Calor Bajo Cero Capítulo 51 Hugo
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Capítulo 51 Hugo

Levanto el móvil con la mano que me tiembla.

En la pantalla, Rubén responde preguntas con esa economía de palabras suya que conozco ya de memoria: una frase, pausa, otra frase, pausa, como quien mide el agua antes de beberla.

La periodista del micrófono asiente con entusiasmo profesional.

Rubén no sonríe, pero tiene algo en la mandíbula que yo ya reconozco como su versión de sonreír.

Lo grabo.

El problema es que tengo los ojos llenos de agua y no me había dado cuenta hasta que la pantalla se vuelve completamente borrosa, una mancha naranja y blanca que podría ser cualquier cosa, podría ser un atardecer, podría ser nada.

Parpadeo. El vídeo sigue grabando.

—¿Es su hijo?

Me giro. Un señor de unos sesenta años, con la bufanda de lana y una cámara de fotos colgada al cuello, me observa con expresión genuinamente compasiva.

—No exactamente —digo.

El señor asiente como si eso explicara algo, y se vuelve hacia la pista.

Bajo el móvil. Reviso el vídeo. Son cuarenta y dos segundos de manchas borrosas con el audio de Rubén hablando al fondo. Lo guardo de todas formas.

Rubén tarda otros cinco minutos en desprenderse de la prensa.

Lo veo maniobrar con la paciencia de alguien que ha aprendido a hacerlo: responde lo justo, no da pie a la siguiente pregunta, asiente con la cabeza antes de que terminen la frase para cerrar el intercambio. Eficiente. Frío, si no lo conoces.

Cuando cruza hacia mí, tiene nieve en el hombro izquierdo y la expresión de alguien que acaba de terminar algo muy largo.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Lo digo en voz baja porque hay dos redactores a diez metros que llevan un rato mirando en nuestra dirección con esa atención lateral, de reojo, que reconozco de mi propio oficio. La gente ha empezado a atar cabos. O a intentarlo. El abrazo de antes no habrá pasado desapercibido.

Rubén me mira.

—Bien.

Lo conozco suficiente para saber que esa palabra en su boca puede contener un universo entero o absolutamente nada, según el día.

—¿Bien de bien —digo—, o bien de voy a necesitar tres horas luego para explicarte lo que siento en plan fenómeno?

Una pausa. Rubén baja los ojos un momento, los sube.

—De las dos.

Otro segundo. Los dos redactores siguen mirando. Pablo está a unos metros con Marcos, y Pablo sonríe hacia otro lado con la concentración de alguien que finge no ver nada. Marcos habla por teléfono y no finge nada porque Marcos todavía está procesando el abrazo.

Rubén da un paso hacia mí.

—Cállate y dame un beso.

No me lo dice dos veces.

Es distinto al de la pista de hace unos días, que fue urgente y torpemente aterrizó en la nieve y nos dejó a los dos con la rodilla mojada.

Este es breve, deliberado, en medio de la zona de meta con dos cámaras y media docena de periodistas deportivos y el señor de la bufanda que probablemente sigue por ahí sacando fotos.

Rubén huele a nieve y a esfuerzo y a la cera de sus esquís, y tiene la mejilla fría cuando la toco con la mano.

Cuando nos separamos, uno de los redactores ya tiene el teléfono levantado.

Rubén lo ve. No cambia de expresión. Me mira a mí.

—¿Has grabado algo decente hoy? —dice, como si acabara de preguntarme si quiero café.

—Cuarenta y dos segundos de manchas borrosas con tu voz de fondo.

—Periodista del año.

—Estaba emocionado, Rubén. Tú bajabas esa pista y yo casi me caigo llorando en la nieve como un idiota. No puedo controlarlo todo.

Rubén recoge uno de sus bastones del suelo sin responder. Pero lo conozco. La comisura derecha se mueve un milímetro hacia arriba antes de que pueda evitarlo.

—¿Lo del San Bernardo sin barril se puede aplicar aquí de alguna forma? —pregunto.

—No.

—Creo que sí. Tú eres el niño perdido en los Alpes y yo soy el San Bernardo que apareció sin el brandy pero igual te rescató.

—No se yo.

—Metafóricamente.

—Sigo sin verlo.

Pablo nos alcanza con una sonrisa enorme que no intenta disimular, y por detrás Marcos cuelga el teléfono con la cara de alguien que tiene mucho trabajo nuevo por delante.