Capítulo 44 Natalia
Son las tres y cuarto de la tarde y llevo veinte minutos mirando el armario.
No es el tipo de nervios que reconozco. El nerviosismo de antes de una presentación técnica lo tengo catalogado: tensión en los hombros, respiración corta, necesidad de revisar los planos una vez más aunque ya me los sepa de memoria.
Esto es distinto. Esto empieza en el estómago y no sube hacia la cabeza sino hacia algún sitio que no aparece en ningún diagrama anatómico que haya estudiado.
La reunión con Brandt terminó a las dos y media. Le dije que necesitaba hasta mañana para responderle sobre Zúrich. Me miró como si hubiera pedido tiempo para decidir si quería seguir respirando.
Me pongo la falda negra que Elena dijo una vez, de pasada, casi sin mirarse, que me quedaba bien.
No me la he puesto desde entonces. La doblo, la desdoblo. Me la pongo.
Brandt sigue sin respuesta. Elena sigue sin saber lo del vuelo.
Hay cosas que uno aplaza porque calcular las consecuencias es demasiado costoso emocionalmente, y eso lo entiendo perfectamente como sistema de defensa.
Lo que no entiendo es por qué la imagen que me persigue esta tarde no es el despacho de Zúrich ni la cara de Brandt, sino Elena hace tres días en el estudio, de espaldas, ajustando el volumen de la música, con los pies descalzos sobre el parquet.
Cojo la bolsa. Las zapatillas de baile pesan menos que cualquier otra cosa que llevo encima ahora mismo.
Bajo a la calle y Granada huele a tierra mojada y jazmín tardío. El taxi tarda cuatro minutos. Me siento dentro.
Quiero hacerlo bien. Quiero que Salgado cierre la boca de una vez y me dé los doscientos euros, aunque el dinero me da igual. Quiero que los refranes de la abuela Rosario que Elena suelta sin avisar tengan sentido por primera vez en mi vida.
Quiero que Elena me vea.
Eso es lo peor. Lo más inconveniente, lo más difícil de meter en cualquier columna de ninguna hoja de cálculo.
El taxi para frente a un tablao flamenco que no es la cueva de Elena y a través del cristal veo luz dentro.
* * *
El tablao tiene las paredes encaladas y huele a madera vieja y otra cosa que no se que es.
Cuarenta sillas, la mitad ocupadas por turistas alemanes con cámaras y ese aire de quien espera folklore.
Las otras veinte, mis compañeros de Wiegand AG, con Salgado en primera fila cruzado de brazos y una sonrisa que lleva semanas guardando para este momento.
Me siento en un banco lateral a cambiarme los zapatos.
Los de Elena me quedan un número grande. Los ato con cuidado, doblo el calcetín sobre el tobillo, pruebo el peso. El tacón golpea el suelo con una solidez que no es mía todavía, pero casi.
Me tiemblan las piernas.
Tomás aparece a mi lado y me pone una mano en el hombro sin decir nada, que es lo más útil que alguien puede hacer en este momento.
Al fondo veo a Hugo y Rubén de pie junto a la barra, Hugo con la libreta en el bolsillo aunque ya no tiene periódico donde publicar nada, Rubén con los brazos cruzados y esa expresión de quien ha vuelto a bajar otro par de pistas y ya no le asustan demasiado las cosas.
No los había visto desde la cabaña, aunque Elena me ha estado poniendo al día.
Hugo me hace un gesto con el pulgar hacia arriba. Rubén no hace nada, que en él equivale a lo mismo.
Elena está al lado del escenario hablando con Soleá en voz baja. Soleá tiene el portátil abierto y una expresión de contable satisfecha. Elena no mira hacia donde estoy, pero sé el momento exacto en que decide mirar porque lo noto antes de verlo.
Se acerca. Los zapatos de tablao suenan distintos en este suelo que en el parquet de la cueva.
Se agacha a mi altura. No revisa los zapatos ni mi postura ni nada técnico. Me mira.
—No bailes para ellos —dice, tan cerca que solo lo escucho yo—. Baila para ti.
Me quedo con esas cuatro palabras en algún sitio entre el pecho y la garganta.
Salgado carraspea desde su silla. El guitarrista afina en el escenario. Los turistas alemanes guardan silencio de golpe, ese silencio de quien presiente que algo va a pasar.
Me levanto.
* * *
La guitarra empieza.
Un rasgueo largo, limpio, que llena el tablao entero y borra todo lo demás: a Salgado, a los alemanes, a Wiegand AG y sus teleféricos y su hoja de ruta para los próximos seis meses.
Me planto en el centro del escenario con los pies separados y el peso en las caderas, como Elena me ha repetido ochenta veces, y espiro.
Los primeros ocho tiempos los cuento. No puedo evitarlo.
Es como pedirle a un ingeniero que no mida, que deje de medir, que confíe en que el puente aguanta sin calcular los anclajes.
Mis brazos suben demasiado rápidos y lo sé en el momento en que lo hago.
Hay un tropiezo en el tercer paso, el pie derecho busca el suelo un tiempo antes y el sonido sale hueco, mal colocado.
Escucho a alguien en las primeras filas.
No miro.
La guitarra no se detiene. Sigue. Y algo en eso, en que la música continúa aunque yo haya fallado, me afloja algo en el pecho que llevaba semanas tenso.
Cierro los ojos.
No pienso en los compases. No cuento. Escucho la melodía como Elena me enseñó aquella tarde con los ojos cerrados en el estudio, cuando la seguí sin saber que podía hacerlo, cuando mi cuerpo recordó algo que nunca había aprendido del todo pero que llevaba semanas absorbiendo sin darme cuenta.
Las palmas de las manos se abren solas. Los brazos trazan el arco lento que Elena llama braceo y yo todavía pronuncio con cuidado, como una palabra en un idioma que no domino pero ya entiendo.
Hay cuarenta segundos en los que no soy Natalia Durán, ingeniera de Wiegand AG, cántabra trasplantada a Zúrich, mujer de hojas de cálculo y anclajes calculados al milímetro.
Soy solo esto. El peso. La música. El suelo bajo el tacón.
Cuando abro los ojos el guitarrista me mira por encima de las cuerdas con una expresión que no esperaba: atención. No lástima, no condescendencia de profesional ante aficionada. Atención.
Termino.
El silencio dura exactamente dos segundos.
Tomás se pone de pie antes de que nadie aplauda.
Solo, de pie, aplaudiendo con las manos por encima de la cabeza como si estuviera en un partido de fútbol y no en un tablao flamenco con paredes encaladas y cuarenta sillas.
Desde la barra, Hugo suelta un silbido largo.
Rubén aplaude una vez, dos, con esa economía de gestos que en él significa bastante.
Busco a Elena.
Está donde estaba, al lado del escenario, con los brazos cruzados y la flor roja en el moño. No aplaude. No sonríe tampoco, no exactamente. Me mira con una expresión que no tiene nombre técnico en ninguna hoja de cálculo del mundo y que llevo semanas aprendiendo a leer.
Me bajo del escenario con las piernas menos temblorosas que antes.
Salgado saca la cartera.
—Ha sido un flamenco… particular —dice, y deposita los billetes en la mano de Tomás con la expresión de quien paga una multa de tráfico.
—Ha sido arte, imbécil. —Tomás cuenta los billetes sin mirarlo.
—¿Desde cuándo entiendes tú de arte?
—Desde que estuve de Erasmus en el extranjero y eché de menos hasta las sevillanas. —Tomás me pone los billetes en la mano y me cierra los dedos encima—. Tuyo.
Los cojo.
Y entonces Elena llega a mi lado, sin prisa, sin decir nada todavía.
* * *
El tablao se vacía despacio.
Los alemanes se levantan en bloque con la chaqueta en el brazo y las guías de turismo metidas en el bolsillo.
Salgado desaparece el primero en esta ocasión, sin despedirse.
Tomás habla con Hugo y Rubén junto a la barra, los tres con una cerveza, el volumen subiendo porque Hugo está contando algo con los brazos.
Tengo los billetes en la mano todavía.
Elena recoge una silla que alguien ha dejado girada y la devuelve a su sitio.
Un gesto pequeño, mecánico, de quien incluso cuando no es su cueva ha recogido escenarios similares cien veces.
Se mueve entre las sillas con esa economía de movimientos que tiene fuera del escenario, sin la electricidad de cuando baila pero con la misma exactitud.
Me acerco.
Abro la boca.
El móvil vibra en el bolsillo.
Lo ignoro.
Vuelve a vibrar.
Elena levanta la vista hacia mí con la silla todavía en la mano.
Lo saco. Pantalla encendida: Brandt. Wiegand AG. Zúrich.
—Un momento —le digo, y ya suena falso.
Me giro hacia la pared y descuelgo.
—Natalia Durán. —La voz de Brandt es la misma de siempre: eficiente, sin temperatura—. Necesito confirmación esta noche. El equipo de Lausana entra el lunes y quiero el traspaso documentado antes del fin de semana. ¿Vienes el domingo o el lunes?
El sonido del tablao detrás de mí. Las sillas. Los vasos. La risa de Hugo.
—Brandt, yo...
—Durán. El proyecto está cerrado. Lo has hecho bien. Solo dime qué vuelo.
Miro la pared encalada. Hay una grieta fina que sube desde el zócalo hasta la mitad y se detiene, como si hubiera cambiado de idea a medio camino.
—El domingo —digo.
Y cuelgo.
No me muevo durante tres segundos.
Cuatro.
Cinco.
—¿Qué pasa?
Elena está detrás de mí. No sé cuándo ha llegado. Tiene los brazos cruzados y me mira con esa expresión que no admite respuestas a medias.
Los billetes de Salgado siguen en mi mano izquierda, arrugados donde los he apretado sin darme cuenta.
—Nada —digo.
Y sonrío.
Es la peor mentira que he dicho en mucho tiempo, y lo sé en el momento exacto en que la pronuncio, porque Elena también lo sabe.