Dos #2
Abro un ojo a la fuerza, arrepintiéndome al instante de cada decisión vital que me trajo a este momento mientras la habitación hace piruetas.
Mi dormitorio parece CSI: Malas Decisiones —ropa esparcida como marcadores de evidencia, una botella de vino vacía montando guardia en mi mesita de noche como un padre decepcionado, y eso es. ..
Sí, eso es sin duda el sostén de alguien haciendo de helicóptero en mi ventilador de techo.
No es mío, lo que significa que alguien se fue a casa con las tetas jugando al Marco Polo.
Mientras la sección de percusión en mi cráneo marca el compás de mi pulso, me incorporo a la vertical con el estómago protestando.
El espejo de cuerpo entero frente a mi cama refleja una obra maestra de malas decisiones: rímel corrido bajo los ojos, pelo que podría solicitar ayuda federal por desastre natural, y. ..
—¿Pero qué mierda? —digo.
Hay un chupetón floreciendo en mi clavícula como un trofeo de participación.
—¿Pero quién mierda?
Él. Cierto.
¿Tyler? ¿Taylor? ¿Tanner?
Empezaba con T, seguro. O quizá con D.
El departamento más allá de la puerta de mi dormitorio mantiene un silencio inquietante, y solo espero que todos hayan llegado bien a sus casas, porque lo único peor que esta resaca sería esta resaca con compañía.
Salgo arrastrando los pies a la sala y me quedo tan tiesa que podría hacer de cadáver en la facultad de medicina.
Guau.
Parece que varias fraternidades tuvieron una orgía, se quedaron embarazadas y parieron este desastre en mi sala. Hay vasos rojos por todas partes, la mesa de centro tiene una capa de... algo reseco, y cuando avanzo para contemplar el panorama, mi pie descalzo descubre algo húmedo y viscoso.
Después llega el olor —un bouquet complejo de cerveza rancia, vapeo y colonia barata.
Además, alguien claramente le ofreció un sacrificio al dios de porcelana en algún lugar, porque lo huelo acechando bajo todo lo demás como un depredador esperando a abalanzarse cuando mi reflejo nauseoso menos se lo espere.
Esta es tu rebelión , me recuerdo, sacando una bolsa de basura de debajo del fregadero. Tu enorme dedo medio a los brunch de champán de Chestnut Hills.
Empiezo a limpiar —recogiendo vasos, limpiando superficies, abriendo ventanas— satisfecha sabiendo que a mis padres les daría un paro si presenciaran esto, que era en parte el objetivo.
Mis esfuerzos por maximizar el rendimiento negativo que represento en su cartera de inversiones parental rindieron dividendos.
Cuando lo peor de la basura está embolsado, decido que mi cabeza está lo bastante despejada para bajar el sostén del ventilador.
Arrastro una silla de la cocina a mi cuarto y me subo, la habitación bailando el chachachá mientras me tambaleo, y estoy a punto de liberar el sostén cuando mi teléfono empieza a gritarme.
La pantalla se ilumina como un temporizador de bomba: PADRE.
Se me hiela la sangre en las venas. Casi nunca llama, pero los fines de semana jamás llama.
Los fines de semana son para el golf en el club donde las membresías cuestan más que la facultad de medicina y para galas benéficas donde discuten cómo ayudar a «los menos afortunados» sin tener que verlos de verdad. A menos que...
Lo sabe.
Quizá podría simplemente... no contestar.
Podría decir que estaba en la biblioteca.
.. en coma... descomponiéndome en un contenedor de basura.
Dudo que le importara de todas formas. Pero ignorar al Dr. Robert Hayes solo acumula intereses sobre tu sufrimiento, la decepción creciendo como una masa informe hasta que no cabe por la puerta.
Así que, con un suspiro, bajo de la silla y contesto.
Y habla antes de que pueda decir una palabra.
—Tengo el extracto de tu tarjeta de crédito abierto en mi pantalla, Maya.
Ningún saludo —ningún «cómo está mi hija» ni nada parecido—, directo a la acusación. Me lo imagino en su estudio, el extracto desplegado en su monitor como evidencia condenatoria en un juicio por asesinato, como si el dinero fuera a suponer la más mínima diferencia en su vida.
—Bien, yo...
Me corta, leyendo cada cargo como si estuviera presentando los síntomas de un diagnóstico terminal.
Cada palabra aterriza como una incisión de bisturí —precisa, estéril, diseñada para causar el máximo daño con el mínimo trauma visible— así que lo dejo seguir, poniendo los ojos en blanco con cada partida y sonriendo con sorna ante más de unas cuantas.
—¿Así es como decides desangrar mi dinero? —El asco en su voz podría esterilizar instrumental quirúrgico—. ¿En excesos bacanales?
Bacanales.
Pongo los ojos tan en blanco que me veo el cerebro.
Típico de él soltar referencias a la antigua Roma.
Como si organizar una fiesta para estudiantes de enfermería ahogados en préstamos estudiantiles y angustia existencial equivaliera a dirigir un fumadero de opio victoriano cruzado con un burdel de muy mala muerte.
—Papá, solo fue...
—Una vergüenza. —Bisecciona mi explicación con precisión quirúrgica, la técnica que ha perfeccionado durante veintitrés años de no dejar jamás a su hija terminar una puta frase—. Veintitrés años y todavía comportándote como una estudiante de primero.
—En mi defensa...
—Tus hermanos están montando sus consultas, estableciéndose como miembros productivos de la sociedad, ocupando su lugar en los círculos correctos con la gente adecuada, y tú.
.. ¿qué? —Suspira—. ¿Organizando fiestas de barril como una presidenta de hermandad de alguna universidad pública? ¿Estudiando enfermería?
De repente, todos los que-te-jodan que he ensayado en la ducha durante los últimos años, mientras me restregaba sangre y fluidos corporales de turnos de doce horas del pelo, se evaporan. Tengo quince años otra vez, de pie en su despacho mientras él cataloga mis fracasos por orden alfabético.
—Mantengo un promedio de 3,9.
—El rendimiento académico nunca fue tu deficiencia, Maya. El carácter y la toma de decisiones son los problemas. —Hay una larga pausa—. Y tu madre y yo hemos decidido que seguir posibilitando este estilo de vida con la esperanza de que algún día madures ya no es sostenible.
La bomba da justo en el blanco.
Respira.
Habla como si me estuviera inyectando cocaína y vodka en vena.
Como si fuera un delito desahogarse después de sostenerle la mano a alguien mientras se le para el corazón, después de limpiar cada fluido que el cuerpo humano puede producir, o después de ver cómo le da un paro a un niño de seis años porque la vida es así de jodidamente graciosa.
—Tu tarjeta de crédito ha sido cancelada, con efecto inmediato.
Las rodillas se me doblan y me agarro a la encimera con los nudillos blancos para no caerme.
No. Mierda, no. Mierda, mierda, mierdísima mierda...
—Además —su voz se endurece—, no vamos a renovar tu contrato de alquiler. Tienes treinta días para conseguir alojamiento alternativo.
La línea se corta.
Me quedo ahí de pie, el teléfono todavía pegado a la oreja, escuchando el sonido de mi respiración haciendo una imitación pasable de un respirador agonizante.
A mi alrededor, el departamento —mi departamento por treinta amaneceres más— de repente me hace sentir como una intrusa en mi propia existencia.
Treinta días.
El número da vueltas en mi cerebro. Treinta días para encontrar techo sin dinero y sin trabajo. Treinta días para descifrar cómo los civiles sin fondo fiduciario navegan por el capitalismo. Treinta días para aprender habilidades como «pagar la compra» y «no morir a la intemperie».
Treinta días antes de quedarme...
Sin hogar.
Maya Hayes, hija de la dinastía médica de Boston, dueña de más La Perla que una boutique, está a punto de quedarse catastrófica, innegable, durmiendo-en-una-caja-de-cartón sin techo.
Mis piernas presentan su renuncia ante la idea, y me deslizo por el mueble de cocina hasta que mi culo da con la alfombra.
Anoche era invencible. Decidida a cabrear a mis padres y orquestar caos hedonista para mis amigos. La que podía ayudarlos a escapar de su realidad de ramen para cenar y su terror por las residencias, aunque fuera por una sola noche. Y cumplí la misión.
Pero, esta mañana, soy solo otra estudiante de posgrado sin un centavo y con un chupetón.