Capítulo 5
cinco
SOPHIE
—Más le vale a Maddie guardarte un buen sitio junto al trampolín —le digo a Hazel, ajustándole la mochila mientras prácticamente vibra de anticipación en la entrada de la piscina.
—Sophie. —Despliega esa mirada, mitad exasperación, mitad lástima, que solo una niña de ocho años puede perfeccionar—. Maddie siempre me guarda sitio. Es mi mejor amiga.
Las palabras cargan la gravedad de las alianzas de primaria, y me muerdo la lengua para no soltar mi recordatorio automático sobre reaplicarse protector solar y la importancia de almorzar antes de nadar.
El pecho se me encoge mientras la veo rebotar sobre las puntas de los pies, todo extremidades larguiruchas y energía desbordante, tan parecida a mamá que me deja sin aire.
—Está bien. Pero el inhalador…
—Está en el bolsillo delantero, donde siempre está. —Pone los ojos en blanco de forma teatral.
—Y…
—¿Puedo irme ya? —Me corta—. ¡Ya están todos dentro!
Dudo. A través de la valla metálica veo niños chillando y chapoteando en el caos clorado.
—A las tres —digo.
Pero ya se ha ido, los rizos rubios rebotando mientras sale disparada por la puerta sin mirar atrás.
La monitora tacha su nombre de una lista, y así, sin más, mi hermana de ocho años desaparece entre una multitud de críos que no saben que vio a nuestra madre desplomarse en su partido de fútbol hace dos años.
Me quedo ahí un momento más, con los dedos enroscados en los eslabones de la valla hasta que me duelen los nudillos.
Me digo que está bien —más que bien— y casi me lo creo.
Pero, aunque no lo estuviera, está mejor que yo, teniendo en cuenta que estoy a un momento de exigir verificación de la certificación de RCP y una investigación de antecedentes completa de todo el personal.
Al darme la vuelta para irme, el estacionamiento resplandece con espejismos de calor que van a juego con mis niveles de cortisol.
Busco el móvil a tientas, temiendo ya lo que voy a encontrar, y ahí está: el correo de mi tutora con el horario del semestre de otoño adjunto.
El asunto bien podría decir: «¡Tu peor pesadilla, ahora con créditos! ».
Fisiología Avanzada: lunes, miércoles y viernes a las 7:00 de la mañana.
Siete. De. La. Mañana.
Métodos Clínicos: martes y jueves por la tarde.
Por no hablar del resto de asignaturas y las veinte horas de prácticas repartidas por el horario como minas diseñadas para detonar mi cuidadosamente orquestado sistema de gestión familiar, y que me van a dejar demasiado agotada para hacer el millón y una cosas más que tengo que hacer en una semana cualquiera.
Me desplomo contra el coche, el metal abrasándome a través de la camiseta fina.
La pantalla del móvil se desdibuja mientras la miro entornando los ojos, rogándole a los píxeles que se reorganicen en algo que no me exija existir en tres sitios a la vez.
Se me revuelve el estómago con la espiral familiar de intentar resolver una ecuación irresoluble:
La presencia de Sophie es necesaria en el punto A (clase), el punto B (tratamiento de mamá) y el punto C (la vida de Hazel), cuando Sophie solo puede ocupar un punto.
Nos mudamos al otro lado del país para el tratamiento experimental de mamá.
Me cambié de universidad, reorganicé mi vida entera, y ahora estoy encajando un máster en enfermería en los huecos entre ser cuidadora y madre sustituta, mientras la mayoría de mis compañeros solo encajan el estudio entre fiesta y fiesta.
No es que necesariamente quiera fiestas. Dios, hay días en que fantaseo con escaparme a vivir en una cabaña sencilla en el bosque. Pero tendría que tener WiFi excelente, proximidad a un hospital universitario y estar a una distancia razonable en coche del colegio de Hazel.
O sea, básicamente mi apartamento actual con más árboles.
El coche arranca con un quejido que refleja mi estado emocional. Mientras conduzco hacia el campus, mi cerebro hace lo que lleva haciendo dos semanas: volver una y otra vez a mi único y espectacular error de juicio, la única noche en que me permití tener veintitrés años en vez de cuarenta y tres.
Volver a Mike.
Hasta pensar su nombre envía calor fundido a acumularse entre mis piernas, memoria muscular de cómo había cartografiado cada centímetro de mi cuerpo.
Aprieto los muslos involuntariamente, recordando cómo me había preguntado qué quería y luego había cumplido como si le fueran a poner nota por lo exhaustivo.
Y Dios, la mañana siguiente.
La manera en que la luz del sol se colaba por las ventanas de mi cocina, atrapando el brillo del sudor en sus hombros mientras me presionaba contra la encimera, pura insinuación y deseo desnudo.
Cómo había apartado tazas de café y mis apuntes de la tesis desperdigados con un brazo, la otra mano enredada en mi pelo mientras murmuraba promesas sucias contra mi cuello.
Y había cumplido cada una de esas promesas.
Recuerdo el granito frío bajo mis palmas, su calor detrás de mí, el delicioso contraste arrancándome un jadeo.
El gruñido grave que había soltado cuando empujé las caderas hacia atrás contra él, exigiendo más.
Su ritmo —concienzudo y demoledor— me había hecho temblar las piernas y había dejado su nombre como el único pensamiento coherente en mi cabeza, las tortitas enfriándose mientras me fol…
Un bocinazo. He estado parada en un semáforo en verde, perdida en un sueño febril de manos atléticas y esa sonrisa torcida que llevaba puesta mientras me preparaba el desayuno en nada más que unos bóxers. No es mi mejor momento. O quizá el mejor, dependiendo de quién juzgue.
Después, intercambiamos números, diciéndonos que nos escribiríamos, pero reafirmando el pacto de «solo una noche». Lo guardé como «Mike (increíble)» en un momento de honestidad postorgásmica del que me arrepentí de inmediato pero que no fui capaz de cambiar.
Pero ahora, dos semanas, y ni un mensaje.
Lo cual está totalmente bien, porque no tengo tiempo para distracciones.
El pabellón de hockey de Pine Barren se alza ante mí como un monumento de cromo y cristal a todo lo que he estado evitando.
El edificio grita dinero y prioridades, ambas cosas que esta universidad aparentemente reserva para hombres con palos.
Pero también es el nuevo reino de papá, su sueño de entrenar en División I materializado en vigas de acero.
Aparco, y dentro, el familiar olor a lo que he identificado científicamente como «testosterona concentrada» me golpea como un asalto sensorial. Llevo respirándolo desde que era niña, siguiendo a papá de pista en pista, así que pensarías que ya sería inmune.
Te equivocarías, así que intento respirar lo más superficialmente posible mientras me dirijo a su despacho.
La puerta de su despacho está entreabierta, «COACH PEARSON» reluciendo en una placa tan nueva que aún tiene el plástico protector en las esquinas.
El orgullo se enreda con el resentimiento en mi pecho: orgullo porque ha logrado esto, resentimiento porque acabar su anterior contrato fue más prioritario que estar aquí cuando mamá empezó el tratamiento.
Pero esa es una conversación para terapia, no para un martes por la mañana.
Llamo a la puerta y levanta la vista, la alegría iluminándole la cara.
—¡Sophie!
—Bonito despacho —ofrezco, observando el caos a medio desempaquetar.
Veo fotos de campeonatos de Michigan y camisetas enmarcadas regaladas por sus jugadores que llegaron a la NHL, compitiendo por espacio en las paredes con pizarras tácticas.
Y en primera fila en su escritorio, la foto familiar de las Navidades de hace dos años, cuando aún pensábamos que los síntomas de mamá eran solo estrés.
—El equipo es increíble. —Su entusiasmo irradia como un crío presumiendo de cromos—. Mucho potencial. Tendrías que ver…
—He dejado a Hazel en el campamento de natación. —Le corto antes de que se lance a recitar poesía sobre hockey. Me da igual, y él lo sabe—. La recogen a las tres.
Su cara cambia a modo logístico. Se nos da bien este baile, compartimentar en hojas de cálculo de horarios.
—La resonancia de tu madre es a la una. Yo la llevo después de eso.
Abro nuestro calendario compartido y empiezo a soltar dónde necesito estar y qué puedo cubrir con Hazel y mamá, y él hace lo mismo.
Lo hago sabiendo que lo trasladará todo a su agenda de papel en cuanto me vaya, porque hay gente que confía en la nube y gente que confía en la pluma y la tinta, y nunca se encontrarán.
—Fisioterapia mañana a las once —recito—. Puedo dejarla de camino al campus, pero tengo clase a la una.
—Entendido. El entrenamiento del equipo no es hasta las tres. —Asiente—. Puedo recogerla y llevarla a casa.
Intercambiamos responsabilidades como pelotas en un entrenamiento de bateo, cada obligación un lanzamiento que devolver, haciendo concesiones donde no queda más remedio y recolocando lo que no tiene solución.
El peso de todo presiona entre mis omóplatos, un dolor familiar que se ha instalado de forma permanente junto a mi columna.
—Pareces agotada, Soph —dice, de pronto, entre la tercera y la cuarta actividad de Hazel para el jueves por la tarde.
Levanto la vista del móvil y me lo encuentro estudiándome con esa expresión de padre preocupado que tiene perfeccionada.
Irónico, considerando que básicamente estoy copilotando la familia con él mientras mamá está fuera de juego y mientras Hazel es…
bueno… una niña de ocho años. Y eso después de llevar el timón sola durante seis meses mientras él seguía en Michigan.
—Define «agotada» —desvío—. Porque si te refieres a «funcionando a base de cafeína y rencor», entonces sí.
Su ceño se acentúa, la preocupación clara en su cara.
—Sabes que ya estoy aquí, ¿verdad? No tienes que…
—Alguien tiene que hacerlo. —Las palabras se me escapan antes de poder frenarlas, y me arrepiento—. Perdona. Es solo que… hay muchos detalles.