Capítulo 43 Rubén
Pablo dice que estoy listo. Marcos dice que estoy loco. Hugo dice que soy valiente.
Yo solo sé que tengo miedo.
La pista roja está casi vacía a esta hora. El frío corta distinto cuando llevas tres años sin estar dentro de él así, vertical, con los esquís paralelos y el valle ahí abajo esperando. No es el mismo frío del balcón del hotel ni del sendero. Este frío tiene memoria.
Mi cuerpo también.
Los primeros cien metros son lentos, casi ridículos.
Pablo baja a mi izquierda sin hablar, sin darme instrucciones, con esa paciencia suya que me resulta más difícil de soportar que los gritos.
La nieve cruje bajo los esquís con un sonido que creía haber olvidado y que resulta que no había olvidado en absoluto.
Bajo más.
El cuerpo recuerda antes que la cabeza. Los muslos ajustan el peso sin que yo se lo pida. Las rodillas flexionan. La derecha protesta, un aviso sordo y constante, pero aguanta.
Bajo más.
Y entonces la pendiente cambia de ángulo, solo dos o tres grados, y algo en esa variación específica, en la forma en que la nieve pasa a oscurecerse hacia la derecha, detona algo que no es un recuerdo sino algo anterior al lenguaje.
Kitzbühel. El 22 de enero.
El sonido.
Clavo los bastones.
Me detengo tan en seco que levanto nieve a los lados. El corazón me golpea el pecho con una urgencia absurda, como si todavía no supiera que no me he caído, que las piernas siguen ahí, que la rodilla molesta pero sostiene.
Pablo llega hasta mí. Se para a mi lado.
No dice nada.
Solo se queda ahí, respirando su propio vapor en el aire frío, mirando el valle como si hubiera venido a eso.
Respiro.
Una vez.
Otra.
La nieve no se mueve. El cielo tampoco.
Vuelvo a soltar los bastones y empujo.
No es bonito. No es lo que era. Las curvas salen torcidas y la rodilla me avisa en cada una con esa sensación específica que ya conozco de memoria. Pero bajo. Llego hasta la zona plana y me detengo despacio.
Pablo llega detrás. Asiente una sola vez.
No necesita decir nada más.
* * *
Subimos en el telesilla en silencio, Pablo a mi derecha revisando algo en su móvil, yo mirando la sierra extenderse debajo como si alguien hubiera doblado el mundo por la mitad y lo hubiera cubierto de blanco.
La rodilla ha parado de quejarse tanto. O me he acostumbrado al dolor. Las dos cosas son victorias distintas.
Lo veo desde arriba.
Hugo está en el borde de la pista con una mochila demasiado grande para alguien que no esquía y el móvil levantado en horizontal.
Lleva puesta una parka azul marino que no es de montaña, son claramente unos vaqueros y unas botas que no son de nieve y tiene el pelo revuelto por el viento. Está haciéndome fotos.
Cuando bajo del telesilla y cruzo hacia él, Hugo baja el móvil con una sonrisa que no intenta disimular.
—Para mi archivo personal.
—Si publicas algo de esto te mato —empiezo.
—No tengo dónde publicarlo.
Lo dice tan tranquilo que tardo un segundo en procesarlo.
—Me han despedido hace días. —Se mete el móvil en el bolsillo—. No me había atrevido a decírtelo hasta ahora.
Me quedo parado en la nieve. Pablo levanta la vista de su móvil y vuelve a bajarla con una discreción que le agradezco.
—¿Te han despedido?.
No es una pregunta. Es que necesito que las palabras suenen fuera de mi cabeza para verificar que son reales.
—Mi jefe Julián me dio un ultimátum. Le dije que no iba a entregar el artículo. —Hugo se encoge de hombros, pero hay algo tenso debajo del gesto—. Me dijo que recogiera mis cosas y adiós muy buenas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que pensaras que esperaba algo a cambio.
Lo miro. El viento le mueve el pelo sobre la frente y no hace nada por apartárselo.
Tiene las manos metidas en los bolsillos de esa parka que no abriga lo suficiente para estar aquí arriba y hay algo en su cara, una especie de vulnerabilidad que intenta disfrazar de despreocupación, que me resulta completamente insoportable.
—¿Puedes decir algo? —dice—. Lo que sea. Hasta un monosílabo me vale.
Paso por delante de él en dirección a la pista.
—Rubén.
Me deslizo los tres metros que nos separan, los esquís abriendo nieve limpia, y cuando llego a su altura le agarro la cara con las dos manos enguantadas. Hugo abre los ojos. Yo lo beso.
No es un beso discreto.
Es largo y torpe porque llevo esquís y él no, y en algún momento el peso se redistribuye mal y los dos acabamos en el suelo, Hugo de espaldas en la nieve y yo encima con los esquís cruzados en un ángulo que probablemente no recomienda ningún manual de rehabilitación de rodilla.
Hugo suelta una carcajada contra mi boca.
Detrás de nosotros, Pablo aplaude. Lento, como en los teatros.
Un grupo de monitores pasa con una fila de niños de un curso. Alguien silba. Una niña de no más de ocho años pregunta en voz alta a su monitor si esos señores están bien.
—Estamos perfectamente —responde Hugo desde el suelo, sin molestarse en incorporarse.
Me levanto con la dignidad que me queda, que no es mucha. Lo ayudo a ponerse en pie. Tiene nieve en el pelo y en la parka y sigue sonriendo.
—¿Cuántas palabras vale ese beso?
Lo miro.
—Todas.
Pablo anota algo en su móvil. No le pregunto qué.
* * *
El café está demasiado caliente pero lo sostengo igual, los dos codos sobre la mesa, mirando el restaurante vacío del hotel. Son las diez menos cuarto. La mayoría de mesas ya están recogidas y el camarero joven del turno de noche limpia el mostrador sin mirarme.
Pienso en la niña del curso preguntando si estábamos bien.
Pienso en Pablo aplaudiendo.
Pienso que debería importarme más y no me importa nada.
Eso es lo raro. No el beso en la pista, no los monitores que silbaron, no los niños con sus cascos de colores mirando.
Lo raro es que en ningún momento de ese día sentí el impulso de mirar alrededor primero.
Hugo estaba ahí plantado diciéndome que renunciaba a su trabajo por mi y yo simplemente actué, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes de que mi cabeza pudiera vetarla.
Hugo lleva horas en Granada. Se fue después de tomarse un chocolate caliente en la cafetería de la estación, hablando sin parar sobre una crónica nueva que quiere escribir sobre los pueblos de la Alpujarra, como si acabara de perder un trabajo y ya estuviera construyendo el siguiente. Lo vi marcharse desde la cristalera.
El móvil vibra sobre el mantel.
Marcos.
Lo cojo al segundo tono.
—¿Cómo fue hoy en la pista?
—Bien.
—Pablo me ha mandado el informe. —Pausa breve—. Rubén, los de Nordica han pedido una llamada esta semana. Antes de confirmar la competición regional quieren saber que estás limpio de escándalos. Nada que pueda complicar el relanzamiento.
Bajo la vista al móvil. Tengo la foto en el álbum desde esta tarde: Hugo y yo en la nieve, los dos con una expresión que no sé describir de otra forma que idiota y completamente honesta. Hugo había estirado el brazo con el móvil y yo no había apartado la cara.
—¿Rubén?
—Limpio —digo—. Del todo.
Marcos suelta el aire.
—Perfecto. El miércoles a las once te mando el enlace con todos los detalles.
Cuelga.
Me quedo con el móvil en la mano y la foto en la pantalla. El café ya no humea. El camarero apaga las luces del fondo del restaurante y me mira con educación.
Me termino el café de un trago, frío.