Calor Bajo Cero Capítulo 54 Natalia, Elena, Hugo y Rubén
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Capítulo 54 Natalia, Elena, Hugo y Rubén

Natalia

El apartamento huele a jazmín y a madera vieja. Hay papeles en la mesa, un termo de café a medio acabar, las zapatillas de baile junto a la puerta porque ya no las guardo en el armario. Aprendí que las cosas que usas cada día merecen estar a la vista.

La flor roja está seca en la estantería. Elena me dijo que no la tirara. "Las flores secas son las que más duran", dijo, y yo anoté la frase aunque sabía que no era sobre flores.

Abro el portátil. Tendría una reunión de mi nueva empresa a las cuatro pero la voy a cancelar.

Ahora trabajo remotamente. En Londres son las tres.

La pegatina en la pantalla me la regaló Hugo una tarde que vino con Rubén sin avisar y se quedaron cuarenta minutos criticando mi escritorio.

El duende no se googlea. Debajo, en letra que solo yo veo porque la escribí yo: Pero se mide en besos por hora.

Cierro el portátil antes de que mi jefa vea que sigo online. Le mando un mensaje: Hoy no puedo. El lunes te doy los números.

Es viernes. Hoy no hay clase.

Hoy es solo Elena.

Elena

La francesa se llama Aurélie y lleva tres semanas mirándome con los ojos del que no entiende por qué le duele algo que todavía no ha perdido.

Le corrijo el braceo por quinta vez. Levanta los brazos como si pidiera auxilio en lugar de dibujar el aire.

—No los empujes. Déjalos caer donde quieran ir.

Me mira. Veo exactamente lo que vi hace varios meses en la cueva: una mujer con demasiada cabeza y poca tierra bajo los pies.

Sonrío sin querer.

Mi abuela decía: el que no quiere caldo, tres tazas. Se lo digo. Aurélie frunce el ceño.

—No entiendo.

—Ya lo entenderás.

Cuando termina la clase, Soleá aparece con el café y los números del mes, que esta vez cuadran. Me los enseña como si fueran un trofeo. Los miro un segundo y los devuelvo.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

Soleá pone los ojos en blanco. Luego me dice que Natalia viene en un rato.

Ya lo sé.

Hugo

La foto de hoy llega a las diecisiete cuarenta y dos. El pico de Veleta con el último sol. La nieve tiene ese color de miel oscura que solo dura tres minutos antes de volverse gris.

Sin texto. Como siempre.

La descargo y la añado a la carpeta. Los atardeceres de un hombre de pocas palabras. Cuarenta y siete entradas. Ninguna con pie de foto. Todas con la misma montaña y una luz distinta según lo que ha pasado ese día, aunque Rubén nunca lo explica y yo ya he dejado de pedirle que lo haga.

Cierro el portátil. El artículo de esta semana ya está enviado. El País Semanal quiere otro perfil para marzo, esta vez un nadador. Le dije que sí antes de leer el brief.

Me preparo un café que no voy a acabar y me siento en el alféizar a ver Granada desde arriba. Dos meses en este apartamento y todavía me gusta el ruido de la calle por las tardes.

Misi duerme en el sofá. Se vino conmigo sin protestar.

Rubén

La pista estaba helada esta mañana y aun así bajé limpio en mi entrenamiento.

Cuando cruzo el final de la pista siempre busco el mismo punto entre la gente, aunque sepa que a veces Hugo no puede venir por trabajo. Pero hoy sí está, con el cartel nuevo que ha traído sin avisar, letras negras sobre cartón blanco: HE CONTADO. LLEVAS 847 FRASES ESTE MES.

Levanto un dedo.

Él entiende: una más que ayer.

Pablo me da una palmada en el hombro. Marcos al teléfono. Yo sigo mirando a Hugo, que guarda el cartel bajo el brazo y me hace una foto con el móvil que probablemente saldrá movida.

La rodilla a veces todavía se siente un poco. La ignoro.

Cojo la llamada de Marcos.

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