Cambiando las Reglas del Juego (Universidad Pine Barren 3) Tres
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Tres

MAINE

Cuarenta y siete horas. Esas son las horas que trabajo en esta cloaca para pagar el alquiler.

El cálculo me rebota en la cabeza mientras hundo los brazos hasta los codos en el fregadero, excavando colillas y lo que en otra vida podrían haber sido rodajas de lima para que no tapen el desagüe.

Algo sólido me roza los nudillos, definitivamente orgánico, posiblemente con vida propia, y absolutamente no quiero saberlo.

El hedor me asalta —lúpulo fermentado reproduciéndose con la sopa primordial que prospera en los desagües de los bares después de medianoche— y mi estómago, alimentado por media PowerBar y puro despecho, se contrae como si tuviera el penalti de la prórroga para ganar la Stanley Cup.

Que alguien avise a SportsCenter: la glamurosa noche de martes de Maine Hamilton.

El reloj me fulmina con la mirada: 2:17 de la madrugada, y el plan del día se extiende ante mí.

Una hora más aquí, luego cinco horas de inconsciencia (con suerte), después entrenamiento matutino intentando no vomitar, tres clases intentando no quedarme dormido mientras los profesores sueltan el rollo sobre gestión de crisis, y luego Pizza Plus para el turno de cenas.

A este ritmo, la Parca tiene más probabilidades de llegar a las vacaciones de primavera.

—¡Eh, Ivy League! —Los dedos de Derek chasquean como petardos—. ¿Esos vasos van a lavarse solos mientras te pones filosófico?

Las palabras se ordenan solas —Que te den, Derek— pero me las trago junto con lo que queda de mi orgullo. Porque, ahora mismo, no me puedo permitir principios. No me puedo permitir nada salvo esta álgebra constante de humillación acumulada contra dinero del alquiler.

—Viviendo el sueño —murmuro, dándome por vencido con el fregadero de momento y cargando otra bandeja de vasos de pinta.

El lavavajillas industrial eructa vapor como un dragón con indigestión. Los ojos me lloran donde el calor y el agotamiento se encuentran a medio camino. Mi camiseta de PBU Hockey —la que llevo como una armadura para recordarme que soy alguien— se me pega al pecho empapada de sudor.

Ocho cincuenta la hora. Sin propinas para la mano de obra mientras Derek se embolsa todo.

Un estruendo retumba desde la sala principal. A través de la ventanilla de servicio, veo a un imbécil con camiseta de los Patriots de pie sobre una constelación de vidrio roto. Por supuesto que es fan de los Patriots, porque el universo tiene un guion y este tío lo está bordando.

—¡Ivy League! —ladra Derek—. ¡Limpia eso!

Agarro el cubo de la fregona y salgo. —Ahora mismo lo recojo —digo.

Cuarenta y siete horas al mes comiendo mierda con una sonrisa. Cuatrocientos dólares del bar. Más o menos lo mismo de las pizzas y de la beca. Y puede que me llegue para el alquiler, los suministros y alimentarme a base de ramen instantáneo.

Mientras friego, florecen tres desastres más.

Una despedida de soltero metiéndose chupitos como si fueran refrescos.

Una pareja junto a las mesas de billar manteniendo una pelea susurrada que es básicamente entretenimiento gratuito para el bar.

Y, desde el baño de mujeres, llega esa sinfonía especial del alcohol encontrándose con la porcelana.

Me retiro a mi fortaleza de agua sucia, con las manos en carne viva por el desengrasante industrial.

Las grietas entre mis dedos dejan escapar hilos rosados entre la espuma.

Y, cuando termino con eso y paso a la basura, la bolsa pesa lo suficiente como para poner a prueba mi forma física de jugador de hockey mientras la arrastro al contenedor.

Donde detona como una granada de basura cuando intento meterla dentro.

El contenido se desparrama por todas partes —guarniciones viejas, colillas, misterios que Sanidad no necesita conocer— y un líquido frío y viscoso me empapa los vaqueros y me cala los zapatos... los que tienen que durarme hasta primavera porque unos nuevos no van a caer.

—Joder, la puta... —Mi voz rebota contra las paredes del callejón. Un gato tuerto se materializa de detrás del contenedor, bufando—. Perdona, Cíclope. No quería interrumpir tu cena con estrella Michelin. Deja sitio para el postre, que creo que por aquí hay medio palito de mozzarella.

El gato parpadea con su único ojo, nada impresionado con mi intento de conversación.

Con un suspiro, vuelvo adentro, donde Derek me hace un gesto. —Hay que cambiar los barriles del sótano. El de Bud Light se ha acabado.

—Eso es trabajo de dos personas —señalo, sabiendo que es inútil—. Ya sabes, lesiones de columna, baja laboral...

Resopla. —Tú juegas a hockey. Todos esos músculos tienen que servir para algo aparte de ocupar espacio.

—Lo que tú digas, jefe —digo, con toda la alegría que puedo reunir, porque necesito la paga—. Usaré mi columna lista para la NHL como carretilla elevadora.

Si detecta el sarcasmo, no reacciona, y bajo a por el barril. La espalda baja me grita mientras lo muevo —no el ardor bueno del peso muerto, sino el dolor agudo de veinte horas sin dormir— y cada músculo amenaza con amotinarse. Aun así, arrastro el barril escaleras arriba a base de puro despecho.

—Has tardado lo tuyo —murmura Derek cuando reaparezco.

Ocho cincuenta la hora por hacer el casting para una hernia discal.

Con Derek ahora conectando el barril —menudo tío— ataco la siguiente bandeja de vasos con una violencia normalmente reservada para los defensas rivales.

Pero un vaso se astilla, agrietándose en mi mano como una telaraña, y la sangre se extiende por la espuma del jabón, rojo oscuro mezclándose con espuma gris.

—¡Te lo descuento de la paga! —grita Derek por encima de la música.

¿De la que ya está gastada en tres dimensiones distintas?

Me envuelvo el corte con una servilleta del bar —primeros auxilios de primera categoría— y me sumerjo de nuevo en un agua sucia que escuece como una traición personal.

Unas chicas pasan tambaleándose hacia el baño en fila de conga borracha, la del medio llorando por alguien llamado Brad, y la de la izquierda lleva una camiseta de PBU Hockey.

Mi número, estirado sobre su espalda.

No registra mi existencia.

¿Por qué iba a hacerlo?

Soy mobiliario que se mueve.

No el tío cuyo nombre probablemente gritó cuando la metí por entre las piernas del portero de Vermont, y cuyo nombre probablemente gritaría en la cama si le invitase a unas copas en un bar mucho mejor que este.

Si pudiera permitirme invitar a copas. Así que, en vez de eso, estoy limpiando su pintalabios de un vaso.

Bienvenido al fondo. Población: yo.

El frío no existe al amanecer; solo grados de puta miseria.

El aire de la pista me atraviesa el equipamiento como un cuchillo, y cada respiración se cristaliza en esquirlas de hielo en mis pulmones.

La garganta me arde con sabor a cobre, y los fluorescentes taladran unos ojos que se cerraron hace quizá cuatro horas y se abrieron de nuevo veinte minutos antes del entrenamiento.

Parezco un cadáver, y patino peor.

Mientras mis piernas bombean en piloto automático —el cerebro se desconectó en algún punto entre fregar vómito de cerveza a las tres y correr al entrenamiento a las ocho y media— el hielo sisea bajo mis cuchillas.

Normalmente se siente como un hogar, pero hoy se siente ajeno, y todos los demás sobre el hielo me dan vueltas.

Impostor. Fraude. Todos lo saben.

El entrenador pita y ordena un ejercicio de esquina. Para mí debería ser automático, pero pillo mal un canto y me voy al suelo. El hombro se lo come primero, y el impacto me recorre los huesos. Notas altas del hombro, línea de bajo de las costillas, y el coro urgente de levántate antes de que⁠—

—¡Hamilton! ¿Qué te pasa?

El ladrido del entrenador Pearson lo corta todo.

Después de dejar la cabeza apoyada en el hielo un segundo, el frío sacudiendo mi cuerpo agotado como un chupito de espresso, me levanto como puedo, con virutas de hielo pegadas a la camiseta.

La sonrisa que fuerzo probablemente parece más un rigor mortis incipiente, pero tengo una reputación que mantener.

—Control de calidad, Coach —murmuro—. Tengo que asegurarme de que es reglamen...

—Ahórratelo. —Su voz me dice que se le acaba la paciencia—. Haz el ejercicio o lárgate de mi hielo.

Veinte pares de ojos me diseccionan con precisión quirúrgica. Hasta Rook mantiene la boca cerrada, y el puto apocalipsis está cerca cuando James Fitzgerald deja de vacilar. El silencio es prácticamente un grito: Maine Hamilton, el payaso del equipo, muriéndose sobre el hielo.

Siguiente ejercicio, ataque de tres contra dos.

Pan comido. Mike me pasa en el centro, y durante medio latido, todo cristaliza.

La camiseta de Schmidt brilla en mi visión periférica.

El defensa se compromete, el carril de tiro se abre de par en par.

Esto es mi casa. Aquí es donde Maine Hamilton arrasa.

La jugada es perfecta, pero el tiro se va.

—¡HAMILTON! —El hielo en la voz del entrenador podría acabar con el calentamiento global. Sus cuchillas me rocían las espinillas con metralla helada mientras se acerca—. ¿Resaca o simplemente pasando del tema?

La acusación quema peor que una congelación.

Pearson no grita, pero ahí está el padre de Sophie, el señor Gajos de Naranja, poniéndose en plan sargento instructor conmigo mientras los chicos presencian mi funeral.

El broche perfecto a lo que ha sido un día, una semana, un mes de mierda. .. varios meses.

—No, Coach, yo...

—Ahórrate las excusas. Suicidios. Ya. El resto, a trabajar.

Suicidios. El ejercicio diseñado para hacerte vomitar, desmayarte o replantearte tus decisiones vitales en el mejor de los casos.

Pero con cuatro horas de sueño y una barrita de cereales rancia, esto va a ser puta poesía.

Me dirijo a la línea de gol, consciente de que los chicos me observan de reojo mientras siguen entrenando.