Capítulo 13
trece
MIKE
Los nervios se me disparan cuando empujo la puerta pesada del bar, donde veo a universitarios dándole sorbos a cervezas aguadas del happy hour, lugareños que llevan dejando surcos en los mismos taburetes desde la era Reagan, y un sorprendente grupo de tipos con cuello de tortuga negro que parecen preferir estar en un bar de vinos hablando de Proust.
Cerca de mi departamento , me recuerdo. Tres minutos de sprint hasta la seguridad si esto se va al traste. Cuatro si el tobillo me da problemas.
Aunque después del partido de hoy, no estoy seguro de que me quede sprint alguno.
Ganamos 4 a 1, pero Coach me exprimió como si le debiera dinero.
Jugué treinta y ocho minutos, y mis piernas sienten cada segundo.
Aun así, el tobillo aguantó. Más que aguantó, en realidad.
Un gol, una asistencia, y solo un pinchazo que voy a fingir que no existió.
Pero ahora, lo realmente importante del día.
Y no es la lectura de poesía.
Busco con la mirada nuestra mesa, supuestamente reservada a mi nombre.
Entonces la veo.
Sophie está sentada sola en una mesa del rincón, y todo lo demás en el bar se convierte en ruido de fondo. Todavía no me ha visto, lo que me da un momento peligroso para simplemente... mirarla. Ese suéter burdeos debería ser ilegal: la forma en que se ciñe y cae en todos los lugares correctos.
Solo amigos , anuncia la parte razonable de mi cerebro, como un árbitro señalando una penalización. Tómate unas copas, comparte unas risas, y lárgate entero.
Pero la parte irracional de mi cerebro —la que me metió en este lío— ya está calculando si sería posible sacar a Sophie de su insistencia en «solo amigos» y cómo manejar las consecuencias apocalípticas que vendrían después.
Pero antes de que los dos bandos en guerra puedan declarar un ganador, Sophie levanta la vista.
Su cara entera se transforma con una sonrisa radiante, y hacemos una pantomima elaborada: ella señalando las bebidas que ya están en la mesa, yo asintiendo y apuntando, los dos probablemente pareciendo ridículos para cualquiera que nos observe.
Me abro paso entre la gente, intentando no parecer que me apresuro por llegar a ella aunque cada célula de mi cuerpo me grita que me mueva más rápido.
—Perdona si llego tarde —digo, deslizándome en el asiento frente a ella.
—Llegué elegantemente temprano. —Me acerca un vaso de cerveza—. Me dio tiempo para asegurar la mesa buena y practicar mi cara de asombro para cuando fracases en el escenario.
—Tú eres elegante hagas lo que hagas.
Las palabras se me escapan antes de poder atraparlas, demasiado honestas para el tono casual que intentamos mantener.
El color se extiende por sus mejillas, un rosa perfecto que me da ganas de escribir poesía espantosa sobre cosas en las que no tengo ningún derecho a pensar.
Abre la boca, la cierra, y se cubre levantando su vodka con soda.
Agarro mi cerveza como un salvavidas y le doy un largo trago, y solo entonces me doy cuenta de lo que ha hecho.
—Espera —digo—. ¿Cómo sabías cuál es mi favorita?
—Pediste tres en el karaoke. —Se encoge de hombros, pero hay algo complacido en su expresión.
—¿Debería sentirme halagado o preocupado por tus habilidades de observación? —Me río, dejando el vaso en la mesa.
—Definitivamente preocupado. Tengo hojas de cálculo. —Lo dice impasible, y por un segundo casi le creo—. Y ya tienes tu propia ficha.
—¿Ah, sí? —Me echo hacia atrás, estudiándola con una sonrisa ladeada—. ¿Y qué dicen los datos sobre mí?
—Se salen de las gráficas. Tuve que inventar métricas nuevas. —Se encoge de hombros—. Aunque estoy deseando añadir la obra maestra literaria que tengas para esta noche...
—Tengo algo especial preparado. —Me doy una palmadita en el bolsillo de la chaqueta, donde mi teléfono guarda mis garabatos frenéticos—. Y por «especial» quiero decir «probablemente viola alguna ley»...
Su postura cambia, inclinándose un poco hacia delante.
—¿Escribiste algo original de verdad?
—No parezcas tan sorprendida. —Intento sonar casual y fallo por kilómetros—. Pensé que si ibas a venir a verme, no podía simplemente reciclar el poema de otro imbécil...
— Escribiste algo —repite, y hay algo suave en su voz que me aprieta el pecho—. Estoy impresionada.
—Guárdate los elogios para después de oírlo. Cuento con que al menos veinte personas pasen antes que yo para poder perfeccionar mi ruta de escape. Quizá active una alarma de incendio.
—¿Te da miedo hablar un poco en público?
—Aterrorizado. La última vez que tuve que presentar algo delante de gente... —Hago una pausa, debatiendo si debería contarle esta historia o no. Pero me está mirando con esos ojos, esperando, y al parecer no tengo remedio—. Cuarto de primaria. Informe de lectura sobre Where the Red Fern Grows .
—Oh, no. —Ya está sonriendo—. Esto va a ser malo, ¿verdad?
—Llego al frente de la clase, veintisiete niños de cuarto mirándome fijamente. La señora Henderson con sus gafas de lectura, expectante. Abro la boca para empezar y... —Pausa para máximo impacto—. El único sonido que sale es el pedo más nervioso del mundo.
Sophie se atraganta con su bebida. Se atraganta de verdad, tosiendo y agarrando una servilleta mientras sus hombros se sacuden.
—¡No!
—Palabra de scout. —Levanto tres dedos—. La clase entera simplemente... congelada. Yo ahí de pie, aferrado a mis fichas sobre perros de caza trágicos.
—Para —jadea entre respiraciones—. Por favor, dime que ahí termina.
—Oh, Pearson. Dulce e ingenua Pearson. —Niego con la cabeza con tristeza—. La señora Henderson esperó unos tres segundos, arrugó la nariz y me dio un pase para ir al baño. Ni siquiera intentó fingir que no había pasado. Simplemente señaló la puerta con una expresión de profunda decepción.
Está doblada en dos, con una mano presionada contra el estómago.
Una pareja en la mesa de al lado mira hacia acá, probablemente preguntándose si está teniendo una emergencia médica.
Y yo desesperadamente, desesperadamente , quiero que la risa continúe, porque es probablemente lo más mágico que he visto en mi vida.
—Desde entonces, fui Mike Fartman. El apodo se quedó hasta el colegio, cuando crecí quince centímetros y entré en el equipo juvenil de hockey.
—Fartman —repite, limpiándose las lágrimas de los ojos—. Casi tiene gracia para un niño de nueve años.
—Tommy Fitzgerald tocó techo con esa. —Sonrío—. En fin, por eso tengo una política estricta de no hablar en público en la mayoría de los casos, pero hice una excepción por ti.
—Bueno, Fartman —dice, con la voz todavía temblorosa por las risas residuales—, tengo buenas y malas noticias sobre el programa de esta noche.
Se me cae el estómago.
—Las malas primero. Siempre.
—Vas primero.
—Qué graciosa. —Le doy otro trago a mi cerveza—. Tu carrera cómica empieza nunca.
—Hablo en serio. —Saca el teléfono, me enseña una foto de la hoja de inscripción. Ahí está, justo arriba del todo, en tinta morada: Mike Altman .
La cerveza se convierte en cemento en mi garganta.
—Sophie, no.
—Mike, sí. —Su expresión inocente no me engaña ni un segundo—. Puede que haya llegado más temprano específicamente para asegurar una ubicación privilegiada.
—¡La ubicación privilegiada es la última! —protesto—. ¡Después de que todos estén demasiado borrachos para formar recuerdos... o frases coherentes!
—¿Dónde está tu sentido de la aventura?
—Enterrado en el aula de la señora Henderson junto con mi dignidad. —Me paso una mano por el pelo—. Esto es sabotaje.
—Esto es amistad. —Levanta su vaso con solemnidad fingida—. Te estoy ayudando a crecer como persona.
—Me estás ayudando a que me dé un infarto.
—Dramático. —Pero sus ojos se suavizan un poco—. Oye. Te va a ir bien. Y si no, prometo iniciar una ovación de pie.
Antes de que pueda responder, una mujer con mechones morados en el pelo y suficientes piercings en la cara como para montar un robot pequeño se acerca a la tarima del rincón.
Todo el bar parece girar hacia ella cuando golpea el micrófono, lanzando un chirrido de acople por los altavoces que hace que todos hagan una mueca.
—¡Bienvenidos a la noche de micrófono abierto! —Su voz retumba con el entusiasmo de alguien que genuinamente cree que la poesía puede salvar al mundo—. Démosles a nuestros lectores el respeto y la atención que merecen. Nuestra primera alma valiente esta noche es... ¿Mike Altman? Mike, ¿estás aquí?
Todas las cabezas del bar giran, barriendo entre la multitud.
Algunas caras muestran reconocimiento: aficionados al hockey o estudiantes que probablemente no pueden reconciliar al defensa con una noche de poesía.
Otras parecen curiosas, ya componiendo sus reseñas mentales.
Sophie, servicial como siempre, me señala directamente.
—Traidora —murmuro, vaciando mi cerveza de un trago desesperado—. Si me muero ahí arriba, a ti te persigo primero.
—No esperaría menos. —Levanta su vaso en un brindis fingido, con los ojos llenos de diversión—. Mucha mierda, Fartman.
Pelo Morado me hace señas desde la tarima, sosteniendo el micrófono como si me ofreciera una granada sin seguro.
La multitud se abre cuando me levanto, y capto fragmentos de conversación que no ayudan nada a mi confianza: «.
..juega hockey, creo...» y «...esto va a ser interesante. ..» y «...¿le está dando algo?».
El camino hasta la tarima se hace interminable, y entonces estoy en el escenario con el micrófono en la mano.
Bajo las luces, la multitud se difumina en una masa de caras expectantes.
Todas excepto Sophie, que permanece nítida en mi visión periférica, inclinada hacia delante, barbilla apoyada en la mano, mirando con una intensidad que me eriza la piel.
—Bueno. —La voz se me quiebra inmediatamente—. Soy Mike, y estoy aquí porque pensé que probar cosas nuevas sería bueno para mi crecimiento personal. Resulta que estaba equivocado.
Unas cuantas risas recorren al público.