipo, el jugador de hockey? —dijo Kip.

—¿Qué? —apareció una voz detrás de él. Maria se asomó a la puerta de la trastienda—. ¿Me he perdido a Scott Hunter?

—No creo que… ¿De verdad cree que era él? —preguntó Kip.

El cliente asintió.

—Uy, sí. Sin duda. Me sorprende que se deje ver por la ciudad, con lo mal que está jugando últimamente.

—¿No está jugando bien?

Kip sabía más o menos quién era Scott Hunter, claro.

Todo el mundo lo sabía, no hacía falta ser aficionado al hockey para saberlo.

Era el centro estrella y capitán de los New York Admirals.

Hacía tres años había llevado al equipo estadounidense a conseguir el oro olímpico.

Pero Kip sobre todo lo conocía por los anuncios de Hugo Boss en los que aparecía. Era muy fan de esos anuncios.

A Kip le gustaba el hockey, pero no había seguido muy de cerca la NHL . Por lo que él sabía, Scott Hunter siempre había sido famoso y querido en esta ciudad. Como el rey de Nueva York. Pero, al parecer, Kip se había perdido algo.

—Sí, lo está haciendo fatal esta temporada —siguió el cliente—. ¡No ha marcado ni un gol desde noviembre! No sé por qué le pagan tanto dinero. Deberían traspasarlo por vago.

—Bueno… —dijo Kip, sin saber muy bien cómo continuar. No tenía sentido, pero se había tomado como algo personal las críticas de ese tipo y se vio obligado a defender a Scott Hunter—. Quizá está pasando por una mala racha.

El cliente resopló.

—Pues podría pasarla en verano. Si sigue con esa mierda, este año no llegaremos a los play-offs .

Kip sintió una ira inexplicable, pero se encogió de hombros y le dio al chico su smoothie para que se fuera.

Cuando Maria y él se volvieron a quedar solos, Maria dijo:

—¿De verdad ha venido Scott Hunter?

—No lo sé. Quizá. O sea, ahora que el chico lo ha dicho, creo que sí. Me había distraído por lo bueno que estaba, pero sí, se parecía a Hunter. Y, eeeh, me ha dejado una muy buena propina.

—¿Cómo de buena? Eso se divide, ya lo sabes.

—Sí, sí, claro. ¡Ha dejado como trece dólares de propina!

—¿¡Cuánto!?

—Bueno, si de verdad era Hunter, probablemente para él no sea casi nada, ¿no? Lo más seguro es que no le preocupe nada el dinero.

—Pues qué majo.

—Sí.

—Así queeeeee… —dijo Maria mientras invadía el espacio personal de Kip—. ¿Estaba bueno?

—Ay, dios mío. —Kip sonrió—. Dios del Olimpo. No parecía de este mundo.

—¿Y qué llevaba puesto?

—Ropa de entreno. Creo que venía de salir a correr. Llevaba ropa deportiva muy apretada.

—Ay, dios mío.

—Ya te digo.

—No me puedo creer que no lo haya visto. Si vuelve, avísame. Aunque esté en el baño, ¡tú avísame!

—Claro, lo más normal del mundo.

Maria empezó a meter la fruta y verdura frescas recién cortadas en la nevera. Kip la ayudó. Estuvieron trabajando un rato en silencio.

—Oye —dijo Kip—, que ha dicho mi nombre.

—¿Quién? ¿Hunter? ¿Ha dicho la palabra «Kip»?

—Sí —le respondió ensimismado.

—Dios, me apuesto algo a que cuando él lo pronuncia no suena tan absurdo.

Kip le tiró una fresa.