Capítulo 28
veintiocho
MIKE
La sala de medicina deportiva me golpea con esa misma combinación nauseabunda —desinfectante de alcohol penetrante mezclado con el olor a látex y goma de la cinta deportiva— a la que me acostumbré el año pasado.
Solo que el año pasado, venir aquí significaba horas machacando ejercicios que me hacían llorar los ojos, las manos cuidadosas del doctor Morges manipulando mi tobillo inútil, la humillación de necesitar ayuda para caminar.
Ahora es solo otro consultorio médico, quizá con mejor equipamiento, y cuando me dejo caer sobre la camilla, el vinilo chirriando bajo mi peso, lo único en lo que puedo pensar es en el mensaje de Sophie brillando en la pantalla de mi teléfono:
Si traes otra caja de Pop-Tarts a casa, voy a organizar una intervención.
Mis pulgares vuelan por la pantalla.
Te encanta. Admítelo.
Tres puntos pulsan de inmediato.
¿Los Pop-Tarts o tú?
La sonrisa se apodera de mi cara antes de que pueda evitarlo.
Los dos, obviamente.
Más puntos bailan en la pantalla.
Los Pop-Tarts están en la cuerda floja. Tú eres… tolerable.
Estoy escribiendo una respuesta cuando el doctor Morges entra, el mismo portapapeles, la misma sonrisa alentadora que me impidió abrir agujeros en las paredes durante lo peor de la rehabilitación.
—¡Mike! —Deja el portapapeles y cruza los brazos—. No cojeas, no vienes con cara de pocos amigos, así que, ¿los extraterrestres secuestraron a mi paciente o qué?
—Muy gracioso. —Me guardo el teléfono—. Solo amenacé con asesinar las bandas elásticas, no a personas reales.
—Las bandas elásticas presentaron una orden de alejamiento. —Me indica que me ponga de pie—. Veamos cómo va ese tobillo.
La rutina se despliega con precisión practicada: equilibrios sobre una pierna que antes me hacían temblar, elevaciones de talón que alguna vez me arrancaron lágrimas que jamás admitiría, ejercicios de resistencia que me hacían querer dejar el hockey para siempre.
Ahora mi tobillo ejecuta cada movimiento con fluidez, casi lucéndose ante su antiguo torturador.
—El rango de movimiento es excelente. —Sus dedos palpan la articulación. Ningún dolor, ni siquiera una punzada—. Sin inflamación, sin compensar. ¿Estás haciendo los ejercicios en casa?
—Todos los días.
Es casi verdad. Los hago cuando me acuerdo.
Cuando mis mañanas no empiezan con el pelo de Sophie desparramado en mi almohada y su mano tibia sobre mi pecho.
Pero él lo deja pasar, tragándose mi mentira, y me pone a hacer saltos y movimientos laterales que el año pasado me habrían dejado sin aliento. Mi cuerpo responde a la perfección.
—La fuerza está mejor que antes de tu lesión. —Suena genuinamente impresionado—. El entrenamiento cruzado realmente dio resultados.
—Sí, ¿quién iba a decir que el yoga me haría mejor defensa? —Me subo de nuevo a la camilla—. Aunque todavía no puedo ponerme el pie detrás de la cabeza.
—Por favor, no lo intentes. —Morges suelta una carcajada larga—. No quiero verte de vuelta aquí.
Acerca su taburete con ruedas, la señal universal de los médicos para las conversaciones serias.
—¿Cómo va la temporada?
—Genial. —La palabra sale demasiado rápida, demasiado brillante—. Llevamos una racha de seis victorias. He tenido al menos un punto en cada partido. Ojeadores en cada partido de local…
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros, huecas y ensayadas.
—Todo eso es muy impresionante. —Inclina la cabeza, esperando—. Pero te pregunté cómo crees tú que va.
La sala de examen se encoge. Las luces fluorescentes zumban más fuerte.
—¿Qué quieres decir? Acabo de decirte…
—El año pasado por estas fechas, me habrías dado porcentajes de tiro desglosados por periodo.
Comparativas de tiempo en hielo. Estadísticas de plus-minus ordenadas por rival.
—Su voz se mantiene suave, curiosa—. Una vez me preguntaste si podías graficar tus métricas de recuperación mientras dormías.
—Era una pregunta legítima.
—No lo era. —Sonríe—. Ahora me estás dando titulares. ¿Qué cambió?
Considero la respuesta. Todo. Nada. El hockey todavía importa —Dios, importa— pero en algún punto del camino, después de conocer a Sophie y estar con ella, los bordes de esa necesidad se han suavizado.
—Cosas de la vida —logro decir al fin—. Equilibrio.
Sus cejas se elevan.
—¿Equilibrio? ¿Tú?
Se ríe, pero hay algo más en su expresión. Orgullo, tal vez.
—La verdad —dice—, un amigo mío dirige un programa de movilidad de élite. Tres sesiones por semana, dos horas cada una, perfecto para alguien que va a ser profesional.
Los números me golpean de lleno. Seis horas por semana.
Más el trayecto. Eso son las noches de películas de los martes con Sophie.
Las sesiones de estudio de los jueves en las que ella lee casos médicos espeluznantes mientras yo juego con su pelo.
Las mañanas de sábado en las que intentamos hacer el desayuno y básicamente solo hacemos un desastre.
Hace seis meses, me habría apuntado antes de que terminara la frase. Habría reestructurado todo, calculado el porcentaje de aumento en mi probabilidad de ser seleccionado en el draft y cuánto más me habría ganado en mi primer contrato en la NHL. Pero ahora…
—¿Puedo pensarlo?
Las palabras nos sorprenden a ambos.
El doctor Morges parpadea, y luego su expresión se suaviza en algo cómplice.
—Por supuesto. —Me observa—. Pareces diferente, Mike. Más tranquilo. Más feliz.
—Retomé la meditación. —La mentira me sale disparada—. Después de que dijiste que la dejé demasiado pronto.
—¿En serio? —Su tono dice que me está siguiendo la corriente, porque sabe que ese experimento duró una semana—. ¿Cómo te va con eso?
—Oh, ya sabes. Muy… meditativo. — ¿Qué demonios es la meditación, de todas formas? —. Mucho respirar. Enfocarse en el presente. ¿Om?
Se ríe de verdad.
—Mike, eres el peor mentiroso que he conocido en mi vida.
—Está bien. Me quedaba dormido. Todas las veces.
—Entonces, ¿qué cambió realmente? —Se recuesta, genuinamente curioso ahora—. Porque algo cambió.
La verdad pesa en mi lengua. ¿Cómo explico que Sophie hace chistes malísimos durante las películas de terror?
¿Que Lea y yo pasamos el fin de semana pasado fracasando espectacularmente en el minigolf?
¿Que los estúpidos retos de Mario Kart de Maine importan tanto como los porcentajes de superioridad numérica?
¿Que las cosas nuevas me emocionan tanto como el hockey?
—¿Recuerdas que dijiste que debería encontrar cosas fuera del hockey? —Mi voz sale más áspera de lo que pretendía—. Pues lo hice. Cerámica, clases de baile, lecturas de poesía, escalada con niños de ocho años. Soy terrible en todo, lo cual es bastante agradable, la verdad.
—No necesitar ser el mejor en todo es crecimiento. —Su aprobación calienta algo en mi pecho—. Eso es enorme para ti.
—Y conocí a alguien —digo, las palabras saliéndome antes de poder detenerlas.
—Ah. —Su sonrisa se vuelve cómplice—. Eso explica lo del teléfono.
—¿Era tan obvio?
—Lo has mirado cuatro veces desde que mencioné el programa de movilidad.
El calor me inunda la cara.
—Tiene un examen la semana que viene. La estoy… apoyando.
—Seguro que es solo eso. —Pero sus ojos son amables—. Mike, he trabajado con cientos de atletas. Los que perduran, los que tienen carreras y vidas de las que están orgullosos, descubren que hay más en la vida que su deporte, y que no tiene nada de malo ser feliz.
—Pero ¿y si enfocarme en otras cosas significa que pierdo mi oportunidad? —El miedo que llevo semanas tragándome se desborda—. ¿Y si estoy sacrificando la NHL por…?
—¿Por la felicidad? —Se pone de pie—. Déjame preguntarte algo. Si solo pudieras tener una cosa, la NHL o esta vida que estás construyendo, ¿cuál elegirías?
La respuesta debería ser automática. El hockey ha sido mi religión desde que pude sostener un palo. La NHL no es solo un sueño; es el único sueño que alguna vez importó. Pero, como la noche en el bar con Maine, de repente no se siente como todo lo que quiero.
En cambio, pienso en Sophie robándome el café esta mañana, y en lo ofendido que estuve por la cantidad de azúcar que le echó.
En su baile de victoria cuando por fin entendió algún concepto complicado de enfermería.
En despertar emocionado por razones que no tienen nada que ver con tiempo en hielo o informes de ojeadores.
—No lo sé. —Reconocerlo arranca algo dentro de mí—. Ahora no.
—Bien. —Me palmea el hombro—. ¿El hecho de que ya no sea automático? Eso se llama madurar, Mike. Sigue haciendo tus ejercicios, sigue jugando con todo, y sigue haciendo tiempo para lo que sea que te está poniendo esa sonrisa en la cara. Lo demás se resolverá solo.
Me bajo de la camilla y me acompaña a la puerta, terapia física barra mental terminada por hoy. Y cuando estoy afuera, mi mente da vueltas a las implicaciones de esa pregunta.
El viejo Mike tenía una sola configuración: hockey. Cada decisión pasaba por el filtro de cómo afectaba mi juego, mis estadísticas, mi oportunidad de llegar a profesional.
Este Mike: está calculando si seis horas de entrenamiento de movilidad compensan perder tiempo con Sophie.
Y, justo en ese momento, mi teléfono suena cuando empujo las puertas de salida. El nombre de Sophie ilumina la pantalla.
—Creía que estábamos escribiéndonos —contesto, ya sonriendo.
—Así era, pero luego me di cuenta de que necesitaba oír tu voz para transmitir mi horror como es debido. —Su respiración es rápida, de pánico, no de esfuerzo—. Maya acaba de informarme de que hay un evento social obligatorio de la escuela de enfermería el viernes que viene. Con baile, Mike.
—¿Y?
—Pues que no bailo. Especialmente no bailo delante de los profesores que me califican. —Su voz sube de tono—. Es un desastre.
El pánico en su voz me aprieta algo en el pecho.
—Podría ir contigo. Si quieres.
—¿A mi evento social de la escuela de enfermería?
—Claro. Seré tu protección antidanza. Si alguien intenta hacerte bailar, lo reto a un duelo de baile.
—Es el peor plan que he escuchado en mi vida. —Hace una pausa, y su voz se suaviza—. ¿De verdad vendrías a un aburrido evento de enfermería por mí?
—Sophie, haría cosas mucho más vergonzosas que colarme en un evento social de enfermería por ti.
Su risa llena el estacionamiento, brillante y real.
—OK. El viernes. Es una cita. Pero si de verdad intentas enseñarme el two-step o lo que sea, termino contigo.
—¿Estamos saliendo? —la provoco—. Nadie me avisó. Me habría puesto mejor ropa interior de haberlo sabido…
Cuelga, pero sé que está sonriendo. Siempre lo sé.
Y de pronto, un evento social de enfermería con ella suena genial.
El doctor Morges lo llamó equilibrio.
Pero yo lo llamo todo.