Calor Bajo Cero Capítulo 52 Elena
95%

Capítulo 52 Elena

Hay once velas encendidas en la cueva.

Las he contado tres veces porque necesitaba hacer algo con las manos y contar era lo único que se me ocurrió que no fuera mirar la puerta.

Soleá me dijo que era excesivo. Le dije que se fuera.

Se fue, pero antes me miró con esa cara que tiene cuando sabe que tiene razón y no quiere decirlo porque ya lo sabe y yo también.

La puerta se cerró y me quedé con las once velas y la música y el olor a cera caliente mezclado con tierra y jazmín del patio.

Natalia llamó desde el aeropuerto hace una hora y veinte minutos.

Dijo que no se iba. Lo dijo así, sin preámbulo, sin el rodeo técnico que usa cuando algo le asusta demasiado para nombrarlo directamente.

No me voy. Tres palabras. Yo no dije nada durante cuatro segundos completos porque estaba intentando calcular si lo había oído bien.

Luego dije que la esperaba. Luego colgué y encendí las velas.

Una hora y veinte minutos.

El aeropuerto está a unos veinte minutos en taxi.

Empiezo a apagarlas. Primero la del rincón izquierdo, luego las dos del alféizar, después la que Soleá movió de sitio y puso encima del altavoz por algún motivo que no dijo.

El humo sube en espiral fina y se deshace antes de llegar al techo de piedra.

Quizás ha vuelto a cambiar de opinión. Quizás se sentó delante de la puerta de embarque y calculó todo lo que hay que calcular, los números, los riesgos, la columna de pérdidas y la columna de ganancias, y la columna de ganancias no salió suficiente.

Quizás está ahora mismo en el avión mirando por la ventanilla cómo Granada se hace pequeña debajo de ella.

Dejo cuatro velas. No sé por qué. Por si acaso, lo que es una forma estúpida de pensar.

Pongo la música desde el principio y bailo.

No para nadie. Para lo que hay en el pecho que no tiene nombre todavía, o sí lo tiene pero no quiero decírselo a nadie antes de decírselo a ella.

Una soleá. El compás más lento, el que más pesa, el que mi abuela Rosario bailaba cuando algo le dolía de verdad y no quería llorar sentada.

El zapateado cae sobre el suelo de madera y la cueva lo recoge, lo devuelve, lo multiplica.

Muevo los brazos como si estuviera deshaciendo algo que no se puede deshacer con las manos.

Las muñecas. Las palmas hacia arriba. El giro lento que mi cuerpo hace solo cuando la música lo pide.

Estoy en el centro del desgarro, donde el baile ya no es baile sino otra cosa, cuando la puerta se abre.

Me detengo.

Natalia está en el umbral con una maleta de cabina a su lado, el pelo sin recoger y la cara de quien ha llorado en un sitio público y ha corrido y ha tomado la decisión más aterradora de su vida y todavía no ha terminado de procesar ninguna de las tres cosas. Nos miramos.

—¿Al final te has decidido? —digo.

—He venido a mi clase.

—Son las tres de la tarde.

Natalia no se mueve del umbral. Mira la cueva, las cuatro velas que no apagué, la música que sigue sonando de fondo.

—¿Y?

—Llegas muy temprano. Las clases empiezan el lunes a las cinco y aún es domingo.

—Lo sé.

Da un paso adentro y deja la maleta en la entrada.

—Siempre llego más temprano a lo que realmente me importa.

* * *

Yo no me muevo del centro de la cueva. Natalia tampoco se mueve del umbral. La música sigue, el compás de la soleá marcando el tiempo entre nosotras como si supiera que algo está a punto de resolverse o romperse y no tiene prisa por saber cuál de las dos cosas.

Doy un paso hacia ella.

Natalia da un paso hacia mí.

Nos encontramos en el centro exacto de la cueva, donde el suelo de madera lleva décadas recibiendo el peso de todos los que han bailado aquí, y nos abrazamos sin que ninguna lo decida antes de hacerlo.

Noto su chaqueta húmeda contra mi mejilla, el olor a aeropuerto y a día frío mezclado con algo que ya reconozco como suyo.

Sus brazos aprietan fuerte. Los míos también.

—Hueles a avión —le digo.

—No he cogido el avión.

—Hueles al avión que no cogiste.

Se ríe contra mi hombro. Una risa pequeña, cansada, la clase de risa que sale cuando ya no queda energía para contenerla. La beso. Despacio. Sin calcular nada, lo que es un alivio porque yo tampoco sé calcular estas cosas y siempre me alegro cuando la situación no lo exige.

La maleta rueda.

No lo oigo al principio porque tengo la música y el corazón y la boca de Natalia ocupándome toda la atención disponible, pero luego hay un golpe y una voz y la voz dice:

—¡Me cago en la mar salada!

Nos separamos.

Paco, uno de mis alumnos del curso del Inserso está en la entrada de la cueva, frotándose la espinilla con una mano y sosteniendo su bastón con la otra, mirando la maleta de Natalia, que ha recorrido la pendiente de la cueva y ha llegado exactamente hasta su tobillo derecho.

—Esta mujer —dice Paco, señalando a Natalia con el bastón— es un peligro hasta con el equipaje.

—Paco. —Me paso la mano por el pelo. —¿Qué haces hoy aquí?

—El bastón. Me lo dejé ayer y lo necesito para dar mis paseos.

—Pero si lo llevas en la mano.

—Qué sabrás tú. Éste es el otro que tenía en casa. Pero no me gusta para andar.

Natalia hace un ruido extraño con la boca que no es una tos ni una risa pero es las dos cosas al mismo tiempo. Yo también lo siento venir. Lo aguanto porque Paco aún está aquí y si me río ahora no se va nunca.

—El bastón no está aquí, Paco. La academia estaba cerrada ayer.

—Pues alguien lo habrá robado.

—Nadie ha robado nada. Natalia, ¿puedes?

Natalia recoge la maleta del suelo y la sostiene como si pesara más de lo que pesa, que es probable dado todo lo que ha cargado hoy. Paco la observa con la expresión de quien evalúa si una persona merece o no su perdón.

—La próxima vez —le dice— frena el equipaje antes de soltarlo en un sitio con cuesta.

—Lo tendré en cuenta —dice Natalia, muy seria.

—Y aprende a llevar el compás. Lo del taconeo tuyo suena a obra en construcción.

—Paco. —Señalo la puerta. —Fuera. Nos vemos mañana en el curso.

—Me voy, me voy. —Levanta el bastón y se da la vuelta contrariado. —Qué poca hospitalidad. Con el frío que baja hoy de la sierra.

Paco sale de la cueva murmurando algo sobre la juventud y el equipaje de mano y las pendientes sin señalizar. Oigo sus pasos alejarse por el empedrado y luego nada. La música sigue. La soleá, paciente, esperando que alguien vuelva a prestarle atención.

Me río.

No puedo evitarlo. Sale de algún sitio hondo, esa risa ronca que mi abuela decía que había heredado de su propia abuela, y una vez que empieza no hay forma de pararla.

Natalia me mira durante exactamente dos segundos con cara de intentar mantener la compostura y luego se rinde y se ríe también, y su risa es diferente a la mía, más limpia, más sorprendida, como si no esperara que el cuerpo le hiciera eso precisamente ahora.

Cuando para, cambio la música.

Pongo una bulería lenta, que es una contradicción en sus propios términos pero existe y es lo más honesto que tengo ahora mismo. Le tiendo la mano.

Natalia la mira. Luego me mira a mí.

—No sé si estoy lista.

—Nunca lo estás. Baila igual.

La acepta.

Lo que ocurre a continuación no es flamenco.

O sí es flamenco, pero el tipo de flamenco que nadie enseña porque no se puede enseñar: el que ocurre cuando dos personas dejan de intentar hacerlo bien y simplemente lo hacen.

Natalia pierde el compás tres veces. Una vez pisa donde no debe y nos chocamos el hombro.

En algún momento ella va a la derecha y yo voy a la izquierda y nos quedamos un segundo mirando en direcciones contrarias antes de reírnos y volver a empezar.

Sus brazos son más rígidos de lo que deberían.

Los míos están compensando demasiado. No importa.

Es real.

Cuando la música para, nos quedamos paradas en el centro de la cueva, sus manos todavía en las mías, la respiración de las dos un poco más alta de lo habitual.

—Estoy decidida. Me quedo —dice Natalia. —En Granada. No sé de que voy a trabajar, cuánto tiempo, no sé dónde voy a vivir, no tengo nada planificado.

La miro.

—¿Y tu hoja de cálculo?

—La he cerrado.

—Mentira.

Natalia sonríe. Una sonrisa lenta, de las que le salen cuando no está intentando parecer nada.

—He añadido una última columna. —Hace una pausa. —"Cosas que merecen el caos." Solo tiene una fila.

La beso antes de que pueda añadir nada más.

Desde fuera, la voz de Paco:

—¡Aquí no hay ningún bastón tampoco!

—¡Paco, por el amor de Dios!

—¡Me voy, me voy!

Natalia se ríe contra mi boca. Yo también. Es perfecto.