Dos
MAYA
Perfecto.
Me giro hacia la fiesta, que está en pleno auge, contenta de haberle deslizado cien dólares al conserje del edificio para mantener a los vecinos y a la policía lejos de mi culo hasta las tres de la madrugada.
Tres años de práctica me han enseñado exactamente dónde está el límite, y yo bailo sobre él en Louboutins.
—¡Maya! ¡Esta fiesta es legendaria! —Kelsey, de la rotación clínica, grita por encima de la música—. ¿Cómo haces siempre para...?
—Talento natural —miento, levantando mi vaso rojo en un saludo burlón—. Dylan, del equipo de fútbol americano, estaba preguntando por ti.
Me sonríe radiante, emite una especie de sonido feliz y se va a buscarlo. Lo que no sabe es que hace cinco minutos le dije a Dylan que ella estaba preguntando por él: la titiritera manipulando los hilos para juntar a dos personas geniales.
Continúo mi ronda, dando sorbos a mi bebida, achispada pero no lo bastante borracha como para poner en riesgo mi control de este hermoso desastre. Alguien tiene que mantenerse lo suficientemente lúcida para garantizar el máximo caos del que mis amigos hablarán durante meses.
Cuando vuelvo a la sala, descubro que los cuerpos están generando su propio sistema climático. La temperatura ha pasado de «incómoda» a «experiencia auténtica de discoteca», incluyendo esa niebla particular de sudor, perfume de diseñador y tensión sexual que convierte la seda en una segunda piel.
Y no son solo mis invitados los que lo sienten.
Mi vestido se me pega en los lugares menos indicados, y Tyler —o posiblemente Taylor— del laboratorio de anatomía parece apreciar las vistas mientras intenta abrirse paso hacia mí entre la multitud. Sus manos pegajosas de cerveza buscan mi cintura y solo encuentran aire y actitud.
—¡Maya, ven a bailar! —farfulla.
—¿Luego? —Me alejo girando con una sonrisa que promete todo y no cumple nada.
En la cocina, encuentro a los futuros profesionales de la salud realizando un estudio improvisado sobre tasas de absorción de etanol.
Jessica —la primera de nuestra promoción, y también irritantemente guapa— está dejando que un estudiante de ingeniería le haga un body shot, todo en nombre de la ciencia.
—Te saltaste la clavícula —observo, ajustando la colocación de la sal sobre Jessica—. La escotadura suprasternal ofrece mejor soporte estructural para el líquido.
Observo mientras el de ingeniería completa su tarea —sal, tequila, limón— y cuando Jessica lo rodea con los brazos y lo besa, saboreando el tequila y el limón y la sal que hace un momento estaban sobre su cuerpo, el afortunado parece haber descubierto a Dios.
Me río, contemplando la encimera de mármol, que ahora parece un cuadro de Jackson Pollock. Por desgracia, mi madre no verá ese daño hasta que venga de visita. O sea, hacia 2037, pero mientras tanto tendré que conformarme con imaginarla leyendo el extracto de su tarjeta de crédito.
Vintners & Vines: 847,23 dólares. Pausa. Tic sutil en el ojo.
Campus Liquor Mart: 623,50 dólares. Pausa más larga. Tensión muscular en el masetero.
Jim's DJ Equipment Rental: 450 dólares. Punto final. Hora de llamar al médico.
—¡...necesitamos más hielo! —Sophie se materializa a mi lado durante un raro momento de calma.
Me giro y le sonrío, pero luego mi sonrisa se convierte en ceño fruncido, porque está sujetando lo que reconozco como su bebida emblemática de «sí estoy bebiendo»: refresco con una dosis homeopática de vodka.
Me hace sentir que todos los años que he pasado empujándola hacia el caos y el desenfreno fueron en vano.
Y culpo a Mike.
Lo que empezó como un polvo de una noche con un dios del hockey buenísimo se convirtió en una relación que ya lleva cinco meses y va para largo, y que no solo la ha vuelto más hogareña —si es que eso era posible— sino que también la ha hecho asquerosamente feliz.
Y, aunque me alegro por lo segundo, lo primero es un bajón.
—¿Te diviertes? —le pregunto, envolviéndola en un abrazo que espero le transfiera algo de mi energía caótica.
Como siempre, pone esa cara donde la preocupación y la admiración se pelean por el control.
—¿Cómo estás pagando todo esto? Acabo de ver el recibo de...
—Financiación creativa. —Me encojo de hombros y le pongo una bebida nueva en las manos para cortar el interrogatorio—. ¿Dónde está Mike? ¿Siendo responsable?
Su cara se transforma al oír su nombre —esa luminiscencia particular de las mujeres que han encontrado a su persona, la que ve más allá de su fachada y elige quedarse de todos modos— y adoro cada cambio microscópico en sus rasgos, porque si hay una mujer en Pine Barren que merece ser feliz, es ella.
—Cosas del equipo. —Sonríe—. Dijo que te mandara saludos, y que quizá se pase más tarde si puede...
Un movimiento en mi visión periférica me distrae de Sophie: una pareja tambaleándose hacia mi dormitorio con intención inconfundible.
—¡Ni de broma! —Los intercepto con la eficiencia de alguien que ha bloqueado esta jugada concreta una docena de veces esta noche—. ¡No, no, no, no!
El chico empieza a protestar.
—Vamos, solo...
—Déjenme explicarles algo. —Mi sonrisa podría grabar cristal—.
Detrás de la puerta de mi dormitorio hay lava, en lo que a ustedes respecta.
En lo que a mí respecta, hay una funda nórdica de Frette que costó más que su matrícula.
Y si le ponen encima cualquier fluido corporal, voy a hacer que los años que les quedan en Pine Barren sean socialmente radiactivos. ¿Queda claro?
Se retiran hacia el balcón.
—Eres terrorífica —observa Sophie.
—Es un don —digo, y entonces noto que me está mirando de cierta manera—. ¿Qué?
—Nada. Es que... pareces... extra esta noche.
Extra.
Como si fuera un pedido de café.
Como si toda mi existencia pudiera reducirse a un adjetivo.
Soy extra porque lo normal no bastaba para captar su atención.
Porque ser la primera de la clase en Chesterson Prep significaba que simplemente cumplía con las expectativas.
Porque elegir enfermería en lugar de derecho se consideró un defecto de carácter en vez de carácter de verdad.
Porque, según mi padre, no estoy perpetuando la tradición Hayes como mis hermanos, como si el estreñimiento emocional fuera un rasgo hereditario deseable.
—¿Maya? —La mano de Sophie en mi brazo me quema a través de la seda de diseñador—. ¿Todo bien?
—Dijiste que necesitamos más hielo. —Me aparto con otra risa perfectamente calibrada—. El Grey Goose no puede estar tibio.
Escapo antes de que pueda insistir, navegando por mi departamento como una general inspeccionando una carnicería exitosa. La pantalla plana que compré con la tarjeta de «solo para gastos de emergencia» de papi muestra videos musicales que harían que mi madre se agarrara las perlas.
Dos jugadores de fútbol americano se encaran junto a mi equipo de sonido, todo testosterona y nada de sentido común. Uno exige más hip-hop, el otro insiste con house. Una chica de primero revolotea entre ellos con esa clase de desesperación que me produce simpatía y asco a partes iguales.
—Caballeros. —Me deslizo entre sus moles, sabiendo que los dos van a ceder—. Están equivocados los dos. Lo que esta fiesta necesita son clásicos.
Pongo Talk y veo cómo doscientos veinteañeros borrachos se transforman en coquetos adolescentes de diecisiete. Los de fútbol americano dejan de pavonearse y empiezan a restregarse lentamente. La chica de primero me mira como si le hubiera leído la mente, deseando poder leer la mía.
—¿Cómo haces eso? —pregunta.
Sonrío.
—Práctica.
No menciono los años estudiando dinámicas de grupo como si fuera una habilidad de supervivencia.
Cómo leer el ambiente se volvió necesario cuando expresar emociones reales se consideraba de mal gusto.
Cómo las cenas familiares eran una pelea a cuchillo.
Cómo aprendí a ser quien la gente necesitaba que fuera porque ser yo misma nunca fue del todo suficiente.
Alguien tiene que hacerlo.
Las palabras de mi padre, pronunciadas con precisión quirúrgica cuando anuncié mi carrera de enfermería, demostrando de una vez por todas que yo no era suficiente.
Ni un «estoy orgulloso de ti» ni un «sigue tus sueños», solo el reconocimiento de que alguien, en algún lugar, tiene que encargarse de las realidades sucias de la existencia humana.
Solo que, preferiblemente, no su hija.
Con el cambio de canción, los cuerpos se mueven con esa clase de alegría desinhibida que yo solo puedo imitar.
Incluso aquí, organizando la fiesta de la que todos hablarán mañana, estoy actuando.
Soy la arquitecta social, la coordinadora del caos, la chica que hace todo más divertido con solo aparecer.
Es agotador ser la diversión de todo el mundo.
Pero es mejor que no ser absolutamente nadie.
La fiesta sigue girando, alimentada por rencor y licor de primera.
Mañana me pondré el uniforme sanitario y seré competente y profesional y todo lo que aprobarían si consideraran la enfermería digna de aprobación.
Mañana lidiaré con mierda literal con más gracia de la que ellos lidian con la honestidad emocional.
Pero ahora, levanto mi vodka con arándano —medido con precisión— en tributo a la cristalería de lujo que acaba de morir por mis pecados.
—Por las malas decisiones —brindo al vacío.
—Y las tarjetas de crédito que las hacen posibles —añade Sophie, apareciendo con su habilidad característica de estar presente en mis peores momentos.
Enlaza su brazo con el mío, y por un solo segundo, se me cae la fachada.
Y, por un solo segundo, soy solo Maya.
La reina de su propio hermoso desastre.
No me acuerdo de su nombre.
El pensamiento detona en mi resaca, arrancándome del vacío misericordioso hacia un mundo que huele a arrepentimiento.
Mi boca es un cementerio donde el tequila fue a morir —metálico y raro— y ya sé que la luz de la mañana está lista para practicarme cirugía láser en las retinas en cuanto abra los ojos.