Capítulo 46 Natalia
El Albaicín huele a romero mojado a esta hora.
Camino sin dirección concreta, lo que en mí es síntoma claro de algo. Normalmente tengo una ruta, una app abierta, un propósito. Ahora solo tengo la botella de agua en la bolsa y el teléfono en el bolsillo con el email con los ticket de avión.
—Natalia.
Me giro. Hugo está en la puerta de un edificio pequeño con la llave en la mano y una bolsa de supermercado en la otra.
Tiene cara de haber dormido poco, que en él es su estado natural, pero hay algo diferente en el entorno: no está en el hotel, no está en la sierra.
Está aquí, en esta calle estrecha, con llaves propias.
—¿Vives aquí?
—Desde el lunes. —Levanta la bolsa como si eso lo explicara todo—. Es más barato que mi piso anterior. Cuatrocientos al mes, incluye humedad y una familia de vecinos que discute siempre a las dos de la mañana. Carácter auténtico.
Intento sonreír. No me sale del todo.
Hugo baja los tres escalones de la entrada y me mira de cerca. Sin grabadora, sin cuaderno, sin el personaje gracioso que despliega en público. Solo mirando.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—¿Es por Elena?.
—Mi empresa quiere que vuelva este domingo.
Lo digo y es la primera vez que lo digo en voz alta desde la noche del tablao. Suena diferente en la calle que en mi cabeza. Más definitivo. Brandt, domingo, Zúrich, el apartamento con las persianas automáticas y el trayecto en tranvía de dieciséis minutos hasta la oficina que ya sé cronometrado.
Hugo deja la bolsa en el escalón.
—¿Y tú qué quieres?
La pregunta es tan directa que tardo en responder. Analizo si hay trampa, si hay subtexto, si hay algo que deba gestionar antes de contestar. No hay nada. Solo Hugo esperando.
—Quedarme.
Lo digo sin haberlo decidido conscientemente, o quizás llevaba días decidiéndolo sin saberlo, y la pregunta de Hugo simplemente le ha dado salida.
—Entonces quédate.
—No es tan simple.
—Lo es. —Se apoya en la pared con los brazos cruzados—. Lo complicado es irte.
Le voy a dar la lista. Tengo la lista preparada: el contrato con Wiegand, la hipoteca del apartamento de Zúrich, el equipo que depende de mi firma en tres proyectos pendientes, los años construyendo una reputación en una empresa donde ser española y mujer ya era suficiente desventaja de partida.
Tengo la lista y es una lista sólida, documentada, con argumentos que se sostienen solos.
No la doy.
—Elena no sabe que me voy el domingo —digo en cambio.
—Lo sé.
—¿Te lo ha dicho ella?
—No hace falta. —Hugo recoge la bolsa del escalón—. Solo con verte ya me lo puedo imaginar.
—No sé cómo decírselo.
—Pues díselo mal. —Se encoge de hombros—. Díselo con la voz rota, díselo sin el discurso preparado. Ella entiende más de lo que crees cuando alguien le habla de verdad.
Me quedo en la acera mientras Hugo sube los escalones, saca el teléfono y le manda un mensaje a alguien. Rubén, supongo. Siempre Rubén.
—Hugo.
Se gira.
—¿Y si me quedo, lo tiro todo por la borda y luego no funciona?
Me mira un momento. No con lástima, con algo más parecido al reconocimiento.
—Eso también es un riesgo que vale la pena calcular.
Entra al edificio y la puerta se cierra.