Capítulo 27
veintisiete
SOPHIE
La hora punta de la mañana en Campus Grind me golpea de lleno: el calor del vapor del espresso mezclándose con el frío de la puerta que no para de abrirse, el café molido amargo y el sirope de vainilla creando ese olor particular a desesperación y esperanza que define las mañanas universitarias.
Por primera vez desde que me mudé aquí, se siente como un hogar.
Y no tiene nada que ver con el café y todo que ver con Mike.
La fila serpentea casi hasta la puerta, todos aferrados a sus teléfonos y con pinta de estar dispuestos a cometer crímenes relacionados con el café.
Doy saltitos sobre la punta de los pies, mi propio teléfono quemándome en el bolsillo, pero por una vez no estoy revisando las constantes de mi madre ni el horario de Hazel.
En cambio, me pregunto si Mike ya se habrá despertado. Tenía…
—Vale, ¿qué le pasa a tu cara? —La voz de Maya corta mis pensamientos.
Entrecierro los ojos. —¿Qué le pasa a mi cara?
—Está haciendo esto… —Agita la mano vagamente en mi dirección—. Estás toda radiante y rara.
Maya me observa durante tanto tiempo que, cuando la fila avanza, ella no se mueve.
Puedo sentir cómo me cataloga como si estuviera haciendo triaje con una paciente particularmente difícil, decidiendo si algo se puede salvar.
Entonces abre la boca en un grito ahogado tan dramático que varias cabezas se giran.
—Dios mío. Estás contenta. Contenta de verdad. No contenta de borracha ni contenta de acabo-de-clavar-un-examen. Esto es… —Su voz sube hasta convertirse en un chillido—. ¡Esto es contenta de sexo!
—¡Maya! —siseo, agarrándola del brazo, justo cuando el tío delante de nosotras se gira con un interés evidente.
—No me vengas con «Maya». Andas flotando por ahí toda… —Gesticula frenéticamente—. Hasta tu pelo se ve diferente. Con más rebote. Eso es claramente pelo de sexo.
—Mi pelo no está…
—Es totalmente pelo de sexo. —Me agarra de los hombros, prácticamente vibrando—. ¿Por fin dejaste de darle mil vueltas a todo y te tiraste otra vez al buenorro del hockey?
El tío interesado me dedica un pulgar arriba entusiasta. Lo fulmino con la mirada hasta que se da la vuelta, pero mi cara me sigue traicionando con esta sonrisa estúpida que no puedo controlar. Quiero que me trague el suelo de linóleo gastado.
Pero también…
Quiero contárselo todo. Porque por primera vez en una eternidad, tengo algo bueno que compartir. Algo que no tiene que ver con horarios de medicación, ni con las actividades de una niña de ocho años, ni con la carga aplastante de mis asignaturas. Es algo que es solo mío.
—Está bien —murmuro, y la palabra me sabe extraña y dulce—. Sí, Mike y yo estamos juntos.
El chillido de Maya podría romper cristales. —¡LO SABÍA! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Detalles! ¿Es tan bueno como parece? Porque parece que sería muy…
—Somos los siguientes —interrumpo desesperada, empujándola hacia el mostrador, donde un estudiante medio dormido espera para tomarnos el pedido.
Pero mientras pedimos —mi café habitual capaz de provocar diabetes más uno solo para papá—, la sonrisa vuelve a asomar, porque Maya tiene razón. Estoy estúpida, ridícula y aterradoramente feliz.
—Necesito todos los detalles —exige Maya otra vez mientras esperamos, sin caer ni por un segundo en mi rutina de disimulo y evasión—. ¿Cuándo pasó?
—El sábado. —Me apoyo en el mostrador de recogida, el falso mármol fresco bajo mis palmas—. Pasó el día con Hazel y conmigo.
—¿Fue a una salida familiar? ¿Con la hermana que proteges como si fuera secreto de estado? —A Maya se le desencaja la mandíbula—. ¿Pero quién eres tú?
—Ya lo sé. —Las palabras me salen con asombro, como si yo misma todavía estuviera procesándolo—. Ha sido tan paciente. Sin presionar nunca, siempre dejándome marcar el ritmo…
—Sí…
—Y el sábado por la noche, después de dejar a Hazel…
Me quedo en silencio, perdida en el recuerdo de sus manos, su boca, la forma en que susurraba mi nombre como si fuera una oración. Y las repeticiones, todos los días desde entonces, y la mayoría de los días más de una vez.
—¡Sophie Pearson, te estás poniendo roja! —Maya se abanica—. Esto es precioso. Te mereces que alguien te folle todo el estrés hasta sacártelo del cuerpo.
—Me trajo Pop-Tarts a las dos de la mañana durante el infierno de estudio para las rotaciones clínicas —admito—. Cuatro cajas de Wild Berry.
—Cásate con él.
—También hace el peor café que he probado en mi vida, pero jura que su método de preparación es revolucionario.
—Olvídalo, huye.
—Y cuando estamos en la cama, me traza patrones en la piel, como si estuviera escribiendo mensajes secretos…
—Vale, cásate con él otra vez. —Maya se lleva las manos al pecho—. Dios, mírate. Brillando como un faro recién follado. Nunca te había visto así.
Tiene razón. Estar con Mike es como estar al borde de algo inmenso y desconocido, solo que en vez de quedarme paralizada por el precipicio, quiero saltar y volar con él.
—¡Dos cafés para Sophie! —grita la barista—. ¡Invita la casa, porque a alguien le están dando lo suyo!
Agarro ambos vasos con la cara en llamas. —Luego te mato, pero tienes suerte de que llevo prisa.
Maya me envuelve en un abrazo incómodo haciendo malabares con los cafés. —Me alegro mucho por ti, Soph. Te mereces todos los Pop-Tarts y todo el café horrible del mundo.
El camino hasta el centro deportivo me da demasiado tiempo para pensar.
El aire fresco me muerde las mejillas, las hojas crujen bajo mis pies; todo más nítido, más brillante, como si alguien hubiera ajustado el contraste del mundo.
Esta ligereza extraña en el pecho que estoy empezando a reconocer como satisfacción no para de expandirse.
Los últimos días se difuminan en una bruma de primeras veces: despertar enredada en las sábanas de Mike, sus canciones espantosas bajo la ducha, la forma en que me mira como si fuera algo valioso. Todo ha sido maravilloso, fácil y cálido, aunque todavía no hayamos definido exactamente qué es esto.
Y el sexo…
Maya no se equivocaba con lo de brillar.
Pero son los momentos tranquilos los que me pillan desprevenida.
Sus chistes horribles que me hacen reír a mi pesar.
Cómo de verdad escucha cuando me pongo a divagar sobre cosas de enfermería, incluso las partes asquerosas.
La forma en que ha aprendido que necesito silencio absoluto durante exactamente diez minutos después de despertar antes de poder articular palabra.
He pasado años construyendo muros, convenciéndome de que no tenía tiempo para relaciones, de que depender de alguien significaba prepararme para el abandono. Pero Mike no asaltó mis defensas. Simplemente… siguió apareciendo con su sonrisa torcida hasta que dejé de poder imaginar mis días sin él.
El centro deportivo se siente diferente hoy.
Este también es el mundo de Mike, me doy cuenta.
Otra pieza suya que estoy aprendiendo. Así que, mientras recorro los pasillos camino al despacho de papá, me fijo en las fotos de equipo, localizo a Mike un par de veces y sonrío.
Y cuando llego a la puerta de mi padre, llamo suavemente antes de entrar.
Levanta la vista del ordenador, un destello de sorpresa cruzándole la cara. —¿Sophie? ¿Todo bien? ¿Se me ha olvidado algo con Hazel?
—Todos bien, papá. —Levanto el café extra como una ofrenda de paz—. Solo pensé que te vendría bien cafeína.
Su expresión cambia a algo que no logro descifrar. —¿Me has traído café? ¿Así, porque sí?
—Concepto revolucionario, lo sé. —Me acomodo en la silla de visitas—. Se me ocurrió que podíamos hablar. Ya sabes, una conversación que no implique coordinar horarios.
Me mira un segundo de más. —Eso… me gustaría mucho.
El silencio se alarga, los dos aparentemente habiendo olvidado cómo interactúan las personas normales. ¿Cuándo fue la última vez que hablamos de algo que no fuera logística o gestión de crisis? ¿Cuándo fue la última vez que hablamos en absoluto desde que empezó nuestra Guerra Fría?
Se aclara la garganta. —¿Cómo van las clases?
—Bien. Agotadoras, pero bien. —Doy un sorbo al café—. ¿Cómo va el equipo?
Y de repente somos simplemente un padre y una hija otra vez.
Se le transforma toda la cara cuando se lanza a analizar partidos, los ojos brillándole con la pasión que lo convirtió en un gran entrenador.
Normalmente desconecto cuando se habla de hockey, pero hoy me inclino hacia delante, genuinamente interesada.
—Y Mike —dice, abriendo un vídeo en el ordenador—. Tiene un instinto que no se puede enseñar. Mira esta jugada del entrenamiento de ayer.
Algo me aletea en el pecho mientras veo a Mike en pantalla. Se mueve de otra forma sobre el hielo —pura potencia controlada y concentración absoluta, leyendo jugadas antes de que se desarrollen—, y esta es otra versión de él, una que aún estoy descubriendo.
—La lesión podría haber acabado con él —continúa papá—. La mayoría de los jugadores nunca se recuperan del todo mentalmente. Pero Mike la usó para crecer. Eso es raro. Eso es alguien especial.
Alguien especial.
De pronto, esas palabras me aterran un poco: lo especial que se ha vuelto, lo rápido que ha sido. Porque ¿qué demonios pasa cuando lo especial se convierte en esencial? ¿Cuando no puedo imaginar las mañanas sin su café espantoso o las noches sin su calor a mi lado?
—También ha sido muy bueno para la moral del equipo. Sabe cuándo apretar y cuándo aflojar. Sabe que el verdadero liderazgo consiste en entender a las personas.
Hay peso en sus palabras, capas debajo del análisis de hockey. Mi padre entrenó al chico que me destrozó en el instituto. Sabe por qué los deportistas se convirtieron en campos de minas en mi vida, por qué pasé años cruzando de acera para evitar chaquetas del equipo.
Abre el cajón de su escritorio y saca papel de periódico doblado: el crucigrama del sábado de nuestro periódico local, que sigue llegando aquí aunque estemos a varios estados de distancia.
El olor familiar de la tinta de periódico me golpea, y de repente tengo doce años otra vez, antes de que todo se complicara.
—Viejas costumbres —murmura, desplegándolo entre nosotros.
Se me cierra la garganta, ese dolor peculiar de cuando las lágrimas amenazan.
Los sábados por la mañana antes de que el hockey lo devorara todo, antes de que mamá enfermara, antes de que aprendiera a tener miedo de depender de alguien.
Solo nosotros dos, crucigramas compartidos y un silencio cómodo.
El ritual que perdimos en algún lugar entre el diagnóstico y ahora.
—El siete horizontal es «eterno» —digo, con la voz ronca—. Se cruza con el doce vertical.
Caemos en el ritmo de siempre: él golpeando el lápiz contra los dientes (sigue siendo la misma marca, Dixon Ticonderoga número dos), yo mordiéndome el labio inferior.
Durante veinte minutos no somos cuidadores agotados haciendo malabares con horarios imposibles.
Solo somos nosotros, conectados por papel de periódico y juegos de palabras horribles.
—He echado esto de menos —dice mientras rellenamos la última casilla.
—Yo también.
Deja el lápiz y se gira para mirarme de frente. —Sophie, sobre lo tuyo con Mike.
Se me tensa la espalda. —Papá…
Sonríe. —Me lo crucé ayer en la tienda del campus. Comprando Pop-Tarts.
Dios, esta conversación no. —¿A lo mejor simplemente le gustan los Pop-Tarts?
—Impongo estándares nutricionales estrictos durante la temporada.
—¿Y? —digo, con la esperanza de que no haya conectado los puntos.
—Ningún jugador mío se arriesga a provocar mi ira por comida basura a menos que… —deja la frase en el aire.
—¿A menos que sean idiotas?
—A menos que estén enamorados.
Enamorados.
La palabra queda suspendida entre nosotros, demasiado grande para este despacho estrecho lleno de grabaciones de partidos y trofeos viejos.
El pulso se me tropieza y luego se acelera.
Amor. No «me gustas», no encaprichamiento, no solo sexo increíble.
Amor. Lo que he pasado tres años evitando porque amor significa necesitar a alguien y necesitar a alguien significa…
—Papá, acabamos de empezar…
—No para de mirar el teléfono durante los entrenamientos, que debería ser motivo para dejarlo en el banquillo, pero…
—Su mano cubre la mía sobre el escritorio, callosa y familiar—.
También veo lo feliz que estás, y me alegro.
Has cargado con el mundo durante mucho tiempo, cariño. Es bueno verte vivir tu propia vida.
Las lágrimas me pinchan los ojos. —Gracias, papá.
—Ese chico es de los buenos. Y no sonreías así desde hacía años.
Rodeo el escritorio y lo envuelvo en un abrazo, respirando Old Spice, café y seguridad. Y, por un instante, vuelvo a tener ocho años, a salvo en los brazos de mi padre, antes de aprender que querer significaba vulnerabilidad y dolor.
Pero quizá Mike me está enseñando algo diferente.
Que hay personas que se quedan.
Que hay riesgos que merecen la pena.
Que la felicidad no tiene por qué ser temporal.
—Gracias —susurro—. Por todo.
—Siempre, Fee. Te mereces ser feliz.