Capítulo 45 Elena
Lo de "tengo mucho trabajo" lo he oído otras veces.
No de Natalia. De otros. De gente que aprendía a poner distancia con palabras que no dicen nada y lo dicen todo a la vez.
Son las cinco y cuarto y el estudio está vacío.
No la he esperado. No he puesto la música que ella reconocería desde la puerta, esa bulería que le cuesta todavía pero que ya no le asusta.
No he preparado nada. He dado clase al grupo del Inserso, he recogido, y cuando Matilde me ha preguntado por mi alumna nueva yo le he dicho que estaba con el trabajo, que están al final del proyecto, como si lo entendiera del todo.
No lo entiendo del todo.
Me siento en el suelo del estudio con la espalda contra la pared y los pies descalzos sobre la madera. El silencio de una academia sin música tiene una textura rara, como una palabra a la mitad.
Sé lo que vi la otra noche. Vi su cara cuando colgó el teléfono.
Esa fracción de segundo antes de que se girara y me sonriera como si nada.
Natalia no es mala actriz, pero tampoco es buena.
Tiene la cara demasiado limpia para mentir bien, demasiado acostumbrada a no necesitar hacerlo porque vive sola en Zúrich con sus hojas de cálculo y su almohada ergonómica y nadie que le pregunte qué le pasa.
La distancia ya ha empezado. Lo noto en cómo no ha dicho nada después del tablao. En el "tengo mucho trabajo" sin más. Hay una decisión detrás de eso. Una decisión que ya está tomada y que Natalia lleva encima desde esa noche del espectáculo, como quien lleva un peso que ha aprendido a no nombrar.
Mi abuela Rosario decía que el que avisa no traiciona. Que la gente siempre dice lo que va a hacer si uno sabe escuchar.
Natalia me lo está diciendo.
Me levanto. Cojo los zapatos de baile del suelo y los dejo sobre la silla. El cuero tiene ya la forma de sus pies, un poco más ancho en el metatarso, un poco más presionado en el talón derecho porque carga más peso ahí cuando está nerviosa.
Debería haberlo visto antes.
Probablemente lo vi y decidí no mirarlo.