Capítulo 49 Natalia
El domingo ha llegado y el aeropuerto de Granada huele a café malo y a plástico recalentado.
Tomás ha aparcado el coche y ha subido las maletas sin decir nada.
Lleva así desde que ha llamado al telefonillo de mi apartamento esta mañana a las siete y cuarto y me ha encontrado ya vestida con la maleta en la puerta.
Me ha mirado. Ha cogido la maleta. Ha dicho venga en ese tono suyo que no es resignación sino algo más complicado, y hemos bajado las escaleras en silencio.
En el coche no ha puesto música. Tomás siempre pone música.
Ahora estamos los dos delante del mostrador de facturación y él tiene las manos en los bolsillos de la chaqueta y yo tengo el pasaporte en la mano derecha y el móvil en la izquierda y ninguna de las dos cosas pesa lo que debería.
—Nat.
—No empieces otra vez.
—No iba a empezar nada.
Lo miro. Tiene esa cara que pone cuando miente, que es exactamente la misma cara que pone cuando dice la verdad, porque Tomás es el hombre menos misterioso del mundo.
—¿Seguro?
—Seguro —dice. Y luego—: Bueno. Solo iba a decir que si cambias de opinión, mi sofá está a tu disposición mientras encuentras otro piso y trabajo.
Asiento. Miro el mostrador. La señora detrás del cristal teclea algo sin mirarme.
Abro el teléfono.
Siete notificaciones de Elena. El número rojo lleva ahí desde el viernes. No los he abierto. Sé lo que dicen porque los mensajes se previsualizan en la pantalla de bloqueo y he estado leyendo la primera línea de cada uno como si eso fuera menos que leerlos enteros. Como si así no contara o doliera.
“Ven a la cueva”.
“Natalia, coge el teléfono”.
“He encontrado tu nota. Llámame”.
El resto los he deslizado hacia arriba sin leer.
Debajo de los de Elena hay uno de Hugo. Lo abro porque Hugo tiene el don de hacer que todo parezca menos grave y ahora mismo necesito que algo pese menos.
Si te vas ahora, lo vas a lamentar siempre. Y tú no sabes vivir con lamentos. Ya te conozco un poco para saber que eres demasiado ingeniera para eso.
Me río.
Es una risa corta, involuntaria, que sale de algún sitio que no controlo. Tomás me mira.
—¿Qué?
—Hugo —digo, y le enseño el móvil.
Tomás lo lee. Sonríe con la mitad de la boca y luego se le borra la sonrisa.
Noto el ardor en los ojos antes de entender qué está pasando.
Me lo trago. No me lo trago. Me siento en una de las sillas de plástico gris que hay pegadas a la pared y el pasaporte se me escurre de los dedos y lo recojo del suelo y cuando me incorporo tengo la garganta cerrada y los ojos húmedos y me río otra vez porque no sé qué más hacer con todo esto.
Tomás se sienta a mi lado. No dice nada. Eso es lo mejor de Tomás: que sabe cuándo no decir nada.
Me seco los ojos con el dorso de la mano. El aeropuerto sigue igual. Un niño llora al fondo. Un hombre arrastra una maleta con una rueda rota que chirría en cada paso. La señora del mostrador sigue tecleando.
Miro el pasaporte en mi mano.
Miro el teléfono.
Siete mensajes que no he abierto de una mujer que me puso una flor roja entre los dedos y me dijo que el duende no se busca, que se siente.
Y yo he pasado toda mi vida buscando cosas en lugar de sentirlas y aquí estoy, en una silla de plástico de un aeropuerto, siendo exactamente quien siempre he sido.
Tomás me mira de reojo.
* * *
La pantalla de salidas parpadea sobre mi cabeza. Zúrich. 12:45. Puerta C4.
He conseguido que Tomás se vaya. Ha costado tres abrazos, dos promesas de llamar más a menudo y una versión reducida de la misma conversación que ya hemos tenido cuatro veces desde el aparcamiento.
Al final le he puesto las manos en los hombros y le he dicho vete, Tomás, que vas a llorar tú antes que yo y se ha reído y me ha apretado fuerte y ha cruzado la puerta de cristal sin mirar atrás, que es exactamente lo que hacen las personas cuando saben que si miran atrás no se van.
Ahora estoy en la zona de seguridad con mi bolsa de mano en la cinta y los zapatos en la bandeja de plástico y los calcetines sobre el suelo frío.
Me siento en una silla metálica a ponerme los zapatos.
—¿Está usted bien, hija?
Levanto la vista. Un señor de unos setenta años, con el tipo de bigote que solo llevan los hombres que no se plantean si deben llevarlo, me mira con una expresión de preocupación genuina. Lleva una maleta de cabina con pegatinas de cruceros.
—Estoy decidiendo si arruino mi carrera o mi vida.
Lo considera un momento.
—¿No pueden ser las dos?
—Gracias, señor. Muy útil.
Asiente con la satisfacción de quien ha cumplido su función y se marcha arrastrando la maleta hacia el pasillo del fondo.
Me quedo con el zapato en la mano.
Tengo media hora hasta el embarque. El teléfono pesa en el bolsillo de la chaqueta de una forma que no tiene nada que ver con los gramos.
Lo saco.
Abro el hilo de Elena.
Los leo de arriba abajo, todos, sin saltarme ninguno, sin deslizar la pantalla antes de tiempo.
La voz de los mensajes es la voz de Elena: directa, sin adornos innecesarios, sin la distancia que pone cuando algo le importa demasiado y finge que no.
“Ven a la cueva. Natalia, coge el teléfono. He encontrado tu nota”.
Y luego silencio durante horas, que con Elena es peor que las palabras.
El último mensaje tiene la hora del sábado por la noche. Las 23:12.
“Mi abuela decía: "El que no quiere caldo, tres tazas." Tú querías caldo. Yo soy las tres tazas. No me dejes enfriar”.
Cierro los ojos.
El aeropuerto sigue sonando alrededor: una megafonía que anuncia una puerta, el llanto de un niño, el chirrido de unas ruedas sobre el suelo. Todo sigue igual. Yo no.
Abro los ojos y abro la aplicación de archivos del móvil. Voy a la papelera. Busco entre los borrados recientes hasta encontrar el nombre del archivo que reconozco aunque no lo haya mirado en días.
Flamenco_seguimiento_NatDurán_v3.xlsx .
Lo restauro.
Se abre despacio, como si el móvil también dudara.
La mayoría de las columnas las borré antes de que todo se complicara.
Coordinación de braceo, precisión de taconeo, compás, caídas en clase.
Todo limpio. Solo queda una fila. Una que no recuerdo haber escrito, o que quizás escribí a las tres de la mañana un día que no quiero recordar y que no borré porque alguna parte de mí sabía que no debía.
Razones para quedarse: 1.
Y en la celda de al lado, sin fórmula, sin referencia cruzada, sin ningún tipo de lógica estructural que lo justifique.
Ella.
La pantalla de salidas parpadea sobre mi cabeza.
Zúrich. 12:45. Diríjase a la puerta.