Calor Bajo Cero Capítulo 48 Elena
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Capítulo 48 Elena

El aire del Sacromonte huele hoy raro.

Me siento en el escalón de la entrada con los brazos cruzados sobre las rodillas y dejo que el fresco me quite algo de lo que tengo encima. Dentro huele a cueva, a madera, a colofonia de las cuerdas. Aquí fuera huele a ciudad que respira.

Natalia lleva otros dos días sin aparecer.

El grupo de las seis tiene que estar al llegar. Lo sé. Tengo diez minutos, quizás doce, y debería estar dentro cambiándome los zapatos y no aquí fuera mirando el callejón como si fuera a aparecer alguien por la esquina.

Me levanto para entrar y veo el buzón.

Nunca lo miro. Soleá dice que solo llegan facturas y publicidad de una pizzería que cerró hace año y medio. Pero lo abro porque tengo las manos libres y porque necesito hacer algo con ellas.

Dentro hay un sobre.

Sin remitente. Mi nombre escrito a mano, con esa letra de arquitecto que tienen los ingenieros, demasiado precisa para ser bonita y demasiado cuidada para ser descuidada.

Lo abro.

Doscientos euros en billetes doblados. Y una nota pequeña, en el mismo papel cuadriculado de sus libretas de trabajo.

Esto no era una apuesta. Nunca lo fue. Es un regalo para ti y tu prima. — N.

Me siento en el escalón.

No sé cuánto tiempo estoy ahí. El callejón sigue igual. Un gato pasa por el muro de enfrente y me mira con la indiferencia específica de los gatos del Sacromonte, que han visto demasiado drama humano para inmutarse.

Mi abuela Rosario decía que el orgullo es el lujo de los que no tienen nada que perder. Yo siempre creí que lo decía por los demás.

Cojo el teléfono.

“Ven a la cueva. Ahora”.

Lo envío antes de pensarlo. Espero. La pantalla no cambia a doble tic azul.

Llega el mensaje de Hugo. Lo leo tres veces. Salgo del chat, marco el número de Natalia y escucho cómo suena cuatro veces antes del buzón de voz.

Cuelgo.

La llamo otra vez.

Buzón de voz.

Me quedo mirando los doscientos euros doblados en mi mano. Dentro, Soleá mueve sillas. El siguiente grupo llega en cinco minutos y yo sigo aquí sentada en los escalones, con una nota de papel cuadriculado que pesa más que el sobre entero.