Tres #2
Arranco. Y, los primeros metros, es como arrastrar anclas por arenas movedizas.
Para la línea azul, los muslos me gritan.
De la portería a la azul y vuelta. De la portería a la roja y vuelta.
Por ahí, mis pulmones deciden que el oxígeno está sobrevalorado.
Hasta la azul lejana, y vuelta al inicio para repetirlo todo.
Sigo oyendo los sonidos del entrenamiento como si vinieran de otra dimensión.
Pases de cinta a cinta. Entrenadores dictando jugadas.
El hockey continúa mientras yo estoy atrapado en el purgatorio.
El sudor me cae por la columna, listo para congelarse en cuanto el entrenador pite para que pare o me desplome sobre el hielo, lo que ocurra primero.
Sprint siete. La línea azul lejana oscila en mi visión. Los cantos se me van a la mierda —ya no patino, solo negocio con la física, cada zancada una disputa sindical entre voluntad y carne— y, por primera vez, miro al entrenador. Me observa, sin piedad, así que aprieto los dientes y sigo.
En el sprint nueve se apiada por fin de mí, y cuando pita, me desplomo sobre el hielo con la gracia de Bambi con benzodiacepinas. Debería levantarme, pero una parte de mí —la agotada, derrotada, acabada— quiere quedarse. Fundirme con la superficie. Pasar a formar parte de la pista.
Quizá hasta me pondrían una plaquita.
Aquí yace Maine Hamilton: Que murió por ser demasiado orgulloso para pedir ayuda.
—Arriba. —La voz del entrenador es tranquila. Es peor que los gritos, porque la decepción significa que ha rebajado sus expectativas.
Me impulso con brazos de gelatina, y cuando encuentro los ojos del entrenador, algo en mi cara cambia los suyos de furia a preocupación o lástima o ambas. —Perdón, Coach.
—Ve a las duchas. —Suspira—. Y, ¿Hamilton?
Espero.
—Si necesitas ayuda, pídela.
Asiento y me dirijo al túnel, veinte miradas clavadas en mí.
Mantengo la barbilla alta —aguanta tu castigo de pie aunque estés desangrándote por dentro, ese es mi lema— pero no estoy seguro de que mis piernas y mi cuerpo se hayan sentido nunca tan rotos.
Agotado por trabajar decenas de horas extra mientras intento compaginarlo con ser atleta de élite.
En el vestuario, me desplomo en el banco y empiezo a quitarme la armadura.
Los chicos van entrando poco a poco, manteniendo la distancia.
Se desvisten en silencio funeral —sin vaciles, sin música, ni siquiera los cantos horribles de Rook— porque todos saben que me estoy ahogando en mierda.
Debería soltar un chiste para romper la tensión, pero no me queda nada.
—¿Mala noche? —dice Mike sentándose a mi lado.
—Algo así. —Tiro de los cordones como si me debieran dinero.
—No ha sido alcohol. —Es una afirmación, no una pregunta—. ¿Qué pasa?
Dudo. Mike me ha visto jugar con resacas que matarían a un civil, marcando hat tricks mientras sudaba Bud Light, así que sabe que esto es diferente.
Es básicamente mi hermano —uno de los pocos tíos a los que dejaría ver detrás de la máscara aunque solo fuera un poco— y la verdad se queda entre nosotros, pesada como mi equipamiento.
El semestre pasado, le dije que mi compañero de piso se había largado y que necesitaba dinero.
Él ofreció, yo rechacé, y lo dejamos ahí.
Pero ahora, meses después, está claro que sabe que tengo un problema, aunque no estoy seguro de que sepa exactamente cuál ni lo grave que es.
Podría mentir, pero estoy tan puto harto de ahogarme solo.
—Estoy jodido, Mikey. —La confesión me raspa la garganta en carne viva—. Necesito un compañero de piso para ayer o estoy...
No puedo terminar. No puedo decir en la calle.
No puedo mencionar los turnos hasta las tres antes del entrenamiento a las ocho y media ni que estoy a un día de baja de vivir en un Honda que no arranca por debajo de cero.
Porque esos detalles destrozarían la ilusión por completo y transformarían a Maine Hamilton de animador a caso de caridad.
—¿Cómo de mal? —No hay juicio, no hay interrogatorio, porque Mike ha tocado fondo y ha vuelto él mismo en los últimos años.
—Mal del tipo dormir-en-mi-coche. —Por fin me quito los patines y los tiro con asco—. Gene está listo para echarme a la calle, y simplemente...
No puedo admitir que al cómico se le han acabado el material y las opciones, y agradezco que se quede callado un momento, pensando.
No hay oferta de caridad que rechazar, ni préstamos de pena que empeoren esto, solo respaldo silencioso de alguien que entiende que a veces necesitas una mano sin la autopsia completa.
—Preguntaré por ahí. —Mike me aprieta el hombro y se va a la ducha.
Los demás le siguen, hasta que me quedo solo.
Sé que debería ducharme, lavarme la desesperación y la peste de bar que estaba demasiado cansado para quitarme anoche, pero en vez de eso me quedo sentado, la cabeza entre las manos, mirando el suelo como si las baldosas tuvieran respuestas a preguntas que me da miedo hacer.
El móvil vibra —o Derek queriendo otro turno, o Gene inventándose más gastos, o mi madre necesitando dinero o que le haga la pelota a Chloe mientras yo me autodestruyo en tiempo real— pero no lo miro. Mi depósito está vacío, así que el infierno de turno puede coger número.
En vez de eso me quedo sentado, escuchando a los chicos vacilar y ducharse al lado.
Me pregunto cuánto tiempo puedo fingir antes de que la máscara me reviente el cráneo.
Cuánto tiempo hasta que mis piernas rechacen la farsa.
Cuántas sonrisas antes de que mi cara diga que le den y se ponga en huelga.
Y la respuesta a las tres preguntas cae pesada.
Una puta mierda.