Capítulo 19
diecinueve
SOPHIE
Estoy restregando una encimera que ya está lo bastante limpia como para operar encima.
Pero hay una mancha —una mancha invisible, microscópica, que posiblemente solo yo puedo ver— que se niega a rendirse ante mi ataque con lejía y aceite de codo.
Así que la ataco de nuevo, el olor penetrante a químico quemándome las fosas nasales mientras pongo todo el peso de mi cuerpo en el movimiento.
Mi cocina no ha estado así de impecable desde... bueno, nunca. El fregadero de acero inoxidable brilla bajo la luz del techo. He frotado los fogones tan a fondo que estoy bastante segura de que he eliminado una capa de la superficie en sí.
Y ahora estoy con esta mancha terca en la encimera que probablemente ni siquiera existe, pero le da algo que hacer a mis manos mientras mi cerebro da vueltas en su rotación habitual.
Mike. Mamá. Hazel. Papá. Mike. Mamá. Hazel. Papá. Mike.
Mike.
Se me encoge el estómago al recordar cómo prácticamente me lancé sobre él en las jaulas de bateo, solo para frenar en seco cuando me preguntó si estaba segura. Su cara —confusa, un poco herida, pero aun así tan jodidamente respetuosa— me quema detrás de los párpados.
Me había preguntado si estaba segura porque no quería ser algo casual.
La declaración soñada para la mayoría de las chicas.
Y yo había huido, porque no quería —no podía— querer eso tampoco, por demasiadas razones.
Su hockey, mis responsabilidades, y el terror frío de depender de alguien otra vez solo para que desaparezca.
Y por eso exactamente tuve que alejarlo.
Entonces, ¿por qué siento el pecho vacío, días después?
Ni siquiera ver su partido en línea anoche (pura investigación, obviamente, ya que papá entrena al equipo) sirvió de algo. Mike dominaba el hielo —potente, patinando con esa elegancia sin esfuerzo que no debería ser posible para alguien de su tamaño— y lo hacía con una sonrisa en la cara.
Los comentaristas no paraban de hablar sobre los ojeadores de la NHL, sobre cómo era una apuesta segura para el draft. Lo que significa que después de este año, desaparecerá. A Pittsburgh o Boston o Canadá. Una razón más por la que involucrarme sería catastrófico.
Mamá.
Me arde el bíceps mientras ataco la encimera con más fuerza.
Mamá me había escrito antes sobre aceptar otro turno en el hospital esta semana, llamándolo «divertido».
Divertido. Pero todos me dicen que soy yo la que presiona demasiado y que necesito dar un paso atrás, mientras ella trata la EM como una molestia menor.
Hazel.
Mi hermana pequeña con su agenda imposible que de alguna manera tengo que gestionar.
La niña que necesita estar en tres sitios a la vez y lo considera perfectamente razonable.
La niña que hace poco anunció que también quiere apuntarse al coro del colegio, que ensaya —¡sorpresa!
— exactamente a la misma hora que el fútbol.
Papá.
La tensión entre nosotros no se ha suavizado desde que me dijo que «lo dejara ya» con lo de la salud de mamá. En el más puro estilo Pearson, estamos librando nuestra guerra fría a base de charla educada y evasión estratégica, pero la tensión se podría cortar con un cuchillo de mantequilla...
El teléfono suena, sobresaltándome tanto que la esponja se me escapa de la mano. El nombre y la cara de Ally parpadean en la pantalla. Me seco las manos en los pantalones deportivos y contesto.
—Uf, suenas estresada —dice Ally de inmediato—. Casi puedo oírte rechinar los dientes a través del teléfono.
Recupero la esponja del suelo y la tiro al fregadero.
—No estoy estresada. Estoy limpiando.
—Contigo es lo mismo. —Se oye tela moverse al otro lado, la señal inequívoca de que Ally se está acomodando para una conversación larga—.
Solo limpias a fondo cuando estás a punto de explotar.
¿Te acuerdas de la semana de exámenes en segundo?
Reorganizaste el cajón de los calcetines por degradado de color a las tres de la mañana.
—Lo de los calcetines era práctico —protesto, dejando por fin caer la esponja en el fregadero.
—Estabas flipando. Igual que ahora estás evitando algo. —Su voz se suaviza—. ¿Qué te pasa de verdad, Soph?
Me apoyo en mi encimera recién desinfectada y siento cómo se desmoronan mis defensas.
Es Ally, la chica que cubrió el coche de un tipo con crema batida deletreando «el pene más pequeño del mundo» cuando difundió rumores sobre mí, la que me sujetó el pelo cuando bebí de más después de suspender mis primeros parciales de la universidad. ..
La chica que me conoce mejor que nadie, que ahora vive a horas de distancia.
—Es complicado —suspiro.
—¿Contigo no lo es siempre? Venga, suéltalo. No he sabido de ti desde que te mudaste a Jersey y me muero por saber qué pasa en el Mundo Sophie.
Los vapores de la lejía me deben estar afectando, porque de repente me escuecen los ojos tanto que creo que voy a llorar. La he echado muchísimo de menos. Fuimos inseparables en Michigan durante años, y alejarme de Ally fue lo más difícil de dejarlo todo para venir aquí.
—Bueno, mamá está mejor, al menos comparado con cuando le diagnosticaron —empiezo, acercándome a abrir una ventana—.
Pero probablemente se está exigiendo demasiado.
Y ni siquiera puedo sugerirle que quizá debería descansar sin que todos actúen como si quisiera envolverla en plástico de burbujas y guardarla en un almacén.
—¿Sigues siendo la vigilante de la familia, eh?
—Alguien tiene que serlo —murmuro—. Papá desde luego no se preocupa lo suficiente.
—¿Y cómo está la enana?
Una sonrisa genuina se me escapa al mencionar a Hazel.
—Objetivamente perfecta, como siempre. Tiene una agenda social de locos: fútbol, baile, gimnasia, y ahora quiere añadir coro, porque al parecer estar ocupada con tres actividades no era suficiente reto.
—¿Y subjetivamente?
La perspicacia me pilla desprevenida.
—Me preocupa que esté enterrando sentimientos complicados sobre la enfermedad de mamá. Actúa como si todo fuera normal, como si el desmayo de mamá en su partido de fútbol fuese solo un bache, no algo que cambió nuestras vidas de raíz.
—Los niños son resilientes —dice Ally—. Quizá solo lo está procesando de otra manera.
—Quizá. —Ni siquiera yo sueno convencida.
—¿Y tu padre?
—Papá está... —Busco las palabras adecuadas—. Tuvimos un enfrentamiento en el que me dijo que lo dejara ya con lo de la salud de mamá.
—O sea que eso es todo el mundo —dice Ally tras un momento—. Excepto que no has mencionado al chico.
Casi se me cae el teléfono.
—¿Qué chico?
—Ay, cariño. —La voz de Ally destila diversión cómplice—. Te conozco desde primero del instituto. Me sé todas tus señales. Y escondido en tu voz está el inconfundible sonido de una mujer con un flechazo. Sophie Elizabeth Pearson, me vas a contar todo.
—Ese ni siquiera es mi segundo nombre —resoplo, con las mejillas ardiendo a pesar de que no puede verme.
—Ya lo sé, pero sonaba con autoridad. —Casi puedo verla sonriendo con suficiencia—. Deja de desviar el tema y desembucha. ¿Quién es?
Me desplomo en el sofá, derrotada. Si no confieso, encontrará algún método de extracción más despiadado, como aquella vez que amenazó con leer en voz alta las entradas de mi diario de séptimo durante el almuerzo a menos que admitiera que había besado a Jason Miller en la fiesta de Emily.
—Vale. Sí, hay un chico. Se llama Mike, y sí, me gusta, pero las cosas no pueden ir a ningún lado, así que da igual.
—Ah, la famosa autonegación de Sophie Pearson. Dime por qué está condenado antes de empezar esta vez.
—No estoy... —Pero la protesta muere porque tiene razón. Ya estoy matando posibilidades antes de darles aire para respirar.
—Bueno —dice Ally, adoptando su tono de interrogatorio—, ¿es guapo?
—Eso es irrelevante —murmuro, yendo a guardar los productos de limpieza.
—Eso significa que está buenísimo. —Su sonrisa se oye—. Detalles, Pearson. ¿Altura? ¿Complexión? ¿Tiene ese rollo atormentado? ¿Tatuajes?
—Es alto —admito a regañadientes—. Metro noventa. Pelo oscuro. Sin atormentamiento actual, aunque las pruebas sugieren tendencias pasadas. Sin tatuajes. Y... es deportista.
—¿Deportista como el típico que hace CrossFit y no para de hablar de macros, o deportista como atleta de verdad?
Dudo un segundo de más.
—Dios mío —jadea Ally—. Jugador de hockey. Uno de los jugadores de tu padre. ¡Sophie Pearson, eres una temeraria!
—¿Cómo haces eso? —exijo, hundiéndome más en el sofá—. ¿Ahora eres vidente?
—Por favor. Te conozco mejor de lo que te conoces tú. No has salido con nadie desde Jimmy, y de repente hay un chico misterioso en Jersey que te tiene fregando juntas a medianoche. Tenía que ser alguien complicado, ¿y qué es más complicado que un jugador de tu padre?
—Prácticamente nada —suspiro, rindiéndome—. Se llama Mike. Es... no sé, Ally. Es diferente.
—¿Diferente cómo?
Miro al techo, intentando poner en palabras qué hace que Mike destaque.
—Escucha. O sea, escucha de verdad. No lo de fingir que escuchan mientras mentalmente te están desnudando o soltando monosílabos a todo lo que dices hasta que les toca hablar.
—Vaya, me tienes intrigada.
—Me llevó a las jaulas de bateo después de una discusión con mi padre —digo, sabiendo lo absurdo que suena.
—¿Jaulas de bateo? —Casi puedo oír los engranajes girando en su cabeza—. ¿Es un eufemismo que no conozco?
—No —me río a pesar de todo—. Jaulas de bateo de verdad. Vallas metálicas, máquinas lanzapelotas, todo el paquete. Dijo que era bueno para procesar emociones.
—¿Y lo fue?
—Sorprendentemente, sí. —Me clavo las uñas en la palma—. Lo besé allí.
El chillido emocionado de Ally me hace apartar el teléfono de la oreja.
—¡Por fin! ¡Algo de acción! ¿Cómo fue? ¿Se te levantó el pie como en esas películas antiguas?
—Fue... —El recuerdo me inunda—. Perfecto. Pero entonces él paró y me preguntó si estaba segura, y de repente ya no estaba segura de nada.