Capítulo 30
treinta
MIKE
El agua caliente taladra los puntos exactos donde mis músculos se han anudado en rebelión.
Cada chorro encuentra su objetivo, trabajando el tejido con presión implacable.
Las diez de la noche de un martes, después de una sesión intensiva de estudio seguida de día de piernas y ejercicios de patinaje.
Echo la cabeza hacia atrás, el agua cayéndome en los ojos.
El lugar resuena con ese vacío particular de las noches tardías: solo yo, el conserje nocturno que a estas alturas seguro está dormido en su oficina, y las almas en pena que rondan las instalaciones de División I.
Probablemente algún pobre novato que murió haciendo su burpee número quinientos.
Genial. Un fantasma que va a criticar mi técnica.
La puerta del vestuario chirría al abrirse, las bisagras protestando.
—Puta madre —susurro. A lo mejor sí que es el Chico Burpee que viene a vengarse.
El silencio se extiende. Resoplo ante mi propia paranoia y agarro el champú, pero entonces vuelvo a oír esos pasos. El bote se me escurre entre los dedos y rebota contra las baldosas con un chasquido que resuena. Me estoy agachando a recogerlo cuando la puerta de mi ducha se abre de par en par.
Sophie.
Sin nada encima excepto determinación y una toalla.
—¿Qué estás…?
Cuelga la toalla en el gancho de la puerta con la misma concentración que dedica a las rotaciones clínicas y se mete bajo el chorro.
El agua le oscurece el pelo rubio al instante, creando riachuelos que le trazan la clavícula, el valle entre los pechos, la suave curva de la cadera.
Mi cerebro agotado se reinicia de golpe.
—Hola —dice, tan tranquila como si fuera a por café un domingo por la mañana.
—Sophie… —La palabra me sale estrangulada cuando me rodea con los brazos.
—Me mandaste un mensaje diciendo que estarías en el gimnasio hasta tarde. —Las yemas de sus dedos me encuentran los abdominales—. Así que…
—Considérame sorprendido. —Mi voz baja una octava—. ¿Cómo has…?
—Tengo mis métodos. —Se pone de puntillas y me besa—. ¿Alguna queja?
En vez de contestar, la hago retroceder hasta que las baldosas le tocan los omóplatos.
El beso sabe a su bálsamo labial de cereza mezclado con vapor y algo eléctrico que salta entre nosotros cada vez que chocamos.
Murmura su aprobación contra mi boca, rodeándome el cuello con los brazos, alzándose contra mí.
—Te echaba de menos —murmuro contra su boca.
—Literalmente me viste hace seis horas.
—Seis horas de más.
Su risa rebota en las paredes, amplificada.
—Hombre ridículo.
—Dice la mujer que está cometiendo allanamiento.
—La puerta estaba abierta. Yo…
Le silencio la defensa legal con otro beso, enredando los dedos en sus mechones mojados mientras mi otra mano le agarra la cadera. Me atrapa el labio inferior entre los dientes, aplica la presión justa para hacerme gemir, y luego alivia el escozor con la lengua.
Esta mujer va a ser mi perdición total. Antes de que pueda dominarme por completo, caigo de rodillas sobre las baldosas implacables y le engancho la pierna sobre mi hombro en un solo movimiento fluido.
Empiezo despacio, aprendiéndola con la lengua mientras ella lucha por agarrarse a las paredes resbaladizas.
—Oh, Dios… —Su mano vuela a taparse la boca.
—Shh, nena. A no ser que quieras compañía.
Me concentro en llevarla cada vez más arriba, leyendo cada espasmo y cada jadeo. Cuando le deslizo dos dedos dentro, todo su cuerpo se arquea. Los curvo justo así, encontrando ese punto que le hace temblar los muslos mientras mi lengua mantiene presión constante sobre su clítoris.
—Mike, por favor, yo…
Sus músculos se tensan, se sueltan, se tensan otra vez mientras el orgasmo la recorre.
La guío por cada ola, ajustando la presión mientras ella agota las réplicas.
Cuando me levanto, con las rodillas protestando, inmediatamente aplasta su boca contra la mía.
El hambre en su beso me hace palpitar la polla casi dolorosamente.
—Dentro de mí —jadea contra mis labios—. Te necesito dentro de mí. Ya.
—Sophie, no tengo nada encima.
Sus manos me enmarcan la cara, forzando el contacto visual.
—Anticonceptivos. Analítica hecha. ¿Tú?
—Justo antes de nuestra primera noche. Nadie desde entonces.
—Entonces quiero sentirte. —Su sonrisa se vuelve tierna—. Solo a ti.
Madre mía.
—¿Estás segura? —digo.
Como respuesta, me guía hasta su entrada, ya húmeda y lista. Y el momento del primer contacto sin nada entre nosotros envía electricidad disparada por mi columna, cada terminación nerviosa activándose a la vez.
—Joder. —La palabra se me escapa en una exhalación.
—Esa es la idea —dice, pero su voz tiembla, delatando cuánto le afecta.
Avanzo despacio, observando las emociones cruzarle la cara: placer, vulnerabilidad, confianza absoluta.
Y sin barreras, cada sensación se multiplica.
Por primera vez, siento su calor, la presión perfecta de sus músculos, la forma en que pulsa a mi alrededor.
Me detengo a medio camino, respirando con dificultad, abrumado.
—¿Bien? —susurra, las uñas trazándome los hombros.
—Es increíble lo que siento. Dame un segundo o voy a…
Se contrae a mi alrededor a propósito.
—Sophie. —Advertencia en mi voz.
—Muévete. Por favor. Necesito que te muevas.
Me retiro y embisto a fondo. Los dos gemimos, demasiado alto para la discreción pero sin importarnos ya, y el ángulo la hace jadear con cada embestida.
Le levanto la otra pierna, sosteniendo todo su peso mientras la clavo contra la pared.
La nueva posición le arranca un grito que apenas amortigua contra mi hombro, y me hundo más.
—Shh, Soph. No nos pueden pillar ahora.
—No puedo—ahí—oh—
Se aprieta a mi alrededor, cerca ya. Cuelo una mano entre nosotros para dibujar círculos sobre su clítoris y eso la lleva al límite: su cuerpo se bloquea alrededor del mío mientras el placer la sacude entera.
La sensación de ella pulsando desnuda a mi alrededor, la intimidad de no tener nada entre nosotros, me arrastra con ella.
Entierro la cara en su cuello mientras me derramo dentro de ella.
Su risa sin aliento vibra contra mi pecho.
—¿Qué? —Le bajo las piernas con cuidado.
—Solo pensaba que hemos redefinido «recuperación post-gimnasio».
—La vuelta a la calma más efectiva de mi vida.
—Tu fisioterapeuta no estaría de acuerdo.
—Merece la bronca. —Le aparto el pelo mojado de la cara—. Otra primera vez para los dos.
—Me ha gustado.
Coge el gel de ducha, pero me sorprende al hacer espuma entre las palmas y empezar por mi pecho. Nadie me ha lavado nunca después del sexo, y la intimidad del gesto me pilla desprevenido. Sus manos trabajan metódicamente, masajeando los músculos doloridos a su paso.
—Puedo hacerlo yo —protesto sin mucha convicción.
—Lo sé. —Sus manos bajan, rozando mi polla agotada—. Quiero hacerlo.
Se toma su tiempo con cada grupo muscular, los dedos encontrando cada nudo. Gimo cuando me trabaja un punto especialmente tenso de la espalda, y cuando termina, la excitación se reaviva a pesar de nuestras actividades recientes.
—Sophie…
—Mike. —Sonríe, el agua cayendo a nuestro alrededor—. Necesito decirte algo.
Me da un vuelco el estómago. Esas palabras son el anticipo de la ruptura.
—Vale…
—He estado pensando. Sobre nosotros. Sobre lo que es esto.
Cierro el agua y agarro las toallas.
—¿Y?
—Y yo… —Se detiene, cuadra los hombros—. ¿Por qué es tan difícil?
—Eh. —Le acuno la cara, inclinándosela hacia arriba—. Sea lo que sea, dímelo. Aunque hayas decidido que esto fue un error, o necesites espacio, o…
—Te quiero.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros, casi visibles en el vapor. Mi cerebro tartamudea, procesa, confirma que no acaba de dejarnos después del sexo alucinante en la ducha, sino que ha soltado todo lo contrario. Exactamente lo contrario.
—Sophie…
—Te quiero. Amor completo, aterrador, de no-puedo-dejar-de-pensar-en-ti.
El pecho se me queda pequeño, las costillas amenazando con partirse de lo fuerte que me late el corazón. Estas palabras han vivido en mi garganta durante días, y aquí está ella, lo bastante valiente para decirlas primero en un vestuario que huele a cloro y sudor viejo.
—Di algo —susurra—. Me estás mirando como si te hubiera atropellado al perro.
La beso. No urgente como antes, sino suave, reverente, intentando volcar todo lo que siento a través de la conexión. Y cuando me separo, los dos estamos temblando.
—Yo también te quiero —le digo—. Desde hace tiempo. Llevaba intentando encontrar la forma perfecta de decírtelo.
Toda su cara se transforma.
—¿En serio?
—En serio. Tenía un plan entero. Velas, comida de verdad hecha por mí, quizá algo de música.
—No sabes cocinar.
—Iba a practicar. —La atraigo hacia mí—. Ahora mi plan superromántico ha sido completamente descarrilado por ti.
Se ríe contra mi pecho.
—En un vestuario masculino que probablemente no se ha limpiado a fondo en años.
—Décadas —replico.
Nos quedamos ahí envueltos en toallas y en el otro mientras las luces fluorescentes zumban sobre nuestras cabezas. En algún lugar del edificio, una tubería golpetea en código morse. Es el escenario menos romántico posible, y absolutamente perfecto.
—Probablemente deberíamos huir de la escena —murmura contra mi pecho.
—Probablemente.
A estas alturas, el pelo mojado y la piel de gallina nos obligan a movernos. Nos vestimos rápido: yo con ropa de deporte, Sophie con vaqueros y mi sudadera de Pine Barren Hockey que definitivamente me robó la semana pasada. Pero no me importa, porque a ella le queda más sexy que cualquier lencería.
—Esto es diferente ahora —dice mientras me echo la mochila al hombro—. Decirlo en voz alta.
—¿Diferente cómo?
—¿Más real? ¿Más aterrador?
Lo pienso mientras nos dirigimos a la salida.
—Creo que ya era real.
Entrelaza nuestros dedos en el pasillo vacío.
—¿Cuándo lo supiste?
—¿Que te quería? —El recuerdo aflora con facilidad—. Las jaulas de bateo.
—Tu técnica terapéutica de «violencia contra objetos inanimados».
—Funcionó, ¿no?
—Tu negativa testaruda a dejarme caer en espiral fue lo que funcionó. —Me aprieta la mano—. También tu culo con esos pantalones de béisbol.
—¿Mi personalidad estelar no cuenta para nada?
—Eso también, supongo.
—¿Te quedas a dormir? —La idea de separarnos ahora se siente mal—. Pongo una alarma, hago café, finjo que sé hacer huevos revueltos.
—Tengo prácticas a las seis…
—Pongo tres alarmas. Y tengo esas barritas de proteínas de las que finges que no te comes la mitad de mi reserva.
—Las de pepitas de chocolate apenas son barritas de proteínas. —Bufa—. Son dulces disfrazados.
—¿Y por eso me has arrasado las existencias?
Estudia su coche fijamente.
—Alguien tiene que salvarte de ti mismo.
La acorralo contra la puerta del conductor.
—Qué generosa.
—Soy muy generosa. —Las palabras salen entrecortadas, prometedoras.
—Cuidado. Seguro que hay cámaras aquí fuera.
Echa un vistazo al estacionamiento vacío y luego me mira.
—¿En todas partes?
—Sophie. No.
—No estaba sugiriendo nada…
Pero su sonrisa dice lo contrario, y sé que estoy completamente perdido por esta mujer. Esta mujer brillante, testaruda y sorprendente que me hace querer ser algo más que el tipo cuya vida entera solía ser el hockey.
—Sube al coche —le digo—. Antes de que haga algo que nos expulsen a los dos.
—Promesas, promesas.
Me besa una vez más —rápido pero a conciencia— y se mete en el coche. Mientras la veo alejarse, me doy cuenta de que todo se siente más nítido ahora, más real. El riesgo de todo esto me aterra, pero no lo suficiente como para hacerme huir.
No de ella. Nunca de ella.