Capítulo 15
quince
SOPHIE
Mientras la voz del profesor se disuelve en ruido blanco, mi bolígrafo flota sobre el papel en blanco del cuaderno y mi mente repite la noche del jueves en bucle —específicamente, el momento en que los labios de Mike rozaron mi mejilla, apenas un toque de calidez contra la piel, una despedida que lo significó todo.
Los dos estamos luchando por no cruzar la línea que tú pusiste. Y quiero asegurarme de que, si la cruzamos, sea porque de verdad quieres.
Esas palabras llevan rebotando en mi cabeza desde hace días, y ahora mismo estoy ignorando Conceptos Fisiológicos Avanzados para dedicarme a soñar despierta.
Con la voz de Mike quebrándose en aquel escenario, la calidez sólida de su cuerpo mientras bailábamos, cómo me sostuvo mientras me derrumbaba.
Cualquier otro tío habría intentado ir a más después de una noche así.
Pero Mike simplemente sonrió, posó los labios en mi mejilla y se fue.
Me gustaría más de esto… sea lo que sea.
El móvil me pesa en el bolsillo. No es que lleve la cuenta (la llevo totalmente ), pero lo he sacado para escribirle cuarenta y siete veces. Lo que significa cuarenta y siete veces que me he acobardado, porque ¿qué le diría exactamente?
La chica a mi lado —¿Tara? ¿Tina?— acerca su cuaderno, golpeando con el bolígrafo algo que ha subrayado dos veces. Lo bastante importante como para arriesgarse a la ira del profesor, por lo visto.
Agradecida de que haya notado mi distracción y sea tan amable de echarme un cable, asiento en señal de agradecimiento y copio lo que parecen mecanismos de respiración celular, aunque las palabras se difuminan en formas sin sentido.
Concéntrate, Sophie. Se supone que eres la responsable.
Pero entonces el bolsillo vibra. La mano me vuela al móvil —la descarga de adrenalina de siempre, la que viene con tener una madre enferma— y cuando el nombre de papá aparece en la pantalla, se me cierra el pecho.
Necesito que pases por la pista de camino a casa.
Me quedo mirando el mensaje, esperando a que brote información de verdad. Seis palabras. Sin contexto. Sin explicación. Papá en estado puro. Suficiente detalle para convocarme al otro lado del campus, pero no el suficiente para evitar que se me tense la espalda.
Escribo:
¿Por qué? ¿Qué pasa?
Su respuesta llega en segundos:
Solo pásate por mi despacho después de clase. Gracias, cariño.
El apelativo cariñoso no suaviza mi irritación. Algún día entenderá el concepto de incluir detalles relevantes en los mensajes. Algo como «Oye, Sophie, no le pasa nada a mamá ni a Hazel, pero necesito verte» estaría bien.
A menos que algo sí pase.
A menos que esto sí sea sobre que la medicación de mamá no funciona.
O sobre que Hazel se ha hecho daño en gimnasia. O…
Mike.
El pensamiento llega sin invitación y echa raíces de inmediato. ¿Y si papá se ha enterado? No es que haya nada de lo que enterarse, porque unas cuantas noches no constituyen una relación. Entonces, ¿por qué me da un salto el pulso ante la posibilidad?
Obligo a mi atención a volver al profesor, que gesticula hacia una diapositiva con el entusiasmo de alguien que sin duda tiene artículos de mitocondrias. La información me resbala, sin sentido, y me miento diciéndome que me pondré al día con los apuntes más tarde.
Cuando por fin nos deja salir, meto el cuaderno sin usar en la mochila y huyo antes de que Tina-o-Tara pueda preguntarme por el grupo de estudio que llevo esquivando desde que empezó el semestre. Pero aparto eso de mi mente por ahora, concentrada en caminar a toda velocidad hacia la pista.
Para cuando empujo las pesadas puertas, me he convencido de que:
Nunca me había fijado en las fotos del equipo que cubren el pasillo, pero hoy mis pies se frenan sin permiso. Fila tras fila de chicos jóvenes con camisetas de los Devils, décadas de sonrisas arrogantes y brazos cruzados. Mis ojos encuentran la foto del año pasado de inmediato.
Mike está en el centro, en primera fila.
Pero este no es el Mike que conozco. Su sonrisa parece pintada, y algo hueco detrás de sus ojos me provoca un dolor en el pecho.
Este es el Mike de antes —el que vivía por y para el hockey, el que no era capaz de nombrar una sola cosa más que le hiciera feliz.
El Mike que quizá entendería por qué catalogo los síntomas de mamá de forma obsesiva.
Mis zapatillas chirrían contra el suelo pulido cuando llego al despacho de papá.
La puerta está entreabierta, dejando ver su figura encorvada sobre el portátil, una vieja pegatina de Michigan despegándose por las esquinas.
Un vídeo de partido parpadea en la pantalla, jugadores cruzando el hielo en un bucle infinito.
Llamo con los nudillos y entro sin esperar permiso.
—¿Me has convocado?
—¡Fee! —Se le ilumina la cara—. ¿Cómo estás, cariño?
Mi mochila cae sobre la silla con un golpe seco que refleja mi humor.
—Papá…
—Sí, eso. —Hace un gesto vago en el aire—. Hazel no encontraba el cargador de su iPad.
Las palabras se asientan entre nosotros mientras espero el resto. Cuando no llega nada más, me inclino hacia delante.
—¿No podías haber mandado un mensaje con eso?
—Sí, supongo que podría. —Cierra el portátil con un cuidado exagerado, sin mirarme a los ojos.
—Papá…
Algo cruza su rostro —culpa mezclada con determinación.
—Te echo de menos, Fee. Siento que casi no te veo últimamente.
El Especial de Culpa Paterna aterriza justo donde apuntaba. No es que le haya estado evitando, no exactamente. Pero entre la carga de asignaturas, las horas de prácticas y el caos que actualmente reside en mi cabeza con forma vagamente de jugador de hockey, las cenas familiares se han resentido.
—La universidad ha estado intensa —ofrezco, lo cual es verdad aunque incompleto—. ¿Cómo está mamá? ¿Funciona la nueva medicación?
La mano de papá se mueve hacia su cara, frotándose la mandíbula de esa manera que sé que siempre precede a las conversaciones difíciles. Se me agarrota el cuerpo. Aquí está. Algo va mal. Mamá está peor. La medicación no funciona. Ha tenido otro episodio y…
—Tu madre está bien —dice al fin—. La medicación parece estar ayudando. Sin efectos secundarios importantes.
—Ah. —La palabra se me escapa en una bocanada de aire que no sabía que estaba conteniendo—. Eso es… bien.
—Pero tenemos que hablar de ti.
Un pánico nuevo me inunda.
—¿De mí?
—De tu agobio, Sophie.
—¿De mi qué ?
—Con tu madre. —Va enumerando con los dedos—. Mensajes sobre su medicación. Llamadas para comprobar si está descansando. Preocuparte por cada mínimo síntoma.
Se me cruzan los brazos automáticamente, a la defensiva.
—¿Desde cuándo preocuparse por mi madre enferma es un delito?
—No se trata de preocuparte, Sophie. Se trata de cómo lo demuestras. —Su voz se mantiene amable, lo cual de alguna manera lo hace peor—. Múltiples mensajes al día preguntando cómo se encuentra. Llamadas para verificar que se ha tomado las pastillas. Incluso esa hoja de cálculo, Sophie.
El calor me sube a la cara.
—Las hojas de cálculo me ayudan a rastrear patrones—
—De una enfermedad que no estás tratando. —Cada palabra aterriza con precisión—. Tu madre es una adulta. Es enfermera. Lleva décadas gestionando su propia salud.
—Eso no es… yo no… —Las protestas se me enredan en la lengua porque en algún lugar bajo la indignación, sé que tiene razón.
Mamá pone los ojos en blanco cada vez más a menudo.
Sus respuestas a mis comprobaciones, cada vez más cortas.
—Se siente agobiada —continúa papá, cada palabra cuidadosamente medida—. Me pidió que hablara contigo porque te quiere demasiado como para herir tus sentimientos.
—Intento ayudar. —Me sale la voz más pequeña de lo que pretendía.
—¿Microgestionando su enfermedad? —Niega con la cabeza—. Tu madre quiere vivir su vida, Sophie. No sentirse bajo vigilancia constante en busca de signos de deterioro.
Deterioro.
La palabra en la que pienso cada noche. El futuro que intento prevenir a base de pura fuerza de voluntad y tablas de medicación con código de colores. La pesadilla horrible de la que a veces despierto.
—¿Te acuerdas del Señor Burbujas? —La expresión de papá se suaviza—. Te sentaste junto a esa pecera tres días seguidos, midiendo la temperatura del agua cada hora. Hiciste un gráfico de sus patrones de nado.
A pesar de todo, me río.
—Intentaste reemplazarlo mientras yo estaba en el cole.
—Casi me salgo con la mía, hasta que te diste cuenta de que las aletas del nuevo eran ligeramente diferentes. —Su sonrisa es triste—. Siempre has necesitado arreglar las cosas, Fee. Pero hay cosas que no se pueden arreglar. Solo podemos hacer lo posible por vivir con ellas.
La comparación me golpea de lleno. La esclerosis múltiple de mamá no va a desaparecer, da igual cuántas hojas de cálculo cree o cuántos síntomas catalogue. El conocimiento pesa en mi pecho. Soy lo bastante lista como para saberlo —joder, soy enfermera—, pero aceptarlo es más difícil.
—A veces siento que nadie más recuerda que está enferma. —Las palabras se me escapan antes de poder frenarlas—. Tú nunca preguntas cómo se encuentra. Hazel actúa como si nada hubiera cambiado. Soy la única a la que le importa que tenga una enfermedad degenerativa.
Papá se endereza, el humor desapareciendo de su cara.
—Eso no es justo, Sophie.
—¿No lo es?
—No. —Emerge su voz de entrenador, la que hace que hombres adultos esprinten hasta vomitar—. Hemos elegido no dejar que la esclerosis múltiple se convierta en el centro de nuestras vidas. Tu madre, especialmente, no quiere que su diagnóstico la defina.
—Pero…
—Sin peros. —Levanta una mano—. Si pasa algo importante con la salud de tu madre, te lo diremos. Mientras tanto, trátala como hacías antes. Como a tu madre, no como a una paciente a la que estás monitorizando.
La lógica quema. Tienen razón. Sé que tienen razón. Pero aceptarlo significa reconocer que no puedo controlar esto, que no puedo ahuyentar el futuro mediante la observación vigilante. La impotencia sabe amarga.
—Fee. —Papá nota la humedad acumulándose en mis ojos—. No quería disgustarte.
—No estoy disgustada. —La mentira tiembla cuando la primera lágrima se escapa. Me la seco con rabia—. Mensaje recibido. Me echaré atrás.
—No es eso lo que quería decir…
—Me tengo que ir. —Agarro la mochila, necesitando escapar antes de desmoronarme del todo—. Llego tarde a… algo.
Estoy fuera antes de que pueda responder, caminando lo bastante rápido como para que los jugadores de hockey que rondan junto a los vestuarios se difuminen en formas sin sentido.
Pasos pesados me siguen hasta el pasillo, pero no freno.
No puedo frenar. Si dejo de moverme, me pondré a llorar en medio del complejo deportivo.
Las puertas de salida se alzan delante de mí. Solo tengo que llegar afuera y volver a casa, donde puedo llorar a moco tendido en paz…
Uf.
El sonido se me escapa de golpe cuando choco contra algo sólido y cálido.
Unas manos fuertes me estabilizan mientras trastabillo hacia atrás.
—Eh, tranquila. —La voz de Mike me envuelve mientras mis ojos ascienden hasta su cara. Su expresión cambia cuando ve mis mejillas mojadas—. Oye, ¿qué pasa?
—Nada. —Intento esquivarlo, desesperada por escapar—. Perdona. No miraba por dónde iba.
Se mueve conmigo, bloqueando mi huida sin que resulte obvio.
—Claro. Y yo estoy haciendo la prueba para el Ice Capades.
Se me escapa una risa a pesar de todo, húmeda y ligeramente histérica.
—Tu triple axel necesita trabajo.
—Duro pero justo. —Se recoloca la bolsa de hockey que le resbala del hombro—. Mira, lo que sea que te haya hecho llorar, no te voy a obligar a hablar de ello. Pero iba a las jaulas de bateo a golpear cosas muy fuerte con palos de metal, lo cual es altamente terapéutico.
—¿Jaulas de bateo? —A mi cerebro le cuesta cambiar el chip—. ¿Béisbol?
—En realidad es para mi trabajo de medicina deportiva sobre lesiones por estrés repetitivo. Tengo que experimentar la rotación del hombro en primera persona.
—¿Otra cosa nueva?
—Exacto. Aunque empiezo a pensar que necesito una hoja de cálculo para llevar la cuenta de todas. —Hace una pausa—. ¿Demasiado pronto para bromas de hojas de cálculo?
Entrecierro los ojos.
—¿Cómo te has…?
—Casualidad. —Me estudia la cara—. Entonces, ¿quieres venir a golpear cosas? A lo mejor puedes imaginar que la pelota es quien te ha hecho llorar.
—No estaba llorando.
—Claro que no. —Se encoge de hombros—. Solo riego facial agresivo.
Debería irme a casa y procesar el choque emocional de la confrontación con papá en privado, quizá comerme el helado directamente del envase. Pero en lugar de eso, estudio la cara de Mike —la preocupación genuina, la paciencia, cómo me deja decidir a mí.
—¿Tú haces los deberes alguna vez? —le pregunto.
Me guiña un ojo.
—Esto cuenta técnicamente como investigación.
—Estoy bastante segura de que así no funciona la investigación.
—Funciona cuando interpretas los requisitos del trabajo de forma creativa y a nadie le importa en realidad si te gradúas. —Extiende la mano, con la palma hacia arriba—. ¿Qué dices, Pearson? ¿Quieres ayudarme a recopilar datos extremadamente cuestionables?
Cada parte racional de mi cerebro grita que esto es mala idea. Estoy en carne viva emocionalmente, confundida con todo, y pasar tiempo con Mike solo va a complicar el lío de mi cabeza.
Pero le tomo la mano de todas formas.