Capítulo 50 Rubén
El dorsal lleva veinte minutos en mis manos antes de que consiga atármelo.
No es la primera vez que me pongo uno. Lo he hecho cientos de veces: en entrenamientos, en Copas del Mundo, en la bajada de Kitzbühel donde todavía puedo oír el crujido si me descuido.
Pero mis dedos no cooperan esta mañana, y Pablo me lo quita sin decir nada, lo sujeta al pecho con dos tirones rápidos y da un paso atrás para evaluarme.
—Respira.
—Estoy respirando.
—Estás aguantando la respiración desde hace diez minutos.
No lo contradigo.
Marcos está junto a la valla metálica con el teléfono pegado a la oreja y la mandíbula apretada.
Ha llamado tres veces en la última hora.
A los de Nordica, al médico del equipo, a alguien de la organización por un problema con el orden de salida que ya está resuelto pero que él sigue rumiando porque necesita tener algo que resolver.
Lo conozco desde los diecinueve años. Cuando Marcos no sabe qué hacer con las manos, busca el teléfono.
—Oye. —Pablo espera a que lo mire.— Es una pista fácil. Pendiente media. La has bajado decenas de veces esta semana.
—Lo sé.
—Tu rodilla aguanta.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué?
No tengo una respuesta que quepa en palabras, así que me limito a coger los bastones. Pablo asiente. Es suficiente.
La zona de salida huele a nieve fresca y cera de esquí, ese olor que durante tres años evité en cualquier cosa: vídeos, tiendas de material, conversaciones.
Ahora lo aspiro y noto algo que no esperaba.
No alivio exactamente. Algo más parecido al reconocimiento.
Como volver a un idioma que creías olvidado y descubrir que la boca todavía sabe cómo moverse.
Busco a Hugo antes de ponerme en posición.
El público no es grande: una tribuna pequeña, familias con termos, algunos periodistas de medios regionales que no me conocen o fingen que no.
Lo encuentro en la segunda fila porque es el único que lleva una chaqueta de cuero completamente inapropiada para la nieve y porque está sosteniendo un cartel hecho con cartón de caja de pizza y rotulador negro.
Una sola palabra.
BAJA.
Me río. No sonrío con educación ni gesticulo con cortesía.
Me río de verdad, con la boca abierta y los ojos apretados, y durante tres segundos olvido completamente el dorsal, la rodilla, el crujido, los años.
Hugo levanta el cartel más alto cuando me ve, y la cara que pone —entre satisfecho y ridículo— es exactamente la cara que pone cuando se roba mi tostada por las mañanas.
El altavoz llama mi número.
Me coloco. Cierro los ojos un momento.
Los miedos llegan siempre así: sin aviso, por el flanco ciego. El ángulo de la pendiente, la velocidad acumulándose debajo de los esquís, el instante en que el cuerpo sabe antes que la mente que algo va mal. El crujido.
Pero esta vez hay otra cosa encima.
Hugo riéndose en una ducha de hotel con el vapor tan espeso que apenas se ve nada.
Hugo pidiendo café con leche para los dos sin preguntarme.
Hugo abrazado a mi en la cama mientras afuera hace frío.
Hugo borrando mil palabras y dejando el trabajo para no hacerme daño y sin decírmelo, porque no quería que pensara que esperaba algo a cambio.
Bajo.
La nieve golpea los esquís y el viento me abre la cara y la pendiente tira de mí hacia adelante con esa fuerza que no se parece a ninguna otra cosa en el mundo. La rodilla protesta en la primera curva. La ignoro. No con rabia, como hacía antes. Con algo más parecido al respeto.
No gano pero estoy de pie. Entero.
Es suficiente. Es más que suficiente. Me siento vivo.
* * *
El cronómetro parpadea arriba. Cuarto. No es un podio, pero tampoco importa eso ahora mismo, la rodilla aguanta, el cuerpo aguanta, y yo aguanto, y eso es lo único que existía hace tres años como posibilidad remota y hoy es un hecho.
Busco el cartel de Hugo.
No está.
Recorro la tribuna con los ojos, fila por fila, el naranja de los monos de esquí, las gorras, los teléfonos levantados, los niños encaramados a las vallas.
Nada. Un vacío extraño me abre el pecho, más raro que el dolor de la rodilla, más inesperado.
Llevo cuarenta y ocho horas sin dormir bien por una carrera regional de segunda categoría y ahora me descubro buscando a un periodista en paro entre doscientas personas como si fuera lo más importante que he hecho en el día.
Marcos aparece a mi lado con cara de haber sobrevivido a algo.
—Cuarto —dice—. Es bueno, Rubén. Es muy bueno.
Asiento. Sigo mirando.
Entonces lo veo.
Hugo emerge por el lateral de un grupo de turistas japoneses con la mochila torcida y nieve en el pelo, en la chaqueta, en las cejas.
Tiene la rodilla del pantalón oscura de humedad y camina con esa ligera cojera de quien se ha caído y no piensa reconocerlo.
El cartel que sostenía antes está doblado bajo el brazo, arrugado, inútil. Me mira.
Sonríe.
Cruzo hacia él sin pensarlo. Sin mirar a Marcos.
Sin mirar a los de Nordica que están junto a la valla con sus chaquetas corporativas.
Hugo abre los brazos antes de que yo llegue, lo que me hace querer no llegar nunca para conservar ese segundo, y luego llego, y lo abrazo, y es húmedo y frío y huele a nieve mojada y a la colonia barata que usa siempre, y me aprieta con fuerza y yo aprieto más.
—Te has caído —digo contra su cuello.
—Dos veces —confirma—. La segunda fue espectacular.
No me separo. Él tampoco.
Soy consciente, en algún lugar periférico de mi cabeza, de que Marcos nos está mirando.
De que los de Nordica nos están mirando.
De que hay al menos dos cámaras apuntando hacia aquí porque soy un deportista que acaba de terminar una carrera.
Todo eso ocurre en ese perímetro lejano donde viven las consecuencias, y ahora mismo las consecuencias pueden esperar.
Hugo me da un golpe suave en la espalda.
—Cuarto.
—Cuarto.
—El año que viene primero.
—El año que viene veremos.
Cuando nos separamos, tiene nieve derritiéndose en la ceja. Se la quito con el pulgar sin pensar. Hugo me deja hacerlo con una expresión que no sé describir del todo y que guardo para más tarde.
Entonces la prensa me encuentra.
Una mujer con micrófono y acreditación se materializa entre Hugo y yo con la eficiencia de alguien que lleva años separando personas en momentos inconvenientes. Hugo queda un paso atrás, luego dos, luego lo pierdo detrás de un fotógrafo.
—Rubén, ¿cómo te sientes después de tres años?
Me vuelvo hacia el micrófono. La pregunta es tan grande que casi da risa.
—Bien —digo.
—¿Piensas regresar a competir a nivel internacional?
—Estoy aquí, ¿no?
—¿Qué ha significado esta carrera para ti personalmente?
Busco a Hugo por encima del hombro de la periodista. Lo encuentro al fondo, empapado, con el cartel arrugado todavía bajo el brazo, levantando el pulgar.
Me vuelvo al micrófono.
—Mucho —digo—. Ha significado mucho.