Capítulo 53 Hugo
Dos semanas es poco tiempo para que una vida cambie de forma. O eso creía yo antes de este mes.
El blog lo monté una noche de miércoles con demasiado café y el portátil encima de la cama, convencido de que era una idea mediocre.
Le puse un nombre que tardé cuarenta minutos en decidir y otros veinte en cambiar.
Campo y Pista. Simple. Rubén me dijo que sonaba a revista agrícola.
Le dije que el nombre era lo de menos. Me dijo que para él no.
Lo dejé como Campo y Pista igualmente porque en el fondo tenía razón pero no iba a admitirlo.
El artículo sobre Rubén lo escribí en tres noches.
No el que guardé en aquella carpeta sin nombre cuando aún trabajaba para el Marca.
Ese lo borré el mismo día que llamé a Julián para decirle que no lo iba a entregar, y no lo borré con remordimiento sino con algo parecido al alivio, que es la emoción que menos esperaba sentir.
Este era distinto. Más largo. Más lento.
Sin el titular urgente que Julián siempre quería encima de todo, sin la arquitectura del periodismo de impacto que te enseñan en la universidad y que sirve para contar hechos pero raramente para contar personas.
Escribí sobre un hombre que durante tres años vivió en el espacio entre lo que fue y lo que podría volver a ser.
Sobre cómo el miedo no desaparece cuando subes a esquiar, sino que baja contigo por la pista y tienes que aprender a no dejar que te gane la mano.
Sobre cómo una persona puede estar completamente sola en una habitación de hotel con vistas a una sierra que amaba y no saber todavía que eso va a cambiar.
Le mandé el borrador a Rubén antes de publicarlo. Por supuesto. No había otra forma de hacerlo.
Estuvo callado cuarenta minutos. Yo estaba en la cocina fingiendo que no miraba el móvil cuando sonó.
—Es la primera vez —dijo— que alguien escribe sobre mí y no sobre mi rodilla.
No supe qué responder. Le dije que lo publicaría al día siguiente si le parecía bien. Me dijo que sí. Colgó antes de que yo pudiera añadir nada, que es su forma de decir que algo le ha importado demasiado para seguir hablando de ello.
Lo que pasó después no lo tenía calculado.
El artículo lleva doce días publicado y ha tenido más lecturas que todo lo que escribí en dos años para Marca.
Tres medios me contactaron la primera semana.
Dos no me interesaban. El tercero era El País Semanal, que quería perfiles de deportistas con ese mismo enfoque, esas mismas tres mil palabras que van por dentro en lugar de por fuera.
Firmé el contrato el jueves pasado en un café de la calle Reyes Católicos con el portátil sobre la mesa y Misi encerrado en casa protestando.
Es un trabajo mejor que el que tenía.
* * *
Esta tarde estoy en el sofá con el portátil, leyendo los comentarios del artículo en voz alta porque Rubén está a mi lado y porque los comentarios de internet son un género literario que merece documentación oral.
—Éste dice que el artículo es lo mejor que ha leído sobre esquí desde hace diez años.
Rubén asiente sin levantar la vista del móvil.
—Éste pregunta si soy familiar tuyo.
—Esperemos que no.
—Éste... —Me detengo.
—¿Qué?
Le doy la vuelta al portátil. Rubén lee. El comentario dice: ¿Este periodista está enamorado del esquiador o qué?
—¿Qué has respondido? —pregunta.
—Nada.
Rubén deja el móvil en la mesita. Me mira con esa expresión suya que no es exactamente una sonrisa pero se le parece bastante cuando no está intentando evitarlo.
—Deberías responder que sí.
Casi me caigo de la silla.
* * *
Rubén conduce mejor de lo que admite, pero aparca fatal aunque luego siempre me critica a mi.
Lleva cinco minutos dando vueltas a la misma manzana del Sacromonte buscando un hueco que claramente no existe mientras yo miro por la ventana sin decir nada porque la última vez que comenté algo sobre su forma de aparcar estuvo de mal humor cuarenta minutos.
—Ahí.
—Ese hueco es para motos.
—Cabe el coche. Yo lo hubiera metido.
—No cabe el coche, Hugo. No me recuerdes tus últimas maniobras de aparcamiento.
Cabe el coche. Aparca con dos maniobras y me lanza una mirada que no comento.
Llegamos a la cueva-academia de Elena y Soleá con diez minutos de adelanto, lo que significa que la clase del Inserso aún no ha terminado.
Se escucha desde fuera, una guitarra grabada sonando a volumen de tablao y por encima de ella dos voces mayores discutiendo sobre si el compás va así o asá.
Rubén empuja la puerta entreabierta y entramos sin hacer ruido.
La escena que encontramos dentro no tiene precio.
Natalia está en el centro del estudio bailando con algunos jubilados.
Entre ellos está Paco, el del bastón, a quien yo ya conozco por referencias y por varios encontronazos breves cuando he quedado otras veces con Elena.
Paco tiene ochenta años mal llevados, una cadera de titanio y una opinión formada sobre todo lo que ocurre en un radio de diez metros.
Natalia intenta seguirle el paso con concentración, pero los brazos hacen algo que no es exactamente flamenco ni exactamente otra cosa, sino algo propio que ha ido construyendo en semanas de clase.
Otra señora mayor a la que los demás llaman Matilde, marca el compás con una pandereta desde la silla, aunque no parece que vaya mucho al ritmo de la canción.
Todos juntos forman un desastre genuinamente entrañable.
Rubén se cruza de brazos a mi lado. No dice nada. Eso en él significa que le gusta lo que ve.
La guitarra llega a un acorde final y todos se detienen. Paco suelta el bastón en el suelo con un golpe ceremonioso, mira a Natalia de arriba abajo con el rigor de alguien que lleva décadas emitiendo veredictos sin que nadie se los pida, y dice:
—Hija, al menos ya no pareces un robot. Debe ser el amor.
Natalia abre la boca. La cierra.
—Eso es un progreso notable viniendo de usted.
—Es un piropo —aclara Matilde, agitando la pandereta—. Hasta a Paco lo tienes ya encandilado niña.
—No sé si eso es mejor o peor.
—Es mejor —dice Paco con autoridad, recogiendo el bastón de nuevo—. Los robots no tienen gracia. Los enamorados por lo menos dan pena, que ya es algo.
Natalia se ríe. Una risa real, de las que le salen sin que las planifique, y en ese momento Elena aparece por la puerta trasera con una botella de agua en la mano y la flor del moño ligeramente torcida después de la clase.
Ve a Natalia riéndose con Paco y Matilde. Ve a Rubén y a mí junto a la entrada.
Sonríe de una forma que le ocupa toda la cara. La clase de sonrisa que cuesta disimular y que ella ni siquiera intenta disimular ya.
Quien me hubiera dicho en la universidad, cuando Elena y yo compartíamos asiento en Introducción al Periodismo y ella ya entonces tenía más carácter que toda la facultad junta, que acabaría aquí.
Mirándola sonreír así por una mujer que llegó a Granada con una almohada ergonómica de Zúrich y una hoja de cálculo sobre sus propios sentimientos.
La vida da vueltas raras. Las mejores son siempre las que no calculas.
* * *
Soleá nos echa a los cuatro a las ocho y media con la excusa de que tiene que cerrar la cueva, aunque yo sospecho que simplemente quiere quedarse con el mando a distancia y sin visitas. Aparte ya hemos vaciado alguna botella de vino de las que guardan en el mueble para las ocasiones especiales.
—Fuera —dice señalando la puerta con una escoba que no ha usado para barrer nada—. Id a cenar como personas normales.
Salimos a la calle.
Encontramos sitio en una terraza de la Calle Agua que tiene los plásticos bajados por el frío y dos calefactores de gas que irradian con una intensidad casi agresiva.
El camarero nos mira cuando llegamos, evalúa el grupo, nos sienta en la mesa del fondo sin preguntar.
Creo que tenemos pinta de ser el tipo de mesa que pide tarde y se queda hasta que apagan las luces.
Seguimos con el vino. Rubén pide agua también, porque Rubén siempre pide agua también, y Natalia le pregunta si los deportistas de élite pueden beber vino y él le dice que ya no compite a nivel de élite y ella le dice que cuarto en una carrera regional no le parece poco y Rubén mira al techo.
Elena pide croquetas aunque ya hemos comido croquetas juntos esta semana. Nadie lo menciona.
Cuando llega todo y tenemos nuestras copas aún llenas, las cuatro sobre la mesa con el vapor de la comida subiendo entre nosotros, cojo la mía sin pensarlo demasiado. A veces los discursos salen mejor cuando no los preparas.
—Por la nieve, las cuevas, las duchas y las hojas de cálculo.
Natalia esconde la cara en la mano. Elena se ríe con esa risa ronca suya que llena cualquier espacio. Rubén levanta su copa de agua con la solemnidad de un hombre que ha decidido tomarse en serio lo que tiene delante.
—Por las personas que no se rinden.
Elena levanta la suya.
—Por los que se quedan.
Natalia mira su copa. Mira a Elena. Levanta el vino.
—Por el caos.
Chocamos las cuatro. El cristal suena limpio sobre el ruido de fondo de la calle, de Granada moviéndose ahí fuera con su brillo de siempre, esa luz que tiene la ciudad por las noches que no es de farolas sino de algo más antiguo que no sé nombrar.
La Alhambra está ahí arriba, encima de todos nosotros, encima de la conversación y de las croquetas y de los plásticos que se mueven con el viento, mirándolo todo como lleva siglos mirando a la gente sentarse a la mesa y disfrutar de la vida.
Saco el móvil para hacerle una foto a mi madre. Ella siempre me pide fotos de la gente con la que estoy y yo casi nunca se las mando, y esta noche me parece el momento. Los cuatro, el vino, la Alhambra al fondo si inclino bien el ángulo.
Hago la foto. La encuadro. Se ve bien, se ve a los cuatro, se ve incluso el calefactor que le da a Rubén una luz muy favorecedora que él no merece con lo mal que ha aparcado antes.
La mando.
Espero.
El teléfono vibra. Vibra otra vez. Tres veces seguidas.
Miro la pantalla.
GRUPO REDACCIÓN MARCA .
“Sergio Montoya: ¿Ese es Rubén Alarcón? Tío, ¿DÓNDE TE METES?”.
“Dani: HUGO”.
“Sergio Montoya: HUGO”.
Apago el teléfono. Lo pongo boca abajo sobre la mesa. Cojo una croqueta.
—¿Todo bien? —pregunta Rubén.
—Perfectamente.
Elena me mira.
—Hugo.
—Comed.